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18/02/2025

Combate naval de las Dunas de 1639 por Antonio de Oquendo


La Guerra de Flandes enfrentó a la Monarquía española con las diecisiete Provincias de Unidas de los Países Bajos, con el fin de conseguir la independencia. La sublevación contra el monarca hispánico se inició en 1568 y terminó en 1648 con la firma del Tratado de Westfalia y el reconocimiento de la independencia de las siete Provincias Unidas que hoy forman Holanda. Las provincias que hoy forman los estados de Bélgica y Luxemburgo permanecieron leales a la Corona española. Tras un periodo de alto el fuego entre las potencias enemigas conocido como Pax Hispanica, el conflicto se reactivó desde 1618 hasta 1648, cuya denominación recibe el nombre de Guerra de los Treinta Años.

Durante el transcurso de esta guerra tuvo lugar la batalla naval de las Dunas, entre las armadas española y holandesa, tuvo lugar el 21 de octubre de 1639 en la rada de las Dunas (The Downs), cerca de la costa del condado de Kent, en Inglaterra.

ANTONIO DE OQUENDO EN EL COMBATE DE LAS DUNAS

En agosto de 1639, se formó en Cádiz una escuadra de 23 barcos y 1.679 hombres de mar para operar contra Francia y Holanda al mando del donostiarra Antonio de Oquendo y Zandategui, hijo del heroico Miguel de Oquendo y Segura. Junto a Oquendo estaban los almirantes Tomás de Echaburu, Martín Ladrón de Guevara, Lope de Hoces, Pedro Vélez de Medrano, Jerónimo Masibriadi y Mateo Ulajani. Esta flota estaba formada por el sistema mixto de contrata y embargo, llevando barcos de España, Ragusa, Nápoles, Dinamarca y Alemania.

Salieron hacia Flandes, uniéndose en La Coruña a la escuadra de Dunquerque. Acompañaban a la escuadra 12 transportes ingleses que llevaban tropas. La misión principal era llevar tropas y dinero a Flandes.

A finales de agosto, llegaban a La Coruña los navíos de Antonio de Oquendo, fondeando fuera del puerto para permitir la salida del resto de la flota. Se reunían así las escuadras de los almirantes Andrés de Castro, Francisco Feijó, Miguel de Horna, Matías Rombau y Francisco Sánchez Guadalupe. Estas eran naves de asiento y embargadas, se calcula que eran 29 y que provenían de Vizcaya, la Hermandad de las Cuatro Villas, Galicia, Portugal y Flandes. Además, les acompañan 12 navíos ingleses fletados como transporte de tropas.

Entre todas llevaban, según las versiones extranjeras, 27.000 hombres. Algunas versiones españolas los reducen a 6.000. La realidad debió ser unos 14.000, de los que 8.000 eran hombres de mar y guerra y el resto, infantería.

Para el conde duque de Olivares los buques y dotaciones estaban en un estado excelente de preparación y adiestramiento, ya que según él "no había salido armada como esta desde la jornada de Inglaterra". Para el almirante Feijó, de la escuadra de Galicia, estaban faltos de todo, la gente era forzada, no había bastantes artilleros y tenían poca experiencia, etc.

El 31 de agosto, se hacían a la mar, yendo Oquendo en vanguardia, en su galeón Santiago, seguido por dicha escuadra de Dunquerque. Dejaban atrás los transportes ingleses que quedaban sueltos, lo que fue un error, ya que los holandeses apresaron al menos a tres, con 1.070 infantes.

En el Canal se encontraba a la espera una Armada holandesa. Según instrucciones del príncipe de Orange, habían dividido sus fuerzas en dos escuadras: una de 50 galeones y 10 brulotes, mandada personalmente por Maarten Harpertszoon Tromp, general en jefe, y otra de 40 buques y 10 brulotes, a las órdenes del almirante Johan Evertsen.

Combate Dunas
COMBATE DE LAS DUNAS

La flota española avistó las escuadras holandesas en el paso de Calais el 15 de septiembre al anochecer. Y, al amanecer del 16, Oquendo intentó abordar a la capitana holandesa, no consiguiéndolo y recibiendo a cambio numerosos cañonazos, que dejaron su nave casi desaparejada y con 43 muertos y otros tantos heridos. A lo largo del día se entablaron escaramuzas, con el único resultado de la voladura de una nave holandesa. El combate siguió el 17, entre escaramuzas y combate artillero, sin permitir los holandeses que los españoles se acerquen a tiro de arcabuz.

El 18 del mismo mes, se le unieron a Tromp 16 naves, pero se mantuvo la misma táctica. Cayeron en el combate los almirantes Guadalupe y Ulajani, estando a punto de ser apresado el galeón de éste. En estos tres días de combate, los contendientes agotaron toda la pólvora y municiones. Tromp entró en Calais, donde el gobernador le facilitó 500 toneladas de pólvora, le permitió reparar sus buques, desembarcar a los heridos y, en 20 horas, estaba de nuevo en la mar listo para el combate.

Oquendo podría haber hecho lo mismo en los puertos amigos de Mardique (Fort-Mardyck, a 10 km al este de Dunquerque) o Dunquerque. Pero, dudando del calado de sus galeones grandes, así como dada la proximidad de la rada de Las Dunas en la costa del condado de Kent de Inglaterra, y considerando que los ingleses eran neutrales, decidió refugiarse allí, para intentar aprovisionarse y reparar sus barcos.

Después de conseguir que los ingleses cediesen el fondeadero interior a los barcos españoles, Oquendo intentaba aprovisionarse de pertrechos de guerra, informando de su presencia al embajador de España en Londres y al gobernador de los Países Bajos, consiguiendo así refuerzo de marineros y soldados desde Dunquerque. Organizó transportes en buque ligeros para llevar a Flandes el dinero y los soldados que transportaba con ese destino.

COMBATE DE LAS DUNAS

El 27 de septiembre, aprovechando una espesa niebla, Oquendo organizó un convoy con 13 pataches y fragatas que acompañarían a 56 embarcaciones costeras (la mayoría pesqueros venidos de Dunquerque), y que llegó sin novedad a Flandes, pese a estar Tromp bloqueando la salida de la rada.

Tromp mantuvo una escuadra fondeada en la salida de la rada y otra navegando por el Canal. Disponía de entre 114 a 120 naves, entre ellas 17 brulotes. Algunos relatos cuentan que permitió el paso de buques de apoyo españoles con jarcias y arboladuras, para que Oquendo pueda reparar antes sus naves y así poder entablar combate.

El 20 de octubre, Oquendo llevaba un mes fondeado en la rada de Las Dunas, cuando llegaba el primer suministro de pólvora. Era escaso, pero lo repartió entre los galeones.

El general holandés tuvo noticias de ello, y decidió atacar antes de que los españoles se hubiesen rearmado completamente. Tras lanzar sus brulotes sobre la escuadra fondeada, los españoles picaban amarras y se hacían a la mar. Entre la confusión producida por los brulotes y una espesa neblina, solo consiguieron salir de la rada 21 buques para enfrentarse a más de 100 holandeses. Los demás caían en los bancos de arena y la costa de los Downs.

Tromp lanzaba tres brulotes contra la capitana de Oquendo. Este consiguió esquivarlos, pero uno de ellos se enganchó en la proa del galeón Santa Teresa, de Lope de Hoces, que se perdió envuelto en llamas.

La batalla se entabló con los galeones españoles peleando aislados contra fuerzas cinco veces superiores. Al anochecer, aprovechando la oscuridad, algunos españoles conseguían dejar atrás a sus atacantes dirigiéndose a Mardique, llegando la nave de Oquendo, la de Masibriadi y siete buques más de la Escuadra de Dunquerque.

Del resto de los barcos, nueve se rindieron, estando en tan mal estado que tres se hundieron cuando eran llevados a puerto holandés, y los demás embarrancaron en las costas francesas o flamencas para no entregarse al enemigo.

De los que habían varado en The Downs, nueve pudieron llegar a Dunquerque. Las perdidas españolas fueron estimadas por los holandeses en 43 buques y 6.000 hombres y las holandesas estimadas por los españoles en 10 buques y unos 1.000 hombres.

El resultado de toda esta expedición fue la derrota de la flota española, que perdió 43 buques. A pesar de eso, desde España se vio la acción de Oquendo como una gran hazaña, ya que había conseguido llevar los refuerzos y los caudales al Ejército de Flandes, y salvó a la capitana y al estandarte real ante fuerzas abrumadoramente superiores.

Olvidan que, si en lugar de encerrase en la rada de Downs, se hubiese dirigido a los puertos de Flandes, no hubiese perdido casi toda su flota.

Según el historiador y almirante portugués Costa Quintella, Oquendo se "portó más como comandante de buque que como general y almirante, ya que, sin más que poner en línea sus navíos en el primer encuentro, pudo aniquilar a sus enemigos".

Oquendo hecho a pique a varios buques enemigos, y cuando entró en puerto pudieron contarse en ella 1.700 balazos de cañón, de diferentes calibres. Durante muchos días hubo que estar dando a las bombas de achique y tapando boquetes, pero al fin fue salvado el galeón Santiago. Cuando se reprochó al almirante holandés de no haberlo apresado, respondió "La capitana Real de España con don Antonio de Oquendo dentro, es invencible".

COMBATE DE LAS DUNAS

Volviendo a España, en marzo de 1640, al verle tan enfermo, le aconsejaron que marchase hacia el puerto de Pasajes, donde estaba su casa, y que se pusiese en cura. Llevaba más de cuarenta días sin desnudarse y la alta fiebre le devoraba. Contestó:
"Ya no me falta más que morir, pues he traído a puerto con reputación la nave y el estandarte. La orden que tengo es de volver a La Coruña; nunca podré mirar mejor por mí que cuando acredite mi obediencia con la muerte."

No pudo recuperarse por completo y falleció en La Coruña a los pocos días de llegar. En esta ciudad el rey le hizo vizconde y caballero de Santiago. Su arenga en dicha batalla ha pasado a la historia:
"¿Qué humor helado es, o soldados y compañeros míos, el que vilmente discurre por vuestras venas? ¿Acaso habéis olvidado que aún no ha ocho días que este enemigo, estos mesmos bajeles y este General que vemos delante, habiéndole embestido con sola esta capitana, teniendo él diez y siete navíos, nos volvió infamemente las espaldas, y no atreviéndose a esperar la carga que le quise dar, se amparó de otro navío suyo, poniéndose por su sotavento, y el siguiente día con mucho número, jamás quiso hacernos frente? ¡Repasad el empeño en que nos encontramos y considerad que no tenemos más remedio que pelear, porque retirarnos no puede ser viviendo yo! Rendirnos y perder la vida es de bestias; dejar que nos la quiten, de cobardes. Quien por vivir queda sin reputación es esclavo, y no sabe que la esclavitud no merece nombre de vida, y se deja morir de miedo de no dejarse matar. ¿Tenemos por honesto morir de enfermedad y rehusamos morir por nuestro crédito? Quien no ve la hermosura que tiene el perder la vida por no perder la honra, no tiene honra ni vida. Si Dios fuese servido que en esta ocasión la perdonamos, moriremos en defensa de ella, por el crédito de nuestro rey y por la reputación de nuestra nación. Espero que saldremos bien de este empeño, y así no os espante el número, que cuantos más fuesen tendremos más testigos de nuestra gloria. ¡Santiago y a ellos!"

San Sebastián homenajea su figura y hechos mediante una hermosa estatua erigida en 1894, en la cual puede leerse en castellano y euskera:
AL GRAN ALMIRANTE DON ANTONIO DE OQUENDO.
EXPERTO MARINO, HEROICO SOLDADO, CRISTIANO PIADOSO,
QUE AL DECLINAR EL PODERÍO DE ESPAÑA
SUPO MANTENER EN CIEN COMBATES
EL HONOR DE LA PATRIA

21/09/2022

Defensa de Filipinas por Lorenzo de Orella y Ugalde en 1646


En 1646, los Países Bajos planearon la invasión de las islas Filipinas para apoderarse de ellas. Los holandeses superaban en numero de españoles y filipinos, sus barcos y tropas estaban mejor pertrechados. En ese momento, las islas Filipinas eran una provincia de ultramar muy joven y muy vulnerable a cualquier ataque del exterior, por aquel entonces los españoles empezaban a extenderse por el archipiélago. España contaba con dos galeones mercantes: Encarnación y Rosario; bajo el mando del general guipuzcoano Lorenzo de Orella y Ugalde y el almirante Sebastián López, que hacían la ruta de Filipinas-México. Tuvieron que enfrentaran a la Armada holandesa que contaba con 18 galeones y un buen numero de galeotes y botes de pequeño tamaño.

Aunque los dos capitanes eran veteranos militares, se preveía una dura resistencia de varios combates durante varios meses. El 15 de marzo, dieron comienzo las hostilidades. Los dos galeones cargaron contra cinco galeones holandeses y un pequeño barco. Españoles y filipinos lucharon con gran inteligencia y fueron capaces de derrotar a los holandeses, que se retiraron tras varias horas de fuego intenso. El Rosario y el Encarnación sufrieron daños menores.

COMBATE NAVAL ENTRE ESPAÑOLES Y HOLANDESES

El 29 de julio, siete buques de guerra holandeses estaban dispuestos a acabar con los dos galeones de la Armada española, esperando hasta la medianoche, para que el cañoneo resultara más efectivo. Rodearon al Encarnación, dejándolo aislado, por lo que se piensa que no podrá sobrevivir. Frente a una capitulación, el Encarnación fue capaz de hacer frente a los siete buques, con la ayuda de el Rosario. Este, que se encontraba fuera del circulo, atacaba por la retaguardia, causando mucho daño. El encuentro duró hasta el amanecer y para entonces las restantes fuerzas holandesas huyeron. No hubo ninguna baja en el Encarnación, solo dos heridos.

El general de Orella proclamó en el nombre de la Virgen del Santo Rosario que toda su armada obtendría la victoria y que el no perecería en dicha batalla. La moral era muy alta entre las tropas que se preparan para un próximo encuentro.

El 31 de julio, en la isla de Mindoro, se acorraló a la Armada holandesa, tras un intercambio de disparos. El Encarnación y el Rosario estuvieron a la ofensiva, disparando agresivamente sobre los barcos holandeses, hundieron un galeón holandés y los otros se retiraron una vez mas. El combate duró sólo cuatro horas y no hubo víctimas en el bando español.

BARCO HOLANDÉS DEL SIGLO XVI

Un mes y medio de descanso de la batalla dio paso a la tan necesaria reparación y reorganización de la Armada española estacionada en Filipinas.

Debido a las sucesivas victorias contra el holandés, la Armada de Filipinas se relajó y se botó un nuevo galeón el San Diego para llevar una carga hacia Acapulco bajo el mando del general Márquez de Cristóbal Valenzuela. Fue tan grande la confianza que dejaron el puerto sin ninguna escolta. Así, cerca de las islas Fortuna, tres barcos de guerra holandeses atacaron por sorpresa. El mal armado de buque comercial se retiró hacia Mariveles, mientras que la flota holandesa le perseguía y cañoneaba. Afortunadamente, el San Diego pudo escapar del peligro.

En puerto, se apresuran para reconvertir al San Diego en un buque de guerra, uniéndose a los ya armados Rosario y Encarnación.

El 16 de Septiembre de 1646, no hallaron rastro de los holandeses en Islas Fortuna, pero si cerca de Cavite, en Mindoro. La pequeña flota española del general Orella y Ugalde abría fuego. Después de cinco horas el Rosario marchaba a la deriva y fue aprovechado por tres barcos su tripulación. El almirante Agustín de Cepeda abrió fuego con todas sus baterías, haciendo mucho daño a los atacantes, causando el pavor y desesperanza una vez entre los holandeses que huyeron.

GALEÓN ENCARNACIÓN

El San Diego estaba a punto de salir de Acapulco antes de 15 del septiembre, sin embargo, fue usado como barco de guerra, para luchar contra la flota de los Países Bajos.
Obligado a viajar de nuevo a México, pero se encuentra con una tormenta con lo que ancla en Mariveles para su reparación.

El buque insignia de Encarnación y Rosario le acompañan esta por un posible ataque holandés, sin embargo, el Rosario se encuentra muy lejos los dos barcos debido a la tormenta.

Durante la travesía los holandeses les siguen y vigilan de a distancia, observando que el San Diego esta solamente protegido por un barco.

Los holandeses intentan abordar el Encarnación, pero, una vez mas, los españoles les hacen pasarlo mal, el San Diego a distancia cañonea sobre ellos usando de munición balas de cañón al rojo vivo, poniendo a los holandeses en serios problemas por lo que por quinta vez, se retiran de la batalla.

COMBATE NAVAL ENTRE ESPAÑOLES Y HOLANDESES

Fue el último encuentro entre el español y holandeses, y las cinco batallas fueron ganadas por los españoles. Es un hecho imposible que dieciocho galeones fuertemente armados contra dos o tres viejos galeones de la armada española fueran derrotados, pero la fe hacia la sagrada madre del Rosario permitió alzarse con la victoria.

16/02/2019

Combate de los Abrojos de 1631 por Antonio de Oquendo


El almirante general de la Armada del Mar Océano Antonio de Oquendo y Zandategui participó en más de cien combates navales. Sus dos hechos principales fueron la batalla de los Abrojos en 1631, y la de las Dunas, en 1639. Su éxito en operaciones militares era debido a lo bien organizados que estaban sus buques y a la férrea disciplina que en ellos imperaba.

Natural de San Sebastián, donde nació en 1577, fue el fiel reflejo de su padre Miguel de Oquendo, capitán general de la Armada de Guipúzcoa, que participó junto a Álvaro de Bazán y Juan Martínez de Recalde en la Batalla de las Terceras, y murió en el desastre de la Invencible.

ANTONIO DE OQUENDO Y ZANDATEGUI Y ESCUDO DE ARMAS DE OQUENDO

Siendo almirante general de la Armada del Mar Océano desde 1619 y consejero del Real Consejo de Guerra, se reunió en Lisboa una escuadra bajo su propio mando para socorrer las costas del Brasil, que sufrían sucesivos ataques de la Armada holandesa, especialmente las plazas de Pernambuco y de Todos los Santos. Componían la escuadra 16 naos; 5 de ellas no llegaban a las 300 toneladas y a reunir 40 hombres de guarnición; otras 5 no llevaban más que la mitad de la infantería que les correspondía y quedaban 6 que eran mejores, pero también faltas de elementos y de dotación. Arbolaba Oquendo su insignia en el galeón Santiago.

El 5 de mayo de 1631, salió de Sevilla convoyando una flota de buques mercantes portugueses y de 12 carabelas, que llevaban 3.000 hombres de transporte para reforzar las guarniciones de las plazas brasileñas.

Al cabo de 68 días de navegación, llegaron a la Bahía de Todos los Santos, reforzando su guarnición y siguiendo viaje a Pernambuco con 20 naos mercantes que se agregaron al convoy.

El 12 de septiembre, avistaron la flota holandesa, bajo el mando del almirante Adriaan Hans Pater, que venía de saquear la isla de Santa María. El almirante holandés tuvo el gallardo pero presuntuoso gesto de ordenar que sólo atacasen a los españoles 16 de sus buques; el mismo número que los que sumaban los de Oquendo. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la capitana y la almiranta holandesas eran buques de 900 y 1.000 toneladas, con 50 cañones de calibre entre 48 y 12, y, en cambio, los españoles no pasaban de las 300 toneladas e iban armados con cañones de a 22 a 8.

COMBATE DE PERNAMBUCO Y ESCUDO DE ARMAS DE OQUENDO

Antes de trabarse el combate pasó cerca de la capitana de Oquendo la carabela en que iba el conde de Bayolo, jefe de la infantería, y al estar a la voz propuso a Oquendo reforzar los buques con sus soldados. Oquendo con tono humorístico, señalando las velas enemigas le dijo: "¡Son poca ropa!". Después negó el paso de los soldados, razonando que la orden era llevarlos a Pernambuco para refuerzo y que no quería, "por si ocurría cualquier accidente que impidiera volverlos a las carabelas". El conde recibió orden de unirse al convoy y acercarse con él hacía la costa.

De tal modo, se entabló un duro combate a 18º de latitud sur y a unas 240 millas de los Abrojos, a las 8 de la mañana de 12 de septiembre de 1631. Fue llamado el Combate de los Abrojos.

La escuadra holandesa avanzó desplegada en arco. Entonces, Oquendo consiguió aferrarse con hábil maniobra a la capitana enemiga por barlovento, de tal modo que los fuegos y humos fuesen hacia el holandés. Hans Pater trató de desasirse, mas no pudo, pues el capitán Juan Castillo saltó al buque holandés y a parte de los garfios, lo aseguró con un calabrote que amarró a su palo. Pronto le quitaron la vida, y lo mismo a sus soldados, pero el fuego que se hizo desde las cofas del Santiago impidió a los holandeses desamarrarlo. Otro galeón holandés se colocó pronto por la banda libre del Santiago, pero también acudieron los españoles en auxilio de su general.

COMBATE DE PERNAMBUCO, POR JUAN DE LA CORTE

El combate aún estaba indeciso a media tarde. Al fin, un taco encendido disparado por un cañón del Santiago prendió fuego a la capitana holandesa. La almiranta de su segundo, el aventurero Jerónimo Misibradi, acudió y dio remolque al Santiago, apartándole de la explosión del buque holandés. Hans Pater encontró la muerte en el agua, a donde se había arrojado con gran número de los suyos.

Oquendo de apoderó del estandarte de Holanda y puso en fuga al enemigo, quemando a éste tres mayores galeones y haciéndole 1.900 muertos; los españoles perdieron, por su parte, dos galeones, hundido uno de ellos, el San Antonio, la almiranta, y 585 muertos y 201 heridos. Tuvo la satisfacción Oquendo de saber que el galeón apresado por los holandeses, el Buenaventura, no pudo ser aprovechado, y que los españoles prisioneros se apoderaron de la carabela donde los llevaban y se fugaron.

Cinco días después hubo nuevo avistamiento de las escuadras, pero el almirante Tir, que sucedió en el mando a Hans Pater, eludió el combate a pesar de su manifiesta superioridad numérica. Oquendo llevó las tropas de refuerzo a Pernambuco y regresó a la Península. El 21 de noviembre entró en Lisboa, siendo objeto de entusiastas manifestaciones. Guipúzcoa le envió un caluroso mensaje de felicitación.

COMBATE DE PERNAMBUCO Y ESCUDO DE ARMAS DE OQUENDO

02/11/2017

Exposición La Victoria de Pernambuco de Antonio de Oquendo



El Museo Naval de Madrid presenta la exposición temporal La Victoria de Pernambuco, cuyo protagonista principal fue el almirante guipuzcoano Antonio de Oquendo y Zandategui. Expuesta en la sala nº 8 desde el 26 de octubre de 2017 al 7 de enero de 2018, la muestra está comisariada por Clara Zamora, doctora en Historia del Arte y profesora de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, y cuenta con el patrocinio de Navantia y de Lockheed Martin. Al acto inaugural acudió el secretario de Estado de Defensa Agustín Conde y el almirante Jefe de Estado Mayor de la Armada Teodoro López Calderón.

COMBATE DE PERNAMBUCO, VISTA UNO, POR JUAN DE LA CORTE (1631)
COLECCIÓN PARTICULAR

La muestra reúne la serie de pinturas que se realizó para conmemorar la victoria de la Armada española frente a los holandeses en Pernambuco (Brasil) en 1631. Por primera vez se pueden ver integralmente los cuadros titulados Batalla naval de Pernambuco o de los Abrojos, pintados hacia 1632 por Juan de la Corte, y encargados por el almirante donostiarra Antonio de Oquendo para regalárselos al rey Felipe IV y que decoraron una parte del Alcázar de Madrid hasta su incendio en la Nochebuena de 1734. Junto a esta serie de pinturas se exhibe otro cuadro de la misma época que el almirante Oquendo encargó para sí mismo. Esta obra, que se encuentra actualmente en una colección particular, representa el momento cumbre de la batalla, protagonizado igualmente por el fuego.

La exposición cuenta con el estandarte español (pendón) que llevó el almirante vasco y que constituye una pieza de gran valor histórico. Asimismo, se ha realizado un audiovisual con motivo de esta exposición para reflejar de forma didáctica y elocuente este momento histórico.


COMBATE DE PERNAMBUCO, VISTA DOS, POR JUAN DE LA CORTE (1632)
COLECCIÓN PARTICULAR

Estas pinturas poseen dos valores intrínsecos en ellas:

1. el ser una de las primeras batallas navales narradas en serie a través de las cuatro escenas que, además, son un valioso testimonio para conocer la arquitectura naval de la época.

2. la perspicacia del almirante Oquendo para que, a través de la pintura, se reconociera históricamente su victoria, convirtiéndose así estas obras en un instrumento político y diplomático.

La trazabilidad de los cuadros es sinuosa, de manera que volver a reunir estas piezas es un notable acontecimiento cultural, puesto que ocupan un lugar destacado dentro de la pintura española de ese momento, gracias a la mano experta de un pintor como Juan de la Corte que cultivó cuadros de historia, arquitecturas y batallas navales.

La muestra constituye una oportunidad única para contemplar juntos estas pinturas, que están diseminados en colecciones públicas y corporativas (Museo Naval y BBVA), así como en distintas colecciones particulares españolas.


COMBATE DE PERNAMBUCO, VISTA TRES, POR JUAN DE LA CORTE (1632), COLECCIÓN BBVA

Durante el siglo XVII, los holandeses a través de sus Compañías de Indias Orientales y Occidentales se fueron estableciendo en el Caribe, América del Norte, el océano Índico, la India y el Pacífico, con el objetivo de convertirse en la primera potencia comercial del mundo para superar al Imperio español. Las Provincias Unidas de Holanda querían no solo monopolizar el comercio oriental y el tráfico de esclavos entre América y África, sino también ocupar las regiones productoras de azúcar. Y en ese empeño, los holandeses buscaban controlar puertos estratégicos como Pernambuco en la costa brasileña, algo que logró en 1630.

En 1631, una flota compuesta por 21 naves, 16 españolas y 5 portuguesas, lideradas por el almirante Antonio de Oquendo y Zandátegui, partió desde Lisboa con destino a las costas brasileñas, siguiendo el mandato del rey Felipe IV. Tardaron algo más de dos meses en cruzar el Atlántico y desembarcaron en Bahía de Todos los Santos. Unos días más tarde, entre el 12 y el 13 de septiembre, se enfrentaron la armada española contra la holandesa, que comandaba el almirante Adrian Hans-Pater.

Fue una batalla cruenta, en la que se destruyeron dos galeones hundidos y uno preso, y perdieron la vida más de 600 personas con 200 heridos. Los principales combates fueron protagonizados entre las capitanas y almirantas de ambas flotas, lo que ocasionó también la muerte del almirante holandés. El 21 de noviembre de 1631 el almirante Oquendo regresaba a Lisboa tras la liberación de Pernambuco.


COMBATE DE PERNAMBUCO, VISTA CUATRO, POR JUAN DE LA CORTE (1632)
MUSEO NAVAL

Esta serie de pinturas marinas, las cuatro de Juan de la Corte y las que encargó el almirante Oquendo a un pintor anónimo para él, describen dos episodios de la batalla. Por un lado, la preparación de las líneas de combate, y por otro, el encuentro entre las naves capitanas y almirantas, en la vanguardia de la batalla.

En algunas de las escenas recogidas por Juan de la Corte y el pintor anónimo que recrean la batalla podemos ver casi medio centenar de barcos enfrentados, entre los diferentes tipos de buques de las Armadas holandesa e hispano-lusa. Es un tipo de composición de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, caracterizada por su linealidad, serenidad y escaso movimiento. 

Sin embargo, estos óleos reflejan con fidelidad un acontecimiento histórico de primera magnitud, por lo que destaca el valor documental de lo plasmado por ambos pintores, que quizá por ello merezcan estar entre los cuadros de batallas más importantes de la Edad Moderna.

En la representación de esta tipología de arquitectura naval de la primera parte del siglo XVII se observan galeones de diversos tipos, artillería, fanales y pavesadas, entre otros elementos. Esta serie constituye un ejemplo muy definido de la estrecha conexión que existía entre arte y política en el siglo XVII.

Como en épocas anteriores, las obras de arte fueron utilizadas con intencionalidad, mucho más allá de los valores artísticos. Muchos de los encargos, los intercambios y compras de pinturas y esculturas demuestran la historia común entre la Monarquía española y los antiguos Países Bajos en el siglo XVII. En la escuela española no existen demasiadas representaciones de estas pinturas marinas de batallas, salvo en el Museo del Prado, que atesora una representación aceptable de este género pictórico.


COMBATE DE PERNAMBUCO, ANÓNIMO (1632), COLECCIÓN PARTICULAR

02/10/2017

Combate de Cabañas por Carlos de Ibarra en 1638


En 1638, durante el transcurso de la Guerra de los Treinta años, una gran flota holandesa se presentó en aguas del mar Caribe con la intención de capturar los galeones de la Carrera de Indias cargados de metales preciosos y productos americanos con destino a la península.

Aquel año, la Flota de Tierra Firme que partía desde Cartagena de Indias estaba dirigida por Carlos de Ibarra, un experimentado marino de Éibar que dirigía armadas españolas desde 1616. Era un aventajado subordinado de Fadrique de Toledo que atesoraba en su haber varios éxitos navales, su logro más reciente fue conquistar y limpiar el nido de piratas que era la isla Tortuga en el mar Caribe. Su segundo o almirante era Pedro de Ursúa.

COMBATE ENTRE GALEONES ESPAÑOLES Y HOLANDESES

Entre el 30 de agosto y el 3 de septiembre de 1638, tuvo lugar el combate de Cabañas en aguas caribeñas de una zona conocida como Pan de Cabañas, cerca de La Habana, entre la flota naval y mercante de Carlos de Ibarra y una armada holandesa al mando de Cornelis Joll "Patapalo". Se trataba de una flota de 17 buques cosarios proveniente de los Países Bajos con la intención de capturar el valioso contenido de los transportes españoles. Habían zarpado desde sus bases en la costa brasileña, recién conquistadas, con bastión principal en la estación naval de Pernambuco.

La flota de Carlos de Ibarra estaba compuesta por un siete galeones de combate, algo escasos de gente y de armamento, y un patache, a los que se añadieron la almiranta de Honduras, la urca mercante La Portuguesa y tres fragatas mercantes. Fue sorprendida por una escuadra que la doblaba en número de navíos de guerra, pero lejos de pensar en claudicar, Ibarra ordenó preparase ante un eminente ataque: ordenó levantar protecciones con cables gruesos en las bandas, preparar curas para atender a los heridos, tener lista la pólvora en cartuchos y disponer de cubos de agua por doquier, pero tales precauciones se tomaron contra una fuerza enemiga estimada, todo lo más, en nueve buques. Dada la importancia de mantener a salvo la carga, ordenó a sus buques de guerra que protegieran a los débiles mercantes formando una línea frente a ellos.

La capitana holandesa de 54 pieza de artillería se lanzó junto con otras tres más contra la capitana de Ibarra para intentar el abordaje. Este, siguiendo la mejor y tradicional táctica española, esperó retener el fuego hasta estar pegada a la capitana holandesa, para sorpresa enemiga, lanzar una andanada de artillería reforzada por el fuego de mosquetes y arcabuces.

Cuando la nave holandesa de Joll chocaba con la de Ibarra, el almirante español gritó abrir fuego. La intensa lluvia de bolas metálicas de los cañones y otros tantos arcabuces disparados en varias descargas sobre los sorprendidos atacantes barrió las cubiertas. Resultó tan letal la embestida española, que decidieron separarse para tratar de batir a los españoles a distancia.

En la refriega Ibarra sufrió heridas en cara, brazo y piernas, y su buque fue acribillado también, donde se encontraban otros 25 muertos y el doble de heridos. La nave almiranta de Pedro Ursúa se enfrentó a su homólogo holandés, sufriendo varios muertos. Con menos intensidad también lucharon entre sí el resto de los buques de ambas escuadras. Tras seis horas de duro cañoneo entre ambas armadas, los holandeses se retiraron, pues sus buques habían sufrido graves daños y sus tripulaciones habían sido diezmadas.

COMBATE DE CABAÑAS EN 1638

El 3 de septiembre, los holandeses volvían a la carga, en esta ocasión con solo 13 buques de los 17 iniciales contra los 8 galeones españoles, una urca y un patache, limitándose al cañoneo a media distancia. Sabedor de que esta estrategia le permitía aprovechar su ingente número de piezas de artillería y la mayor preparación de sus hombres, el almirante Joll se dedicó durante horas a disparar cañonazos sobre sus enemigos y, especialmente, sobre el bajel de Ibarra.

Pero en esta ocasión, la vanguardia de la defensa española estuvo liderado por el galeón Carmen de Sancho de Urdanibia, que fue separado de la formación principal por el viento y cañoneado por varios enemigos.

Con todo, y tras un intenso combate los holandeses se dieron por vencidos y abandonaron definitivamente la contienda. Los españoles lamentaron otros 54 muertos y unos 200 heridos, la mayoría pertenecientes al buque de Urdanivia. Mayores aún fueron las pérdidas holandesas, entre los que se encontraban el vicealmirante Abraham Rosendal, el contralmirante Jan Mast, o el comandante Jan Verdist, aparte de otros jefes y comandantes.

CUBIERTA DEL GALEÓN CARMEN DE SANCHO DE URDANIBIA

Eran considerables las pérdidas y daños sufridos en los buques españoles. Además, el día 5, se sumaron a la flota holandesa nuevos refuerzo, hasta llegar a 24 naves. Finalmente, la flota que dirigía Carlos de Ibarra decidió marchar rumbo a Veracruz y salvar los convoyes mercantes.

Aún en retirada, la flota holandesa siendo superior perdió la ambición de un tercer ataque, ante ante lo cual Ibarra desafió al enemigo, deteniendo su escuadra para esperarles y hasta iluminando su barco de noche para indicar su posición. A los holandeses no se les volvió a ver más, su derrota ante un enemigo tan numéricamente inferior sembró la consternación.

Para Ibarra, resistir fue vencer y, finalmente, la flota española pudo llegar a Veracruz, en el Virreinato de la Nueva España, el 22 de septiembre. En julio de 1639, esta flota llegaba a Cádiz, su destino final, cargado con las mercancías acumuladas durante años.

21/09/2015

Tomás de Larraspuru y Carlos de Ibarra en la Armada de Guardia de la Carrera de Indias


El sistema de flotas de la Carrera de Indias Occidentales que la Monarquía hispánica había estado desarrollando durante gran parte del siglo XVI y los inicios del XVII funcionó perfectamente hasta que en 1620 expiró la tregua firmada con Holanda. La Compañía de las Islas Occidentales holandesas (WIC) se creó con la intención de conquistar territorios del Imperio español ricos en sal y azúcar y, sobre todo, capturar una flota del tesoro. Durante los primeros años de la década de los 20, los problemas vinieron de los elementos más que de los holandeses. La Armada de la Guardia de 1621 del marino vascongado Tomás de Larraspuru llegó con la plata sin problemas, pero las de 1622 de Cadereyta y de 1623 del donostiarra Antonio de Oquendo y Zandategui perdieron varios buques por las tormentas, teniendo que invernar en Cuba, y llegando al año siguiente con parte del tesoro.

Durante los años siguientes, en plena Guerra de los Treinta Años de 1618-1648 aumentó la presión de los holandeses, pero las Armadas de la Guardia de 1624, 1625 y 1626, a las órdenes de Tarraspuru o Cadereyta, pudieron llevar la plata sin problemas. No obstante, en 1627, la flota de 13 galeones que comandaba Larraspuru tuvo que esquivar una flota de 34 naves del almirante holandés Boudewijn Hendricks, y luego otra de 13 barcos de Piet Heyn. Los huracanes sorprendieron a Larraspuru en agosto en las islas Bermudas, de modo que Heyn pudo capturar el Galeón de Honduras que había quedado atrás con 300.000 ducados, aunque Larraspuru pudo llegar a salvo a España. Los holandeses estaban rozando el éxito, que consiguieron al año siguiente.

FLOTA DE LA CARRERA DE INDIAS

En mayo de 1628, zarpó Larraspuru de nuevo desde Cádiz al mando de la Armada de la Guardia, formada por 8 galeones y 3 pataches, escoltando a la Flota de Tierra Firme hasta Cartagena de Indias sin incidencias. De nuevo, pasó a liderar la Armada de la Guardia en 1630, haciendo el viaje en un solo año y en pleno invierno sin perder un solo barco tras esquivar a tres escuadras holandesas de la WIC, navegando por una ruta atípica entre Cicos y Mayaguana, al sur de las Bahamas.

La Armada de 1631, de nuevo bajo poder de Larraspuru, hubo de invernar en La Habana debido a las temperaturas, esquivando a otra flota de la WIC y llegando en 1632, con unas pérdidas de 3,5 millones de ducados. Fue el último viaje de Larraspuru, que falleció al poco tiempo, el que privó a la Real Armada española del más habilidoso comandante de la Carrera de Indias junto con Carlos Ibarra.

En 1632-33 y en 1633-34 se envió de nuevo a la Armada del Mar Océano al Caribe, la primera al mando de Oquendo con 20 naves y 4.100 soldados, y la segunda al de Cadereyta con 55 navíos, volviendo ambas flotas con la plata, aunque la segunda de ellas perdió hasta 14 barcos por las tempestades.

Con tal despliegue, la flota de Jan Janszoon van Hoorn no se atrevió con ellos. En 1634, se volvió a enviar la Flota de la Guardia al mando de Oquendo, con el objetivo de llegar a Cádiz el mismo año, pero la presencia de barcos holandeses en la zona y una serie de tempestades le forzaron a invernar y regresar al año siguiente.

ARMADA DE LA GUARDIA DE LA CARRERA DE INDIAS

En 1635, Francia declaró la guerra a España. Fue la llamada Guerra franco-española de 1635-1659. A partir de entonces, la Armada del Mar Océano debería dedicarse a cubrir el frente del norte de Europa, ya que el transporte de dinero y tropas a Flandes se había convertido en una odisea. Se intentó que la Armada de la Guardia hiciera de nuevo el viaje de ida y vuelta durante el mismo año, algo que consiguió Carlos de Ibarra al regresar con la plata en diciembre esquivando una escuadra del holandés de la WIC Cornelisz "Patapalo" Jol. Tal hazaña fue repetida por Ibarra en 1636 y 1637, escapando de las flotas corsarias de los almirantes holandeses Jol y de Aert Gronnewegen respectivamente.

Al año siguiente, Carlos Ibarra zarpó al mando de la Armada de la Guardia. Tras pasar Cartagena de Indias y embarcar la plata del Perú, en agosto, partió hacia La Habana con 7 galeones escoltando a 5 mercantes y 3 fragatas ligeras que formaban la Flota de Tierra Firme. Cornelisz Jol venía de Brasil con una flota de 24 naves para intentar interceptar por cuarta vez a la flota del tesoro. A la altura de las Bahamas un huracán le sorprendió, y varios de sus barcos acabaron varando en Cuba, por lo que el gobernador de la isla dio aviso a las flotas para que no salieran. la Flota de Nueva España, con 1,2 millones de ducados en 6 barcos, bajo mando de Orbea, decidió quedarse en puerto, pero el aviso no llegó a Ibarra. Este llegó el 30 de agosto a la altura de Pan de cabañas encontrándose con el almirante Jol, que navegaba 17 barcos por barlovento, frente a los 7 españoles, que además iban cargados de plata y debían escoltar a otras 8 naves. Ante esta amenaza, Ibarra se dedicó a combatir, situando sus galeones en primera línea cerca de la costa para proteger el resto de las naves, y ordenando abrir fuego. Jol atacó con 4 de sus barcos a la nave capitana de Ibarra, intentando abordarla. Su mástil de proa, lleno de soldados, quedó sobre la cubierta del galeón de Ibarra, pero antes de que pudieran saltar éste realizó una descarga de fusilería y cañones que barrió a los barcos de Jol, forzándoles a retirarse con muchas bajas. Los tres barcos holandeses que atacaron la embarcación almiranta de Ursúa sufrieron la misma suerte.

Al final del encuentro, los holandeses tuvieron 200 bajas frente a 72 hispanas, incluido el propio Ibarra, que agarró un granada enemiga para intentar arrojarla por la borda, pero le estalló en las manos. Sin embargo, Jol no cedió, y volvió al ataque el 13 de septiembre, esta vez con sólo 13 buques. Decidió mantener la distancia y cañonear a Ibarra. El galeón Carmen quedó separado de la línea española pero Ibarra acudió al rescate y lo trajo de vuelta. Una vez juntos, descagó la plata del Carmen y lo mandó reparar a Bahía Honda. Carecía de municiones suficiente para repeler un tercer asalto.

El día 5, Jol fue reforzado hasta contar de nuevo con 24 naves, e Ibarra ordenó dar la vuelta e invernar en Veracruz. Sin embargo, la escuadra de Jol estaba tan dañada, que su tripulación se negó a atacar por tercera vez, e Ibarra pudo llegar sin problemas. Allí pasó el invierno, y finalmente regresó a España junto con la Flota de Nueva España en julio.

Ibarra, herido y enfermo, fue enviado sin descanso al Mediterráneo, falleciendo por agotamiento el último gran comandante de la Carrera de Indias.
COMBATE DE CABAÑAS ENTRE ESPAÑOLES Y HOLANDESES