De extensión más bien reducida y entre Guipúzcoa y Santander, el señorío de Vizcaya contaba con el puerto de Bilbao, en la ría, el único de cierta importancia existente en ese espacio geográfico, y tenía recintos amurallados en la capital, Bermeo, Valmaseda, Portugalete o Durango, pero como sucedería con las tierras situadas al oeste, Vizcaya no convirtió en escenario de guerras con otras potencias. No obstante, dos puertos tuvieron especial interés para la Corona, como son Portugalete y Lequeitio, pues de ellos dependía el sostén de Bilbao.
BILBAO, SIGLO XVI
En el
caso de Portugalete, desde los inicios del siglo XVI hay proyectos para mejorar
el canal de la bahía, cuya renovación constante llegó a ser la principal
atención en la primera mitad del siglo, comprando boyas de señalización,
mejorando la barra y construyendo los muelles. Para 1552 empezaba ya a
perfilarse la conveniencia de fortificar la plaza, para lo que solicitó artillería y municiones, pero hubo que esperar hasta 1587 para que el Consejo
de Guerra asumiese la indefensión en que se encontraba aquel sector de la
costa, tanto por la escasez de armas como por la falta de gentes suficiente,
ordenando a los habitantes del interior que acudieran en defensa de los puertos. Dos años después, en 1589, se decidía la construcción de un fuerte, que en
realidad era una obra menor (un torreón y un terraplén) y hasta 1640 no aparecieron
intereses en defensa, pues fue entonces cuando una junta de caballeros del Señorío reunida en Bilbao se planteó la fortificación de los puertos, sin que
se avanzara gran cosa, y las visitas posteriores nada propusieron, de forma que
en 1691 la defensa de Portugalete seguía estando necesitada de reparaciones.
También a mediados del siglo XVI solicitó Lequeitio al rey la subvención de una torre defensiva, alegando ser la plaza más cercana a Guipúzcoa y, por tanto, a la frontera con Francia, cuyas naves hacían acto de presencia por aquellas aguas; pero la ausencia de noticias posteriores hizo pensar que, aunque la obra fue aceptada, sería de muy escasa entidad.
También a mediados del siglo XVI solicitó Lequeitio al rey la subvención de una torre defensiva, alegando ser la plaza más cercana a Guipúzcoa y, por tanto, a la frontera con Francia, cuyas naves hacían acto de presencia por aquellas aguas; pero la ausencia de noticias posteriores hizo pensar que, aunque la obra fue aceptada, sería de muy escasa entidad.
MAPA HISTÓRICO DE VIZCAYA
Por otra parte, en el fuero de Vizcaya (en el Fuero Nuevo de 1526 ya estaba reconocida la hidalguía universal de todos los naturales) se encontraban unas disposiciones que delimitaban cuáles eran los deberes de los vizcaínos respecto a su señor, a cuya llamada tenían obligación de acudir sin esperar ni recibir sueldo alguno por ello, siempre y cuando no salieran de su territorio, es decir, se mantuvieran dentro de los límites del señorío, pues en caso contrario se les daría por anticipado dos o tres sueldos mensuales.
No obstante, los vizcaínos no estuvieron al margen de la conflictividad bélica de la Monarquía, y cuando se planteaban grandes acciones o problemas fronterizos, inmediatamente tenían repercusión en el Señorío, aparte de la puesta en marcha de otras iniciativas como las plantaciones de fresnos para fabricar picas o el envío de armamento.
Su colaboración en las empresas navales (realmente destacada en todo el siglo XVI) se inició muy tempranamente, pues en la expedición para la conquista de Orán (1509-1510) aportaron unas 20 naves de diversas clases (naos, carabelas y goletas) con sus correspondientes dotaciones.
Cuando la guerra amenazaba la
frontera próxima, se solicitaba su participación en el conjunto de las
provincias vascas. Ilustrativa a este respecto es la formación de un ejército
de 15.000 hombres alaveses, guipuzcoanos, vizcaínos, riojanos y burgaleses, por
iniciativa del virrey navarro, duque de Nájera, en 1520-1521 para oponerse a la
invasión francesa.
Un muestra de ese esfuerzo es la ofrecida en 1579, cuando el 29 de septiembre la Junta General trató sobre la orden real de que el territorio tuviera armada y dispuesta a toda la población masculina útil para acudir a la llamada del capitán general de Guipúzcoa por llegar noticias de movilización de tropas en el Béarn. Para cumplir con las órdenes reales se dispuso la celebración el 18 de octubre de un alarde general de todos los hombres mayores de 18 años.
Un muestra de ese esfuerzo es la ofrecida en 1579, cuando el 29 de septiembre la Junta General trató sobre la orden real de que el territorio tuviera armada y dispuesta a toda la población masculina útil para acudir a la llamada del capitán general de Guipúzcoa por llegar noticias de movilización de tropas en el Béarn. Para cumplir con las órdenes reales se dispuso la celebración el 18 de octubre de un alarde general de todos los hombres mayores de 18 años.
Después, en 1582, se tuvieron que atender las peticiones de hombres para la
armada, procediéndose a la correspondiente leva y a su reparto entre las
poblaciones, arbitrándose unos remedios para cubrir los gastos iniciales.
En los años que siguieron se repitieron demandas de hombres para las naves y órdenes para realizar alardes y comprobar que la gente estaba presta para la movilización si fuese necesario, además de solicitar la construcción de navíos. A finales del siglo, en 1597, la Juna General solicitó que no se saque gente del Señorío y que se autorice llevar más pólvora de la prevista, pues no eran suficientes los 50 quintales que se esperaban de Zaragoza ni los 3.000 arcabuces que enviaba Guipúzcoa. Peticiones que fueron jalonando la vida vizcaína y que se agravaron cuando la situación internacional se complicó. Ya Felipe II recomendó a la Junta General en varias ocasiones que atendiera a su propia defensa, pero la presión de la Corona aumentó con Felipe IV, que en 1625 les pidió 600 hombres y las demandas ascendieron después de 1635, como sucedió en el resto de la Monarquía.
Precisamente, la existencia del fuero permitía un régimen fiscal especial, que la Corona tuvo presente a la hora de reclamar apoyo económico y humano a sus empresas militares; este régimen especial fue el que provocó un malestar creciente entre la población ante las pretensiones reales, que tuvieron uno de sus exponentes más gráficos en la “rebelión de la sal” (1631-1634), surgida como consecuencia de la imposición del estanco de este producto, lo que era un claro contrafuero, circunstancia que no disuadió al rey y que vino precedida de otras medidas de la Corona recaudadoras de recursos, como sucedió en 1629, cuando el soberano pidió un servicio de soldados, reconvertido en donativo económico pagado por las Juntas Generales del Señorío (consistió en dos galeones, 36.000 ducados para artillería y munición y el sueldo de 200 marineros durante seis meses, sumas que se recaudaron con la creación de arbitrios sobre el vino, el pescado y las mercancías que pasasen por las aduanas). Un nuevo servicio de hombres fue demandado en 1631, además de un donativo y de la imposición del estanco de la sal.
Esta presión fiscal venía coincidiendo con un alza de precios, reduciendo el nivel de vida general de la población, sin que ello fuera óbice para que los órganos de poder del Señorío aceptaran las demandas reales y dispusieran su cobro. Dado que el donativo anterior había recaído sobre el consumo y que la medida sobre la sal era un contrafuero, la población vio en la revuelta una forma de protestar o sacudirse esa presión: así se generó la crisis y estalló un largo conflicto.
En los años que siguieron se repitieron demandas de hombres para las naves y órdenes para realizar alardes y comprobar que la gente estaba presta para la movilización si fuese necesario, además de solicitar la construcción de navíos. A finales del siglo, en 1597, la Juna General solicitó que no se saque gente del Señorío y que se autorice llevar más pólvora de la prevista, pues no eran suficientes los 50 quintales que se esperaban de Zaragoza ni los 3.000 arcabuces que enviaba Guipúzcoa. Peticiones que fueron jalonando la vida vizcaína y que se agravaron cuando la situación internacional se complicó. Ya Felipe II recomendó a la Junta General en varias ocasiones que atendiera a su propia defensa, pero la presión de la Corona aumentó con Felipe IV, que en 1625 les pidió 600 hombres y las demandas ascendieron después de 1635, como sucedió en el resto de la Monarquía.
Precisamente, la existencia del fuero permitía un régimen fiscal especial, que la Corona tuvo presente a la hora de reclamar apoyo económico y humano a sus empresas militares; este régimen especial fue el que provocó un malestar creciente entre la población ante las pretensiones reales, que tuvieron uno de sus exponentes más gráficos en la “rebelión de la sal” (1631-1634), surgida como consecuencia de la imposición del estanco de este producto, lo que era un claro contrafuero, circunstancia que no disuadió al rey y que vino precedida de otras medidas de la Corona recaudadoras de recursos, como sucedió en 1629, cuando el soberano pidió un servicio de soldados, reconvertido en donativo económico pagado por las Juntas Generales del Señorío (consistió en dos galeones, 36.000 ducados para artillería y munición y el sueldo de 200 marineros durante seis meses, sumas que se recaudaron con la creación de arbitrios sobre el vino, el pescado y las mercancías que pasasen por las aduanas). Un nuevo servicio de hombres fue demandado en 1631, además de un donativo y de la imposición del estanco de la sal.
Esta presión fiscal venía coincidiendo con un alza de precios, reduciendo el nivel de vida general de la población, sin que ello fuera óbice para que los órganos de poder del Señorío aceptaran las demandas reales y dispusieran su cobro. Dado que el donativo anterior había recaído sobre el consumo y que la medida sobre la sal era un contrafuero, la población vio en la revuelta una forma de protestar o sacudirse esa presión: así se generó la crisis y estalló un largo conflicto.


No hay comentarios:
Publicar un comentario