jueves, 9 de julio de 2015

Batalla de Elorrio

Elorrio obtuvo su carta fundacional como villa municipal en 1356, por el infante don Tello, señor de Vizcaya. Aquellos fueros tenían un doble objetivo, por una lado defender el señorío de los  continuos ataques los banderizos guipuzcoanos. El otro era el establecimiento de un poder municipal que hiciese frente al poder de los señores rurales.

Un siglo más tarde tuvo lugar la batalla de Elorrio, en 1468, englobada en el marco de las Guerras de Banderizos vascongados.

La Batalla de Elorrio enfrentó a las casas de Ibarra, del bando oñacino, y de Marzana, del bando gamboino. Junto a los Ibarra lucharon las casas de Muxica, Butrón, Arteaga, Salazar y Zarate, mientras que en el bando liderado por los Marzana estaban las casas de Avendaño y sus aliados Sancho y Luis de Velasco, los condes de Saliñas y Haro, Juan de Briviesca y el refuerzo de 300 mercenarios castellanos contratados al marqués de Santillana.




Este enfrentamiento está considerado como una de las grandes batallas medievales de las provincias Vascongadas. Según escribió el historiador Lope García de Salazar en sus Bien Andanzas e Fortunas, en ella intervinieron miles de contendientes. También que fue una de las primeras batallas donde se utilizó la artillería como elemento destructor, ya que hasta poco antes la afectividad de esta era muy baja, produciendo más ruido que daños reales. El Duranguesado, como el resto del Señorío de Vizcaya, se convirtió en uno de los escenarios habituales de las mismas.

El cruento y encarnizado enfrentamiento de Elorrio terminaría con la victoria aplastante de los hombres de la casa de Marzana y sus aliados, pertenecientes al bando gaboino, a quienes también habían apoyado las gentes del interior de la villa de Elorrio. Los Salazar también fueron participantes, incluidos en el bando oñacino. Según el cronista vizcaíno, en esta batalla murieron varios miles de hombres pertenecientes a los solares de Salazar, Butrón y Muxica; entre ellos, tres de los hijos de García de Salazar.




En sus Bien Andanzas e Fortunas, García de Salazar escribió que a princicios de siglo XV, Furtun García de Avendaño y Martin Ruíz de Avendaño mataron a Ruy Sánchez de Zaldivar, con otros diez hombres, siendo la causa el que les “contrariaba el mando de la tierra”. Desde aquel día siempre existió enemistad entre los de Avendaño y los de Zaldivar.

En 1468, Zaldivar se aliaba con Pero Ruiz de Ibarra y Aloso de Mújica, señor de Aramayona, en la lucha contra varias villas vizcaínas entre ellas Durango. Las villas fueron defendidas por Pedro de Avendaño.

Avendaño presentó en Elorrio 1200 infantes y 150 jinetes de caballería del conde de Salinas, dejándolos bajo la conducta de su hijo, Juan, Juan Briviesca y otros capitanes de la casa de Haro, colocándose él en la villa de Durango.

La primera operación del esforzado Juan de Avendaño fue poner cerco a la torre de Ibarra, guarnecida solamente por 150 hombres, gente insuficiente para defenderla por mucho tiempo. Mújica, que vio el aprieto en que se encontraba su aliado, amenazado por gente armada con magníficas lombardas, pidió al marques de Santillana 60 caballos, que bajo las órdenes de Juan de Leiva y Lope Hurtado de Salcedo fueron puestos a su disposición.

Pero estos socorros eran insuficientes, la situación de Ibarra no mejoraba, siendo cada día más desesperada, por lo cual Mújica llamó en su ayuda a los Salazares. Los de la casa solariega de Salazar reunieron a 300 de sus hombres en las proximidades de Durango, que se sumaron a un ejército de 4.000 hombres y 80 caballos, y gruesas lombardas traídas de Cantabria por el banderizo Mújica.




En Durango desecharon las proposiciones de paz que les hizo el corregidor Juan García de Santo Domingo, y se dispusieron a atacar la villa de Elorrio de la cual habían ya salido algunos hombres para diezmar a los sitiadores. Los hijos de Lope García de Salazar, Fortun Gómez y Ochoa Gómez, eran los encargados de asentar las lombardas, para cuya operación se adelantaron con 600 hombres de Butrón. Apenas habían comenzado a sentar sus reales y establecer las baterías, la gente que había quedado atrás con Juan Alonso, no se sabe si por traición o por temor, decidieron no entrar en la lucha.

Lo cierto es que apercibidos los de la villa del desorden de los enemigos, cargaron de improviso sobre los pocos que en el campo quedaban, mataron a Gonzalo de Salazar, Fortún Gómez de Butrón, Ochoa Abad, Juan de Butrón, hermanos bastardos; a Juan Alonso Ochoa de Butrón nieto de Ochoa, y Gonzalo Gómez. Gonzalo de Salazar, el más resistente, tras ser herido en la cara, sostuvo un reñido combate a espada con varios, hiriendo a Juan de Avendaño y matando a su caballo, hasta que al fin cayó muerto. A su lado también murieron luchando Pedro de Salazar de Montaño, Men Sánchez de Bañares y Ochoa de Loizaga. Fueron presos Juan de Salazar, su hermano, con siete heridas, y Ochoa de Salazar, los cuales fueron ejecutados en las puertas de la villa por orden de Avendaño.




Los oñacinos tuvieron 200 muertos, huyendo los demás desordenadamente por la cuesta arriba; de los cuales muchos murieron ahogados por la sed y el cansancio, y entre ellos Fernando de Salazar, Rodrigo de Achurriaga y Pedro de la Bárcena, con más de 45 hombres, parte de ellos heridos. Entre los de Butrón y de Mújica cayeron entre otros, a Gonzalo de Guecho, Juan de San Juan, bastardo de Butrón, Ochoa de Unzueta y otros varios. También fue herido en las piernas de dos saetas el caudillo Juan Alonso de Mújica. El triunfo ocasionó la toma de la torre de Ibarra, Ermua, y sus tierras.

Pocos días después murió junto a Durango Fernando de Zaldivar, y también su aliado Diego de Basurto con gran alegría de los vecinos y naturales de la villa. Un año después el conde de Haro desterró de las tierras de Vizcaya a Avendaño y Mújica, los cuales dos años más tarde debieron combatir en Munguía en su contra.

Ante esta insostenible situación, el corregidor, las Villas de Vizcaya, Lope García de Salazar y los mercaderes de Burgos pidieron la intervención real para buscar la pacificación. Ante esta petición el rey Enrique IV comisionó al conde de Haro para efectuar las nuevas ordenanzas.