Durante la Baja Edad Media, las armas blancas habían significado un producto de comercio para la sociedad modragonesa. Sin embargo, a partir del siglo XVI, comenzaron a aprovechar sus conocimientos técnicos y metal del acero en la fabricación de armas de fuego, compitiendo con Eibar. De hecho, hay documentos que demuestran que ambas villas guipuzcoanas aportaron armamento a los rebeldes de Segovia durante la Guerra de las Comunidades de Castilla en 1519. El armero y mercader
, de Durango, son dos ejemplos de aquellos años.
, quien decidió continuar la elaboración de armas blancas, según contrato firmado en 1559, y empezar
, demostrando versatilidad y capacidad de adaptación a las nuevas demandas.
El mercado principal de las armerías de Mondragón fueron las ciudades de interior peninsular, además de la Corte madrileña, a las que compraban a su vez trigo o vino que después venderían en las tierras vascas. En ocasiones, el intercambio se efectuaba en poblaciones del litoral cantábrico, en las que adquirían alimentos pescados en el mar. Un ejemplo fue el intercambio trueque realizado en Vergara, en 1576, por el cual el donostiarra Juan de Arana entregaría 9.000 sardinas, valoradas en un maravedí la unidad, al mondragonés
A lo largo de la segunda mitad del siglo XVI e inicios del XVII, en Mondragón se fue diferenciando al armero fabricante de armas blancas del arcabucero de armas de fuego. Comenzaron a implantarse las
primeras sagas de arcabuceros que durarían varias generaciones: los Vergara, Artazubiaga, Elexalde, Otalora, Ascarretazabal, García de Oro, etc.
En 1564, el armero
Pedro García de Oro falleció, encargándose su viuda de pagar deudas al tenacero Blas de Ynsaurbe.
En 1571, aparecen pro primera vez el linaje Vergara dedicados a la fabricación de arcabuces.
En esos años, apareció
Antonio de Elexalde suministrando material para los artesanos en cuyo contrato se escribió:
"çincuenta quintales de fierro tocho para hazer plachas para fabricar y hazer arcabuzes y mosquetes".
En 1576, aparecen los Artazubiaga en la fabricación de armas de fuego.
Martín Ibáñez de Artazubiaga firmó un contrato de fabricación de 150 cañones de arcabuces
"barrenados y provados".
En 1591, el armero
Juan de Otalora firmó tres contratos de fabricación.
En 1599,
Andrés de Ascarretaçával llegó a un acuerdo el veedor real Lope de Elío para fabricar
"mil caxas de arcabuzes y dozientos para mosquetes".
Era algo habitual que en un documento apareciese un artesano cuchillero y en otro firmase como puñalero, y en ocasiones se hacía llamar
"maestro çerrajero y de hazer llaves y moldes de arcabuzes", como se denominaba en un documento al armero
Mateo de Vicuña. La técnica de estos artesanos no quedaba reducida a un solo producto o sector, sino abierta a otras facetas industriales.
Fueron numerosos los contratos entre armero y cerrajeros de Mondragón, síntoma de la versatilidad profesional. Un ejemplo fue el contrato establecido entre el armero
Juan de Zuazu y el cerrajero
Domingo de Cortázar, para fabricar
"çinquenta y una llaves de golpe de arcabuzes con sus moldes y manija y clavos y disparador buenos y suficientes".
Otro ejemplo de versatilidad técnica de los artesanos mondragoneses se dio en el tratamiento de las distintas piezas de fraguas y martinetes, especialmente cuando debían adaptar los fuelles o barquines de los talleres según la tipología de productos a fabricar. Un contrato sobre este asunto fue el firmado por un arcabucero de esta villa con el barquinero
Pero de Garagarça para la fabricación de unos fuelles, que debía instalar
"para su fragua de forjar arcabuzes". Otro armero de Ermua le solicitó
"unos barquines nuebos para fragua de forjar arcabuzes", con requisitos técnicos muy precisos.
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| ARMAS PORTÁTILES DE FUEGO |
Normalmente, las ferrerías mondragonesas trabajaban bajo pedido, preparando los materiales según la tipología del arma a fabricar. Por ejemplo, en 1597 la
ferrería de Guesalíbar debía producir
"çinquenta quintales de fierro tocho para hazer planchas para fabricar y hazer arcabuzes y mosquetes para muniçión de su magestad".
Aquellas fraguas también podían ser alquiladas a tiempo parcial o completo por armeros interesados en fabricar por encargo firmado. Fue el caso del puñalero
Juanes de Jáuregui, quien alquiló la ferrería tiradera perteneciente a
Teresa de Anteçana, donde utilizaría una fragua con todas las herramientas, a tiempo parcial por la noche, para labrar acerillo para sus productos.
La llegada a Mondragón de los veedores y oficiales reales, especialmente pagadores reales, asentados en Placencia de las Armas en varias ocasiones es un hecho esclarecedor de la importancia que tenía esta villa como centro industrial armamentístico. En el tránsito entre estos dos siglos destacó el oficial mondragonés
Pero Fernández de Zaraa y Bolívar, quien poseía el cargo de
"pagador y tenedor de las fábricas de armas en esta provinçia de Guipúzcoa y Señorío de Vizcaya".
En ocasiones se formalizaban acuerdos verbales entre armero y oficial real, pero la mayoría de las veces se firmaban contratos de armas o sus componentes ante notarios de Mondragón. Buen ejemplo de esto fue el asiento formalizado entre el armero
Andrés de Ascarretazábal y el veedor real Jerónimo de Aybar, a inicios del siglo XVII, para la elaboración de 1.200 cajas de arcabuces. Artesanos de diferentes lugares, incluso maestros de Placencia de las Armas, se trasladaron a trabajar al Valle de Leintz, atraídos por la posibilidad de acceder al valorado acero mondragonés.
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| MOSQUETEROS DEL SIGLO XVI |
Una de las más destacadas familias mondragonesas dedicadas a los arcabuces y mosquetes fue el linaje de los Vergara, desde la década de 1570. Una de las primeras noticias de
Pedro de Vergara fue la fabricación de 100 arcabuces para la población riojana de Santo Domingo de la Calzada.
En 1574, Vergara firmó un asiento en colaboración de otro mondragonés,
Marín de Aráoz, para fabricar 500 mosquetes
"para su magestad y para su armada que por si horden e mando anda en la carrera de las Indias".
En 1575, adquirió 3 quintales de acero con la intención de emplearlos en la elaboración de armas de fuego.
En 1576, alquiló unas casas que poseía en el arrabal de abajo con su fragua al armador
Martín Ibáñez de Artazubiaga, con el objetivo de forjar cañones de arcabuces. Aquel mismo año, Artazubiaga elaboró 150 cañones de arcabuces que entregó a su socio Vergara, a cambio de 900 reales. Esta colaboración entre armeros de la misma villa era muy habitual y necesaria ante las exigencias que suponía aceptar un contrato con los oficiales reales en tiempo, cantidad y calidad.
En los años 90 se produjo el relevo generacional de los Vergara. En 1594,
Juan de Vergara aparecía en su oficio de arcabucero, contratando los servicios de aprendices como el mondragonés Rodrigo de Córdoba, o de oficiales obreros, como el durangués
Joan de Helexiburu,
"para servirle en el ofiçio de arcabucería". Según contrato de empleo, este último recibiría 22 ducados anuales, cobrando diariamente,
"como suelen azer y reçibir los otros ofiçiales obreros como yo", escribió él mismo.
Tras el fallecimiento de su padre, en 1597, Juan de Vergara aceptó el testamento de su padre
"con benefiçio de inbentario", por ser
"hijo legítimo y heredero de maese Pedro de Vergara y de Ángela de Salas". Entre los bienes a heredar se encontraban
"los barquines y remienta del ofiçio de maestro arcabuçero", porque era muy habitual que los oficios se transmitieran de padres a hijos, con una dotación basada en la fragua, los instrumentos de trabajo y un capital monetario para un artesano joven.
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| PLACA DE LA CALLE DE LAS FERRERÍAS EN ARRASATE - MONDRAGÓN |
Si Mondragón ganó fama por la fabricación de armas ligeras de fuego, más aún fue su importancia en cuanto a picas y complementos de armamento. Llegaban mercaderes o armeros de todo el Alto Deva o villas cercanas de Vizcaya. En 1612, se presentó Juanes de Lequerica, vecino de Elorrio, para firmar un contrato por el cual debía entregar al veedor Aybar un pedido de 800 picas en dos meses. La operación de formalizó en Mondragón, punto habitual donde se⁹ organizaban expedición de transporte de armas con destino a ciudades de Castilla.
En las ferrerías de Mondragón abundaban los contratos de aprendizaje por parte de jóvenes con aspiraciones profesionales. Un ejemplo contrato de aprendiz fue el que consiguió Cristóbal de Vizcaya, a la edad de quince años, para trabajar en la armería del maestro Mateo de Vicuña "maestro çerrajero y de hazer llaves y moldes de arcabuzes". En 1624, Lorenzo de Amézaga, de dieciocho años, se comprometió a servir como limador y forjador de arcabuces ante el maestro armero Sebastián de Anteparu. En 1629, Juan de Ugarte, de diecinueve años, se puso a disposición de Pedro Bernal de Irisui durante dos años de aprendizajes "en su oficio de forjar, adreçar y limar llaves cerrajas", actividad paralela a la de fabricar armas de fuego.