miércoles, 31 de octubre de 2018

Martín de Zamalbide


General del Mar del Sur y Gobernador de la Armada de las Indias

MARTÍN DE ZAMALBIDE

Martín de Zubieta y López de Zamalbide nació en la villa de Rentería. Aunque era hijo de Francisco de Zubieta y de María López de Zamalbide, daba preferencia al apellido materno y firmaba con él, haciéndose llamar Martín de Zamalbide.

Según los archivos, fue general de la Armada del Sur y gobernador de la Armada de la Carrera de las Indias, nombrado en noviembre de 1651. Tenía a sus órdenes dos bajeles, la capitana de 1500 toneladas y la almiranta de 1.152, otro galeón de 700 toneladas y un patache de 300, con artillería muy gruesa.

En el Archivo Municipal de Rentería existen tres copias de otras tantas cartas escritas por Martin de Zamalbide: una desde Panamá el 15 de Noviembre de 1651 y dos desde Lima, el 8 y 21 de Agosto de 1655, de donde se entresacan los únicos datos que se tienen acerca de este esclarecido renteriano.

Hizo importantes donativos para la iglesia parroquial en donde fue bautizado y un legado para atender a los indigentes de la villa. Cuenta con una ermita de su nombre, que aparece a la derecha del caserío familiar donde nació.

Murió en el Perú el 25 de enero de 1658

El Museo Oceanográfico de San Sebastián expone la maqueta de su casa solariega y su retrato.

CASERÍO NATAL DE MARTÍN DE ZAMALBIDE EN RENTERÍA

jueves, 25 de octubre de 2018

La Nación Falsificada, por Jesús Laínz




La nación falsificada
Jesús Laínz, Ediciones Encuentro, Madrid (2006), 517 páginas

La nación falsificada es un compendio de sesenta ilustres personalidades y colectivos catalanes, vascos y navarros que han pasado a la historia de España por su trascendencia e importancia.  

El historiador cántabro Jesús Laínz analiza de forma breve pero rigurosa la biografía de unas personas unidas y relacionadas con la historia nacional, esclareciendo la verdadera identidad y sentimiento de comunidad histórica. Estos personajes están ilustrados a su vez por el dibujante vizcaíno Julen Urrutia.

Así, y después de haber publicado su anterior obra Adiós, España, Laínz vuelve a dejar en evidencia la falsificación que de la historia han estado haciendo, durante poco más de un siglo, políticos desde tiempos de Arana y Prat de la Riba hasta los de Arzalluz y Pujol. Son personajes y grupos que en muchas ocasiones han sido mitificados, cuando no olvidados, por el nacionalismo vasco y el secesionismo catalán con la intención de borrar unas huellas del pasado que les demuestra su identidad española.

La metodología utilizada por Laínz se atiene en todo momento a datos históricos, sustentados en crónicas y documentos, rechazando las leyendas mitológicas y los argumentos etnológicos tan habituales en los nacionalistas periféricos para idear unas supuestas etnias protonacionales.

Los dos primeros capítulos están dedicados a Sancho III el Mayor y a Wifredo el Velloso. Aunque se reconocieron así mismo como españoles, según la historiografía nacionalista, estos personajes fueron los fundadores del primer reino vasco en Euskal Herria y de la primitiva Cataluña independiente.

Continúa con personajes medievales que pasaron a la historia de la Reconquista española como Diego López de Haro, Pedro II el Católico, Lope Díaz de Haro, Jaime I el Conquistador y Pedro López de Ayala.

Prosigue con un grupo de personalidades vascongadas muy relacionadas con la expansión marítima y territorial del Imperio español así como con la defensa militar de las posesiones que la Monarquía tenía en Europa.

Adelantados y colonizadores como Miguel López de Legazpi en la islas Filipinas, Pascual de Andagoya en Perú, Juan de Garay en Argentina, Bruno Mauricio de Zabala, fundador de la capitanía del Urugua, la aventura americana de la monja alférez Catalina de Erauso y el escritor del poema La Araucana Alonso de Ercilla.

Marinos como Juan Sebastián Elcano, que dio la primera vuelta al mundo, Andrés de Urdaneta, que descubrió el tornaviaje, Juan Martínez de Recalde y los Miguel y Antonio de Oquendo, que lucharon y murieron en las Guerras contra Inglaterra y Holanda.

Entre los militares de infantería que defendieron las posesiones de la Monarquía de los Habsburgo, Laínz hace destacar a Luis de Requeses, Juan de Urbina y Juan de Urbieta, este último capturó al rey francés Francisco I en la batalla de Pavía, Ignacio de Loyola, defensor de Pamplona frente al Ejército sitiador francés, o la saga de militares y consejeros reales de los Idiáquez, como también lo fue el escritor Esteban de Garibay.

Análisis aparte, merece el capítulo dedicado a Casanova y Villarroel. Ambos son presentados como símbolos de la defensa de la libertad catalana, arrebatada por Felipe V en la Guerra de Sucesión, como un asalto español a una supuesta Cataluña independiente. Laínz reproduce el pregón que se colocó en las calles de Barcelona durante su defensa, una arenga que concluye con las siguientes palabras, muy dolorosas para los nacionalistas:

"Se confía que, como hijos de la patria y amantes de la libertad acudirán todos a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España."
Entrados en el Siglo de la Ilustración, Laínz destaca a marinos de ciencia y guerra como Blas de Lezo, el héroe de Cartagena de Indias, el consejero real de Marina José de Mazarredo, Cosme Damián Churruca, muerto en el combate de Trafalgar, Ignacio María de Álava, también participante de esta derrota, entre los vascos. Otro marino fue el mallorquín Antonio Barceló.

Protagonistas de los sucesos y legados que dejaron los españoles en África fueron Domingo Badía, Enrique de Ibarreta, los Tercios vascongados de África o Manuel Iradier, este último fue fundador del territorio del río Muni, la actual Guinea Ecuatorial.

También se presentan una relación de hechos y defensores de la patria española frente al Ejército napoleónico en la Guerra de la Independencia de 1808-1814: los guerrilleros Francisco Espoz y Mina y Gaspar Jáuregui, la catalana Agustina de Aragón, los generales Longa y Abecia, los defensores de Gerona o la batalla de El Bruch.

Diversos foralistas y carlistas defendieron la permanencia del tradicional Régimen durante el siglo XIX, pero ante todo una España unida e indisoluble, como el general Tomás de Zumalacárregui, el literato José María Iparraguirre, Ramón Cabrera, o los parlamentarios foralistas de las Provincias vascas.

domingo, 21 de octubre de 2018

El Iluminismo de Joseph Augustin Chaho


El legitimista contrarrevolucionario suletino, Joseph Augustin Chaho, nació en 1881, en Tardets, al suroeste de Francia, en el llamado País Vasco francés (Iparralde). Se le considera el iniciador del Movimiento romanticista, con delirantes e inexistentes fundamentos en sus teorías que tanta influencia aportaron tanto al Fuerismo como más tarde al Nacionalismo vasco. Destacó por su Iluminismo: la idea de una revelación original común a toda la humanidad.

Difundió una versión del Carlismo vasco como movimiento nacionalista o cripto-nacionalista consiguiendo cierto crédito en la posteridad. Según Chaho, los vascos eran un pueblo ario y el eusquera estaba emparentado con el sáncristo. Se inventó una casta de antiguos sabios vascones a los que denominaba "los videntes" (copia de los vedas brahmánicos) e interpretó lo poco que aún se sabía de las creencias folclóricas de su país natal a la luz de las mitológicas de la India y de la Persia zoroastriana. 

En 1835, visitó un campo carlista donde conoció y trató con el escritor Juan Bautista de Erro. En sus teorías acerca del mundo primitivo en relación a los vascos encontró abundante inspiración para crear sus propias fantasías.

ESCULTURA DE AUGUSTIN CHAHO

Sus obras más destacadas en la exposición de sus tesis fueron Viaje a Navarra durante la insurrección de los vascos (Voyage en Navarre pendant l’insurrection des basques), escrita en 1836, y Aitor, Leyenda cántabra (Aitor, Légende Cantabre), en 1843. Ambas escritas en francés. 

El Viaje a Navarra es un texto en el que aplicó sus ideas esotéricas al origen y la historia de los vascongados, a quienes atribuyó una primitiva religión natural y, también, ser "arios" no contaminados por los hebreos. En esta misma obra, relató una imaginada reunión con el general carlista Tomás de Zumalacárregui, pero aquella supuesta entrevista que habría hecho Chaho al guipuzcoano no fue más que una invención, pues ya había muerto en combate un año antes. Lo más delirante fue poner en boca de este militar ultracatólico el leguaje esotérico tan del uso y gusto del sulentino. Gracias a esta invención, consiguió impregnar a dicha guerra de un inexistente tinte secesionista en las provincias norteñas españolas y la imagen de Zumalacárregui es confundida por el Nacionalismo vasco como el primer caudillo defensor de la independencia de las provincias vascas. Nada más falso y demente. Este es un ejemplo de su Iluminismo historicista.

TOMÁS DE ZUMALACÁRREGUI

Es muy significativo de este personaje con nacionalidad francesa que no mencionase para nada de supuestas luchas por la independencia de los vascofranceses o navarros del note con respecto a la Monarquía y República francesas. Pero paradogicamente, Chaho fue un defensor de la causa de Carlos V, escribiendo en páginas de prensa, ayudó a pasar a España a la princesa de Beira y al conde de Montemolín (herederos del trono carlista) en 1838 y participando en la conspiración carlista de Estella de 1848. Conspiró desde Francia contra la España liberal, convirtiéndose en el primer intelectual de la Edad Contemporánea en propugnar la amputación a España de Navarra y los territorios vascoespañoles.

Así pues, la mixtificación de lo vasco en Chaho estuvo basaba en esas dos justificaciones contradictorias: la preservación de los fueros, de parte vascoespañola; y la recuperación del trono navarro para los reyes borbones de Francia, de parte vascofrancesa.

Chaho publicó en 1847 una Histoire Primitive des Euskariens Basques, en tres tomos, escrita en colaboración con el vizconde legitimista Henri de Belsunce, y en 1853 la novela Safer ou les Houries Espagnoles, sobre los orígenes del Reino de Navarra, una de las fuentes ocultas de la Amaya de Navarro Villoslada.

Si es considerado como uno de los principales escritores de la literatura romántica vasca es por ser el creador de numerosas leyendas que trataban de generar elementos de convicción que no pudo encontrar en la historia. Tuvo amplios conocimientos del folclore popular vasco que le permitió el estudio de las leyendas y mitos, y hasta de la verdadera historia, pero las embelleció y adulteró con una serie de elementos que permitían transformarlas en instrumentos ideológicos.

De este literato fuerista y su manipulación histórica se influenciaron escritores regionalistas de la época isabelina, que pusieron más atención a la abigarrada mitología apócrifa que a su tesis del Carlismo como ideología hacia un movimiento secesionista revolucionario.

JOSEPH AUGUSTIN CHAHO

Chaho inventó un universo mitológico sin base alguna, o con un fundamento muy débil, en el auténtico folclore de los campesinos vascos. A él se deben el basojaun, hombre salvaje de los bosques, inspirado en los salvajes de las psicomaquias medievales, y las maitagarris, que eran ninfas.

Su fábula de Aitor, escrita en Aitor, Leyenda cántabra, fue la creencia mitológica más exitosa entre los integrantes de la Asociación Euskera de Pamplona. Esta obra era una imitación bastante lograda de El mundo primitivo de Juan Bautista de Erro, en la que, a través del supuesto patriarca, enumera las aportaciones de los primitivos vascos a la civilización universal, que van desde el reloj hasta la filosofía.

Para diferenciar la etnia vasca del resto de españoles, imaginó un nuevo patriarca originario de Babel antes del diluvio universal, que fue llamado Aitor. Es decir, rompió con la tradición clásica que convertía al patriarca hebreo Túbal en el descendiente de los vascos y del resto de españoles, e inventó otro específico para la etnia vasca. Desde entonces, los vascones descendían del patriarca de raza aria Aitor, mientras que el resto de los españoles descendían del patriarca hebreo Túbal. Este mito fue un elemento más en la diferenciación con respecto a los españoles. Partiendo de su patriarca mitológico y la distinción racial, Chaho consiguió aportar mayor verosimilitud en su locura ideológica y peculiar identidad vascongada. Y el nombre generó una polémica sobre su etimología, ya que la literatura romántica lo convirtió en un personaje legendario.

Jon Juaristi, en la obra El linaje de Aitor, explica que Chaho compuso el nombre de Aitor con la raiz Aita ("padre" en eusquera unificado) y Oro ("todo", en dialecto vascofrancés de Soule), por tanto, significaría "padre de todos" o "padre universal". Y afirmaba que los vascos se denominan a sí mismos Aitoren semeak, que significa "hijos de Aitor". Pero esta tesis es errónea, porque los vascos del pasado se llamaban a sí mismos aitonen semeak, que significa "hijo de buen padre", una expresión similar al castellano "hidalgo", empleada para designar la baja nobleza. Chaho explicó el significado de su creación: "Je vous dirai maintenant que ce nom d´Aïtor est allégorique, il signifie père universel, sublime."

En el ideario del sulentino se encuentran bastantes conceptos que más tarde adoptó el propio Sabino Arana, por ejemplo el concepto de independencia eterna frente a los invasores castellanos. Con Chaho aparecía esta doble operación caracterizada por oponer los vascos a los castellanos, atribuyendo a éstos la envidia hacia los primeros. El otro gran elemento significativo del Iluminismo de Chao que influyó al Nacionalimo racista de Arana, sin ningún tipo de fundamentos, fue la diferenciación entre dos supuestas etnias y sus respectivos patriarcas: la raza vasca era aria por descender de Aitor; y la raza española era judía por hacerlo de Túbal. Arana desarrollaría este concepto introduciendo la superioridad de la raza vasca frente a la española.

Pero estas interpretaciones políticas e históricas no tuvieron repercusión en su tiempo, sino algunas décadas más tarde cuando, tras la segunda derrota del Carlismo, surgían el Fuerismo navarro y el Nacionalismo vasco.

EL LINAJE DE AITOR, POR JON JUARISTI

lunes, 15 de octubre de 2018

Pintura y escultura religiosa de Francisco Javier


El Museo del Castillo de Javier presenta varias colecciones de obras de arte dedicadas al santo Francisco Javier, principalmente de pintura y escultura. Destaca la colección de óleos sobre lienzo que Godofredo Maes realizó en la ciudad de Amberes en 1622. También es meritoria la serie de óleos del siglo XVIII, restauradas por la Fundación Fuentes-Dutor en 2005.

Existen varias obras pictóricas del siglo XIX realizadas en seda en Japón, así como estatuillas dedicadas a las predicaciones del santo navarro en el país niponés. También se conservan diversas estatuillas policromadas.

CONFESIÓN Y PENITENCIA POR UN PORTUGUÉS, POR GODOFREDO MAES, ÓLEO SOBRE LIENZO (1692)

VIAJE A KIOTO EN EL SÉQUITO DEL NOBLE RYOKEI, POR GODOFREDO MAES, ÓLEO SOBRE LIENZO (1692)

MILAGRO DEL CRUCIFIJO DEL CANGREJO, POR GODOFREDO MAES, ÓLEO SOBRE LIENZO (1692)

PREDICACIÓN DE SAN FRANCISCO, POR GODOFREDO MAES, ÓLEO SOBRE LIENZO (1692)

MARTIRES DE MANAR, POR GODOFREDO MAES, ÓLEO SOBRE LIENZO (1692)

HUIDA DEL EJÉRCITO BAGADA, POR GODOFREDO MAES, ÓLEO SOBRE LIENZO (1692)


MUERTE DE SAN FRANCISCO JAVIER, POR G. HOMBRADO OÑATIVIA, ÓLEO SOBRE TABLA (SIGLO XX)

MUERTE DE SAN FRANCISCO JAVIER, ÓLEO SOBRE LIENZO (SIGLO XVIII)

 FRANCISCO JAVIER, ÓLEO SOBRE LIENZO (SIGLO XVII)

FRANCISCO JAVIER, ÓLEO SOBRE LIENZO

FRANCISCO JAVIER, ÓLEO SOBRE LIENZO


APOTEOSIS DE SAN IGNACIO, ÓLEO SOBRE LIENZO (SIGLO XVIII)


GLORIA DE SAN LUIS GONZAGA Y ESTANISLAO DE KOSTKA, ÓLEO SOBRE LIENZO (SIGLO XVIII)


FRANCISCO JAVIER, ÓLEO SOBRE LIENZO

SAN FRANCISCO JAVIER EVANGELIZANDO A LOS PESCADORES, JAPÓN (SIGLO XIX)

SAN FRANCISCO JAVIER EVANGELIZANDO AL PUEBLO, JAPÓN (SIGLO XIX)

SAN FRANCISCO JAVIER NAVEGANDO EN JAPÓN, JAPÓN (SIGLO XIX)

ESTANDARTE DE SAN FRANCISCO JAVIER, SEDA PINTADA, JAPÓN (SIGLO XIX)

SAN FRANCISCO JAVIER, MADERA POLICROMADA (1622)

SAN FRANCISCO JAVIER, MADERA POLICROMADA (SIGLO XVII)


SAN FRANCISCO JAVIER, MADERA POLICROMADA (SIGLO XVIII)

ESTATUILLAS JAPONESAS EN EL MUSEO DEL CASTILLO DE JAVIER


CASTILLO DE JAVIER, POR JUAN DE VELASCO, ACUARELA SOBRE SOBRE PAPEL (SIGLO XIX)


CASTILLO DE JAVIER, POR JUAN DE VELASCO, ACUARELA SOBRE SOBRE PAPEL (SIGLO XIX)

sábado, 6 de octubre de 2018

José de Leyzaur y Aguirre


Capitán de navío de de la segunda mitad del siglo XVIII

NAVÍO ORIENTE


Nacido en San Sebastián en 1740, José de Leyzaur y Aguirre provenía de una familia notable, ya que su padre Agustín de Leyzaur y Laya fue regidor de esta ciudad, y su abuelo paterno José Antonio de Leyzaur fue caballero de la Orden de Santiago.

A los catorce años de edad sentó plaza de guardia marina en el Departamento marítimo de Cádiz, en octubre de 1754. Fue ascendido a alférez de fragata en 1760, a alférez de navío en 1766, y a teniente de fragata al año siguiente. El año de 1770, con el chambequín Andaluz, se halló en el reconocimiento de las costas desde el río de la Plata hasta el estrecho de Magallanes, y con el mismo buque a desalojar a los corsarios ingleses de la isla Flamkanc. En 1772, fue promovido a teniente de navío.

Embarcado en la fragata Dorotea, tomó parte del Socorro de Melilla. Esta ciudad fue sitiada por el ejército del Sultanato de Marruecos, comandado por el sultán Mohammed ben Abdallah y respaldado por británicos y mercenarios argelinos, contra la fortaleza que defendió una pequeña guarnición bajo el mando del gobernador Juan Sherlock desde diciembre de 1774 hasta marzo de 1775.

En 1775, asistió a la Expedición contra Argel en el navío Velasco. Formaba parte de la escuadra del teniente general Pedro González de Castejón y Salazar, que zarpó de Cartagena el 23 de junio compuesta de 6 navíos, entre ellos el Velasco, 12 fragatas, 5 urcas, 9 jabeques, 3 paquebotes, 4 bombardas, 7 galeotas y 230 transportes y arribó el 30 de junio frente a Argel, donde desembarcaron las tropas el 8 de julio. La expedición fue un desastre, y la expedición regresó al día siguiente con la pérdida de 5.000 hombres de un total de 18.400 efectivos desembarcados.

PLANO DE ARGEL PARA LA INVASIÓN DE 1775


En 1779, fue ascendido a capitán de fragata, y graduado de capitán de navío, en 1782, y efectivo al año siguiente. El año de 1787, fue clasificado de buena conducta, celoso en el servicio y de buen desempeño en maniobras y pilotaje, y buen carácter.

En 1790, al mando del navío Oriente en la Escuadra de observación del marqués del Socorro, coincidió con el capitán general de la Armada, el alavés Ignacio María de Álava y Sáenz de Navarrete.

Por el mal estado de su salud, solicitó su retiro del servicio en 1803, y falleció en 1807, a los sesenta y siete años de edad y cincuenta de buenos servicios.

Al final de su carrera militar al servicio de la Real Armada española, navegó de subalterno y de mando por los mares de Europa y América, en distinta clase de buques, durante cuatro décadas.

lunes, 1 de octubre de 2018

Vascos en la fundación del Reino de Castilla


Castilla se fundó en el siglo IX como una suerte de pequeños condados fronterizos defendidos por innumerables castillos de las que toma el nombre frente a los asedios de los musulmanes de Córdoba y los muladíes de Muhammad ben Lope, nieto de Muza, el llamado "Tercer Rey de España". Las fortificaciones castellanas sustentaban la primigenia personalidad de unos pobladores cántabros y vascones que se extienden desde el año 800 entre las tierras ribereñas del Ebro y el Duero.

De estos castillos provino el término castellanos (natural de los castillos), y de ahí Castilla. El propio término Castilla es un neologismo utilizado para denominar la región anteriormente conocida como Vardulia. Según las crónicas medievales: "la Vardulia que ahora llamamos Castilla" (Vardulies qui nunc vocitatur Castellae).


El origen de Castilla tiene un esencial componente vasco. El historiador medievalista del siglo XX y presidente de la República en el exilio, Claudio Sánchez Albornozen su tesis España, un enigma histórico, aseguró que el pueblo castellano nació de la matriz vasco-cantábrica, unida a la raíz goda. Lo resumía así:
"En ellas (las tierras ganadas a los moros en las estribaciones meridionales de la Cordillera Cantábrica) se establecieron numerosas masas de vascos, junto al conglomerado étnico que presidían los cántabros y juntos a los refugiados visigodos. Esta mezcla explosiva iba a tener decisivas proyecciones históricas en el acuñarse del pueblo castellano." 
"No es necesario acudir a la hipérbole para desatacar las consecuencias de la generación de Castilla por la cópula del complejo racial que presidían los cántabros con los refugiados godos y con los colonizadores vascones."
Concluyendo que:
"Castilla y los castellanos fueron el fruto de la simbiosis racial y cultural de lo cántabro, lo vasco y lo godo."

No fue el primero en lanzar la idea de la acción vasconizante castellana. Otro gran historiador del Medievo, Menéndez Pidalen su estudio Castilla, la tradición, el idioma, defendió ya la teoría de que Castilla había metido una cuña vasca en Hispania:
"Castilla nace sobre antigua población de cántabros, várdulos, autrigones y otros pueblos los más tarde romanizados en la península y con menos intensidad."

Finalmente, el historiador Vicens Vives, en su Aproximación a la historia de España:
"He aquí un momento trascendental en el porvenir peninsular. Aparece ahora realmente Castilla en la historia. El pueblo castellano (de sangre vasca y cántabra) se configura en una sociedad abierta, dinámica y arriesgada como lo es toda estructura social en una frontera que avanza."

VILLAS DE LA CASTILLA PRIMIGENIA

El origen de Castilla fue el resultado de una línea defensiva en torno al desfiladero de Pancorbo (territorio cántabro-várdulo-autrigón y paso natural de las actuales provincias de Álava y Burgos) y otras zonas vulnerables al este de la cordillera Cantábrica. Ésta era una marca fronteriza formada por castillos construidos a mediados del siglo VIII durante el reinado leonés de Alfonso I el Católico y su hijo Fruela. Las cartas pueblas y las delegaciones regias permitieron potestad a los asentamientos de aquellos colonizadores cántabro-vascos.

Alfonso I convirtió la región vasco-cántabra en un recinto fortificado por una línea escalonada de castillos, que sirviese de muro contra las invasiones sarracenas. Según el historiador Valparda, en su Historia Crítica de Vizcaya, estos castillos, de los cuales quedan todavía restos, son los siguientes:
"Cerrando el acceso de los sarracenos a Álava, a la Merindad de Castilla la Vieja, y a Orduña y a Vizcaya, hallamos aun ahora por el Ebro superior y el río Omecillo, restos de los castillos de Valpuesta (Burgos), Valderejo (Álava), Puentelarra (Álava), Fontecha (Álava), Lantarrón (Burgos), junto a Sobrón (Álava), Alcedo (Álava), Villamaderne (Álava) y Bellogín (Álava). Por el río de Bayas e Izarra se halla cerrada la entrada por Rivabellosa (Álava), Subijana (Álava) y Morillas (Álava), y resguardada la margen izquierda del Ebro por Portilla (Álava), Ocio (Álava) y Zambrana (Álava), con una segunda línea por Zaldiarán y Picozorrotz o Montes de Vitoria (Álava); y más al Este, por las asperezas y riscos de la Sierra de Cantabria (Álava), guarnecidas por los castillos de Herrera de Toro (Álava), Labastida (Álava), con su castillo Tullonio, San Vicente de la Sonsierra (Rioja), Peñacerrada (Álava), Samaniego (Álava) y La Guardia (Álava); continuando en la línea de Navarra las fortificaciones de Bernedo (Álava), Marañón (Navarra Degiense), Cabredo (Navarra Degiense), Genevilla (Navarra Degiense), Santa Cruz de Campezo (Álava), Malpico, Peña Costalera, Arlucea (Álava), Marquínez (Álava), Corres (Álava), Antoñana (Álava), etc. 
Esta línea defensiva de fortalezas era poco más o menos la que correspondía a la organización de Alfonso I. Pronto, sin embargo, se ocupó el valle de Miranda (Burgos), cerrando sus dos entradas con los castillos de Pancorbo (Burgos) y por Conchas de Haro (entre Álava y Rioja), con los de Cellorigo (Rioja), Bilibio (Álava) y Burandón (Rioja)." 

En realidad, la primera Castilla fue la línea de castillos organizados por Alfonso I alrededor del territorio vasco-cántabro que no había sido ocupado por invasores islámicos. Los árabes designaron esta región con el nombre de Al Kilé (Los Castillos), plural de kalat (castillo).

Según se iba ensanchando el territorio conquistado a los sarracenos, se construían para su defensa nuevas líneas de castillos, y se iba cambiando la significación de la palabra Castilla. Sin embargo, el nombre de Castilla no se aplicó entre los cristianos a la primera Castilla del rey astur Alfonso I, ni tampoco durante la segunda Castilla, formada por los territorios vascos de Bureba y Villarcayo.

SEGUNDA FASE POBLACIONAL DE CASTILLA

Fue durante la extensión de la ocupación de los cristianos hasta Amaya y Burgos cuando se fundó la tercera línea defensiva de castillos, y se comenzó a llamar Castilla la Vieja a la segunda Castilla de la Bureba y Villarcayo, que hasta entonces se designaba con el nombre de Vardulia. Así lo explican las Crónicas de Alfons IIIdonde consigna que Alfonso I pobló, a continuación de Sopuerta y Carranza, "la Vardulia, que ahora se llama Castilla" (Bardulies, quae nunc appellatur Castella). En efecto, ya que durante el reinado de Alfonso III, se organizó la ocupación de la tercera Castilla, porque el conde Rodrigo, por orden del rey Ordoño I, antecesor de Alfonso III, había poblado Amaya el año 860, como lo explica la Crónica Burgense. También fue poblada Santander (llamada Asturias de Santillana), según la Crónica de Sampiro, obispo de Astorga.

A esta tercera Castilla hace alusión el Poema de Fernán González, cuando dice:
"Entonces era Castilla un pequeño rincón:
era de castellanos Montes d´Oca mojón,
e de la otra parte  Hituero en fondón."

Desde que Alfonso I fundó la primera Castilla en el territorio de la primitiva Vardulia y Borovia, pasó más de un siglo hasta la formación total de la segunda Castilla; porque Alfonso I reinó desde 739 hasta 757, y Amaya y Burgos, ciudades situadas fuera del territorio de Vardulia y Autrigonia, no fueron poblados hasta los años 860 y 884.

La repoblación de Castilla data desde el siglo VIII, registrado en los Anales Complutenses que ya el año 784, reinando Mauregato en Asturias, partió de las montañas de Malacouría una expedición para emigrar a Castilla. Sin concretar la ubicación de las montañas de Malacouría, existen otros topónimos con la misma raíz eusquérica (Málax, Mallavia, Málazaga, etc.) y la misma terminación (Goicouría, Ellacouría, etc.).

TORRE MEDIEVAL DE LOS VELASCO EN LEZANA DE MENA

El carácter predominantemente vasco que tuvo la Castilla primitiva se revela en la facilidad con que las crónicas la confunden con Álava. Por ejemplo, la Crónica Albendensecuya primera parte se escribió en tiempo de Alfonso III, dice acerca de este rey, contemporáneo suyo, que, huyendo de Fruela, conde de Galicia usurpador de su trono, se refugió en Castilla:
"Este (Alfonso III en la primera flor de su adolescencia y en el primer año de su reinado, cuando tenía dieciocho años, es privado de su reino tiránicamente por el apóstata Fruela, Conde de Galicia; y el Rey mismo se refugió en Castilla, y no mucho tiempo después, habiendo sido muerto en Oviedo el tirano e infausto Rey Fruela por los fieles a nuestro Príncipe, el glorioso niño vuelve de Castilla,…" 
(... Rege a fidelibus nostro Principis O veto interfecto, idem gloriosus puer ex Castella revertitur, ...)

Lo mismo dice la Crónica Lusitano:
"Se refugió en Castella… volvió de Castilla."  
(Castellam se contulit... ex Castella revertitur.)

Pero en cambio, la Crónica de Sampiro y la Crónica Silense exponen que donde se refugió fue en Álava:
"Al comienzo de su reinado, cuando tenía catorce años, cierto hijo de perdición, Fruela Bermúdez, de las partes de Galicia vino a apoderarse del Reino que no le era debido. Oyendo esto el Rey Alfonso se retiró a las partes de los Alaveses,..."  
(Rex vero Adefonsus hec audiens secessit in partes Alavensium,...)

Y lo mismo repitió el monje de Silos en su Crónica Silense.

Para los historiadores cristianos, Castilla la Vieja y Álava eran territorios muy parecidos, lo mismo que para los historiadores árabes.

El carácter vasco del territorio conocido como Vardulia también aparece en la Crónica de Alfonso III, quien escribió que:
"Después de la muerte de Alfonso (el Casto), fue elegido para ocupar el trono Ramiro, hijo del príncipe Bermudo (I); pero en aquel tiempo estaña ausente en la provincia varduliense, para tomar mujer" 
(Post Adefonsi discessum Ranimirus, filius Veremundi principis, electus est in regum; sed tunc temporis absens erat barduliensem provinciam ad accipiendam uxorem).

Luego cuenta Alfonso III que un tal Nepociano le usurpó la corona en Oviedo, mientras él estaba en Vardulia; pero habiendo sido abandonado el usurpador por las tropas de los asturianos y vascones (Auturiensium et Vasconum), fue derrotado junto al río Narcea, capturado, cegado y encerrado en un monasterio. La Crónica Silense explica:
"Ramiro, siendo ya de adulta edad, como se trasladase para tomar mujer a la Vardulia (que ahora se llama Castilla),…" 
(Ramirus, adulta jam aetate, quum Bardulies (quae nunc Castella vocatur) ad accipiendam uxorem accederet, ...)

ALFONSO III EL MAGNO, REY DE VASCONES

Ahora bien, Ramiro sucedió en el trono leonés a Alfonso I el Casto, hijo de la vasca Munia, cuyos parientes le ofrecieron refugio en Álava; era él, a su vez, hijo de doña Usenda Nunilona, de claro origen vasco, y se casó en Vardulia con doña Urraca, que delata también por muchos indicios su origen vasco.

El nombre de su madre Usenda Nunilona delataba origen navarro, "por el culto grande que tenían allí las Santas Nunilona y Alodia" según el historiador Flórez en sus Memorias de las Reynas Católicas. Además del carácter enteramente vasco de sus dos hijos, Ramiro y García.

El nombre de García, desconocido hasta entonces fuera de Vasconia, es de origen ibérico y vasco, aunque luego se difundió por toda España. Es uno de los nombres vascos derivados de los animales característicos. Así como los latinos derivaron de "ursus" (oso) los nombres de Urso, Ursula, Ursino, Ursacio, etc.; de "columba" (paloma), derivó Columbano, Columba, etc.; de "lupus" (lobo), Lupo, en castellano Lope y López; de "corvus" (cuervo), Corvino. Así también derivaron del nombre vasco "bela" (cuervo) los nombres de Vela, Velasco, Vélez, Velázquez, etc.; de "ochoa" (lobo), derivó en ochoa, Ochóiz, etc.; de "usoa" derivó en Usoa y Usenda; de "artza" (oso) de formaron los nombres de Arsa, Arsenio, Garsea, Garsia y, por fin, García, el más conocido.

Menéndez Pidal en su obra El idioma español en sus primeros tiempos (1927) explica que la "princesa de la casa real de Pamplona, llamada Jimena, con la cual parece que se introduce este nombre en León", por haberse casado con ella Alfonso III el Magno, añade:
"Uno de los hijos de esta reina se llamó García, nombre vasco que debe haber entrado también en el Occidente por influencia navarra, así como el de Sancho, que igualmente ahora empieza a sonar en León (reinado de Alfonso III) y, aunque no es vasco, parece especialmente usado en la casa real de Pamplona."
En tiempos de Ramiro I, familias distinguidas como las que daban reinas a Oviedo, usaban nombre vasco. Este mismo rey leonés, siguiendo las tendencias vasconizantes de su dinastía, marchó a Vardulia y regresó con otra princesa de nombre vasco Urraca. Según Risco en España Sagrada:
"Vivió en Oviedo muchos años la Reyna Doña Urraca, con quien Don Ramiro se casó en Vardulia, que es Castella."
El nombre de la reina Urraca se extendería por los reinos de León, Castilla y Aragón; su significado es "Áurea", es decir, "Dorada" o "De Oro", debido a la devoción que se profesó en la España de aquel tiempo a Santa Áurea, llamada también Santa Oria. Dada la costumbre que tenían los vascos de traducir los nombres del castellano al vascuence, hicieron lo mismo con el nombre de Áurea, y en su lugar pusieron Urrica debido a que en vascuence "oro" se dice "urría". Como ejemplo está el nombre de Mari Urrica, conocida como la dama de Amboto, protagonista de una leyenda vasca.

Todos estos son ejemplos que reflejan la influencia vasca sobre la primitiva Castilla y las relaciones de esta entidad con Vasconia. Fue un hecho que esa gloriosa región, capitana de España en la Reconquista, nació no sólo en territorio cántabro, sino además en territorio vasco y con el nombre de Vardulio, como una prolongación del pueblo indígena celta de los várdulos.

ESCUDO DEL REINO DE CASTILLA

Durante el siglo IX el Condado de Castilla se limitó a cumplir con la misión encomendada: servir de muro de contención frente a los ataques musulmanes y hogar de infanzones, agricultores y ganaderos; pero ya habían descendido hasta la línea del río Duero.

En el siglo X, surgió con firmeza la idiosincrasia castellana encarnada en la figura de sus condes gobernantes. Castilla es mucho más que una tierra de nadie satélite del Reino de León. Los vascones provenientes de los territorios de Álava y Guipúzcoa fueron una parte importante de los guerreros castellanos que en este siglo consiguieron establecer un primer impulso político y militar, primero en la independencia con respecto al Reino de León, y después en la expansión territorial por la meseta.

En 920, tras la derrota cristiana de Valdejunquera, los nobles castellanos fueron acusados de no acudir en auxilio de las tropas navarras y leonesas y algunos condes fueron recluidos por ello. En 930, Fernán González, el hombre más respetado de la nobleza castellana, comenzó a reivindicar los particularismos de Castilla. Nueve años más tarde, tras la batalla de Simancas, exigió la independencia total de León. Fueron los primeros pasos de una andadura llamada Castilla.


Las discrepancias entre Ramiro II y Fernán González alcanzaron su punto álgido en 943 cuando el castellano se rebeló ante el leonés. El hecho supuso la detención y encarcelamiento del conde durante un tiempo.

Finalmente, la presión agobiante ejercida por las tropas de Al-Ándalus sobre la frontera, hicieron que Ramiro II reconsiderara su actitud, liberando al noble para que le ayudara con su tropa en los asuntos bélicos librados por el reino frente a los musulmanes.

ESCULTURA DE FERNÁN GONZÁLEZ EN EL ARCO DE SANTA MARÍA DE BURGOS


En 960, Castilla consiguió una autonomía que la desvinculó prácticamente del Reino de León, salvo el homenaje y reconocimiento de los nobles castellanos hacia la Corte leonesa.

Los documentos de esta época aseguran la autoridad de Fernán González en extensas zonas del territorio vasco, aparte de aparecer en numerosos documentos con el título de conde de Castilla, Nájera y Álava (en la que probablemente estuviesen comprendidos los territorios de la actual Guipúzcoa). Los Vela y Herraméliz de Álava debieron perder, se supone, la hegemonía de sus zonas.

También repobló muchas zonas de las actuales Castilla y León y La Rioja con vascos, además de sustituir el derecho consuetudinario visigodo por el Fuero. La práctica totalidad de villas vascas serían más tarde fundadas por este reino pujante al cual migraban ingentes cantidades de siervos cristianos al calor del fuero de hombres libres. Lo cual propició su rápida potencia militar.

Las buenas relaciones entre el conde de Castilla y el rey de Pamplona fueron realmente buenas, hasta el punto que Fernán González casó con alguna hermana del navarro. Pero Navarra no supo aplicar el Fuero que tan excelentes réditos daría al reino cántabro-vasco de Castilla, debido a su dependencia del reino franco.

Fernán González implantó la sucesión nobiliaria, a su muerte en 970, por su hijo García Fernández. El primer rey de Castilla se encargó de ampliar los territorios obtenidos por su padre, aunque chocó con el genio militar de Almanzor quien propinó duras derrotas por toda la península a los diferentes reinos cristianos. García Fernández sufrió además una tremenda conspiración familiar cuando su mujer e hijo se confabularon con el dictador andalusí para derrocarle. Murió en Medinaceli en 995 a consecuencia de unas heridas de guerra. Con Fernán González y su hijo García Fernández quedan trazados los caminos por los que discurrirá el futuro de Castilla.

EXPANSIÓN TERRITORIAL DE CASTILLA EN EL SIGLO X