miércoles, 27 de julio de 2016

Tradicionalismo político y arraigo religioso


Las revoluciones y desamortizaciones supusieron un trauma para la Iglesia y le privaron de muchos recursos durante el siglo XIX (Cataluña, País Vasco), revitalizaron sus energías y le enseñaron a moverse con una mayor autonomía. De entrada, se reordenaron las estructuras de gobierno del territorio diocesano. Se creó el Boletín Oficial del Obispado (1862), como vehículo de las órdenes episcopales y garantía de su difusión. En 1863 se aprobó una nueva división de la diócesis en arciprestazgos, que sustituía a la época medieval. El arreglo parroquial, que se alcanzó con el gobierno de 1880, supuso la reordenación de las parroquias y las plantillas del clero secular, de acuerdo con las necesidades de la población y los cambios en su distribución. Este nuevo sistema trajo consigo la eliminación de los patronatos parroquiales y concentró en el obispo todas las facultades de designación y remoción de clérigos, así como la propiedad de los templos y otros bienes de las parroquias.

Aun cuando tempranamente había muestras de Anticlericalismo, no tomó cuerpo hasta finales del siglo XIX, sobre todo en el primer tercio del siglo XX en la capital y en los grandes pueblos de la Ribera, hasta culminar en la Segunda República (1931-1936). 

En el terreno económico y social, la Iglesia navarra destacó por el impulso al cooperativismo agrario en el primer tercio del siglo XX, extendido por los sacerdotes Antonio Yoldi y Victoriano Flamarique, apoyados por el obispo José López-Mendoza (1900-1923). Esta actividad de la Iglesia reforzó el papel del clero rural y contribuyó a que amplios sectores sociales se mantuvieran fieles a ella. Con todo, la Iglesia navarra destacó por su Tradicionalismo. En el siglo XIX y en los inicios del XX buena parte del clero era proclive al Carlismo; una minoría se orientó hacia el Nacionalismo vasco, en especial desde 1920.

LAUREADA CARLISTA DE NAVARRA

lunes, 25 de julio de 2016

Sitio de Fuenterrabía de 1638



El Sitio, que duró sesenta y nueve días, fue horroroso. Se abrieron dos brechas en las murallas, volaron siete minas, hubo nueve asaltos. De los setecientos hombres con armas, al mes sólo quedaban trescientos. Un informe oficial habla de que la población fue azotada por dieciséis mil balas de cañón y cuatrocientas sesenta y tres bombas de mortero. En Europa se utilizaron por primera vez los morteros durante el asedio a Hondarribia en 1638. Estas armas de tiro curvo, lanzaban bombas que explotaban una vez llegadas a su objetivo y causaron grandes estragos. Hasta entonces, los cañones únicamente lanzaban proyectiles que no estallaban, tan sólo destruían por la fuerza de su impacto.

sábado, 23 de julio de 2016

Domingo de Zavala y Armendia


Consejero real de Hacienda de España y secretario de Estado y Guerra de Flandes, almirante de mar en el combate de Lepanto de 1571


Nacido en Villafranca de Ordicia, Guipúzcoa, en 1535, Domingo Zavala y Armendia ha pasado a la historia por participar con relevancia y valor en el combate de Lepanto, pero su actividad principal fue la de empleado de la administración militar.

Desde 1568, Zavala era secretario particular del diplomático y marino barcelonés Luis de Requesens, secretario real de Felipe II. Le había acompañado a las campañas navales que éste efectuó desde el mismo año como lugarteniente general de la Mar (2º jefe de las escuadras de Felipe II en el Mediterráneo, bajo el mando del capitán general de la Mar Juan de Austria), además de a la Guerra de las Alpujarras de 1569-70 contra la sublevación de los moriscos.

Ni antes ni después de Lepanto desempeñó Zavala mando naval ni función marinera ninguna, sino una larga y brillante carrera burocrática en los ámbitos de guerra (secretario de Estado y Guerra en el Gobierno general de Flandes) y contabilidad (contador mayor de Hacienda), que le llevaría finalmente a formar parte del Consejo supremo de Hacienda.

Pero fue llamado al mando de una galera por decisión personal de Luis de Requesens, que ocupaba la posición tercera en la jerarquía de la Armada de Lepanto justo detrás de Juan de Austria y Marco Antonio Colonna. De entre la flota que zarpó de Barcelona en julio de 1571, Zabala dirigía la segunda galera al mando, Granada, estando Requesens en la galera capitana.

La Granada se hallaba situada en las inmediaciones de la galera de Juan de Austria. La embarcación de Zavala desplegaba a la izquierda de la capitana, solamente separada de esta por dos buques, las capitanas de la República de Génova y de Venecia. A popa de la galera capitana se hallaban la almiranta y la capitana de Luis de Requesens, segundo al mando de las escuadras españolas. Al costado derecho de la galera insignia de Juan de Austria, se situaba la capitana de la escuadra pontificia al mando de Marco Antonio Colonna. Por último, la escuadra de reserva de Álvaro de Bazán se situaba a su retaguardia, preparada para intervenir en cuanto fuese necesario.

La resistencia de la galera Granada, al mando de Zavala, tuvo un papel relevante, con otras compañeras cercanas, en la protección del núcleo neurálgico de la Armada cristiana, que formaban las galeras de Juan de Austria, Veniero, Colonna y Requesens, el cual durante la lucha vivió momentos sumamente críticos. Si la Armada cristiana hubiera perdido en combate a estos cuatro almirantes, la desmoralización y descoordinación habría conllevado a la retirada general de naves, y por tanto a la derrota.

Según una certificación y declaración original de Juan de Austria, en referencia a Domingo de Zavala:
"… se halló Domingo Martínez de Zavala y Arramendía, que sirve a su Majestad cerca de nuestra persona en tener los libro de la mar que nos toca como Capitán general de ella, por capitán de la galera Granada de España, patrona de las del Comendador mayor de Castilla, el cual nos consta por cierta ciencia y vista ocular, que habiendo sido el dicho día embestida su galera por cinco turquescas, todas mayores que la suya, peleó con todas ellas con tanto valor, ánimo, y destreza desde el punto de mediodía hasta las seis de la tarde que fue nuestro Señor servido, que habiéndosele entrado muchas veces los turcos en su galera y matado mucha gente, los rebotó y echó fuera de ella otras tantas veces, con tan ánimo y aventajado valor que de las cinco galeras tomó y prendió las tres, y las dos se contentaron de irse después de tener muerta la mayor parte de su gente. Y porque de un hecho tan peregrino como venturoso quede inmortal memoria…"

Durante el combate, Zavala sufrió hasta 27 heridas, algunas de ellas de consideración de las que pudo recuperarse. Pero sufriría, durante el resto de su vida, las secuelas procedentes de las múltiples y gravísimas heridas recibidas en el combate.

Y como expresa la certificación, los marinos de Zavala consiguieron capturar a 3 de las 5 galeras turquesas que la rodearon, con 21 piezas de artillería de bronce. También pudo rescatar a 227 cristianos cautivos que bogaban al remo, apresar a 196 turcos, y recuperar pertenencias de tempos e iglesias de Venecia y Corfú que habían sido saqueadas previamente por los turcos.


COMBATE DE LEPANTO

Después del combate de Lepanto, Domingo de Zavala siguió al servicio administrativo de Requesens acompañándolo como secretario al Gobierno general de Milán (1572-73) y finalmente de Flandes. Domingo de Zavala no volvió a verse empeñado personalmente en ningún combate naval, pero sus responsabilidades administrativas en los ámbitos de la guerra y la hacienda le llevarían a lo largo de su vida a gestionar asuntos marítimos de gran interés.

Una de las misiones burocráticas más importantes tuvo lugar en mayo de 1575, cuando Luis de Requesens, gobernador general de los Países Bajos, le envió con urgencia a Madrid, comisionado para tratar con el rey Felipe II y sus secretarios las medidas necesarias para reconducir la crítica situación militar de aquel territorio. Zavala ya era secretario de Estado y Guerra del gobierno de Flandes.

Las peticiones que tenía que negociar Zavala fueron la provisión inmediata de grandes cantidades de dinero para el ejército de Flandes; el envío de una Armada que permitiera combatir a los rebeldes también en la mar; y el relevo cuanto antes de su propia persona del cargo de gobernador.

Era imprescindible un núcleo de naos gruesas, acompañado de numerosa flotilla de embarcaciones ligeras aptas para la navegación fluvial. Esta fuerza naval bien equipada tendría dos objetivos: apoyar las operaciones militares en tierra, y debilitar su comercio, fuente de financiación de las operaciones rebeldes, hostigando y arrebatando los puertos, ríos y canales. El problema de encontró Zavala en la Corte fue la inexistencia financiera de la Monarquía no solo para atender sus peticiones, sino para atender simultáneamente todos los frentes que tenía abiertos.

Finalmente, un gran Armada de embarcaciones ligeras al mando de Menéndez de Avilés iba a zarpar desde Santander en septiembre de 1575, pero una epidemia de tifus y las tormentas consiguieron que llegara a destino una insuficiente parte de la flota al mando del vizcaíno Juan Martínez de Recalde.

La muerte sorprendería a Requesens al año siguiente en Bruselas sin ver conseguidos de la Corte ninguno de los objetivos vitales de la comisión encomendada a su leal y apreciado secretario Domingo de Zavala.

Años después, en 1586, Zavala era gobernador de los estados del marqués de los Vélez, en Murcia-Almería. Cuando en la Corte se daba ya por hecho el inminente nombramiento de Zavala como secretario real de Guerra, escribía a su protector Juan de Zúñiga y Requesens su renuncia del cargo por cuestiones de salud.

COMBATE DE LEPANTO

jueves, 21 de julio de 2016

Blas de Lezo en el primer Sitio de Barcelona en 1706


Durante el desarrollo de la Guerra de Sucesión española, los ejércitos borbónicos de Felipe V asediaron Barcelona por tierra, mientras que por el mar los partidarios del pretendiente como Carlos III eran apoyados por una escuadra anglo-holandesa. Fue el primer sitio de Barcelona, en 1706.

LIBERACIÓN DE BARCELONA EN 1706, POR H. VALE

Por sus dotes de mando y arrojo demostrados ya en diversos combates de este conflicto, Blas de Lezo recibió la difícil misión de dar escolta y protección a los barcos de transportes de pertrechos y municiones que por vía marítima se enviaban desde Francia a España con destino al ejército hispano-francés.

Sirviéndose de sus dotes de inteligente estratega y a pesar de la inferioridad de recursos con los que contaba, su pequeña flotilla pudo romper el cerco pro-austracista y llevar la flota de transporte a refugio del puerto de Barcelona.

Llegó el momento en el que Lezo se vio rodeado por varios buques de guerra enemigos al mando del almirante Cloudesly Showell, que izaba su insignia en el Britannia. Precisamente en este navío estaba embarcado el oficial Edward Vernon, que supo de nuevo de Lezo, por lo que era la segunda ocasión en que se encontraban, tras el combate de Vélez-Málaga.

Para romper el cerco, Lezo se atrevió a incendiar alguno de sus propios barcos lanzado hacia el centro de la línea defensiva que formaba la Armada inglesa, con el objetivo de abrir brecha. También apiló paja húmeda en parrillas de hierro que puso flotando y que al quemarse generó una densa nube de humo que ocultaba los navíos españoles cuando se abrieron paso entre las naves enemigas. Pero además cargó sus cañones con unos casquetes de armazón delgada con material incendiario dentro, que, al ser disparados, prendían fuego a los buques británicos. Estos se mostraron confusos ante tal despliegue de ingenio.

ESTATUA DE BLAS DE LEZO EN MADRID

lunes, 18 de julio de 2016

Diego de Butrón y Leguía


Alcalde de Fueterrabía durante el sitio de 1638




Diego de Butrón y Leguía era natural de Fuenterrabía, donde nació en 1592. Pasó a la historia de las armas españolas por ser el alcalde de su villa natal durante el Sitio de 1638, que efectuaron a la ciudad el Ejército francés durante la Guerra de los Treinta Años.

Como consecuencia del largo asedio y la falta de provisiones y de municiones, Diego de Butrón tuvo que ofrecer toda su plata para la fabricación de balas, además de animar a los vecinos defensores a la lucha y prohibirles hablar de rendición. Tras la llegada de tropas de refuerzo desde Castilla, Fuenterrabía quedó liberada el 7 de septiembre del mismo año.

Diego de Butrón alcanzó una gran fama en toda España, y al año siguiente el rey Felipe IV le nombró gobernador de Fuenterrabía, con sueldo de 50 escudos al mes, y miembro de la prestigiosa Orden de Santiago.

En 1649 fue nombrado gobernador militar de San Sebastián con categoría de maestre de campo, y 1651 gobernador militar de Fuenterrabía. Este ultimo cargo reconocía todas sus aspiraciones y ocupó hasta su muerte en el castillo de Carlos V en 1655, a los 60 años de edad.

Su viuda en segundas nupcias, María de Casadevante, y los hijos disfrutaron de varias mercedes otorgadas por Felipe IV. Pero, en pocos años se extinguió por completo el apellido del valeroso alcalde de Fuenterrabía.

Existe una biografía presente el artículo ¿Fue desinteresado D. Diego de Butrón? que redactó Vicente Galbete para el Libro-Homenaje a D. Julio de Urquijo, publicado en San Sebastián, en 1950.

ESCUDO DE ARMAS DE BUTRÓN

lunes, 11 de julio de 2016

Impulso misionero de San Francisco Javier y la Evangelización de América


La expansión del Cristianismo por el Nuevo Mundo que descubrieron los españoles y portugueses a finales del siglo XV fue un objetivo esencial de las respectivas Iglesias de ambos países y constituyó un amplio esfuerzo, que marcó su trayectoria durante siglo, más allá incluso de la etapa colonial de estos territorios, de tal forma que la participación en este proceso es un indicativo del grado de integración de una diócesis en el seno de la Iglesia nacional.

En esta empresa Navarra hizo una aportación señera en la figura de San Francisco Javier (1506-1552), considerado como un modelo de misionero moderno. Por encargo del rey de Portugal predicó en Cristianismo en sus posesiones de Asia, repartidas entre la India e Indonesia, desde Goa, la capital del virreinato, hasta las islas de las Molucas, pasando por las costas indias de Pesquería y Travancor o por Malaca. Su actividad desbordó el marco político portugués y alcanzó el Japón, donde misionó durante dos años. Después de once años de actividad infatigable, murió a las puertas de China. Sus cartas fueron un revulsivo en toda la Europa católica, donde se leían con avidez, al igual que sus milagros, e impulsaron la vocación misionera de muchos hombres durante siglos.

Su canonización en 1622, junto con su compañero jesuita y fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, además de Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri, le convirtió en un modelo de santo para la Reforma Católica, dentro de la cual llegó a ser el referente inexcusable de la actividad misionera, tanto en Oriente como en América, pues su devoción se extendió por todo el mundo católico.

Su actividad misionera en el seno del imperio portugués no fue óbice para que su devoción se popularizara por toda España y su Imperio americano, puesto que su canonización tuvo lugar en la larga etapa de unión de ambas coronas (1580-1640). Además, la Compañía de Jesús se proyectó en la sociedad mediante sus dos primeros santos, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, que fueron elementos básicos para la difusión de su imagen y su influencia.

SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SAN FRANCISCO JAVIER

Las representaciones de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, esculpidas o pintadas, presidían casi todas sus iglesias y colegios, como elementos básicos de un programa iconográfico que desbordó el ámbito de la Compañía y se difundió por templos de toda España e Hispanoamérica, Asia y Europa.

La impronta del santo navarro en el arte español se percibe a través de obras de pintores y escultores de primera magnitud como Zurbarán, Murillo, Goya, Gregorio Fernández o Martínez Montañés, y mediante un sin numero de representaciones de menor rango estético repartidas por todo el país. Su proyección en la literatura española fue amplísima; en torno a su figura surgieron obras de teatro y composiciones poéticas, especialmente en los siglos XVII y XVIII. Calderón de la Barca, Lope de Vega, Guillén de Castro, y otros muchos escritores le incluyeron en sus obras. También sirvió de inspiración para abundantes piezas musicales, especialmente en Hispanoamérica.

La presencia de navarros en la actividad misionera se produjo al unísono de su desarrollo. La falta de estudios sobre su amplitud e incidencia, dificultada por la dispersión de las fuentes, se suple mediante casos concretos, que, a modo de ejemplo, ponen de manifiesto la presencia de navarros en la evangelización de América. Tal es el caso del segundo obispo de Nicaragua, el monje jerónimo fray Francisco de Mendavia (1537-1544), cuyo nombre indica claramente sus raíces navarras.

SANTUARIO DE SAN IGNACIO DE LOYOLA

Entre los jesuitas, se puede recordar a un sobrino del santo, Jerónimo Javier (1549-1617), un Ezpeleta de Beire que predicó en el Imperio del Gran Mongol en el norte de Bolivia y sufrió martirio. En el otro extremo del mundo, a finales del siglo XVI, frailes agustinos anónimos dieron nombres navarros a nuevas poblaciones de Filipinas, como Cárcar o Tudela.

Otro caso relevante es el de Tiburcio de Redín y Cruzat, que llegó a ser mariscal de campo en los ejércitos españoles y gobernador general de la armada. Convertido en fraile capuchino, misionó en el Congo y en Venezuela. Precisamente la encomienda de la provincia de Maracaibo a los capuchinos navarros (1749), permite comprobar la intensa actividad que éstos desplegaron y es una muestra de la decidida participación de los navarros en el proceso evangelizador de América, por más que normalmente estuvieran insertos en estructuras más amplias, propias de las respectivas órdenes religiosas o de la organización administrativa o religiosa de estos países.

La aportación de navarros es visible también en la jerarquía eclesiástica de los territorios hispanoamericanos y filipinos. En principio sigue los mismos pasos que en la Península: presencia puntual en el siglo XVI, crecimiento en el siglo XVII y abundancia en el siglo XVIII, hasta alcanzar las sedes más importantes de América, como los arzobispados de Méjico, Santo Domingo y Bogotá.


SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SAN FRANCISCO JAVIER

La relación de obispos y arzobispos navarros identificados hasta este momento es ilustrativa del fenómeno, pues la forman más de una docena de personas, cuyo gobierno sobrepasó un siglo y medio hasta la independencia de las colonias americanas:

Francisco de Mendavia, segundo obispo de Nicaragua (1537-1544)

Jerónimo de Corella, obispo de Comayagua, en Honduras (1556-1576)

Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla, en México (1639-1653)

Marcelo López de Azcona y Dicastillo, arzobispo de Méjico (1652-1655)

Antonio Azcona Imberto, obispo de Buenos Aires (1676-1700)

Pedro Tapias García, obispo de Durango, en Méjico (1714-1722)

José Pérez de Lanciego y Eguílaz, arzobispo de Santo Domingo (1726-1745)

Francisco Mendigaña y Armendáriz, arzobispo de Santo Domingo (1726-1729)

Martín de Elizacochea, obispo de Durango (1735-1745) y de Michoacán (1745-1756), ambas en Méjico

Pedro Martín de Oneca, obispo de Puerto Rico (1756-1760)

José Vicente Díaz Bravo, obispo de Durango, en Méjico (1770-1772)

Baltasar Jaime Martínez Compañón, obispo de Trujillo, en Perú (1778-1788) y arzobispo de Bogotá, en Colombia (1788-1797)

Miguel de Pamplona (González de Bassecourt), obispo de Arequipa, en Perú (1781-1792)

Joaquín José Osés de Alsúa y Copacio, obispo de Santiago de Cuba (1792-1823) y arzobispo de la misma ciudad desde 1803.

Juan Ruiz Cabañas, obispo de Nicaragua (1794-1795) y de Guadalajara, en México (1795-1823)

Juan José Pérez del Notario, obispo de Nicaragua (1804-1806)

JUAN DE PALAFOX Y MENDOZA

No obstante, el origen navarro de estos obispos tiene que entenderse en función de su necesaria identificación con las diócesis a las que fueron destinados. El recuerdo de sus raíces, visible con frecuencia en legados hechos a su familia o a sus respectivos lugares de origen, se alterna a veces con giros políticos necesarios en función de la evolución histórica general, como el protagonizado por Juan Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara, inicialmente opuesto a la independencia de Méjico y luego partidaria de ella.

viernes, 8 de julio de 2016

Sitio de Fuenterrabía de 1638


El Sitio de Fuenterrabía es la denominación del asedio que las tropas francesas efectuaron entre junio y septiembre de 1638 a la plaza fortificada de Fuenterrabía, puerto cantábrico guipuzcoano en la desembocadura del río Bidasoa, fronteriza entre España y Francia. Este enfrentamiento está englobado la Guerra franco-española de 1635-1659, al mismo tiempo que en otros territorios del centro de Europa se libraba la Guerra de los Treinta Años entre ambos contendientes y sus aliados.

El cardenal Richelieu envió Ejército francés formado por una caballería de 2.000 jinetes y una infantería de 18.000 soldados, de los cuales 7 u 8.000 serían buenos soldados, el resto milicias inexpertas, entre ellas los 1.000 del contingente de Labourd. Estaba dirigido por el comandante en jefe Enrique II de Borbón-Condé, el príncipe de Condé, un gran político, sin experiencia en asuntos militares.

Este contingente estuvo apoyado por una armada de entre 20 y 30 barcos de guerra que llevaban a 7.000 marineros, al mando del arzobispo de Burdeos, Henri d´Escoubleau de Sourdis. Otros mandos fueron De la Force, Conde de Gramont, Bernard de Nogaret de la Valette d´Epernon, Saint-Simon, y Espenan.

Ambas fuerzas sumaban unos 27.000 sitiadores, de los cuales 11.000 murieron, que asediaron el puerto y ciudad de Fuenterrabía durante más de dos meses, disparando 16.000 proyectiles dentro de la ciudad amurallada. Otros cálculos aseguran que las bajas francesas, entre muertos y heridos, fueron de 4.000, más unos 2.000 prisioneros. Pero no hay datos para las bajas españolas. Además, sitiaron de Irún, Oiarzun, Lezo, Rentería y Pasajes.


SITIO DE FUENTERRABÍA DE 1638

Las fuerzas defensivas dentro de Fuenterrabía se calculan en unos 1.300 hombres capaces de empuñar las armas entre presidiarios de la guarnición, paisanos de la villa, y vecinos de municipios guipuzcoanos que habían llegado en su apoyo. Al mando estaba su alcalde y jefe de la plaza fortificada Diego de Butrón y Eguía, mientras que el encargado de las fortificaciones era el jesuita y matemático Diego Isasi.

Las tropas del ejército de auxilio español se estiman en 15.000 soldados de infantería y 500 de caballería al mando del almirante de Castilla, el comandante en jefe Juan Alfonso Enríquez de Cabrera. Otros mandos fueron Domingo de Egia, Miguel Pérez de Egea que murió el 10 de agosto, el marqués de Mortara; Carlo Andrea Caracciolo marqués de Torrecusa, y el ingeniero maestre de campo Antonio Gandolfo. Además, como refuerzos entraron 160 provinciales el 6 de julio y 150 irlandeses el día 13 del mismo mes.

El sitio duró 69 días desde el 1 de julio hasta el 7 de septiembre. Las penalidades sufridas por los sitiados, mujeres, muchachos y soldados, fueron incontables. Se abrieron 2 brechas en las murallas, volaron 7 minas, hubo 9 asaltos. De los 700 hombres con armas, al mes sólo quedaban 300. Un informe oficial habla de que la población fue azotada por 16.000 balas de cañón y 473 bombas de mortero.

En Europa se utilizaron por primera vez los morteros durante este asedio. Estas armas de tiro curvo, lanzaban bombas que explotaban una vez llegadas a su objetivo y causaron grandes estragos. Hasta entonces, los cañones únicamente lanzaban proyectiles que no estallaban, tan sólo destruían por la fuerza de su impacto.


SITIO DE FUENTERRABÍA DE 1638


Fueron grandes las proezas efectuadas por las tropas y vecinos, que se defendieron con lanzas, cubriendo las brechas abiertas en las murallas por los proyectiles enemigos, anulando el efecto destructor de las minas y contrarrestando los asaltos. Las bombas incendiaron multitud de casas, los víveres escaseaban y las municiones empezaban a agotarse.

A finales de julio, a punto de cumplirse el primer mes de asedio, se leyó a los sitiados una carta del almirante de Castilla, informando de que estaba reuniendo un ejército numeroso que acudiría en su defensa. Los de la villa contestaron que se dieran prisa, pues andaban escasos de pólvora, munición y víveres, y no sabían el tiempo que podrían resistir. También se consiguió hacerles llegar una carta del rey Felipe IV, asegurando que estaba orgulloso de su valor, y prometiéndoles perpetuar su memoria y resarcirles de todos los daños.

El 31 de agosto los franceses intentaron el asalto, utilizando escalas que los defensores repelieron lanzando pez ardiendo. En septiembre, la situación se hizo insostenible. Los muros habían caído, y el enemigo superaba el foso, los defensores eran pocos y se hallaban indefensos por falta de plomo.

Los franceses realizaron una oferta de rendición. El alcalde Diego de Butrón ofreció su plata para hacer balas y amenazó con la muerte al que hablase de entregar la plaza: "el primero que averigüe que anda hablando de entregarnos, yo mismo lo he de coser a puñaladas". Pero la respuesta oficial la dio el gobernador de la plaza diciéndoles que intentasen el asalto, que ellos no necesitaban de ayudas forasteras y que Fuenterrabía en sí misma tenía bastante para su defensa. Siguiendo su ejemplo, todos rivalizaron en valor y sacrificios. Dentro de ella sólo quedaron como supervivientes trescientas personas, la mayor parte mujeres y niños. La ciudad estaba virtualmente destruida, pero no se rindió.

Nuevamente se repitieron los asaltos. Como no había brazos suficientes para cerrar las brechas, una cuadrilla de muchachos, con escopetas y mosquetes, defendieron una de las paredes de la fortaleza, subidos sobre piedras, cuando no sobre cadáveres.

Llegó el día 7 de septiembre, día 69 del asedio, víspera de la virgen de Guadalupe, y apareció sobre el monte Jaizkibel el Ejército español de auxilio, comandado por el almirante de Castilla, que, embistiendo con ímpetu a las tropas de Condé, asentadas en lo alto y al lado este del monte, las arrolló y puso en precipitada fuga, desbaratándolas completamente. Al oscurecer entraron en Fuenterrabía y se encaminaron a la parroquia, donde se cantó el Te Deum en acción de gracias.

El almirante de Castilla, en carta a su mujer, describía la batalla empleando estos sencillos términos, que se han hecho célebres:
"Amiga: como no sabes de guerra, te diré que el campo enemigo se dividió en cuatro partes: una huyó, otra matamos, otra prendimos, y la otra se ahogó. Quédate con Dios, que yo me voy a cenar a Fuenterrabía."
Al día siguiente el almirante avistó la ciudad en ruinas, donde ninguna casa quedaba intacta, y muchas estaban hundidas. Los enfermos y heridos se hallaban tendidos en rincones y zaguanes. Sus rostros demacrados componían la estampa de la verdadera magnitud de la tragedia. La falta de munición se hizo acuciante al final del asedio: se había consumido todo el hierro y el plomo de la villa, por lo que se echó mano del peltre que había en las casas, y se llegó a disparar con plata.


SITIO DE FUENTERRABÍA DE 1638

La derrota, considerada desastrosa por los franceses, fue atribuida por Henri d´Escoubleau de Sourdis a uno de sus generales, Bernard de La Valette, duque d'Épernon, que se había negado a dirigir un ataque ordenado por él mismo, en la creencia de que no podía tener éxito.

Fue una gesta de armas que bien honra a los guipuzcoanos, y en concreto a los naturales de Fuenterrabía. La Corte madrileña de Felipe IV y el pueblo español en general acogieron con alegría esta grata noticia, que fue celebrada con grandes fiestas en todo el reino. La ciudad recibió el título de la "Muy noble, muy leal, muy valerosa y muy siempre fiel".

Se escribieron obras de teatro, romances y versos sobre el suceso, así se manifestó, en la gran difusión que encontraron las Relaciones relativas a este sitio. Una de ellas, compuesta por el mismísimo Calderón de la Barca, hablaba irónicamente de la paliza que habían dado al francés. La defensa de Fuenterrabía era comparada con las de Sagunto y Numancia, para construir un nuevo mito del que la decadente monarquía sentía urgente necesidad.

Incluso el escritor Francisco de Quevedo contó una chanza al respecto:
"Huyeron los hugonotes,
y se dexaron las bragas,
y no las dexaron limpias,
pues descubrieron la caca."
El hecho se celebra todavía todos los días 8 de septiembre con un desfile denominado El Alarde.

Algunos defensores vascongados conocidos por su actuación en el Sitio de Fuenterrabía de 1638 fueron:

Diego de Butrón y Leguía, natural de Fuenterrabía, era alcalde de su ciudad durante el asedio. Ofreció toda su plata para la fabricación de balas, además de animar a los vecinos defensores a la lucha y prohibirles hablar de rendición. Alcanzó una gran fama en toda España, y al año siguiente el rey Felipe IV le nombró gobernador militar de Fuenterrabía, y miembro de la prestigiosa Orden de Santiago.

Domingo de Osoro y Landaberde, natural de Deba, era sargento mayor durante el sitio, pero llegó a ser maestre de campo en 1651 y gobernador de la plaza de San Sebastián en 1660.

Miguel de Itúrbide, natural de Garzáin, era descendiente de familia noble del Baztán que había tomado parte del ejército de Flandes. Participó en el socorro de 1638 y en la guerra de Cataluña, donde fue herido. Terminó siendo diputado por la ciudad de Pamplona en las Cortes de 1644 y caballero de la Orden de Santiago.

Juan de Beaumont y Navarra, natural de Fuenterrabía, era nieto del Condestable de Navarra, conde de Lerín. Fue uno de los oficiales que tomaron parte activa en la defensa de su ciudad. Casó con Magdalena de Justiz, de esta ciudad, y del matrimonio nació Luis de Beaumont y Navarra, sargento mayor en 1655 y maestre de campo en 1692.


SITIO DE FUENTERRABÍA DE 1638

lunes, 4 de julio de 2016

La batalla de Cartagena de Indias, por Francisco Javier Membrillo Becerra




La batalla de Cartagena de Indias
Francisco Javier Membrillo Becerra, 320 páginas, 35 ilustraciones y 18 gráficos a color, 13 tablas con cientos de gráficos, 307 notas a pie explicativas, y una relación nominal de 148 participantes.

En octubre en 1739, con la excusa del incumplimiento de los acuerdos comerciales obtenidos en América por el Tratado de Utrech, Inglaterra declaró la guerra a España y ello le dio la excusa para intentar la conquista de las posesiones españolas en el Nuevo Mundo, sus yacimientos de oro y plata, y a liderar el comercio con dicho continente.

Tres escuadras británicas (con mayor número de navíos, en su conjunto, a la Armada Invencible española que intentó la conquista de las islas Británicas 200 años antes) con un importante contingente terrestre se disponen al asalto, desde las fachadas marítimas atlánticas y pacíficas, a los enclaves españoles americanos.

La Batalla de Cartagena de Indias narra, etiológicamente, el desarrollo secuencial y pormenorizado de los acontecimientos en los que se implicaron los diversos contendientes (españoles, colombianos, británicos, norteamericanos y franceses), desde comienzos del siglo XVIII hasta la batalla principal en que se decidió el futuro del conflicto en la ciudad de Cartagena de Indias durante 1741. Frente a ella se presentaron los británicos, con unos efectivos de entidad similar a los que más de 200 años después Inglaterra desplazó a aquel continente con ocasión de la guerra de las Malvinas contra Argentina, y de los que formaba parte un regimiento de colonos norteamericano que tenía entre sus filas al capitán Lawrence Washington, hermano del primer presidente de EEUU, para enfrentarse a un reducido grupo de 2.700 españoles y colombianos y siete navíos que la defendían , así como muestra en toda su plenitud el fuerte carácter y las diferentes formas de ejercer el Mando de las tropas del virrey de Nueva Granada Sebastián de Eslava, el del tuerto, cojo y manco marino español Blas de Lezo, y el del vicealmirante y a la vez diputado del parlamento inglés Edward Vernon, actores principales de los hechos.

El Archivo General de Indias, la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, ambas en Sevilla, y una numerosa bibliografía que es completada con abundantes ilustraciones, gráficos, datos, notas ampliatorias y una relación de los participantes españoles y británicos más representativos, son la base de la obra y sacan a la luz, con rigor histórico, lo que de verdad precedió y sucedió en la bella ciudad colombiana y que debido, en principio, a una autocensura británica y, posteriormente, a achacar a la fiebre amarilla la exclusividad de lo acontecido, tesis que el autor desmonta en la obra, ha permanecido arrinconada en la Historia de España, Inglaterra, EEUU y Francia, y que solo Colombia y la Armada Española han sabido conserver.

sábado, 2 de julio de 2016

Domenjón González de Andía


Corregidor de Guipúzcoa y consejero de los Reyes Católicos que, en representación de la Hermandad de Guipúzcoa, se enfrentó a los linajes nobiliarios de las Guerras de Banderizos consiguiendo la paz para las villas.

DOMENJÓN GONZÁLEZ DE ANDÍA

Domenjón González de Andía nació en Tolosa, en la primera mitad del siglo XV. Sus padres fueron Gonzalo González de Andía y Ayala, señor de la Torre de Andía y vasallo del rey de Castilla y León, y Elvira de Verdelladi. Su linaje posee una casa torre en villa natal: la Torre de Andía.

Estudió leyes en varias universidades de la península. Con posterioridad regresó a Guipúzcoa, donde ejerció como juntero en representación de Tolosa. Sirvió como consejero en Corte de los reyes castellanos Juan II (1406-1454), Enrique IV (1454-1474) y en la de los Reyes Católicos (1474-1504). Estuvo en Francia al servicio de Juan II, al cual abandonó por disgustarle las intrigas que rodeaban la corte del rey. Fue también comerciante, ejerció numerosos negocios y tuvo muchas propiedades.

González de Andía se convirtió en un importante personaje histórico de la Guipúzcoa del siglo XV, por ser la autoridad que finalmente pudo acabar con las Guerras Banderizas en su provincia y asentar las bases del régimen foral del territorio hasta el siglo XIX.

Estos enfrentamientos entre señores feudales se habían iniciado en la segunda mitad del siglo XIV por la rivalidad entre los principales linajes guipuzcoanos, llamados Parientes Mayores, agrupados en dos grandes bandos: gaboinos (los del linaje de Gamboa) y oñacinos (los del linaje de Oñaz); y que implicó a los otros dos territorios vascos. Estas cabezas de linaje vieron disminuir su influencia en el territorio por la formación de villas que se encontraban bajo la directa jurisdicción real. Las villas guipuzcoanas decidieron unirse para protegerse mutuamente contra los agresiones y saqueos realizados por los Parientes Mayores. De esta forma, se fundaron, en 1397, las Juntas Generales de Guipúzcoa, como una institución política de representantes de las villas. Estas Juntas provinciales obtuvieron la aprobación del rey Enrique IV, asentando su soberanía real sobre todo el territorio de Guipúzcoa.

Pero, a pesar de los esfuerzos de los junteros provinciales, los sucesivos ataques y venganzas entre linajes nobiliarios se fueron produciendo durante todo el siglo XV, afectando de forma colateral a las villas y al pueblo llano.

En 1457, González de Andía fue elegido por la Junta guipuzcoana para liderar la lucha contra los Parientes Mayores de los dos bandos: desterraron a sus cabecillas, desmocharon sus torres, acabaron con parte de sus privilegios feudales e impusieron la autoridad real. Bajo su dirección, se dio forma a la estructura política del territorio formándose la Hermandad de Guipúzcoa (Provincia de Guipúzcoa) en 1463, y la Diputación de Guipúzcoa. Además, dio estabilidad a las Juntas Generales. Ese mismo año participó como intermediario para evitar que el rey castigara a sus vecinos de Tolosa por el asesinato del recaudador de impuestos Jacob Gaón.

DOMENJÓN GONZÁLEZ DE ANDÍA

En 1471, acudió como coronel de una tropa guipuzcoana en auxilio del rey inglés Eduardo IV de la Casa de York en su enfrentamiento con el rey francés Luis XI y Enrique VI de la Casa Lancaster, durante la guerra civil inglesa conocida como Guerra de las Dos Rosas. El servicio que prestaron los guipuzcoanos al rey ingles estuvo probablemente basado en el poderío naval que tenía la flota guipuzcoana, especialmente en el regreso al trono de Eduardo IV de York desde su exilio en Borgoña. Por esta acción, González de Andía fue distinguido como caballero de la Orden de la Jarretera por parte del rey ingles. Además, en 1474, consiguió un convenio de recíprocas indemnizaciones entre Inglaterra y Guipúzcoa, en 1482 un tratado comercial firmado en Londres.

En 1475, el rey Juan II concedió la alcaldía de sacas a la Hermandad de Guipúzcoa, siendo el primero en ejercer ese cargo. También el rey Enrique IV le otorgó privilegio de escribano mayor de Juntas forales.

Los Reyes Católicos le nombraron con posterioridad corregidor de Guipúzcoa, un cargo que había creado décadas antes Alfonso XI. Este cargo servía para desempeñar funciones jurídicas, políticas, gubernativas y administrativas en la provincia, presidiendo las Juntas Generales y controlando la actuación de las autoridades locales. Era por ejemplo el encargado de convocar la Diputación para acudir a las armas en defensa del reino. En 1484, fue contratado por los Católicos para la construcción de unas embarcaciones de guerra para la Conquista de Granada.

DOMENJÓN GONZÁLEZ DE ANDÍA

Debido a su poder en la provincia, a su fidelidad al rey de Castilla y, sobretodo, a haberse enfrentado a los bandos de Oñaz y Gamboa y haberlos derrotados, trayendo la paz para las villas, consiguió ganarse el apoyo del pueblo y el título simbólico de rey de Guipúzcoa  (Gipuzcoako erregea). Unos versos populares de su época relataban su bondad con los débiles y a su determinación contra los agresivos:
                Sagarra eder gezatea,
                gerriyan ere ezpatea,
                Domejon de Andia,
                Gipuzkoako erregia.
                (Bella es la manzana dulce,
                también la espada en la cintura,
                Domejón de Andia,
                rey de Guipúzcoa.)

En 1489, falleció en Zumaya durante el transcurso de las Juntas Generales de Guipúzcoa. En 1866, la ciudad de San Sebastián dedicó la céntrica calle Andía en su recuerdo.