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27/07/2026

Defensa militar de Vizcaya en la Modernidad


De extensión más bien reducida y entre Guipúzcoa y Santander, el señorío de Vizcaya contaba con el puerto de Bilbao, en la ría, el único de cierta importancia existente en ese espacio geográfico, y tenía recintos amurallados en la capital, Bermeo, Valmaseda, Portugalete o Durango, pero como sucedería con las tierras situadas al oeste, Vizcaya no convirtió en escenario de guerras con otras potencias. No obstante, dos puertos tuvieron especial interés para la Corona, como son Portugalete y Lequeitio, pues de ellos dependía el sostén de Bilbao.

BILBAO, SIGLO XVI

En el caso de Portugalete, desde los inicios del siglo XVI hay proyectos para mejorar el canal de la bahía, cuya renovación constante llegó a ser la principal atención en la primera mitad del siglo, comprando boyas de señalización, mejorando la barra y construyendo los muelles. Para 1552 empezaba ya a perfilarse la conveniencia de fortificar la plaza, para lo que solicitó artillería y municiones, pero hubo que esperar hasta 1587 para que el Consejo de Guerra asumiese la indefensión en que se encontraba aquel sector de la costa, tanto por la escasez de armas como por la falta de gentes suficiente, ordenando a los habitantes del interior que acudieran en defensa de los puertos. Dos años después, en 1589, se decidía la construcción de un fuerte, que en realidad era una obra menor (un torreón y un terraplén) y hasta 1640 no aparecieron intereses en defensa, pues fue entonces cuando una junta de caballeros del Señorío reunida en Bilbao se planteó la fortificación de los puertos, sin que se avanzara gran cosa, y las visitas posteriores nada propusieron, de forma que en 1691 la defensa de Portugalete seguía estando necesitada de reparaciones.

También a mediados del siglo XVI solicitó Lequeitio al rey la subvención de una torre defensiva, alegando ser la plaza más cercana a Guipúzcoa y, por tanto, a la frontera con Francia, cuyas naves hacían acto de presencia por aquellas aguas; pero la ausencia de noticias posteriores hizo pensar que, aunque la obra fue aceptada, sería de muy escasa entidad.


MAPA HISTÓRICO DE VIZCAYA

Por otra parte, en el fuero de Vizcaya (en el Fuero Nuevo de 1526 ya estaba reconocida la hidalguía universal de todos los naturales) se encontraban unas disposiciones que delimitaban cuáles eran los deberes de los vizcaínos respecto a su señor, a cuya llamada tenían obligación de acudir sin esperar ni recibir sueldo alguno por ello, siempre y cuando no salieran de su territorio, es decir, se mantuvieran dentro de los límites del señorío, pues en caso contrario se les daría por anticipado dos o tres sueldos mensuales.

No obstante, los vizcaínos no estuvieron al margen de la conflictividad bélica de la Monarquía, y cuando se planteaban grandes acciones o problemas fronterizos, inmediatamente tenían repercusión en el Señorío, aparte de la puesta en marcha de otras iniciativas como las plantaciones de fresnos para fabricar picas o el envío de armamento.

Su colaboración en las empresas navales (realmente destacada en todo el siglo XVI) se inició muy tempranamente, pues en la expedición para la conquista de Orán (1509-1510) aportaron unas 20 naves de diversas clases (naos, carabelas y goletas) con sus correspondientes dotaciones. 

Cuando la guerra amenazaba la frontera próxima, se solicitaba su participación en el conjunto de las provincias vascas. Ilustrativa a este respecto es la formación de un ejército de 15.000 hombres alaveses, guipuzcoanos, vizcaínos, riojanos y burgaleses, por iniciativa del virrey navarro, duque de Nájera, en 1520-1521 para oponerse a la invasión francesa. 

Un muestra de ese esfuerzo es la ofrecida en 1579, cuando el 29 de septiembre la Junta General trató sobre la orden real de que el territorio tuviera armada y dispuesta a toda la población masculina útil para acudir a la llamada del capitán general de Guipúzcoa por llegar noticias de movilización de tropas en el Béarn. Para cumplir con las órdenes reales se dispuso la celebración el 18 de octubre de un alarde general de todos los hombres mayores de 18 años. 

Después, en 1582, se tuvieron que atender las peticiones de hombres para la armada, procediéndose a la correspondiente leva y a su reparto entre las poblaciones, arbitrándose unos remedios para cubrir los gastos iniciales.

En los años que siguieron se repitieron demandas de hombres para las naves y órdenes para realizar alardes y comprobar que la gente estaba presta para la movilización si fuese necesario, además de solicitar la construcción de navíos. A finales del siglo, en 1597, la Juna General solicitó que no se saque gente del Señorío y que se autorice llevar más pólvora de la prevista, pues no eran suficientes los 50 quintales que se esperaban de Zaragoza ni los 3.000 arcabuces que enviaba Guipúzcoa. Peticiones que fueron jalonando la vida vizcaína y que se agravaron cuando la situación internacional se complicó. Ya Felipe II recomendó a la Junta General en varias ocasiones que atendiera a su propia defensa, pero la presión de la Corona aumentó con Felipe IV, que en 1625 les pidió 600 hombres y las demandas ascendieron después de 1635, como sucedió en el resto de la Monarquía.

Precisamente, la existencia del fuero permitía un régimen fiscal especial, que la Corona tuvo presente a la hora de reclamar apoyo económico y humano a sus empresas militares; este régimen especial fue el que provocó un malestar creciente entre la población ante las pretensiones reales, que tuvieron uno de sus exponentes más gráficos en la “rebelión de la sal” (1631-1634), surgida como consecuencia de la imposición del estanco de este producto, lo que era un claro contrafuero, circunstancia que no disuadió al rey y que vino precedida de otras medidas de la Corona recaudadoras de recursos, como sucedió en 1629, cuando el soberano pidió un servicio de soldados, reconvertido en donativo económico pagado por las Juntas Generales del Señorío (consistió en dos galeones, 36.000 ducados para artillería y munición y el sueldo de 200 marineros durante seis meses, sumas que se recaudaron con la creación de arbitrios sobre el vino, el pescado y las mercancías que pasasen por las aduanas). Un nuevo servicio de hombres fue demandado en 1631, además de un donativo y de la imposición del estanco de la sal.

Esta presión fiscal venía coincidiendo con un alza de precios, reduciendo el nivel de vida general de la población, sin que ello fuera óbice para que los órganos de poder del Señorío aceptaran las demandas reales y dispusieran su cobro. Dado que el donativo anterior había recaído sobre el consumo y que la medida sobre la sal era un contrafuero, la población vio en la revuelta una forma de protestar o sacudirse esa presión: así se generó la crisis y estalló un largo conflicto.


15/07/2025

Apoyo militar de Álava a la Monarquía española en la Modernidad


Como las demás tierras vascongadas, Álava estuvo exenta de los "servicios reales", pero participó en los gastos de la Monarquía por medio de contribuciones de carácter ordinario y otras consideradas como extraordinarias. Existieron contribuciones extraordinarias y coyunturales que formaban la parte más importante de la fiscalidad real en las provincias vascas: donativos, servicios armados y caminos. Los primeros pertenecían a la "especie" de servicios monetarios que, en la mayor parte de los casos, nada tuvieron de voluntarios debido a la concurrencia de dos factores: primero, siempre correspondieron a peticiones realizadas por el rey, aunque no era éste quien fijaba los cupos monetarios; y segundo, las solicitudes vinieron fundamentadas en las necesidades financieras del Real Erario, originadas, casi siempre, por el gasto derivado de las confrontaciones bélicas. Por ello, a cada solicitud hecha por la Monarquía se correspondía con un servicio monetario de mayor o menor cuantía, luego si bien bajo la denominación de “donativo” puede entenderse la voluntad por parte del que lo otorgaba, las necesidades y las deudas del Estado contribuyeron a convertirlos en "forzosos" y "obligatorios".

Entre las contribuciones ordinarias estaban el tradicional "pedido forero de Vitoria" (que fue sustituida por una sisa) y los "derechos de ferrerías" de Álava, cuyos rendimientos en gran medida se vinculaban al mantenimiento de la Hermandad, constituyendo más adelante lo que se denominaría la hacienda foral alavesa.

Las aportaciones extraordinarias, coyunturales y asistemáticas, consistían en la presentación de servicios armados, de bagajes para armas y vituallas y contribuciones para la construcción y mantenimiento de vías de comunicación terrestres. A todo ello hay que añadir los donativos.

ÁLAVA, EDAD MODERNA

El impuesto que más directamente relacionó a Álava con la Corona fue la alcabala, pese a que buena parte de los que actualmente es la provincia alavesa estaba al margen de este impuesto indirecto, lo que no minusvaloraba su rendimiento y su aumento, pues encabezada en 1557 con 725.000 maravedíes, en 1577 esa cifra había aumentado hasta 1.4000.000 maravedíes, quedando estabilizada, prácticamente, en lo que quedaba de siglo y a lo largo del siglo XVII.

Sin embargo, lo que realmente disparaba los gastos de la hacienda provincial alavesa fueron las contribuciones en hombres y dinero para ayudar a la financiación de la necesidades militares de la Corona.

Como en las otras tierras vascas, zonas fronterizas, las obligaciones militares de los naturales se vinculaban a la defensa del propio territorio durante tiempos de guerra y a la defensa de la frontera en casos de invasión externa, para lo que se producía el armamento foral, una movilización de toda la población. No obstante, en caso de sublevación interna o de guerra extraordinaria con alguna nación extranjera, estaban obligados a acudir a la llamada real con fuerzas de infantería, con marinería y hasta con barcos. Igualmente, los desembolsos que el armamento foral pudiera acarrear eran por cuenta de las provincias, y hasta la llegada a los límites de las provincias de las fuerzas movilizadas, su mantenimiento era también por cuenta de las haciendas forales, asumiendo esos gastos la hacienda real una vez que salían de sus fronteras o límites:
"De esta suerte, las juntas alavesas concedieron a la corona numerosos servicios militares en hombres y pertrechos durante los siglos XVI y XVII. Sin embargo, fue bastante habitual que las contribuciones quedasen en meros “apercibimientos de gente” que comprendían a todos los varones mayores de veinte años y menores de sesenta de cada localidad. De ordinario era la defensa de la frontera con Francia… la que generaba las demandas del rey."

MURALLA MEDIEVAL DE VITORIA

En tiempos de Felipe II las aportaciones fueron más ficticias que reales, pues muchas de las campañas provocaron unas movilizaciones que no se tradujeron en intervenciones militares, y en la década final del siglo XVI las contribuciones alavesas consistieron sobre todo en cargar con los costos de los alojamientos y del tránsito de tropas.

Pero en el siglo XVII, la actitud alavesa fue cambiando, sobre todo con los planes del conde-duque de Olivares, pues la diligencia mostrada ante las peticiones anteriores se fue transformando en una creciente resistencia, en gran medida debido a que el incremento de la presión fiscal y los agobios de la Corona coincidían con la caída económica y demográfica de Álava, hechos en los que la provincia justificaba sus reservas y resistencias a cumplir las demandas de la guerra con Francia y los de la crisis iniciada en 1640.

Y también se encuentran los donativos, que en rigor no formaban parte de la fiscalidad foral, pero no iban contra el fuero por ser voluntarios. Felipe IV solicitó por primera vez un donativo a las tres provincias en 1629, petición que fue muy criticada pero finalmente aceptada. Por su parte, Vitoria parece que había sido objeto de estas demandas, siempre atendidas, en 1598, 1615, 1616, 1660, 1666, 1679 y 1696, en bastantes más ocasiones que Álava, que fue requerida en este sentido en las postrimerías del reinado de Felipe IV: 1687 y 1699. Estas demandas reales tuvieron algunas contrapartidas favorables para los naturales, la más significativa el reconocimiento en 1664 por Felipe IV de la construcción alavesa, su gobierno por sus fueros y leyes propias y su exención de los tributos castellanos.

13/09/2024

Plan de defensa territorial para Guipúzgoa y Navarra en el siglo XVI


Desde que los Reyes Católicos iniciaron una nueva política exterior expansionista, que culminó con la unión de Navarra a la Monarquía española en 1512, dio comienzo un vasto programa de fortificaciones para proteger el territorio peninsular de posibles agresiones externas. Este plan alcanzó prácticamente a todas las zonas de la periferia y que tuvo su mayor esfuerzo con los reyes Carlos V y Felipe II.

Durante el reinado del emperador Carlos V, la amenaza francesa se cernía sobre Navarra, el Rosellón y las Provincias Vascongadas, por lo que allí se dirigieron los esfuerzos de fortificación, que fueron continuados por su hijo Felipe II, quien además inició la fortificación de las plazas de los Pirineos centrales.

La amenaza de los piratas berberiscos y de los turcos obligó a Carlos V a fortificar el litoral del Mediterráneo, e igual política siguió Felipe II. Durante el reinado de este último, se realizaron la mayoría de las plazas fuertes y fortificaciones en las fronteras y costas americanas de su creciente impero.

PAMPLONA, 1521

Tras su incorporación a la Monarquía de España en 1512, el Reino de Navarra fue fortificado para rechazar los previsibles intentos franceses de invasión. Las primeras obras se realizaron en Pamplona, donde estuvieron trabajando a lo largo del siglo Luis Pizaño, Juan Bautista Calvi, Juan Bautista Antonelli, el Fratín, Cristóbal de Rojas y Antonio Herrera.

Posteriormente se fortificaron Estella, Tudela, Olite, Lumbier y Sangüesa. Logroño fue fortificada por Juan Bautista Calvi.

La ausencia de una flota francesa capaz de atacar con éxito el litoral del Cantábrico y la fachada del Atlántico motivaron la práctica ausencia de fortificaciones en estas zonas durante el siglo XVI. Carlos V no realizó obras de fortificación en estas costas, ya que la amenaza provenía de los ataques piratas de Barbarroja, y estos se circunscribían al Mediterráneo. Además, en aquellos años Francia no disponía de una flota de guerra capaz de oponerse a la española al mando de Andrea Doria, por lo que no se temían ataques marítimos. No obstante, se trabajó con ahínco en las Provincias Vascongadas para frenar las amenazas territoriales de la vecina Francia.

BILBAO, SIGLO XVI

En la costa gipuzkoana, durante el reinado de Carlos V, las fortificaciones de las plazas de Fuenterrabía y San Sebastián fueron proyectadas por el Prior de Barletta y por Benedito de Rávena. Posteriormente, el Fratín comenzó las obras en Fuenterrabía, que fueron continuadas por Leonardo Turriano y el capitán Luis Pizaño, a mediados del siglo XVI.

Las obras de San Sebastián fueron comenzadas por el capitán Luis Pizaño a mediados del siglo XVI y continuadas por el Fratín y Spanocchi. Además, Spanocchi realizó las trazas de las plazas de Guetaria, Pasajes, Higuer y Beovin.

En Cantabria, Vespasiano Gonzaga, capitán general de Navarra, visitó las fortificaciones de Santander, donde se encontraba el Fratín trabajando como ingeniero, no solo en esta ciudad sino también en el puerto de Santoña. Por último, Cristóbal de Rojas fue el autor del proyecto y construcción del Fuerte de San Martín, en el puerto santoñés.

SAN SEBASTIÁN-DONOSTIA, SIGLO XVI