sábado, 28 de febrero de 2015

Juana de Zárate, adelantada del Río de la Plata


En la segunda mitad del siglo XVI, la colonización americana llegó hasta el Perú fundando un virreinato en el sur del continente que lleva su nombre. Las expediciones pusieron rumbo hacia el sur, Chile, y hacia el este, Río de la Plata. En la sociedad peruana ya se había hecho realidad el fenómeno del mestizaje y numerosos colonizadores españoles se habían casado con aristócratas incas. De este modo, la jerarquía social previa, la del mundo precolombino, se prolongaba en el nuevo escenario hispánico. El origen mestizo no fue una tacha social en la mentalidad hispanoamericana de la época, sino con frecuencia un signo de distinción y gloria.

Una de esas mestizas fue Juana de Zárate, hija del conquistador vascongado Juan Ortiz de Zárate y de la princesa inca Leonor de Yupanqui.

JUAN ORTIZ DE ZARATE

Juan Ortiz de Zárate era natural de Orduña, donde nació en 1521. Marchó a América muy joven, allí tomo parte en las campañas de Pizarro y Almagro. En Chuquisaca (Bolivia) fue nombrado tercer adelantado del Río de la Plata, llegando a ser su gobernador y capitán general. A esta región comprendida en tierras de las actuales Argentina y Paraguay la bautizó como Nueva Vizcaya, fundando la ciudad de Zaratina de San Salvador (Zárate), en 1575, en honor a su tierra.

Juana de Zárate nació en Cruzco, la vieja capital inca. Pronto se trasladaría junto con sus padres a Chuquisaca, la actual Sucre boliviana. Juana se crió conforme a su rango principesco, bien avalada por la fortuna de su padre que, además de ser el más alto administrador colonial, era un gran terrateniente.

Juan Ortiz estableció un asentamiento, Asunción, desde el cual partían las expediciones hacia el interior del Río de la Plata. Sufrió diversos ataques por los indios en tierra y por piratas en el mar. Otros expedicionarios vascos como Francisco de Aguirre, Juan de Ayolas, Domingo Martínez de Irala o Juan de Garay le ayudaron a consolidar su proyecto colonizador en amplios territorios del cono sur de América.

Por último, Juan Ortiz marchó a España para conseguir el reconocimiento y la titularidad de "Adelantado del Río de la Plata" de manos de Felipe II. Pero es más, el monarca legitimó a su hija mestiza, Juana, como heredera del adelantazgo y el título de marqués a quien la desposase. Esta titularidad elevaba a la mestiza vasca a la condición de aristócrata; así lo expresaba la Cédula Real:
"Por la gracia de Dios, el Rey resuelve dar legitimidad a la unión de la Palla Inka con el capitán don Juan Ortiz de Zárate, y al conceder omnímodas facultades, libera a la descendencia femenina, Juana Ortiz de Zárate, de toda duda o mancilla, y quitamos toda infamia de ella, mácula y defectos que por razón de su nacimiento le puedan ser pues..."

Poco antes de que la muerte le llegara a Juan Ortiz, en 1576, el colonizador de Orduña dejó escrito su testamento, designando al futuro esposo de su hija y, por tanto, al legítimo heredero de la titularidad del Gobierno en Nueva Vizcaya, ya que Juana era una adolescente de quince años. Así lo dejó escrito su cronista, el clérigo y poeta Martín del Barco Centenera:
"Dejó en su testamento declarado que sea su legítimo heredero la hija que en los Charcas ha dejado, y aquel que fuere esposo y compañero suceda en el gobierno y el estado, según como lo tuvo él de primero. Y mande y rija, en tanto que ella viene, su sobrino Mendieta que allí tiene."

Primeramente, testamentó a favor de Mendieta, su sobrino, pero ante el mal gobierno y el despótico uso de sus funciones, Juan Ortiz decidió que quien se llevaría el atractivo de su hija y el cargo de adelantado sería una persona de su confianza: Juan de Garay. Medio pariente suyo y, también, natural de Orduña. Garay era un explorador veterano, un líder nato y un fiel escudero en sus expediciones y en su gobierno.

JUAN DE GARAY

Surgieron más pretendientes, siendo tres de ellos muy bien cualificados. El primero era Antonio de Meneses, ahijado del virrey del Perú, Francisco de Toledo; el segundo era Francisco de Matienzo, hijo del juez de la Audiencia de Charcas, Juan de Matienzo; y el tercero era Juan Torres de Vera y Aragón, noble oficial que ejercía en la Audiencia de Chuquisaca.

Finalmente, es ella quien eligió. El amor superaba al poder, y escogía al candidato menos influyente: Juan Torres de Vera. Se trataba del típico noble español del siglo XVI que consiguió gloria y blasones en campañas y conquistas, noble de espada y toga, de armas y leyes, pero bastante pobre. Natural de Sevilla, tenía 30 años en aquel momento y consiguió la preferencia de la “adelanta” del Río de la Plata, el más joven y apuesto de todos los pretendientes. Juan de Garay, fiel a su amigo y padre de Juana, avalaba el matrimonio, cumpliéndose la voluntad de contrayentes.

PROVINCIA DEL RÍO DE LA PLATA, SIGLO XVI

Surgieron disconformidades ante tal unión. La ley no permitía casarse a los oficiales de justicia dentro de su jurisdicción, y Torres lo era. El virrey del Perú, descontento ante la imposibilidad de sus planes, dictó orden de prisión contra Torres. Por otra parte, Matienzo también abría un proceso judicial contra el oficial. Juana fue apresada por las tropas del virrey, pero tuvo una grata sorpresa: la adelantada esperaba un hijo. Por lo que, fue encerrada en un convento.

Torres nunca fue reconocido como adelantado y gobernador de Nueva Vizcaya del Virreinato del Perú. La ley nunca se lo permitiría y los colonos nunca le reconocieron, aún después de que el virrey Francisco de Toledo muriese. Tampoco pudo marchar a España a confirmar la legitimidad del cargo.

La princesa Juana murió encerrada en 1584, con veintitrés años, según cuenta la leyenda de tristeza. Su hijo, Juan Alonso de Vera y Zárate, viajó a España para reclamar sus derechos, acompañado de su abuela y viuda de Juan Ortiz de Zárate, la princesa inca Leonor de Yupanqui. La Corona reconoció sus títulos y Juan Alonso fue gobernador de Tucumán, quien promovió, entre otras cosas, la fundación de la Universidad de Córdoba en el actual estado de Argentina.

No fue este el único caso de matrimonio entre un conquistador vascongado con una princesa india. Juan de Tolosa, explorador de la Nueva Vizcaya del virreinato de Nueva España (México), matrimonió con Isabel Cortés Moctezuma, hija de Hernán Cortés y de la princesa Isabel Moctezuma (una de las hijas del emperador azteca Moctezuma II).

Martín García Oñez de Loyola, gobernador de Chile en la última década del siglo XVI, contrajo matrimonio con la princesa incaica Beatriz Sapay Coya. Era pariente de San Ignacio de Loyola y en su gobernación se distinguió por su buen trato a los indios.

jueves, 26 de febrero de 2015

Alarde de los escopeteros de Tolosa


El Alarde de Beotibar se celebra en la guipuzcoana villa de Tolosa, cada 24 de junio, día de San Juan Bautista, patrón municipal, en conmemoración a la batalla de Beotibar y todas las demás que tuvo. Esta última batalla tuvo lugar el 19 de septiembre de 1321 en el valle de Beotíbar, cercano a Berastegui, entre navarros y guipuzcoanos.

Es el tradicional desfile de las milicias tolosarras está formado por compañías de escopeteros y escopeteras. Las formaciones se reúnen en plaza Zaharra, frente al Ayuntamiento, para presenciar la diada anunciadora del comienzo de la fiesta.

Sus integrantes van ataviados con pantalón blanco y txapela, camisa o camiseta y chaleco por lo general con tendencia a tonos coloristas. Portan escopetas con munición de fogueo. Tras la verificación del armamento, realizan un primer desfile. Después de la misa mayor en la parroquia de Santa María, esperan a la procesión de San Juan en determinados lugares del casco antiguo donde lanzan salvas de ordenanza.

Una vez finalizado el desfile militar, los escopeteros vuelven a formar en plaza Euskal Herria para disparar las últimas descargas. Por la tarde, las compañías acuden a otra misa en la capilla de San Juan de Arramele.



Pasada la media tarde, en el Prado Grande de Igarondo asisten a la interpretación de la bordon dantza a cargo del grupo baile. Allí, veinticuatro jóvenes muestran al público el baile de bordones, precedidos de cuatro alabarderos y un pregonero que lleva una espada de rosas y claveles.

El alarde de armas termina en la plaza del Triángulo, donde los escopeteros lanzan la última descarga hacia el aire como señal de conclusión.


jueves, 19 de febrero de 2015

Evangelización de San Fermín


A finales de la Edad Antigua, Pamplona era entonces Pompelon, una pequeña aglomeración urbana fundada por los romanos, presidiendo en el centro de la tierra navarra, sobre una pequeña meseta a las orillas del Arga, una llanura rodeada de montañas. Los vascos habitantes de esta llanura conocían esa población romana con el nombre de Iruña, es decir, "la ciudad". Según Estrabón"Sobre la Jaccetania, hacia el Norte, habitan los vascones, en cuyo territorio se halla Pompelon."

Pompelon tenía para los romanos un valor estratégico, pero asimismo realizaba otra importante misión: reunía las ásperas montañas pirenaicas, tras las cuales se extendían los ubérrimos campos de Aquitania, con la comarca de las riberas colindantes con el Ebro. Pompelon era un punto de confluencia en el trazado de las vías romanas que atravesaban Navarra.

Aún no había cristianos en el país. Los más antiguos cuentos del folklore vasco, unos cuentos de contextura esquemática que resuenan todavía desde un fondo de siglos, establecen la separación de dos mundos radicalmente distintos: el mundo cristiano y el mundo anterior a la evangelización del país. Hay en algunos de esos seculares cuentos, procedentes casi todos de una edad pastoril, alusiones claras a las primeras iglesias cristianas y al conjunto de prevenciones y de resistencias que su emplazamiento exaltaba entre los gentiles. El vasco introdujo en su milenario idioma el adjetivo "gentil" (jentillak, los gentiles), expresando así el mundo idolátrico de sus antepasados, desconocedores del cristianismo o refractarios a su introducción.

Todos los habitantes de la tierra vasca eran entonces gentiles, lo mismo, que fuesen pastores en el campo que los avecindados en las aglomeraciones urbanas. Pompelon y sus habitantes pertenecían al mundo del paganismo. Entre esos habitantes se contaba Firmo, alto funcionario de la administración romana en la ciudad, y su esposa Eugenia, matrona de ilustre ascendencia. Todo hace imaginar, sin embargo, que Firmo y Eugenia, aunque paganos, eran creyentes, que sus almas sentían aspiraciones mucho más allá de sus efigies tutelares predilectas. Firmo y Eugenia ofrendaban, sacrificaban en los altares de su culto con la sencilla fe del pueblo que creía en sus dioses con una pasión que durante casi medio milenio hizo frente al cristianismo, que avanzaba con fuerza arrolladora. En la fe pagana del pueblo había ardor y había vitalidad. Esto explica los mártires.

SAN FERMÍN

En la vida de Fermín, el hijo de Firmo y Eugenia, nos movemos en un mundo de conjeturas, pero la mención del nombre de la madre evoca la gran receptibilidad de las mujeres paganas a la nueva doctrina destinada a toda la humanidad, sin excluir de la esperanza a los más humildes y despreciados, y que traía un positivo consuelo a los desesperados y a los vacilantes.

Las viejas hagiografías describen a Firmo y Eugenia dirigiéndose al templo de Júpiter para ofrecer sacrificios, y detenidos en el camino a la vista de un extranjero que con dulce y grave palabra explicaba al pueblo la figura y la doctrina de Cristo. Al llegar aquí hay que imaginarse el amoroso ardor de aquellos humildes y eficaces apóstoles, mucho más cercanos que nosotros en el tiempo a la figura de Jesús.

Firmo y Eugenia invitaron a su hogar al extranjero, hondamente impresionados por el discurso de éste. Honesto, que así se llamaba el apóstol, explicó a aquéllos los fundamentos de la religión cristiana, y cómo venía de Tolosa de Francia, de donde le había enviado el santo obispo Saturnino, discípulo de los apóstoles, con la concreta misión de difundir en Pompelon la fe de Jesucristo. Las convincentes palabras de Honesto en la intimidad del hogar de Firmo conmovieron todavía más a éste, que no solamente dio a aquél esperanzas de convertirse al cristianismo, sino que, además, manifestó deseos de conocer a Saturnino.

El santo obispo de Tolosa no tardó mucho en acceder a los deseos de Firmo. Una cosa es la gran devoción de Pamplona y Navarra a San Saturnino, pero tiene sobre todo importancia ese recio resumen de su obra apostólica que acostumbran añadir los navarros a la mención del mártir y que vale por la mejor biografía: "San Saturnino, el que nos trajo la fe."

Cuentan que Saturnino evangelizó en Navarra más de cuarenta mil paganos, entre ellos a Firmo, Fausto y Fortunato, los tres primeros magistrados de Pompelon, y que, a impulsos de aquella ardorosa predicación, se construyó rápidamente la primera iglesia cristiana, que pronto resultó insuficiente.

SAN FERMÍN

Todos estos preliminares, un poco largos, resultan necesarios para explicar la figura de Fermín, el hijo de Firmo y Eugenia, niño de diez años de edad, que Honorato se encargó de modelar en el espíritu al quedar a la cabeza de la grey de Pompelon, vuelto ya Saturnino a Tolosa. La historia de Fermín, a esa grande e imprecisa distancia histórica, resulta demasiado lineal, pero no por eso menos reveladora del ardor de aquellos heroicos confesores de Jesucristo, íntimamente comprometidos a confesarla dondequiera y en cualquier situación que fuese. Honesto, dedicando con afán sus esfuerzos al alma que él adivinó excepcional del niño Fermín, obtuvo que éste, ya para los dieciocho años, hablara en público con admiración de todos los oyentes. Firmo y Eugenia enviaron entonces a Fermín a Tolosa, poniéndole bajo la dirección de Honorato, obispo y sucesor de Saturnino. Este, no menos admirado del talento y de la prudencia de Fermín, venciendo su modestia, le ordenó presbítero, consagrándolo después obispo de Pamplona, su ciudad natal.

El celo evangelista de Fermín en su tierra navarra emparejaba con el de su antecesor Saturnino. Al conjuro de la palabra entusiasta de Fermín los templos paganos se arruinaban sin objeto y los ídolos se hacían pedazos: en poco tiempo el territorio fue llenándose de fervorosos cristianos.

Las devociones fundamentales de San Fermín eran precisamente las devociones fundamentales, dicho sea sin ánimo de paradoja: la Santísima Trinidad y la Santísima Virgen María. Invocando a la Santísima Trinidad, la devoción de las devociones, operaba milagros tan prodigiosos que los gentiles en Navarra y en las Galias llegaron a mirarle como un dios. Vamos a dejar a un lado la leyenda. Digamos en lenguaje actual que el amor de Dios inflamaba el alma de Fermín en una caridad milagrosa.

Fermín, después de ordenar suficiente número de presbíteros en su tierra, pasó a las Galias, cuyas regiones reclamaban el entusiasmo del joven obispo, pues a la sazón ardía en ellas furiosa la persecución. La indiferencia ante la persecución constituía en Fermín otra manera de predicar y no precisamente la menos eficaz. Los paganos de Agen, de la Auvernia, de Angers, de Anjou, en el corazón de las Galias, y también en Normandía, quedaban admirados de aquella presencia que daba sereno testimonio de Cristo, indiferente a todos los peligros. El ansia tranquila del martirio movía a Fermín.

SAN FERMÍN

Esta ansia dirigió a Fermín hacia Beauvais, donde el presidente Valerio sostenía una crudelísima persecución contra todo lo que tuviera nombre de cristiano. Fermín, encerrado muy a poco de llegar, hubiese muerto en la prisión, víctima de durísimas privaciones y sufrimientos, de no haber acaecido la muerte de Valerio, circunstancia que el pueblo creyente aprovechó para ponerlo en libertad. La fama de su entereza moral y su gesto de comenzar a predicar públicamente a Jesucristo tan pronto como salió de la cárcel movieron en aquella ocasión eficazmente el corazón de muchos paganos, que juntamente con los viejos cristianos, contagiados todos ellos del entusiasmo de Fermín, edificaron iglesias por todo el territorio.

A Fermín, infatigable, se le señala en la Picardía y más tarde, de regreso de una correría por los Países Bajos, otra vez en la ciudad de Amiéns, capital de aquella región, en donde había de encontrar gloriosa muerte. La cercanía intuida del martirio acrecentó más todavía su santa indiferencia y el entusiasmo de Fermín, ya incontenible en su empeño de predicar a Jesucristo. Por otra parte, la fe de Fermín seguía operando prodigios asombrosos, comparables a los de los primeros apóstoles.

El pretor de Amiéns, alarmado de aquel ascendiente, llamó a su presencia a Fermín; pero, prendado de su persona y de la sinceridad de sus palabras, mandó ponerle en libertad. Pero, como Fermín insistiera en predicar al pueblo la fe en Cristo, el pretor, volviendo de su acuerdo, ordenó encerrarlo en la prisión. La agitación del pueblo creyente, mal resignado con esta medida, determinó un miedoso y cruel impulso del pretor: mandó cortar la cabeza a San Fermín en la misma cárcel. Era el año 553. En medio de la consternación de los cristianos un tal Faustiniano, convertido por San Fermín, tuvo el valor de atreverse a rescatar el cuerpo decapitado para enterrarlo provisionalmente en una de sus heredades, y más tarde, con todo sigilo, trasladó los restos de aquel gran devoto de María a una iglesia que el mismo San Fermín había dedicado a la Santísima Virgen.

SAN FRANCISCO JAVIER Y SAN FERMÍN

martes, 17 de febrero de 2015

Escultura a Miguel López de Legazpi en Zumárraga



 

La broncínea escultura en homenaje a Miguel López de Legazpi, situada en la plaza Mayor de Zumarraga, fue realizada en bronce el año 1897 por el escultor segoviano Aniceto Marinas García, siendo el pedestal obra del arquitecto Juan Moya.

Miguel López de Legazpi Gurruchategui nació en Zumarraga en el primer quinquenio del siglo XVI. En el año 1527 se hizo cargo de la escribanía de la alcaldía mayor de Arería (Guipúzcoa).

Pasó a la historia por ser el adelantado y administrador colonial de las islas Filipinas y fundador de Manila en 1565, capitán general de mar y tierra del mar Océano en el siglo XVI.

 
 
La estatua va colocada sobre un precioso pedestal de mármol rosa, en el cual en artística cartela de dorado bronce, se halla grabada la siguiente dedicatoria:
 
A la Excma. Diputación provincial de
Guipúzcoa
dedican este recuerdo de la erección del
monumento á
Don Miguel López de Legazpi

 
 

sábado, 14 de febrero de 2015

Pedro de Ursúa


Teniente de gobernación de Santa Fe de Bogotá, fundador de las ciudades de Pamplona y Tudela del virreinato de Nueva Granada (Colombia) y líder de la expedición del Dorado por el río Marañón (Amazonas)

Pedro de Ursúa Díaz de Aux y Armendáriz era natural de Baztán, al norte de Navarra, donde nació en 1526. Era hijo de hidalgos locales, pero sin llegar a pertenecer a la más alta nobleza. A los 20 años llegó a Cartagena de Indias donde su tío el juez de residencia Miguel Díaz de Armendáriz lo apadrinó. A los 23 años, en 1545, fue nombrado teniente de gobernación de Santa Fe de Bogotá por su tío.

Nombrado justicia mayor de Santa Marta, Ursúa se destacó en la pacificación de los panches al suroccidente de Santa Fe. Desde entonces, marchó en expedición por el norte del virreinato de Nueva Granada, fundando la villa de Pamplona, en la región de Norte Santander, en 1549.

A su regreso a Santa Fe, en 1550, la recién fundada Real Audiencia lo encargó de pacificar el país de los muzos. Derrotados los muzos, Ursúa fundó la ciudad de Tudela, la cual fue destruida por los indios derrotados poco tiempo después. Al poco tiempo, derrotó a los tayronas.

Fue renombrado justicia mayor en Santa Marta a servicio del nuevo virrey del Perú, Andrés Hurtado de Mendoza. El objetivo de este cargo era el de pacificar a los tayronas de la sierra de los Tayrona y, más tarde, en Nombre de Dios, con el fin de reprimir una rebelión de cimarrones. Esta última tribu fue derrotada y su Bayano apresado para ser juzgado en España.

Tras el éxito de la expedición, Ursúa acompañó a Hurtado de Mendoza a Lima, consiguiendo el beneplácito del virrey para, por fin, poder iniciar una expedición en busca de "el Dorado".

Ursúa organizó una expedición para encontrar el tan codiciado metal por el río Marañón, descubierto años antes por Francisco de Orellana. Durante esta expedición, en la cual Ursúa partió acompañado de su amante Inés de Atienza, encontró la muerte, en 1561. El móvil estuvo en una conspiración dirigida por un compañero de expedición: Lope de Aguirre. Aguirre continuó como líder de la expedición, proclamándose en rebeldía contra la corona Española.
BUSTO DE PEDRO DE URSÚA

Según escribe Toribio de Ortiguera sobre Ursúa:
"Galán, gentil hombre y bien traído; de mediana estatura, bien proporcionado, aunque un poco adamado; la barba taheña y bien puesta: de muy buena y afable conversación; muy inclinado a cosas de misericordia y caridad, grande amigo de soldados y de conquistas y de descubrimientos de indios."

viernes, 13 de febrero de 2015

Fiesta del Moro: el Alarde de la batalla de Valdejunquera


La Fiesta del Moro es celebrada cada 15 de agosto de cada año en la villa Antzuola, perteneciente a Guipúzcoa, en recuerdo de la batalla de Valdejunquera de 920, una de las primeras batallas de la Reconquista española.

La batalla de Valdejunquera enfrentó en los valles de Guesalaz y Yerri un 26 de julio del 920 a los tres monarcas más poderosos de la península ibérica de comienzos del siglo X, es decir, a Sancho I Garcés, rey de Pamplona, y Ordoño II, rey de León, contra Abd al Rahman III, emir de Al-Ándalus. Valdejunquera debió de corresponder a algún modesto paraje de Guesalaz, situado con toda probabilidad entre los concejos de Muez, Irujo y Arguiñano.

Indudablemente participaron los guipuzcoanos en la batalla ya que en aquellos momentos eran parte del Reino de Pamplona. La realidad histórica es que Abd al-Rahman III venció a los pamploneses bajo el mando del rey Sancho Garcés y a los leoneses coaligados. La tradición popular pretende elogiar la valentía de los mozos de Antzuola, que acudieron en socorro de los pamploneses y leoneses. Llegaron a tomar contacto con el enemigo musulmán al día siguiente tras la derrota cristiana, y según la leyenda, la compañía militar antzuolatarra recuperó la bandera y derrotó al emir Abd al- Rahmán III en las tierras navarras de Valdejunquera.



En la Fiesta del Moro se relata una supuesta victoria cristiana y un juramento de fidelidad del emir de Córdoba a la villa de Antzuola, que no es más una leyenda épica muy lejos de la realidad histórica. También se leen bertsos del poeta José María Iparraguirre, compuestos expresamente para este acontecimiento.

La música que acompaña la marcha militar rememora una partitura que data de 1761 conocida como Marcha de Fusileros para Pífanos y Tambores de Espinosa. Música de Ordenanza de Carlos III.

La otra protagonista de esta celebración es la bandera, que recorre las calles de Antzuola. La particularidad de esta última insignia está formada por la traza de los distintos dibujos que en ella se plasman, similares a algunos de los cuarteles del escudo de la villa, diseñados en la Certificación de Armas de 1745.






lunes, 9 de febrero de 2015

Juan Sebastián Elcano, por Manuel Lucena



Juan Sebastián Elcano
Manuel Lucena, Editorial Ariel (2003), 296 págs.

Juan Sebastián Elcano es una figura universal por haber dado la primera vuelta al mundo en 1522 en una nao, la Victoria, en 1.084 días. Elcano es igualmente un personaje fundamental de la Historia de España, ya que su aventura estuvo englobada en el proyecto Carlos I de verificar que las islas Molucas estaban ubicadas dentro de la mitad del mundo que pertenecía al Reino de Castilla en virtud del Tratado de Tordesillas.

El objetivo era establecer allí una gobernación dirigida por Fernando de Magallanes quien, para ello debía previamente descubrir un estrecho interoceánico entre el Atlántico y el Pacífico, cosa que realizó en 1521. Las Molucas se convirtieron en el frente de la primera guerra intercolonial y mercantilista del mundo moderno.

viernes, 6 de febrero de 2015

Martín García Oñez de Loyola


Gobernador y adelantando del Río de la Plata, capitán general de Chile y fundador de Santa Cruz, a finales del siglo XVI

MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA

Martín García Oñez de Loyola era natural de Azpeitia, Guipúzcoa, donde nació en 1548. Era sobrino de San Ignacio de Loyola. Con apenas 19 años siendo capitán y caballero de la Orden de Calatrava, Martín García Oñez de Loyola emprendió un viaje a Perú.

En 1572, recibió el encargo de formar parte de la tropa que debía capturar al último inca, Túpac Amaru, que se encontraba refugiado junto a sus hombres en la remota Vilcabamba. Otros virreyes y capitanes habían fracasado en esa empresa. Los españoles, por fin, consiguieron doblegar a los naturales, pero el cabecilla de aquel ejército escapó a las montañas, aunque posteriormente fue localizado por un destacamento al frente del cual iba García Oñez de Loyola, quien lo apresó y llevó a Cruzco, donde finalmente fue ajusticiado. Como recompensa el virrey le nombró corregidor en varios pueblos del Perú y le permitió casarse con una sobrina de Túpac Amaru, descendiente de Atahualpa y bautizado con el nombre de Beatriz Clara Colla. La pareja sólo tuvo una hija, Ana María Oñez de Loyola, quien residió con su madre en Concepción desde 1593. Con esa boda se emparentó con la antigua nobleza de aquella tierra. Entre el señorío de Urubamba heredado por su nueva esposa y las tierras y los bienes que le fueron concedidos por sus servicios, el matrimonio acumuló una gran fortuna, sustentada y ampliada además porque García Oñez de Loyola fue nombrado gobernador de Potosí en 1578.

GOBERNACIÓN DE CHILE ENCABEZADA POR MARTÍN GARCÍA ÓÑEZ DE LOYOLA

En 1581, se le otorgó el cargo de gobernador y adelantando del Río de la Plata, pero postergó el inicio de esa actividad por retrasos en la aprobación eclesiástica de su matrimonio. Poco después, el rey Felipe II le confirió el mando de la difícil capitanía general de Chile. Después de partir del puerto de El Callao y seguir la ruta marítima marcada con anterioridad por el piloto Juan Fernández, recaló en Santiago en 1592. Nombró secretario a Domingo de Eraso, sargento mayor a Miguel de Olaverría, y obispo electo de Santiago a fray Pedro de Arzuaga, todos ellos de origen vascongado.

Lo que se encontró al llegar allí fue una guerra abierta y cruenta con los araucanos. Oñez de Loyola se distinguió por su buen trato a los indios a los cuales consiguió reducir a cambio del abandono de las armas. Sentó así un importante precedente de política de negociación entre los españoles y los naturales, aplicado de manera masiva en el siglo XVII.

En 1594, fundó la ciudad de Santa Cruz en la confluencia de los ríos Bío-Bío y Laja. Sin embargo, el cese de las hostilidades no duró mucho tiempo, ya que el cacique Pelantaro se rebeló contra los españoles e inició una ofensiva a la que se unieron otros grupos de nativos de la zona. La ayuda que había solicitado Martín García llegó por fin desde Perú y el gobernador lanzó un ataque desde Angol, en 1598, con clara intención de acabar con la rebelión, dirigiéndose con una hueste de más de 300 hombres a las peligrosas ciénagas del Mumaco, lugar en el que los araucanos se habían hecho fuertes. Confiado en su potencial militar cometió el fatal error de descuidar la vigilancia intensiva y en el amanecer del 24 de diciembre los indios se abalanzaron sobre los españoles que pernoctaban en Curalaba, cuyo significado en lengua mapuche es el de "Piedra Partida". Mataron a casi todos, incluido el propio Oñez de Loyola, cuya cabeza, separada del cuerpo, fue paseada en una pica. Posteriormente su cráneo fue utilizado como recipiente ceremonial.

FUNDACIÓN DE SANTIAGO DE CHILE

lunes, 2 de febrero de 2015

Diego III López de Haro

Señor de Vizcaya y alférez real de Castilla, que encabezó las tropas vizcaínas que participaron en la conquista de Sevilla en 1248, y en otras victorias de Fernando III.


DIEGO III LÓPEZ DE HARO JUNTO AL REY DE CASTILLA FERNANDO III


Diego III López de Haro fue el séptimo señor de Vizcaya, entre los años 1236 y 1254. Nació en 1254, fue hijo de Lope II Díaz de Haro, señor de Vizcaya, y de Urraca Alfonso de León, hija ilegítima del rey Alfonso IX de León, por tanto, era sobrino del rey Fernando de León y de Castilla.

En los primeros años sirvió con fidelidad a su tío y rey Fernando III, el cual no le confirmó en los terrenos que gobernaba, quitándole La Rioja y dejándole Castilla la Vieja. Diego no acató esta decisión rebelándose contra el rey en varias ocasiones, consiguiendo posteriormente su perdón. Se mantuvo a su lado hasta su fallecimiento en 1252.

Durante este reinado, Diego III López encabezó las tropas vizcaínas que participaron en la conquista de Sevilla en 1248, así como en otras victorias de Fernando III.

Bajo en reinado de Alfonso X, hijo de Fernando III, Diego III López continuó en su posición, conservando el cargo de alférez del Estandarte Real, y firmando todas las confirmaciones detrás del rey. Una serie de desacuerdos entre ambos hizo que Dieglo III López ejerciese su derecho de negar la obediencia al rey (era un derecho que reconocía la legislación de la Edad Media a los señores feudales), buscando otro señor, que sería el rey de Navarra.

Tuvo a su protección y como en encomienda la ciudad de Baeza, que conquistó su padre Lope II Díaz, como consta de una provisión despachada a la ciudad de Nájera el 4 de julio de 1250:
"De mí, Don Diego López de Haro a todos los homes que esta mi carta vieren saludes. Sabed que yo he recibido en encomienda e en mi manupuesta a todo cuanto quier a la villa de Baeza, e mando e defiendo firmemente así a los cristianos como a los moros, que ningún sea osado de les facer tuerto, ni demás ninguno a ellos e a todas sus cosas, e de guisa lo fagan, e faced que no hayan aquerellas de vos, ca aquel que contra esto ficiere avrie la mía ira, e pechar mie en coto cien mis, e a ellos el daño doblado." 
Esta provisión se encuentra en el Archivo de Baeza originalmente con su sello de cera, en el cual está figurado en una parte de él un caballero sobre un caballo, y en la otra dos lobos cebados, que eran sus armas.



SELLO DE DIEGO III LÓPEZ DE HARO


Contrajo matrimonio con Constanza de Bearne, hija del vizconde Guillermo II de Bearne y de su esposa Garsenda de Provenza. Fruto de su matrimonio nacieron cinco hijos: Lope III Díaz, heredó el señorío de Vizcaya, Diego V López, que también fue señor de Vizcaya, Urraca Díaz y Teresa Díaz. Esta última se casó con el conde Juan Núñez de Lara, a cuya descendencia llegó a pertenecer la titularidad del Señorío.

El 4 de octubre de 1254 falleció en el municipio riojano de Baños de Río Tobía al introducirse en una bañera de agua hirviendo, con el propósito de aplacar sus dolores reumáticos. Su cadáver recibió sepultura en el monasterio de Santa María la Real de Nájera.

domingo, 1 de febrero de 2015

Armada de Vizcaya, la primera flota oceánica de Castilla


Tras el Descubrimiento de América y el Tratado de Alcaçovas en 1479, las relaciones entre España y Portugal empeoraron. El rey Juan II de Portugal encargó la organización de una armada en Lisboa, ante lo cual los Reyes Católicos temieron ataques portugueses contra la segunda expedición de Colón compuesta de 17 barcos mercantes. Ante el temor de que esta flota hacia el Nuevo Mundo descubierto pudiera ser asaltada, en 7 de julio de 1493, los Católicos encargan la organización de una Armada Oceánica al bilbaíno Juan de Arbolancha para proteger la navegación castellana entre el estrecho de Gibraltar y el océano Atlántico, y disuadir a los barcos portugueses.

La armada fue conocida como Armada de Vizcaya, por formarse en Bermeo con naves y tripulaciones vizcaínas (en el sentido amplio, esto es, vascongadas). Se trataba de una fuerza muy considerable para la época, tanto por su tonelaje y armamento como por la reputada calidad de sus tripulantes y dotación de su gente de guerra.

BILBAO, SIGLO XVI

Esta armada se concibió desde el primer momento como una fuerza de ataque, para ser utilizada exclusivamente como máquina militar, formada por navíos de guerra y dirigidas por un capitán general. La misión principal de la armada era proteger la navegación comercial castellana, tanto en el estrecho como en las costas atlánticas, así como frenar a los navíos portugueses en la pugna que por el control de la ruta hacia el nuevo continente descubierto mantenían las Coronas española y portuguesa.

Congregadas las naves en Bermeo, al mando del capitán general Iñigo Artieta, se realizó el alarde de cada nave entre el 12 y el 22 de julio de 1493, al tiempo que los capitanes de la Armada juraron obedecer a Iñigo de Artieta como su general, y éste, a su vez honrar y guardar a sus capitanes y al resto de su gente. Todos ellos juraron servir a los monarcas, cumpliendo sus órdenes y defender todo aquello que se les encargara.

RÉPLICA DE UNA NAO DE FINALES DEL SIGLO XV

La tripulación la componían 870 vascongados, distribuida aproximadamente de una tercera parte por hombre de mar (marineros, maestres y contramaestres) y dos terceras partes de hombres de guerra (pajes, grumetes, artilleros, arcabuceros, trompetas). El coste de la armada fue de 5.854.900 maravedís, formada por 6 naves:

1 carraca propiedad de Iñigo de Artieta tasada en 1000 toneles, una tripulación de 300 hombres, de los que 100 eran marineros y 200 hombres de armas, que en su mayoría procedían de Lequeitio, así como de más de 100 piezas de artillería. A ellos debemos sumar el propio capitán general, Iñigo de Artieta, un piloto, un cirujano, un capellán y cuatro trompetas.

1 nao mayor capitaneada por Martín Pérez de Fagaza, estaba aforada en 405 toneles y embarcada por 200 tripulantes, 60 de ellos eran marineros y 140 de armas, además de un piloto y un cirujano. La mayoría procedían de Bilbao, Baracaldo y otros lugares de Vizcaya.

2 naos medianas capitaneadas por Juan Pérez de Loyola y Antón Pérez de Layzola, estaban evaluadas en 220 y 205 toneles y llevaban ambas 125 hombres, distribuidos en 40 marineros y 85 hombres de armas, así como un piloto y un cirujano en cada una de ellas. Procedían básicamente de la costa guipuzcoana y de la villa de Deva.

1 nao menor era propiedad de Nicolás Ibáñez de Artieta, seguramente pariente de Iñigo, mandada por Juan Martínez de Amezqueta, estaba tasada en 100 toneles y llevaba una dotación de 70 hombres, de los que 25 eran marineros y 45 hombres de armas, además de un piloto y un cirujano.

1 pequeña carabela, proporcionada por Iñigo de Artieta, mandada por Sancho López de Ugarte, para acciones de enlace, aviso y exploración, con aforo de 50 toneles y una tripulación de 30 hombres embarcados.

RÉPLICA DE UNA CARRACA DE FINALES DEL SIGLO XV

Zarparon a finales de julio de 1493 de Bermeo y en agosto ya estaban en Cádiz. Durante su estancia en las costas del sur de España, la Armada de Vizcaya protagonizó varias persecuciones en el estrecho de Gibraltar contra naves portuguesas que habían asaltado a una nao vasca. Mientras, los reyes de España y Portugal continuaban las negociaciones encaminadas a repartirse el océano y delimitar las fronteras africanas.

Además de la vigilancia y control del estrecho, su estancia la se simultaneó con otras misiones. El 3 de octubre de 1493, la Armada de Vizcaya partió de Adra (Almería) para transportar al rey Boabdil (Muhamad XII) y sus súbditos hacia África: un total de 6.320 personas. A su regreso, rindió alarde en las costas de Granada en febrero de 1494, manteniendo íntegros sus efectivos. El 23 de este mes ya se encontraba en Cádiz.

Desde esta base de operaciones la Armada vizcaína escoltó a la flota de transporte del adelantado de las islas Canarias Alonso de Lugo, encargo que no alejó las naves del área a vigilar.

En junio de 1494, la armada se encontraba en el estrecho, donde aprovechaba el paso de embarcaciones portuguesas para asaltarlas, lo que motivó la intervención de la Corona, que ordenó a las tripulaciones permanecer en Cádiz y respetar a los navíos portugueses.

Durante ese mismo mes de junio de 1494, los reinos de Portugal y Castilla aprobaban el Tratado de Tordesillas, por el cual se repartían las zonas de conquista del Nuevo Mundo mediante una línea divisoria (aproximadamente hacia el meridiano 60 en medidas actuales del Océano Atlántico).

LÍNEAS DE DEMARCACIÓN DE LOS TRATADOS
DE ALCAÇOVAS Y DE TORDESILLAS

La armada de Vizcaya había cumplido su objetivo preventivo, defender la ruta castellana a las nuevas tierras hasta que la diplomacia lograse evitar un posible enfrentamiento con el vecino monarca luso. Entonces, los Reyes Católicos acordaron licenciar a la Armada de Vizcaya y satisfacer su paga, por no ser ya necesarios sus servicios.

Sin embargo, los ataques turcos a Sicilia y Nápoles desaconsejaron tal medida y los monarcas volvieron a solicitar la colaboración de la Armada de Vizcaya.

El consejero real Fonseca volvió a contratar esta flota desde el 20 de agosto de 1494 hasta marzo del siguiente año e incrementó en 7 carabelas, cada una de ellas con 40 hombres a bordo, sumando a más de 1.250 tripulantes. Esta nueva armada capitaneada por Artieta, debía estar dispuesta par a unirse a las 20 naves que se preparaban en Sicilia. Su fin era defender a la Cristiandad del ataque del turco.

En su compañía viajaron 17 carabelas, con portes entre 35 y 95 toneladas y tripulaciones entre 40 y 50 hombres. Buena parte de las mismas eran vascas, a juzgar por los apellidos de sus maestres: Mondragón, Avendaño, Aramburu, Marquina, etc.

En la segunda flota no figuran los navíos de la Armada de Vizcaya, aunque vuelven a ser abundantes las carabelas de procedencia vasca, según los apellidos de maestres y capitanes: Amezquita, Vidavia, Larrauri, Zarauz, Astigarivia, Murueta, etc.

Una vez en la isla en septiembre, la Armada de Vizcaya se puso a las órdenes de Garcerán de Requesens, capitán general de la Armada de Sicilia, y con la cual participó en el bloqueo de Gaeta logrando que sus enemigos no pudiesen recibir provisiones por mar. Navegaba en esta ocasión Iñigo en compañía de su hermano Francisco de Artieta, preboste de la villa de Tabita de Durango.

Coetáneo al servicio de la armada de Vizcaya fue el de otros marinos vascos que actuaron en la defensa de Granada y en los proyectos para expandir el dominio castellano al norte de África.

MAQUETA DE NAO VIZCAÍNA SANTA MARÍA, PROPIEDAD DE JUAN DE LA COSA