lunes, 16 de julio de 2018

Blas de Lezo ante sus soldados




El teniente general de la Armada española del siglo XVIII Blas de Lezo, demostró siempre su apoyo incondicional hacia sus hombres, defendiéndolos cuando la ocasión lo requería, ganándose la admiración y respeto de sus subordinados. Así se lo manifestó al marqués de Villarias una vez finalizado el sitio de Cartagena:
"... el Cuerpo de Marina llevó casi todo el peso en el combate y quien sostuvo los intentos enemigos en la entrada del puerto de la ciudad y fuera de ella."

Esta opinión fue contraria en el virrey Eslava que, al comienzo de la batalla y a pesar de que había descendido el número de soldados debido a las enfermedades, no quiso armar a los marineros "por ser gente sin obediencia", teniendo que, en vez de cumplir órdenes, saquearan las casas.

Aunque algunos creyeron que el Cuerpo de Marina, que dirigía Blas de Lezo, no estaba capacitado para la defensa militar de aquella ciudad por tierra, el marino guipuzcoano sostuvo su valor y preparación con fuertes convicciones:
"... creyendo sin duda estas caballeros terrestres que los de nuestra profesión solo saben manejar los navíos, pero la experiencia (aunque no lo confiesen) les habrá desengañado de que en este cuerpo hay hombres para todo."



Extraído del libro El día que España derroto a Inglaterra, escrito por el historiador colombiano Pablo Victoria, en la editorial Altera en 2005. Con estas valerosas y heroicas palabras Blas de Lezo se dirigía a sus soldados para motivarles ante las proximidades del ataque de Edward Vernon al fuerte de Bocachica en Cartagena de Indias en marzo de 1741.
"Soldados de España peninsular y soldados de España americana. Habéis visto la ferocidad y poder del enemigo; en esta hora amarga del Imperio nos aprestamos para dar la batalla definitiva por Cartagena de Indias y asegurar que el enemigo no pase.
Las llaves de Imperio han sido confiadas a nosotros por el Rey, habremos de devolverlas sin que las puertas de esta noble ciudad hayan sido violadas por el malvado hereje. El destino del Imperio esta en vuestras manos. Yo, por mi parte, me dispongo a entregarlo todo por la Patria cuyo destino esta en juego; entregare mi vida, si es necesario, para asegurarme que los enemigos de España no habrán de hollar su suelo, de que la Santa Religión a nosotros confiada por el destino no habrá de sufrir menoscabo mientras me quede un aliento de vida. Yo espero y exijo, y estoy seguro que obtendré, el mismo comportamiento de vuestra parte. No podemos ser inferiores a nuestros antepasados, quienes también dieron la vida por la Religión, por España y por el Rey, ni someternos al escarnio de las generaciones futuras que verían en nosotros los traidores de todo cuanto es noble y sagrado. 
¡Morid, entonces para vivir con honra! ¡Vivid, entonces, para morir honrados! ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva Cristo Jesús!"

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