Durante los siglos de la Edad Moderna, fue una industria más dentro de las actividades económicas relacionadas con la marinería. Pero la actividad de corso marítimo se convirtió en una fuerza militar que aseguró rutas comerciales del Imperio español, que contrarrestó el acoso de sus aventajados rivales franceses, ingleses y holandeses.
Los corsarios vascos fueron propietarios sus propias embarcaciones que atacaban y apresaban a otras embarcaciones mercantes provenientes de países enemigos de la Monarquía española bajo una licencia real llamada Patente de Corso, respetando en teoría los tratados reales e internacionales. Impulsaron la construcción naval de los astilleros de la costa y de las armerías de interior, se asociaban con la marina mercante, y pagaban tributos sobre beneficios.
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| CORSO VASCO DEL SIGLO XVIII |
Unas veces, eran mercaderes marítimos que ya habían sufrido ataques de piratas y se volvieron corsarios en búsqueda y captura de estos para su propio beneficio. En otras ocasiones, eran capitanes de marina pertenecientes a la Real Armada española que actuaron por cuenta propia tras recibir la patente de corso. Y la mayor parte de las veces eran armadores, es decir, profesionales que preparaban embarcaciones tanto propias como ajenas para la navegación en corso, las armaban de cañones de artillería y municiones mediante compras en las ferrerías armeras vascas, principalmente del valle de Deva, y las dotaban de pertrechos de guerra.
Solían actuar sobre todo en aguas de la costa atlántica del sur de Francia contra los buques mercantes y corsarios franceses, ingleses y holandeses. En aquella época los mercantes solían montar cañones, con lo cual los combates fueron muy frecuentes. El floreciente comercio con América y el monopolio y control de la Casa de Contratación de Sevilla en los siglos XVI y XVII propiciaron también el auge del comercio ilegal.
Esta situación cambió con la fundación de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, en 1728, cuando el monopolio del comercio con Venezuela recayó en la empresa de accionistas del territorio. Estos fletaron una armada de guardacostas para proteger el litoral y aguas de la Provincia venezolana en el Virreinato de Nueva Granada para proteger a los mercantes de la Compañía mercante caraqueña frente a los ataques de piratas ingleses y holandeses.
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| ATAQUE CORSARIO |
Entre los capitanes corsarios de esta empresa destacó Vicente Antonio de Icuza y Arbaiza que fue comandante general de la Armada de Guardacostas de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas en el mar Caribe entre 1764 y 1776. Su labor de protección fue tan beneficiosa como su recompensa económica, pues en la campaña de 1767, apresó 13 navíos; otras 12 capturas en 1767; unos 14 más en 1768. En una segunda etapa, entre 1772 y 1774, apresó un total de 70 embarcaciones contrabandistas, un destrozo al comercio ilegal de piratas y contrabandistas, que fue continuado en 1778, realizando 55 presas.
El último impulso de la navegación en corso lo dieron la dinastía entrante de los Borbones, cuya instauración en el poder propició alianzas entre potencias europeas y puso en el punto de mira a Inglaterra. La Guerra del Asiento, entre 1739 y 1748, supuso el último periodo de auge en la actividad corsaria vasca, convirtiendo a San Sebastián en un enorme centro comercial de botines de guerra capturados a barcos mercantes.
Un claro ejemplo fue el capitán corsario Pedro Ignacio de Goycoechea, quien apresó dos barcos mercantes británicos Dorotea y Tounshend en 1740.
En el transcurso de la Guerra de los Siete Años, entre 1756 y 1763, destacó el corsario Antonio Urtesabel, que apresó la increíble cantidad de 400 buques holandeses entre los años 1759 y 1774, y que después pasó a ser teniente de navío de la Real Armada española.
En la última Guerra Anglo-española de 1804, se armaron 10 naves, de las cuales 3 fueron de corso y mercancías, y 7 lanchas que actuaron desde Galicia. Estos fueron los últimos corsarios de Guipúzcoa.




















