La historia como arma política

La historia como arma política

Los partidos nacionalistas recurren con frecuencia a la historia para reivindicar y justificar privilegios políticos y económicos de sus propias autonomías. Al amparo de la libertad de expresión, con frecuencia interpretan la Historia nacional a medida de sus intereses y ambiciones políticas, con grave riesgo de la unidad y solidaridad nacional; y, dentro del juego democrático, han elevado la Historia a la categoría de estrategia política, de consecuencias imprevisibles para la convivencia pacífica. La enseñanza de la Historia ha terminado en arma de confrontación y de lucha. Algunos políticos tienden a reavivar viejas leyendas y mitos históricos con el fin de mantener políticamente a la juventud en estado permanente de guerra contra sus rivales y enemigos tradicionales.

Nacionalistas, radicales y fundamentalistas manipulan, de distinta manera, la verdad histórica en interés y para exaltación de su propia patria o autonomía política. Al servicio de la emoción patriótica, no pocas veces esos nacionalistas se inventan su verdad política sobre una interpretación distorsionada de la Historia nacional, que provoca insolidaridad y puede degenerar en violencia. La manipulación histórica es hoy el mayor obstáculo para la pacificación y convivencia pacífica. La escuela es el medio natural de manipulación cultural, y su instrumento más importante es hoy la enseñanza de la Historia patria que sirve, las más de las veces, de cobertura ideológica al fundamentalismo nacionalista.

Mitos y leyendas. Estos políticos encuentran siempre historiadores fanáticos y maestros infiltrados, que escriben y enseñan su propia versión de la Historia nacional, parcializada y falseada con la deformación de ciertos hechos históricos y con la manipulación de determinados textos jurídicos. Así las escuelas se convierten en centros de intoxicación y en fábrica de violentos.

Por ignorancia o por mala fe se nos da una versión de la Historia nacional, cargada de tópicos y fantasías, con la torcida intención política de fabricar una imagen falsa de España y del hecho diferencial, que realmente existe dentro de la nación española. No pocos políticos parecen manejar con absoluto cinismo los datos históricos, a no ser que se trate de pura ignorancia.

Muchos historiadores españoles vienen denunciando algunas de las falsificaciones y mentiras sobre la Historia de España en el siglo XX. Nos presentan diversas historias nacionalistas de otras tantas nacionalidades, integradas en esa nación única que llamamos España, como distintas historias políticas marcadas por la distorsión de la realidad, deformadas con frecuencia por su forma de narracción y criterios de interpretación, e incluso falseadas a veces por su contenido de verdades parciales y sesgadas. Los historiadores oficiales, como funcionarios del poder, son los primeros responsables de seleccionar lo que se debe narrar, y de enterrar lo que se debe olvidar; crean mitos que falsean la realidad y configuran la conciencia colectiva a través de la memoria histórica, siempre interesada y mantenida desde el poder, de acuerdo con los intereses políticos del momento. La tradición popular transmitida, y la consecuente conciencia nacional no siempre responden a la verdad histórica. Puede producirse entonces una memoria contaminada de mentiras y calumnias, y no sólo por silenciamientos y vacíos históricos. La enseñanza nacionalista de la Historia es hoy la mayor amenaza de la paz.


Atemorizado por los horrores y efectos devastadores de la primera guerra mundial, y especialmente motivado por el peligro y amenaza del nacionalismo de la Alemania nazi, el Comité Internacional de Ciencias Históricas de la Sociedad de Naciones, a través de su Comisión, publicó en 1932 el Decálogo del historiador:

o Bajo ningún pretexto de civismo o de intención moralizadora, la verdad histórica podrá ser violada o deformada en las lecciones del maestro. Se respetará la verdad hasta la intransigencia.

o Se reducirá la Historia de las guerras a sus justos límites. El maestro se limitará más específicamente a mencionar las guerras que realmente han influido en la evolución histórica de los pueblos.

o El niño deberá aprender, ante todo, la Historia de su propio país. La nación, la patria son hechos que determinan nuestra actividad desde el punto de vista económico y aun intelectual, tanto como desde el punto de vista político.

o Se concederá lugar preponderante a lo que se viene llamando Historia de la Civilización, al cuadro de la vida política y social, económica, intelectual y moral de la Humanidad.

o La enseñanza de la Historia no debe llevar a la exaltación injusta nacional y al odio y al desprecio de las naciones vecinas. Es deber del maestro desarrollar, al mismo tiempo que el espíritu de conciencia nacional, el espíritu de reconciliación de los pueblos.

o La Historia universal mostrará que no puede explicarse científicamente la vida de ninguna nación, si no se tiene en cuenta la de los otros países.

o La Historia nacional ha de enseñarse, desde el principio, sobre el fondo de la Historia universal y dentro de un cuadro mundial.

o Es una regla absoluta el respeto a la verdad histórica, el estudio imparcial y sereno de las patrias respectivas, sin odio y sin pasión, en sus aportaciones mutuas a una civilización común.

o Es importante mantener los manuales escolares al corriente de la ciencia histórica, renovándolos en sus contenidos y técnicas de aplicación, de acuerdo con la investigación realizada por hombres de competencia científica reconocida.

o Por lo que al método se refiere, habiendo adquirido el conocimiento de los hechos, el alumno relacionará, con la ayuda de comparaciones con los hechos vecinos, su carácter propio y podrá tratar de comprender el encadenamiento en las relaciones de causa y efecto.


Luciano Pereña



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