02/08/2016

Adaptación de la Iglesia navarra al Régimen liberal


La marcha de la Iglesia navarra en los siglos XIX y XX está íntimamente ligada a las transformaciones del mundo contemporáneo, de acuerdo con el contexto español en que estas se han producido hasta la actualidad. En todas ellas, la Iglesia navarra ha sido una pieza esencial dentro del contexto nacional, tanto dentro de las pautas tradicionalistas, que han estado presentes hasta hace poco, como en las transformaciones derivadas del Concilio Vaticano II, que coincidieron en la sociedad navarra con procesos de transformación social y económica de amplio calado.

La Iglesia navarra se vio afectada, como la de toda Europa, por la sacudida de la revolución y el cambio del Antiguo Régimen a la sociedad liberal. Fue una cuestión que consumió la primera mitad del siglo XIX. Ya en 1793-1795 la posición fronteriza convirtió a Navarra en teatro de la Guerra contra la Convención y en tierra de asilo para el clero francés reacio a la Revolución. Luego siguieron otras tres guerras: de la Independencia, Realista y Primera Carlista.

El Nuevo Régimen liberal defendía la abolición de privilegios de la Iglesia, la reforma de sus estructuras y la desamortización de sus bienes, que implicaba también su apropiación por el Estado y su posterior venta, con el objetivo de dinamizar el mercado de la propiedad rústica y obtener, a la vez, ingresos para paliar la crisis de la Hacienda Pública.

CLAUSTRO MONASTERIO DE LA OLIVA

Después de dos intentos que no llegaron a consolidarse (1809, 1820), la desamortización eclesiástica se puso en marcha en 1835, impulsada principalmente por el ministro Juna Álvarez Mendizábal, y al año siguiente comenzó a aplicarse a los grandes monasterios navarros. En 1841, una ley de Espartero la extendió a los bienes del clero secular. La Iglesia tenía en Navarra 1.295 fincas urbanas, que rendían 242.390 reales de vellón, y 81.117 robadas de tierra (equivalente a 7.375 hectáreas), que apenas superaban el 3% de la superficie cultivada. No hay datos de la extensión de los pastos y tierras improductivas que le pertenecían.

El clero secular, encabezado por las catedrales de Pamplona y Tudela y el cabildo de Roncesvalles, era más rico, pues contaba con 869 de las fincas urbanas y 50.840 robadas de tierra. El clero regular, en el que destacaban los bienes de la orden de San Juan de Jerusalén y de los monasterios de Irache e Iranzu, reunía 435 fincas urbanas y 30.272 robadas de tierra.

La desamortización afectó sobre todo a los regulares; los monasterios y conventos de frailes fueron suprimidos en su totalidad, salvo excepciones como los agustinos de Monteagudo. Las monjas se vieron privadas de sus bienes a cambio de títulos de la Deuda Pública, cuyo rendimiento fue decretado durante todo el siglo hasta dejarlas sumidas en la miseria. El clero secular perdió parte de sus bienes y pasó a depender del Estado, que le compensó con el pago se sueldos. Estas medidas influyeron poderosamente en la inclinación carlista de buena parte del clero, compartida por el obispo Severo Andriani (1830-1861).

La reconciliación de la Iglesia con el régimen liberal se produjo con el Concordato de 1851, que aceptó las ventajas ya realizadas de bienes eclesiásticos y el derecho del rey a seguir nombrado los obispos, a cambio del sostenimiento del clero por el Estado y la admisión de algunas órdenes religiosas. En el plano de la organización diocesana, el artículo 5 estipulaba la adecuación de las diócesis españolas a las nuevas provincias y, en concreto, a agregación de la diócesis de Tudela a Pamplona, aunque desde 1855 los obispos de Tarazona se convirtieron en administradores apostólicos de Tudela, lo cual suponía la anulación en la práctica de la diócesis tudelana. Además, las diócesis de Pamplona y Tudela abandonaron la provincia eclesiástica de Burgos y volvieron a la de Zaragoza. Para la diócesis de Vitoria, que abarcaba las tres Provincias Vascongadas y le supuso la pérdida de 95 parroquias de Guipúzcoa y la alavesa de Oyón. No se modificaron los límites con Calahorra (1861).

FRESCOS DE LA IGLESIA DE SAN SATURNINO DE ARTAJONA

27/07/2016

Tradicionalismo político navarro y arraigo religioso


Las revoluciones y desamortizaciones supusieron un trauma para la Iglesia y le privaron de muchos recursos durante el siglo XIX (Cataluña, País Vasco), revitalizaron sus energías y le enseñaron a moverse con una mayor autonomía. De entrada, se reordenaron las estructuras de gobierno del territorio diocesano.

En 1862 se creó el Boletín Oficial del Obispado como vehículo de las órdenes episcopales y garantía de su difusión. En 1863, se aprobó una nueva división de la diócesis en arciprestazgos, que sustituía a la época medieval. El arreglo parroquial, que se alcanzó con el gobierno de 1880, supuso la reordenación de las parroquias y las plantillas del clero secular, de acuerdo con las necesidades de la población y los cambios en su distribución. Este nuevo sistema trajo consigo la eliminación de los patronatos parroquiales y concentró en el obispo todas las facultades de designación y remoción de clérigos, así como la propiedad de los templos y otros bienes de las parroquias.

Aun cuando tempranamente había muestras de Anticlericalismo, no tomó cuerpo hasta finales del siglo XIX, sobre todo en el primer tercio del siglo XX en la capital y en los grandes pueblos de la Ribera, hasta culminar en la Segunda República (1931-1936).

En el terreno económico y social, la Iglesia navarra destacó por el impulso al cooperativismo agrario en el primer tercio del siglo XX, extendido por los sacerdotes Antonio Yoldi y Victoriano Flamarique, apoyados por el obispo José López-Mendoza (1900-1923). Esta actividad de la Iglesia reforzó el papel del clero rural y contribuyó a que amplios sectores sociales se mantuvieran fieles a ella. Con todo, la Iglesia navarra destacó por su Tradicionalismo. En el siglo XIX y en los inicios del XX buena parte del clero era proclive al Carlismo; una minoría se orientó hacia el Nacionalismo vasco, en especial desde 1920.

LAUREDAS CARLISTA Y NAVARRA

25/07/2016

Sitio de Fuenterrabía de 1638



El Sitio, que duró sesenta y nueve días, fue horroroso. Se abrieron dos brechas en las murallas, volaron siete minas, hubo nueve asaltos. De los setecientos hombres con armas, al mes sólo quedaban trescientos. Un informe oficial habla de que la población fue azotada por dieciséis mil balas de cañón y cuatrocientas sesenta y tres bombas de mortero. En Europa se utilizaron por primera vez los morteros durante el asedio a Hondarribia en 1638. Estas armas de tiro curvo, lanzaban bombas que explotaban una vez llegadas a su objetivo y causaron grandes estragos. Hasta entonces, los cañones únicamente lanzaban proyectiles que no estallaban, tan sólo destruían por la fuerza de su impacto.

23/07/2016

Domingo de Zavala y Armendia


Consejero real de Hacienda de España y secretario de Estado y Guerra de Flandes, almirante de mar en el combate de Lepanto de 1571

DOMINGO DE ZAVALA Y ARMENDIA

Domingo Zavala y Armendia nació en Villafranca de Ordicia, Guipúzcoa, en 1535. Ha pasado a la historia por participar con relevancia y valor en el combate de Lepanto, pero su actividad principal fue la de empleado de la administración militar.

Desde 1568, Zavala era secretario particular del diplomático y marino barcelonés Luis de Requesens, secretario real de Felipe II. Le había acompañado a las campañas navales que éste efectuó desde el mismo año como lugarteniente general de la Mar (2º jefe de las escuadras de Felipe II en el Mediterráneo, bajo el mando del capitán general de la Mar Juan de Austria), además de a la Guerra de las Alpujarras de 1569-70 contra la sublevación de los moriscos.

Ni antes ni después de Lepanto desempeñó Zavala mando naval ni función marinera ninguna, sino una larga y brillante carrera burocrática en los ámbitos de guerra (secretario de Estado y Guerra en el Gobierno general de Flandes) y contabilidad (contador mayor de Hacienda), que le llevaría finalmente a formar parte del Consejo supremo de Hacienda.

Pero fue llamado al mando de una galera por decisión personal de Luis de Requesens, que ocupaba la posición tercera en la jerarquía de la Armada de Lepanto justo detrás de Juan de Austria y Marco Antonio Colonna. De entre la flota que zarpó de Barcelona en julio de 1571, Zabala dirigía la segunda galera al mando, Granada, estando Requesens en la galera capitana.

La Granada se hallaba situada en las inmediaciones de la galera de Juan de Austria. La embarcación de Zavala desplegaba a la izquierda de la capitana, solamente separada de esta por dos buques, las capitanas de la República de Génova y de Venecia. A popa de la galera capitana se hallaban la almiranta y la capitana de Luis de Requesens, segundo al mando de las escuadras españolas. Al costado derecho de la galera insignia de Juan de Austria, se situaba la capitana de la escuadra pontificia al mando de Marco Antonio Colonna. Por último, la escuadra de reserva de Álvaro de Bazán se situaba a su retaguardia, preparada para intervenir en cuanto fuese necesario.

GALERA ESPAÑOLA EN EL COMBATE DE LEPANTO

La resistencia de la galera Granada, al mando de Zavala, tuvo un papel relevante, con otras compañeras cercanas, en la protección del núcleo neurálgico de la Armada cristiana, que formaban las galeras de Juan de Austria, Veniero, Colonna y Requesens, el cual durante la lucha vivió momentos sumamente críticos. Si la Armada cristiana hubiera perdido en combate a estos cuatro almirantes, la desmoralización y descoordinación habría conllevado a la retirada general de naves, y por tanto a la derrota.

Según una certificación y declaración original de Juan de Austria, en referencia a Domingo de Zavala:
"… se halló Domingo Martínez de Zavala y Arramendía, que sirve a su Majestad cerca de nuestra persona en tener los libro de la mar que nos toca como Capitán general de ella, por capitán de la galera Granada de España, patrona de las del Comendador mayor de Castilla, el cual nos consta por cierta ciencia y vista ocular, que habiendo sido el dicho día embestida su galera por cinco turquescas, todas mayores que la suya, peleó con todas ellas con tanto valor, ánimo, y destreza desde el punto de mediodía hasta las seis de la tarde que fue nuestro Señor servido, que habiéndosele entrado muchas veces los turcos en su galera y matado mucha gente, los rebotó y echó fuera de ella otras tantas veces, con tan ánimo y aventajado valor que de las cinco galeras tomó y prendió las tres, y las dos se contentaron de irse después de tener muerta la mayor parte de su gente. Y porque de un hecho tan peregrino como venturoso quede inmortal memoria…"

Durante el combate, Zavala sufrió hasta 27 heridas, algunas de ellas de consideración de las que pudo recuperarse. Pero sufriría, durante el resto de su vida, las secuelas procedentes de las múltiples y gravísimas heridas recibidas en el combate.

Y como expresa la certificación, los marinos de Zavala consiguieron capturar a 3 de las 5 galeras turquesas que la rodearon, con 21 piezas de artillería de bronce. También pudo rescatar a 227 cristianos cautivos que bogaban al remo, apresar a 196 turcos, y recuperar pertenencias de tempos e iglesias de Venecia y Corfú que habían sido saqueadas previamente por los turcos.

DOMINGO DE ZAVALA EN EL COMBATE DE LEPANTO

Después del combate de Lepanto, Domingo de Zavala siguió al servicio administrativo de Requesens acompañándolo como secretario al Gobierno de Milán (1572-73) y finalmente de Flandes. Domingo de Zavala no volvió a verse empeñado personalmente en ningún combate naval, pero sus responsabilidades administrativas en los ámbitos de la guerra y la hacienda le llevarían a lo largo de su vida a gestionar asuntos marítimos de gran interés.

Una de las misiones burocráticas más importantes tuvo lugar en mayo de 1575, cuando Luis de Requesens, gobernador general de los Países Bajos, le envió con urgencia a Madrid, comisionado para tratar con el rey Felipe II y sus secretarios las medidas necesarias para reconducir la crítica situación militar de aquel territorio. Zavala ya era secretario de Estado y Guerra del Gobierno de Flandes.

Las peticiones que tenía que negociar Zavala fueron la provisión inmediata de grandes cantidades de dinero para el Ejército de Flandes; el envío de una Armada que permitiera combatir a los rebeldes también en la mar; y el relevo cuanto antes de su propia persona del cargo de gobernador.

Era imprescindible un núcleo de naos gruesas, acompañado de numerosa flotilla de embarcaciones ligeras aptas para la navegación fluvial. Esta fuerza naval bien equipada tendría dos objetivos: apoyar las operaciones militares en tierra, y debilitar su comercio, fuente de financiación de las operaciones rebeldes, hostigando y arrebatando los puertos, ríos y canales. El problema de encontró Zavala en la Corte fue la inexistencia financiera de la Monarquía no solo para atender sus peticiones, sino para atender simultáneamente todos los frentes que tenía abiertos.

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GOBIERNO DE FLANDES POR DOMINGO DE ZAVALA

Finalmente, un gran Armada de embarcaciones ligeras al mando de Menéndez de Avilés iba a zarpar desde Santander en septiembre de 1575, pero una epidemia de tifus y las tormentas consiguieron que llegara a destino una parte insuficiente de la flota al mando del vizcaíno Juan Martínez de Recalde.

La muerte sorprendió a Requesens al año siguiente en Bruselas. Todavía no se habían conseguido ninguno de los objetivos vitales de la comisión encomendada a su leal secretario Domingo de Zavala.

Años después, en 1586, Zavala era gobernador de los estados del marqués de los Vélez, en Murcia-Almería. Cuando en la Corte se daba ya por hecho el inminente nombramiento de Zavala como secretario real de Guerra, escribía a su protector Juan de Zúñiga y Requesens su renuncia del cargo por cuestiones de salud.

21/07/2016

Blas de Lezo en el primer Sitio de Barcelona en 1706


Durante el desarrollo de la Guerra de Sucesión española, los ejércitos borbónicos de Felipe V asediaron Barcelona por tierra, mientras que por el mar los partidarios del pretendiente como Carlos III eran apoyados por una escuadra anglo-holandesa. Fue el primer sitio de Barcelona, en 1706.

LIBERACIÓN DE BARCELONA EN 1706, POR H. VALE

Por sus dotes de mando y arrojo demostrados ya en diversos combates de este conflicto, Blas de Lezo recibió la difícil misión de dar escolta y protección a los barcos de transportes de pertrechos y municiones que por vía marítima se enviaban desde Francia a España con destino al ejército hispano-francés.

Sirviéndose de sus dotes de inteligente estratega y a pesar de la inferioridad de recursos con los que contaba, su pequeña flotilla pudo romper el cerco pro-austracista y llevar la flota de transporte a refugio del puerto de Barcelona.

Llegó el momento en el que Lezo se vio rodeado por varios buques de guerra enemigos al mando del almirante Cloudesly Showell, que izaba su insignia en el Britannia. Precisamente en este navío estaba embarcado el oficial Edward Vernon, que supo de nuevo de Lezo, por lo que era la segunda ocasión en que se encontraban, tras el combate de Vélez-Málaga.

Para romper el cerco, Lezo se atrevió a incendiar alguno de sus propios barcos lanzado hacia el centro de la línea defensiva que formaba la Armada inglesa, con el objetivo de abrir brecha. También apiló paja húmeda en parrillas de hierro que puso flotando y que al quemarse generó una densa nube de humo que ocultaba los navíos españoles cuando se abrieron paso entre las naves enemigas. Pero además cargó sus cañones con unos casquetes de armazón delgada con material incendiario dentro, que, al ser disparados, prendían fuego a los buques británicos. Estos se mostraron confusos ante tal despliegue de ingenio.

ESTATUA DE BLAS DE LEZO EN MADRID

18/07/2016

Diego de Butrón y Leguía


Alcalde de Fuenterrabía durante el sitio de 1638

DIEGO DE BUTRÓN Y LEGÍA

Diego de Butrón y Leguía era natural de Fuenterrabía, donde nació en 1592. Pasó a la historia de las armas españolas por ser el alcalde de su villa natal durante el Sitio de Fuenterrabía de 1638, que efectuaron a la ciudad el Ejército francés durante la Guerra de los Treinta Años.

Como consecuencia del largo asedio y la falta de provisiones y de municiones, Diego de Butrón tuvo que ofrecer toda su plata para la fabricación de balas, además de animar a los vecinos defensores a la lucha y prohibirles hablar de rendición. Tras la llegada de tropas de refuerzo desde Castilla, Fuenterrabía quedó liberada el 7 de septiembre del mismo año.

Diego de Butrón alcanzó una gran fama en toda España, y al año siguiente el rey Felipe IV le nombró gobernador de Fuenterrabía, con sueldo de 50 escudos al mes, y miembro de la prestigiosa Orden de Santiago.

En 1649 fue nombrado gobernador militar de San Sebastián con categoría de maestre de campo, y 1651 gobernador militar de Fuenterrabía. Este ultimo cargo reconocía todas sus aspiraciones y ocupó hasta su muerte en el castillo de Carlos V en 1655, a los 60 años de edad.

Su viuda en segundas nupcias, María de Casadevante, y los hijos disfrutaron de varias mercedes otorgadas por Felipe IV. Pero, en pocos años se extinguió por completo el apellido del valeroso alcalde de Fuenterrabía.

Existe una biografía presente el artículo ¿Fue desinteresado D. Diego de Butrón? que redactó Vicente Galbete para el Libro-Homenaje a D. Julio de Urquijo, publicado en San Sebastián, en 1950.

ESCUDO DE ARMAS DE BUTRÓN

11/07/2016

Impulso misionero de San Francisco Javier y la Evangelización de América


La expansión del Cristianismo por el Nuevo Mundo que descubrieron los españoles y portugueses a finales del siglo XV fue un objetivo esencial de las respectivas Iglesias de ambos países y constituyó un amplio esfuerzo, que marcó su trayectoria durante siglo, más allá incluso de la etapa colonial de estos territorios, de tal forma que la participación en este proceso es un indicativo del grado de integración de una diócesis en el seno de la Iglesia nacional.

En esta empresa Navarra hizo una aportación señera en la figura de San Francisco Javier (1506-1552), considerado como un modelo de misionero moderno. Por encargo del rey de Portugal predicó en Cristianismo en sus posesiones de Asia, repartidas entre la India e Indonesia, desde Goa, la capital del virreinato, hasta las islas de las Molucas, pasando por las costas indias de Pesquería y Travancor o por Malaca. Su actividad desbordó el marco político portugués y alcanzó el Japón, donde misionó durante dos años. Después de once años de actividad infatigable, murió a las puertas de China. Sus cartas fueron un revulsivo en toda la Europa católica, donde se leían con avidez, al igual que sus milagros, e impulsaron la vocación misionera de muchos hombres durante siglos.

Su canonización en 1622, junto con su compañero jesuita y fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, además de Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri, le convirtió en un modelo de santo para la Reforma Católica, dentro de la cual llegó a ser el referente inexcusable de la actividad misionera, tanto en Oriente como en América, pues su devoción se extendió por todo el mundo católico.

Su actividad misionera en el seno del imperio portugués no fue óbice para que su devoción se popularizara por toda España y su Imperio americano, puesto que su canonización tuvo lugar en la larga etapa de unión de ambas coronas (1580-1640). Además, la Compañía de Jesús se proyectó en la sociedad mediante sus dos primeros santos, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, que fueron elementos básicos para la difusión de su imagen y su influencia.

SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SAN FRANCISCO JAVIER

Las representaciones de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, esculpidas o pintadas, presidían casi todas sus iglesias y colegios, como elementos básicos de un programa iconográfico que desbordó el ámbito de la Compañía y se difundió por templos de toda España e Hispanoamérica, Asia y Europa.

La impronta del santo navarro en el arte español se percibe a través de obras de pintores y escultores de primera magnitud como Zurbarán, Murillo, Goya, Gregorio Fernández o Martínez Montañés, y mediante un sin numero de representaciones de menor rango estético repartidas por toda España. Su proyección en la literatura española fue amplísima; en torno a su figura surgieron obras de teatro y composiciones poéticas, especialmente en los siglos XVII y XVIII. Calderón de la Barca, Lope de Vega, Guillén de Castro, y otros muchos escritores le incluyeron en sus obras. También sirvió de inspiración para abundantes piezas musicales, especialmente en Hispanoamérica.

La presencia de navarros en la actividad misionera se produjo al unísono de su desarrollo. La falta de estudios sobre su amplitud e incidencia, dificultada por la dispersión de las fuentes, se suple mediante casos concretos, que, a modo de ejemplo, ponen de manifiesto la presencia de navarros en la evangelización de América. Tal es el caso del segundo obispo de Nicaragua, el monje jerónimo fray Francisco de Mendavia (1537-1544), cuyo nombre indica claramente sus raíces navarras.

SANTUARIO DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Entre los jesuitas, se puede recordar a un sobrino del santo, Jerónimo Javier (1549-1617), un Ezpeleta de Beire que predicó en el Imperio del Gran Mongol en el norte de Bolivia y sufrió martirio. En el otro extremo del mundo, a finales del siglo XVI, frailes agustinos anónimos dieron nombres navarros a nuevas poblaciones de Filipinas, como Cárcar o Tudela.

Otro caso relevante es el de Tiburcio de Redín y Cruzat, que llegó a ser mariscal de campo en los ejércitos españoles y gobernador general de la armada. Convertido en fraile capuchino, misionó en el Congo y en Venezuela. Precisamente la encomienda de la provincia de Maracaibo a los capuchinos navarros (1749), permite comprobar la intensa actividad que éstos desplegaron y es una muestra de la decidida participación de los navarros en el proceso evangelizador de América, por más que normalmente estuvieran insertos en estructuras más amplias, propias de las respectivas órdenes religiosas o de la organización administrativa o religiosa de estos países.

La aportación de navarros es visible también en la jerarquía eclesiástica de los territorios hispanoamericanos y filipinos. En principio sigue los mismos pasos que en la Península: presencia puntual en el siglo XVI, crecimiento en el siglo XVII y abundancia en el siglo XVIII, hasta alcanzar las sedes más importantes de América, como los arzobispados de Méjico, Santo Domingo y Bogotá.

SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SAN FRANCISCO JAVIER

La relación de obispos y arzobispos navarros identificados hasta este momento es ilustrativa del fenómeno, pues la forman más de una docena de personas, cuyo gobierno sobrepasó un siglo y medio hasta la independencia de las colonias americanas:

Francisco de Mendavia, segundo obispo de Nicaragua (1537-1544)

Jerónimo de Corella, obispo de Comayagua, en Honduras (1556-1576)

Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla, en México (1639-1653)

Marcelo López de Azcona y Dicastillo, arzobispo de Méjico (1652-1655)

Antonio Azcona Imberto, obispo de Buenos Aires (1676-1700)

Pedro Tapias García, obispo de Durango, en Méjico (1714-1722)

José Pérez de Lanciego y Eguílaz, arzobispo de Santo Domingo (1726-1745)

Francisco Mendigaña y Armendáriz, arzobispo de Santo Domingo (1726-1729)

Martín de Elizacochea, obispo de Durango (1735-1745) y de Michoacán (1745-1756), ambas en Méjico

Pedro Martín de Oneca, obispo de Puerto Rico (1756-1760)

José Vicente Díaz Bravo, obispo de Durango, en Méjico (1770-1772)

Baltasar Jaime Martínez Compañón, obispo de Trujillo, en Perú (1778-1788) y arzobispo de Bogotá, en Colombia (1788-1797)

Miguel de Pamplona (González de Bassecourt), obispo de Arequipa, en Perú (1781-1792)

Joaquín José Osés de Alsúa y Copacio, obispo de Santiago de Cuba (1792-1823) y arzobispo de la misma ciudad desde 1803.

Juan Ruiz Cabañas, obispo de Nicaragua (1794-1795) y de Guadalajara, en México (1795-1823)

Juan José Pérez del Notario, obispo de Nicaragua (1804-1806)

JUAN DE PALAFOX Y MENDOZA

No obstante, el origen navarro de estos obispos tiene que entenderse en función de su necesaria identificación con las diócesis a las que fueron destinados. El recuerdo de sus raíces, visible con frecuencia en legados hechos a su familia o a sus respectivos lugares de origen, se alterna a veces con giros políticos necesarios en función de la evolución histórica general, como el protagonizado por Juan Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara, inicialmente opuesto a la independencia de Méjico y luego partidaria de ella.

10/07/2016

Historiografía mitológica y tubalista por los apologistas vascos


Durante la Modernidad, las Provincias de Guipúzcoa y Álava y del Señorío de Vizcaya eran unos territorios integrados en el Reino de España, cuyos habitantes protagonizaron la colonización y evangelización del continente americano, así como la administración y defensa de las posesiones de ultramar. En aquellos siglos, los 200.000 habitantes de estas tierras e incluso de la Navarra pirenaica no se hacían llamar vascos, sino vizcaínos. La integración de sus gentes con el resto de España se materializó desde una relación de limpieza de sangre, nobleza originaria, hidalguía universal y próspera industria.

La mitología vascongada pudo fomentar creencias y valores que legitimaron un determinado papel social y conductas dirigidas por los estamentos próximos a los monarcas españoles. Así, los defensores de los privilegios forales vascos argumentaron durante siglos su legitimidad basándose en mistificaciones histórico-legendarias: el Tubalismo y el Vascocantabrismo. Así lo han demostrado investigadores contemporáneos que hicieron avanzar mucho en esta materia, como los Otazu, Aranzadi, Martínez Gorriarán, Jon Juaristi o Mikel Azurmendi, cada cual desde una perspectiva diferente.

El Tubalismo actuó como ideología para probar que los vascongados eran los españoles primigenios y nunca conquistados y mezclados, demostrable mediante la conservación del vascuence, la lengua primigenia. Para probar que estos primogénitos de Túbal nunca habían sido conquistados, se tuvo que aludir a la etnia prerromana que mayor resistencia desplegó contra las legiones romanas: los cántabros. La reivindicación vascocantabrista además de ser falsa es inútil, pues los cántabros también fueron vencidos militarmente por las legiones romanas.

Esa independencia en tiempos de la Romanización, fue continuada de un mantenimiento de su libertad en la Edad Media, perpetuando esa independencia originaria y fundando el Señorío de Vizcaya. Finalmente, presentaba su relación al Reino de Castilla como un pacto de igual a igual, jamás de subordinación de súbditos hacia su rey.

NOÉ, MÍTICO ABUELO DE TÚBAL

La creencia del mito Túbal, mítico nieto de Noé y primer poblador de España, contribuyó a la justificación del cuasi-monopolio que las élites vascas practicaron dentro del Imperio de la Monarquía de los Austrias. A la consolidación de la fornida y masiva intervención vizcaína en los asuntos de la Corona le correspondió un esfuerzo cultural por cotejarla con un modelo cognitivo ultrarreligioso cuyas predicaciones resultaron válidas para negociar un ascenso social, político y económico en las estructuras de la Monarquía hispánica.

El modelo simbólico tubaliano ayudó durante el periodo del Renacimiento, la Reforma y Contrarreforma, a que los vascos no quedaran encerrados entre montañas, pues valiéndose de las minas de hierro, gran capacidad maderera, cierta industria siderúrgica, exceso demográfico y pobreza material, agudizaron el ingenio hasta abrirse anchos caminos imperiales.

En la coyuntura de los siglos XVI y XVII, la causa del mito tubaliano fue una gran imaginación con la que determinada "clase" social de vizcaínos logró elaborar un nuevo modelo cultural que los ensalzase como unos hispanos especialísimos. La élite vizcaína supo inventar un conjunto social, el conjunto de los vizcaínos, como emanación de la mano de Dios.

Las restricciones de vecindad venían siendo muy estrictamente aplicadas por las Juntas, fomentando la xenofobia contra el forastero en las aldeas; y los vascos emigrados empezaban a gozar de prerrogativas en la Corte, en Flandes, en América y en Filipinas al poder justificar de manera ágil su limpieza de sangre. Incluso, hasta los aldeanos no propietarios comenzaban también a creerse nobles y a obrar como tales, aunque fuesen renteros.

Así como en sus inicios, las Juntas municipales habían obrado en nombre de la comunidad de vecinos aforados y hasta en Hermandad en base a unas leyes forales concedidas por el rey, también las Juntas provinciales actuaban ya mimetizando un municipio ampliado. La tierra se abría a nueva roturación, asentando a nuevas familias en torno a un nuevo estilo de trabajo y surgiendo el caserío. Bilbao comenzó a crecer rápidamente, San Sebastián prosperó.

La Corte aparecía rebosante de secretarios reales de origen vizcaíno; en Italia, Flandes y América se asentaban con peso propio virreyes vizcaínos, pero también inquisidores, obispos, bachilleres, hacenderos, mercaderes, generales, soldados, frailes, monjas, mozos y criados. Por tierra y mar, del Atlántico al Mediterráneo, el transporte era cosa de vizcaínos. El vascuence los prestigiaba, y no es que este idioma fuese prestigioso, pues fue el castellano era la única lengua acompañante del Imperio, pero el pronunciamiento de algunas palabras era la prueba de su noble raigambre.

MAPA DE LOS TERRITORIOS VASCONGADOS

El mito de los vascos como cántabros descendientes de Túbal, primeros pobladores de España, se constituía como crisol de una auténtica etnia. El "nosotros, los cántabros" o "vizcaínos" fue dicho por primera vez de una nueva manera por las élites cultas, el "ethos" fue concebido como una comunidad de origen con etiqueta de calidad, y popularizado a las gentes analfabetas. Curiosamente, el reino de Navarra no participó en dicha creencia ni consumió de ella, pese a que los navarros montañeses si fuesen tomados como vizcaínos o cántabros ilustres.

Este mito vasco-cántabro supuso una novedosa y definitiva narración cristiana de orígenes, que marcaba como sensatas y diferentes a determinadas costumbres y usos de determinados habitantes, atribuyendo el etnónimo de "vizcaínos" a múltiples gentes originarios de diversos lugares. Se constituyeron como una sola clase de gente, cerrando puertas a forasteros que pasaban por allí sin intención de instalarse, o poniendo barreras a extranjeros y extraños que buscaban asilo tras un destierro, unas mejores condiciones de vida, o un refugio tras una humillación. Todas estas gentes consideradas como vizcaínas que cerraban el camino a los llegados de afuera y que consideraban peligrosos, se suponían a sí mismas con derecho a tener todas las puertas del mundo abiertas y poder colonizarlas.

A este invento semántico y su correspondiente utilidad social no le correspondió ningún progreso moral porque se continuaban incrementando notorias formas de crueldad como vía para mejorar el "nosotros, los vizcaínos". Aquellos fundadores de identidad no posibilitaron ampliar el cerrado círculo de gentes cerradas al otro-diferente y aquel gran invento para seguir sobreviviendo con éxito en el interior del Estado hispano no constituyó ningún alarde de imaginación moral, si bien la religión católica aportó para ello viejos materiales semánticos y prácticas organizativas muy poderosas.

CALLE TUBAL EN TAFALLA

En este contexto de protagonismo y privilegios, de exenciones fiscales e hidalguía común a todos los vizcaínos, surgieron desde el siglo XVI en algunos clérigos y gentes de letras los primeros síntomas de encastillamiento vascófilo, la invención de una identidad singular basada en una mitología y creencias divinas. En este siglo destacaron Juan Martínez de Zaldivia, Esteban de Garibay y Andrés de Poza, denominados Padres Fundadores, que modificaron radicalmente la perspectiva cultural de las gentes de España, inventando un artificio mito-poético que les proporcionaba una matriz común para justificar su singularidad.

Los Padres Fundadores, los primeros escritores vascos, decidieron en el siglo XVI romper con la tradicional oralidad del eusquera e ingeniar una identidad vasca. Se trata de una élite autóctona que construyó una identidad cántabra o vizcaína, y que los mismos vascos consumieron con gusto el producto.

Juan Martínez de Zaldivia escribió un libro de 27 cortos capítulos: Suma de cosas cantábricas y guipuzcoana (1564).

Esteban de Garibay escribió un enorme Compendio historial de las Chronicas y universal Historia de todos los reyes de España (1571), distribuido en 40 libros.

Andrés de Poza escribió una Antigua Lengua de las Españas (1587), desarrollado en 17 capítulos, así como un Tratado de la Nobleza en propiedad, escrito por encargo de las Juntas de Vizcaya.

Los tres, considerados apologistas, creyeron describir la realidad basándose en los hechos del pasado. Zaldivia subrayaba un hecho tan raro como que todos los guipuzcoanos reclamaban ser hidalgos nobles. Garibay, insistía en que la legitimidad del poder hispano manaba de la fuente original de la nobleza cántabra. Poza afirmaba que la persistencia de una lengua tan rara pero pura como el vascuence y unas ancestrales costumbres determinaban un territorio como "especial". Los dos primeros se expresaron mediante discursos históricos, mientras que el tercero bajo discurso filológico y jurídico.

En el siglo XVII, continuaron la labor de invención de esta historiografía mitológica apologistas como Lope Martínez de Isasti, Baltasar de Echave, Bernadino de Iñurigarro, Miguel de Zabaleta o Miguel de Abendaño, entre otros. Su narración se basa en la limpieza religiosa como base de la pureza racial, la foralidad y el pactismo inmemorial, el carácter irredento, el origen étnico desde el patriarca Túbal, la hidalguía universal y las condiciones nobiliarias, y la continuidad del euskera. Estas son algunas biografías de siglo XVII que explican la mitomanía vascófila contemporánea, son extraordinariamente aleccionador para enmarcar aquel contexto historiográfico y social en el que acabó floreciendo el nacionalismo vasco con el discurrir de los años.

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