miércoles, 14 de febrero de 2018

Nacionalismo y II República en el País Vasco, por José Luis de la Granja Sainz




Nacionalismo y II República en el País Vasco
Estatutos de Autonomía, Partidos y Elecciones: Historia de Acción Nacionalista Vasca: 1930-1936
José Luis de la Granja Sainz, Editorial Siglo XXI (2008), 792 páginas


Este libro es la obra más amplia y completa que existe sobre la historia política del País Vasco en la II República, porque abarca tres temas claves.

En primer lugar, estudia la importante evolución del nacionalismo vasco desde la caída de la Dictadura de Primero de Rivera hasta el estallido de la Guerra Civil.

En segundo lugar, analiza la cuestión de la autonomía vasca por ser el eje central sobre el que giró la vida política de Euskadi en la República, pues el Estatuto no se aprobó hasta octubre de 1936, en plena Guerra Civil.

Y, en tercer lugar, examina las relaciones entre las fuerzas políticas vascas a través de las cuestiones autonómica y religiosa, sus conflictos, a menudo violentos, y su participación en las elecciones municipales y generales, que reflejaron el intenso pluralismo vasco de la preguerra, agrupado en tres grandes bloques: las derechas españolistas, el nacionalismo vasco y las izquierdas republicano-socialistas, los vértices del triángulo político casi equilátero de 1936.

Este libro describe la trayectoria de Acción Nacionalista Vasca en los años republicanos, su lucha constante por conseguir el Estatuto de autonomía para Euskadi y su alianza electoral con el Bloque republicano-socialista en 1931 y con el Frente Popular en 1936. Entonces la política posibilista de ANV se situó en las antípodas del nacionalismo radical, encarnado por el grupo independentista Jagi-Jagi, y constituyó un ejemplo del nacionalismo vasco heterodoxo, que fue una tercera corriente en el seno de dicho movimiento: la más alejada de la doctrina fundacional de Sabino Arana y muy distinta tanto del nacionalismo moderado como del radical.

viernes, 9 de febrero de 2018

Condado de Pamplona: entre francos y musulmanes


Las campañas que anuncian la muerte de Witiza el año 710 presagiaban la desaparición del Reino Hispano-visigodo. Una lucha civil por un trono vacío desencadenaba la llegada de tropas musulmanas del gobernador de Tánger. 7.000 soldados, la mayoría bereberes, a las órdenes de Tariq ibn Ziyad, cruzaban el estrecho de Gibraltar poniendo el pie en Tarifa. En 711, destrozaron los ejércitos del rey Rodrigo en Guadalete, tomaron la capital, Toledo, y controlaron las llanuras y ciudades del sur. Más tarde, con la fuerza de 18.000 hombres, sometían la antigua Tarraconense, el valle del Ebro y llegaban al pie de la cordillera Cantábrica y de los montes Pirineos.

Ya en el año 713 Muza atravesó la zona meridional y Pamplona cayó en su poder antes del 718. Esta ciudad fue obligada a pagar tributo a los gobernadores musulmanes que establecieron un protectorado.


EL REY DON RODRIGO ARENGANDO A SUS TROPAS EN LA BATALLA DE GUADALETE,
POR BERNARDO BLANCO


Para los vascones, la consecuencia de este nuevo escenario político-militar en la península Ibérica fue el cese del control visigodo sobre la ciudad fortaleza de Pamplona. Se trataba de una ciudad amurallada situada en la zona de contacto entre la montaña y la llanura y en la vía romana Astorga-Burdeos, controlando el paso de Roncesvalles, principal vía de penetración a través del Pirineo occidental. Se constituyó como centro de relativa importancia, con sede episcopal datada desde el año 589.

Estas circunstancias determinaron la aparición de caudillos que aglutinaron bajo su mando, aunque fuera de forma transitoria, a los hombres aptos para la defensa de distintas demarcaciones, seguramente identificadas con los valles geográficos. No obstante, dada la desorganización política del territorio, la capitulación de la ciudad no conllevó el sometimiento del ámbito campesino en las zonas montañosas.

Por el contrario, las tierras del sur de la actual Navarra cayeron en el ámbito del control político de los invasores islámicos. Sus caudillos debieron pactar la entrega de rehenes y el pago de tributos que materializaban el sometimiento político a los nuevos dominadores islámicos.

La totalidad de las tierras peninsulares fueron sometidas, quedando un reducto en la cordillera Cantábrica y una frontera en los Pirineos. La resistencia en el valle del Ebro hasta los Pirineos fue inexistente ya que en el 713 los ejércitos musulmanes alcanzaron el valle medio del Ebro que se encontraba gobernado por el conde hispano-visigodo Casio. Y este magnate local eligió someterse al califa Muza y convertirse al Islam dando origen a la estirpe de los Banu ibn Qasi a cambio de mantener su poder en la región. Uno de ellos sería valí de Pamplona; otro defendería Zaragoza frente a Carlomagno.



PRINCIPALES ENFRENTAMIENTOS Y RUTAS DE CONQUISTA ISLÁMICA


Mientras que el Reino visigodo desaparecía y las tropas musulmanas preparaban su asedio al norte de los Pirineos, las Galias reforzaban sus dominios y alejaban a los árabes de sus territorios. Las victorias de Carlos Martel en Poitiers en 732 y de Pelayo en Covadonga en 722 fortalecieron a los núcleos cristianos del norte peninsular para resistir la embestida islámica e iniciar una restauración conocida como Reconquista.

Según los historiadores:
"Vasconia no pudo unirse a sus hermanos de Bardulia y Cantabria cuando Pelayo lanzó el grito de independencia, tal vez porque sus caminos y fortalezas estaban mejor vigilados y controlados por los conquistadores."

Tras estas dos derrotas de los musulmanes por ambos reinos cristianos, los vascones también reaccionaron luchando contra Abd el Malik ben Katan, asegurando su independencia en las montañas. Pero el valí Ukba recondujo la situación, estableciendo una guarnición en Pamplona entre el 734 y 741.

Durante estos años, nunca se estableció un estado vasco en las zonas no conquistadas, sino tribus más o menos aisladas en poder de caudillos locales y rivales entre ellos. Ante la presión ejercida por las potencias limítrofes al sur, por musulmanes, y al norte, por francos, los grupos internos escindidos conectaron con los representantes de estas potencias para vincularse políticamente y encontrar apoyos frente al rival.

Y el control alterno que francos y muslimes fueron ejerciendo sobre Pamplona y su entorno era muy indicativo de las variaciones en el equilibrio de las fuerzas entre las emergentes rivalidades locales. Entre éstas, pronto destacaron los Velasco y los Íñigo. Los Velasco se vincularon a los reinos cristianos franco y asturiano, mientras que los Íñigo se aliaron con los Banu-Qasi de Zaragoza y Tudela, por parentesco, dependiendo políticamente de Omeyas cordobeses.

Tales fracturas debieron acentuarse a partir de la década de los 40 del siglo VIII, coincidiendo con la crisis que Al-Ándalus sufrió en este periodo y que provocó su repliegue a las zonas fronterizas más avanzadas. A ello se añadía la escasez de actividad franca en la zona.

Pero, en el fondo de tales fracturas, se estaban formando bloques supratribales en cuyo aglutinamiento intervenían ya factores ajenos a las vinculaciones familiares (vinculaciones con otras entidades políticas exteriores), y que, con el paso del tiempo, estaban sentando las bases para la instauración de funciones genuinamente monárquicas.


EXTENSIÓN DEL REINO DE ASTURIAS CON ALFONSO I


Desde 739, ya reinaba Alfonso I en Asturias. Se había fortalecido contra el invasor musulmán estableciendo su capital en Oviedo, ocupando los valles gallegos y la cordillera Cantábrica, y llegado hasta los territorios occidentales de Álava y Vizcaya, repoblando Las Encartaciones de Vizcaya. Fueron los primeros contactos entre la zona vascona y la asturiana. Su hijo Fruela, que reinó durante los años 755 y 768, emprendió una campaña por tierras vascas cuyos habitantes fueron derrotados y sometidos en diversos encuentros entre los años 757 y 767.

El dominio de todo el litoral y la cordillera del Cantábrico fue acentuado por el asturiano Alfonso II el Casto, pero ese dominio fue parcial y solo obtenido como alianza contra el enemigo común islámico que dominaba la parte llana vasca mediante valíes dependientes de Córdoba.

Al otro lado de los Pirineos, durante el periodo que va desde 732 al 741, el Reino franco se reforzó considerablemente y la toma de Narbona por Pipino el Breve en 759 hizo retroceder a los musulmanes al sur de la cordillera. Los francos comenzaron a construir una marca o territorios fronterizos fuertemente militarizados, que sirviera de escudo protector para el núcleo de los territorios francos.

Los cronistas árabes siempre distinguieron entre vascones y vasconizados. Los dominios vascones en aquella época se extendían por norte hasta el río Garona, por sur hasta el norte de la Navarra peninsular, ya que el sur navarro estaba bajo dominio árabe, y por el este hasta el valle de Arán. Los vasconizados, que ocuparon los territorios de la actual Euskadi, estaban controlados por los asturianos, herederos del Reino visigótico.

Estos territorios formaron el Condado de Pamplona, como un conjunto de terrenos en torno a la estratégica ciudad de Pamplona, con una autonomía propia pero en torno a la influencia franca. El Condado pamplonés quedó englobado la Marca Hispánica, tratándose de una frontera político-militar del Imperio carolingio fuertemente militarizado. Esta franja al sur de los Pirineos fue dominada mediante guarniciones militares y con el apoyo de la población autóctona de las montañas en condados como Pamplona, Aragón, Ribagorza, Pallars, Urgel, Cerdaña o Rosellón. A principios del siglo IX  los condes francos fueron sustituidos por nobles autóctonos.


CONDADOS DE LA MARCA HISPÁNICA, INICIOS DEL SIGLO IX


A pesar de la subordinación del Condado de Pamplona al Imperio carolingio, las relaciones entre los pamploneses y los Banu ibn Qasi de Zaragoza continuaron muchos años con numerosos enlaces familiares, aunque en lo político y militar sufrieron diversos altibajos. Por ejemplo, el valí de Pamplona antes citado fue muerto en una revuelta, de acuerdo con los francos que atacaban por el Pirineo oriental. Y fue sustituido por un magnate de la tierra llamado Velasco, primer nombre hispánico que aparece con poder entre los pamploneses, aunque al parecer venía de Gascuña, que era entonces provincia del Imperio carolingio.

Surgió entonces la batalla de Roncesvalles, magnificada por su épica en los romances medievales, en especial la famosa Chason de Roland, además de tratarse de la primera derrota de Carlomagno, supremo emperador en la Alta Edad Media europea. Fue un estímulo para la Reconquista, precedente de otra derrota imperial invasora, la de Napoleón, mil años después. La reciente versión de los historiadores nacionalistas vascos incide en el indudable protagonismo de los vascones, a los que atribuyen totalmente la victoria, lo que sólo es cierto en parte.

En el año 777, el valí de Zaragoza, Suleiman ibn al Arabí, se presentó en Paderborn a Carlomagno y le ofreció Zaragoza y otras ciudades al norte de Al-Ándalus si acudía a ayudarle contra el emir de Córdoba. El futuro emperador aceptó y pasando por el Pirineo por Pamplona y Huesca al frente de un lúcido ejército con sus mejores veteranos se presentaba ante los muros de Zaragoza. El sitio se prolongó y numerosos ataques fueron sucesivamente rechazados. Ante las dificultades y la llegada de alarmantes noticias de Sajonia, Carlos daba la orden de retirada, no sin destrozar todo lo posible en torno a la ciudad. De paso por Pamplona mandó destruir sus murallas. Además, llevaron consigo a Suleiman y a otros jeques musulmanes.

Cuando entraban Carlomagno y los suyos en Francia por el paso estrecho de Roncesvalles su retaguardia fue atacada por montañeses vascos y pamploneses con la colaboración de bandas musulmanas. De éstas formaban parte dos hijos de Suleiman, que lograron liberar a su padre. En la gran sorpresa de la batalla, los francos, bajo el peso excesivo de sus armas y pertrechos, fueron derrotados por la ligereza en la acción de los vascones, conocedores de aquellos bosques y despeñaderos. Murieron en el combate el senescal Eginardo, el conde de Palacio Anselmo y el duque de la Marca de Bretaña Rolando. Fue el 15 de agosto de 778.

Según los Anales Laurissensses, el autor testificaba la diferencia poblacional entre los vascones españoles y los navarros de la zona: dos comunidades netamente diferenciadas que vendrían a corresponderse con las existentes ya en el Alto Imperio Romano. Esta dualidad también aparece en el poema De laude Pampilone, cuando se exhorta a la ciudad de Pamplona a que se aparte de los herejes y resista a los vascones. Aunque el contenido de la frase es religioso y no político, manifiesta claramente de nuevo la dicotomía poblacional de la región.


BATALLA DE RONCESVALLES


Tras el incidente de Roncesvalles, Carlomagno se replanteó su política en la Marca Hispánica y en 781 coronaba en Roma a su hijo Ludovico Pío como el monarca de un reino satélite que comprendía las regiones del sur de Francia: Aquitania, Gascuña y Septimania, con la misión de consolidar el dominio franco en dicha región fronteriza. Esto implicaba titularse duque de los navarros. La intervención franca comenzó en el noreste peninsular, y pronto se ganó el apoyo de las élites locales. Entre los años 785 y 801, se fueron poniendo bajo su autoridad los condados de Gerona, Barcelona, Urgel, Rosellón, Ausona, Ampurias, Cerdeña y Besalú. Los francos llamaron a éste territorio Septimania, una zona extendida desde el río Llobregat hasta los Pirineos. Más tarde Pallar, Ribagorza y Huesca.

Para evitar futuras incursiones carolingias y cortar rebeldías islámicas, ese mismo año de 781, el emir de Córdoba, Abderramán se presentó con sus fuerzas armadas en Zaragoza recuperando el poder. Tras derrotar a los rebeldes, remontó el río Ebro, imponiendo su autoridad por donde pasaba. Y tras tomar la comarca de Calahorra, se presentó en Pamplona. Ante la incapacidad de defensa de la ciudad por las murallas rotas, se le sometió Jimeno el Fuerte. También se le sometió el valí Galindo ibn Velasco, que controlaba la cabecera del río Aragón. Regresó a Córdoba con rehenes, quedando los pamploneses sometidos al poder de los Omeyas durante cerca de 20 años.

Algunos de los magnates vascones compartieron lazos de parentesco con la dinastía de los Banu Qasi. Siempre al lado de estos últimos estaba una familia cristiana procedentes de los valles de Roncal y Salazar y las inmediatas tierras aragoneses, eran los Arista. El más relevante de los enlaces matrimoniales fue el de Muza ibn Fortún con la viuda de Íñigo Jiménez, y cuyos hijos fueron Íñigo Arista Muza ibn Muza. En el año 788, Muza ibn Fortún gobernaba Pamplona, y desde 792 otro Banu Qasi Mutarrif ibn Muza hasta 799.


ALZAMIENTO DE ÍÑIGO ARISTA


A finales de este siglo, las tierras en torno a Pamplona asistieron a un duro enfrentamiento entre los Íñigo y los Velasco, los dos clanes mayormente pujantes.

En el año 799, tras la coronación como emperador de Carlomagno, su ejército emprendió una ofensiva en el Pirineo catalán. Surgió la figura del magnate vascón Sancho como el pretendiente de los Velasco a conde de Pamplona, enviado por Carlomagno y el rey de Aquitania. Sancho era el hijo de Lupo, duque de los vascones fallecido desde hacía treinta años.

Esta nueva situación político-militar determinó la sublevación de la dinastía Velasco contra el control de Hisham I y el derrocamiento de su valí pamplonés Mutarrif Ibn Musa. De esta forma la dependencia política de los pamploneses había pasado al otro lado de los Pirineos, es decir, de los Omeyas a los Carolingios. Con la vinculación de unas tierras altoaragonesas al Reino franco, se consolidaba al Marca Hispánica desde el este hasta el oeste pirenaico.

Aunque Pamplona estuvo bajo la nueva influencia franco-gascona, algunas facciones vasconas siguieron colaborando con los musulmanes, instalados en Tudela bajo el mando de Amrus ibn Yusuf, enemigo de los también sublevados Banu Qasi de Zaragoza. Yusuf recuperó Zaragoza y Tudela el año 800.

En el 806, la aristocracia pamplonesa, en oposición al Califato cordobés, se fue incorporando al Imperio carolingio de Ludovico Pío, sin conocer los términos de esta mutación política. La Marca Hispánica carolingia de la "Navarra nuclear" era un condado de unos 4.000–5.000 km². Los Annales Laurissensses narran que en ese año los navarros y los pamploneses prestaban obediencia a Carlomagno, haciendo distinción entre pamploneses, habitantes de Pamplona y zonas aledañas, y los navarros del resto de la llanura y montaña.

Los Iñigo recurrieron a la familia Banu Qasi para retomar el control de la ciudad. Sin embargo, en el 812 el emir Al Hakam I y Ludovico Pío acordaron una tregua por la que los carolingios tomaban el control de Pamplona. Hay constancia de la presencia en la capital Navarra de Ludovico Pío el año 812, momento en el que delegó su poder en el gobernador Velasco al-Yalasqí. Su objetivo era dominar y castigar la rebeldía de algunas facciones de vascones que se entendían con los musulmanes de Tudela. Controlaba esta ciudad y algún punto estratégico más, pero otra parte de la llanura y las montañas eran autónomas. Por eso, al volver a Aquitania tuvo que tomar precauciones para evitar una nueva emboscada como en Roncesvalles.


FACCIONES POLÍTICAS DEL CONDADO DE PAMPLONA, INICIOS SIGLO IX


Los cronistas francos relataron la fidelidad de los pamploneses al emperador Carlomagno. Decía el cronista llamado el Astrónomo, en su Vida de Ludovico Pío, que:
"En España los pamploneses, que poco tiempo antes se habían pasado a los sarracenos, fueron recibidos en la fe del Emperador." 
El Astrónomo relató que:
"Ludovico Pío recibió en Tolosa (Toulouse) a los embajadores que Alfonso, príncipe de las Galicias, había enviado con presentes para firmar un tratado de amistad." 

Se estaba formando un frente común cristiano contra el Califato cordobés que estaba en su época de mayor fuerza y prestigio. Los pamploneses, asentados entre el Imperio carolingio y el Reino asturiano se irían sumando a ese frente común.

Tras la muerte de Carlomagno el 814, Al Hakam I puso fin a la tregua y retomó las hostilidades contra los francos. Ludovico Pío accedió al trono carolingio, generando unas revueltas en Gascuña (englobada en el Reino de Aquitania) y en Pamplona. Dos años más tarde, se produjo el derrumbamiento de las marcas del Pirineo occidental. Aprovechando la crisis política del trono carolingio, surgía, en ese año de 816, la figura del líder Íñigo Íñiguez (Eneko Arista), como el caudillo pamplonés encargado de luchar contra el control de los francos. La dinastía Íñigo expulsaba a la Velasco y recuperaba el poder pamplonés.

lunes, 5 de febrero de 2018

Caricaturas de La nación falsificada, por Julen Urrutia


Serie de ilustraciones sobre 60 personajes vascos, navarros y catalanes o efemérides sucedidas en la Historia de España. Fueron dibujados por Julen Urrutia en Bilbao para el libro La nación falsificada, escrito por Jesús Laínz y publicado por Ediciones Encuentro en 2006.

Son personajes eminentes de la historia, de los cuales patriotas vascos y navarros son los siguientes: Sancho III Garcés el MayorDiego II López de HaroLope II Díaz de HaroPedro López de AyalaJuan Sebastián Elcano, Andrés de Urdaneta, Miguel López de Legazpi, Juan de Urbina, Juan de Urbieta, Esteban de Garibay, Saga de los Idíaquez, Ignacio de Loyola, Alonso de Ercilla, Juan Martínez de Recalde, Miguel y Antonio de Oquendo, Pascual de Andagoya, Juan de Garay, Catalina de Erauso, Bruno Mauricio Zabala, Blas de Lezo, José de Mazarredo, Ignacio María de Ayala, Cosme Damián Churruca, Francisco Espoz y Mina, Gaspar Jáuregui, Longa y Abecia, Tomás de Zumalacárregui, José María Iparraguirre, Manuel Iradier y Enrique de Ibarreta. Además son caricaturizados los parlamentarios foralistas y los tercios vascongados en África.

JUAN SEBASTIÁN ELCANO


ANDRÉS DE URDANETA


MIGUEL LÓPEZ DE LEGAZPI


JUAN DE URBINA



JUAN DE URBIETA


 ESTEBAN DE GARIBAY


SAGA DE LOS IDÍAQUEZ


IGNACIO DE LOYOLA


ALONSO DE ERCILLA


JUAN MARTÍNEZ DE RECALDE


MIGUEL Y ANTONIO DE OQUENDO


PASCUAL DE ANDAGOYA


JUAN DE GARAY


CATALINA DE ERAUSO


BRUNO MAURICIO ZABALA


BLAS DE LEZO


JOSÉ DE MAZARREDO E IGNACIO MARÍA DE AYALA


COSME DAMIÁN CHURRUCA


FRANCISCO ESPOZ Y MINA


GASPAR JÁUREGUI


LONGA Y ABECIA


TOMÁS DE ZUMALACÁRREGUI


JOSÉ MARÍA IPARRAGUIRRE



FRANCISCO JAVIER GIRÓN


MANUEL IRADIER


ENRIQUE DE IBARRETA


PARLAMENTARIOS FORALISTAS



TERCIOS VASCONGADOS DE ÁFRICA

lunes, 29 de enero de 2018

Juan de Echeverri y Rover


Capitán General de la Armada de la Carrera de Indias del siglo XVII




Natural de San Sebastian, donde nació Juan de Echeverri y Rover, en 1609. Su hermano fue el almirante de flota Jacinto Antonio de Echeverri, y su padre Domingo de Echeverri, que fue secretario del rey Felipe III, superintendente general de fabricas de navíos y plantíos de las provincias de Guipúzcoa y alcalde de Ezquioga.

Sirvió a los reyes Felipe III y Felipe IV en la Marina Real durante 38 años de continua navegación y campaña, demostrando singulares dotes de valor, inteligencia náutica y talento organizador. Llegó a ser capitán general de la Armada Real de la Guardia de la Carrera de las Indias, conde de Villalcazar, marqués de Villarrubia, y caballero de la Orden de Calatrava.

Demostró desde joven una gran vocación por la marina y, siguiendo los pasos de su padre, ingresó como soldado raso.

Desde 1628, sirvió en las Armadas de las Indias y Océano, con diferentes empleos. Luchó en siete combates marítimos, en tres batallas en tierra y en otros sucesos particulares de mar y tierra, contra los enemigos de España, demostrando en todos una aventajada reputación por su valor y heroismo. Se distinguió especialmente en los combates de La Mamora y de Orbitello, y en la recuperación de Salses, así como en enfrentamientos directos con el holandés Folls, conocido como "Pie de palo".


COMBATE DE LA MARMORA


Pasó por los grados militares de capitán, gobernador de Tercio, almirante de la Armada de las Indias, hasta se capitán general de la Armada para conducir caudales en 1650. Fue también gobernador de la nave capitana de la Armada del mar Océano.

Mandó seis escuadras armadas y tres Armadas de la Carrera de Indias, trayendo cuantiosos tesoros para la Monarquía, reglamentando el servicio de las naves, y organizando las tripulaciones, como no lo habían estado hasta entonces, sin capitulaciones ni contratiempo de importancia.

Fue autor de las instrucciones generales para la navegación y combate, y otros trabajos de igual género. Por sus cualidades excepcionales se ganó la estimación de sus subordinados y el aprecio de sus superiores.

Su primer viaje como capitán general de la Armada de la Carrera de Indias fue en 1650, con cuyo tesoro y flotas de tierra firme y de la Nueva España entró de vuelta en Cádiz el 18 de enero de 1651, recibiendo el elogio del rey Felipe V.

El año 1652, ya era almirante general de la Armada del Océano, y año siguiente capitán general de la Armada de la guarda de la Flota de Indias, partiendo desde Cádiz y volviendo en julio de 1654 con la Armada de la guarda y las Flotas de tierra firme y dos de la Nueva España.

Por orden del presidente del Consejo de Indias, el conde de Peñaranda, en octubre de 1656 recibió el cargo de la Escuadra de la Carrera de Indias, consiguiendo que se aumentase la Armada de guardia y custodia con mayor número de galeones, pataches y bajeles, dada la importancia del tesoro que había de conducir. Partió de la bahía de Cádiz el 3 de junio, con su Capitana sola, y lo restante de la Armada y Flotas, hasta el número de 43, la distribuyó en grupos de cuatro y cinco, yendo toda a cargo del Marqués, logrando hacer un viaje sin contratiempos.

Después de haber dejado preparada la Escuadra que había de salir de Santander para Cádiz, permaneció un tiempo reponiéndose de su quebrantada salud en julio de 1659.

Sus treinta y dos años de relevantes servicios para la Monarquía fueron recompensados con el título nobiliario de conde de Villalcázar de Sirga y con el cargo de capitán general de la Armada de Galeones a Tierra Firme, en diciembre de 1660, por petición del rey:
"... que habiendo necesidad de hacer un viaje a las Indias que la falta de recursos obligaba a que este viaje lo hiciesen las personas más beneméritas y prácticas en la navegación y de la mayor estimación de Su Majestad, le rogaban aceptase aquel cargo e hiciese él el viaje."

GALEÓN DE LA CARRERA DE INDIAS DEL SIGLO XVI


Hasta el momento Juan de Echeverri había hecho tres viajes a las Indias y traído nueve cargamentos. Ahora tenía la difícil misión de efectuar con éxito la malograda expedición del capitán Pablo de Contreras, que hundió varias embarcaciones de la Carrera de Indias unos meses antes a causa de un fuerte temporal.

A fines del año 1662, Juan de Echeverri recibió el encargo por petición real de hacer un quinto viaje a las Indias, con el cargo de general de la Armada de Guardia de la Carrera de Indias, bajo promesa de que a su regreso le darían la Grandeza de España.

Pero este sería su último viaje transatlántico ya que fallecería en el mar a cien leguas de Cádiz a causa de enfermedad. Con tan triste motivo, estuvo detenida toda la Armada tres días en el sitio donde falleció, haciéndose los honores correspondientes a su persona y empleo, con salvas de artillería, y produciendo su pérdida unánime y profundo sentimiento en toda la tripulación, siendo su cuerpo arrojado al mar. Su muerte produjo una gran desgracia para su patria, como lo demuestra la carta que el rey Carlos II envió a su hija, como también escritores y poetas se ocuparon de dicha desgracia.

martes, 23 de enero de 2018

Reinado de Íñigo Arista: fundación del Reino de Pamplona


Tras la muerte de Carlomagno el 814, Al Hakam I retomó las hostilidades contra los francos. Ludovico Pío accedió al trono carolingio, generándose unas revueltas en Gascuña (englobada en el Reino de Aquitania) y en Pamplona. Dos años más tarde, se produjo el derrumbamiento de las marcas del Pirineo occidental. Aprovechando la crisis política del trono carolingio, surgía, en ese año de 816, la figura del magnate Íñigo "Arista" Íñiguez (Enneco Enneconis en latín, Eneko Aritza en euskera), como el caudillo pamplonés encargado de luchar contra el control de los francos y recuperar el poder pamplonés.

Pertenecía a la familia Íñigo, una dinastía de vascones procedente de los valles de Roncal y Salazar y las inmediatas tierras aragonesas. Íñigo Arista era hijo del magnate vascón Íñigo Jiménez y de su mujer Oneca. Este matrimonio dejó bajo la influencia de Íñigo Arista unos territorios considerables: desde Pamplona hasta los altos valles pirenaicos de Irati (Navarra) y Valle de Hecho (Aragón). Oneca casó en segundas nupcias con el valí Muza ibn Fortún de los Banu Qasi, quienes tuvieron como hijos a Mutarrif y Muza ibn Muza. Se había casado con Oneca Velázquez, hija de Velasco, gobernador de Pamplona, cuya familia estaba tradicionalmente vinculada a los francos. Al fallecer ese mismo año Velasco, fue elegido entre la nobleza vascona de la dinastía Íñigo para expulsar a esta dinastía del poder pamplonés.


ÍÑIGO ARISTA EN EL COMPENDIO DE CRÓNICA DE REYES


Íñigo Arista entabló una alianza con los muladíes de la ribera del Ebro, los Banu Qasi, antigua dinastía de magnates hispanogodos Casio. Esta estratégica coalición sentó mal al emir Al-Hakam I, quien envió una expedición de castigo en 801 al mando de uno de sus hijos, el príncipe Muawija, poco experimentado en la actividad bélica. Los de Íñigo y Muza, con el apoyo de los vascones occidentales del Reino de Oviedo, lo destrozaron en las Conchas de Arganzón.

Al-Hakam sustituyó a Muawija por el más experto de sus generales, el muladí Amrús, que tomó Tudela y la fortificó, dejando en ella una guarnición cordobesa mientras se dirigía a hacer lo mismo en Pamplona. Arista y los Banu-Qasi recobraron pronto la ciudad, pero el contraataque de Amrús fue fulminante. Íñigo salió huyendo hacia Pamplona y se avino a ponerse bajo la protección de Carlomagno. Musa tuvo que someterse de nuevo al emir de Al-Ándalus.

A pesar de la derrota militar, la relación entre ambos reyes se fortaleció cuando Arista casó a su hija Assona con Muza ibn Muza. Por otra parte, el nuevo conde de Jaca García el Malo se había aliado con Íñigo Arista tras abandonar a su primera esposa, hija del conde procarolingio Aznar, y casar en segundas nupcias con la segunda hija de Arista, Nunila. El cuarto de los hijos de Arista, Galindo Íñiguez, fue el padre de Musa ibn Galindo, que sería valí de Huesca en el 860. Mientras que García Íñiguez sería su sucesor en el trono.


ALZAMIENTO DE ÍÑIGO ARISTA POR NOBLES PAMPLONESES


A la muerte de Amrús en Zaragoza, hacia el año 808, Íñigo y Muza se sintieron lo bastante fuertes como para volver a la alianza de familia, lo que en el caso del pamplonés supuso el alejamiento de los francos.

Ante esta desvinculación, en 1812, Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, tomó Pamplona y encomendó su gobierno a un noble local partidario de los francos, Velasco, que aún seguiría rigiéndola en 816. Íñigo buscó refugio junto a su hermano y, a la vez, yerno.

Abd Al-Rahman II, nuevo emir de Córdoba, tomó el poder de Pamplona en 822, devastando las llanuras navarras y alavesas.

En 824, aprovechando la falta de control de los francos en Pamplona, Arista puso cerco a esta ciudad con fuerzas aquitanas en colaboración con los vascones partidarios de la dinastía Iñigo y los Banu Qasi. Logró rendirla, acceder al poder y proclamarse el primer rey de Pamplona.

La entronización fue efectuada en la Peña de Oroel del Condado de Jaca y en colaboración con trescientos caballeros, principalmente de los Banu Fortún de Tudela y de las dinastías vasconas Jimeno e Íñigo, y con el obispado de Pamplona. Según Eulogio de Córdoba, Íñigo Arista aparecía como un príncipe cristiano (Christicolae princeps).

A pesar de haber fundado un reino independiente, estaba bajo la autoridad de los musulmanes del Emirato de Córdoba y obligado al pago de un tributo.


ESCUDO DE ARMAS DE ÍÑIGO ARISTA


El Reino de Pamplona o Reino de los pamploneses fue denominado inicialmente, según los Anales de los Reyes Francos, a la entidad política surgida en torno a la ciudad romana de Pompaelo durante la Alta Edad Media y al liderazgo de la figura de Íñigo Arista. Desde entonces sus reyes se denominaron Pampilonensium rex hasta 1130, incluso Sancho VI de Navarra utilizó esta denominación en el año 1196, cuando normalmente empleaba rex Nauarre.
La fundación del Reino pamplonés dependió de estos tres factores externos:
1. la lejanía del Reino de Oviedo
2. la decadencia del Imperio Carolingio, aliados de la dinastía Velasco
3. la formación del Reino de Tudela al sur de Navarra, entidad muladí liderada por los Muza, aliados de la dinastía Íñigo, que los aislaba de los ataques del Emirato de Córdoba

La Vasconia oriental quedó dividida en dos reinos estrechamente federados: el reino cristiano de Pamplona, bajo Íñigo Arista, y el reino muladí de Tudela, gobernado por Muza ibn Muza. Se consolidaba así la dinastía Íñigo como la primera real pamplonesa, aunque por poco tiempo. Además Íñigo Arista sería conde de Bigorra por herencia de su madre Oneca y Sobrarbe por herencia de su padre Íñigo Jiménez.

La dinastía Íñigo organizó el Reino de Pamplona en guerra permanente con Abd al-Rahman II, el cual también fue el principal rival de Alfonso II el Casto, rey de Oviedo. Fue el preludio de una futura alianza navarro-astur, ya que cada año el emir cordobés enviaba expediciones de saqueo contra galaicos y pamploneses.

El emir Abd Al-Rahman II no dio mucha importancia a la fundación un nuevo reino cristianos al oeste de los Pirineos, acumulando más esfuerzos en su lucha contra el Reino de Oviedo, que ya se extendía desde Finisterre hasta el alto Ebro, amenazando el valle del Duero.

Al norte, el Imperio carolingio si tomó debida importancia la coronación de Íñigo Arista enviando una expedición militar al mando de los condes francos Elbe y Aznar, pero fueron vencidos por el rey pamplonés con el apoyo de sus yernos Musa ibn Musa ibn Fortún y García el Malo de Jaca.

En 841, Íñigo Arista, con más de 70 años y aquejado de una parálisis, dejaba el gobierno de su reino a su primogénito García I Íñiguez, muriendo al año siguiente. Su sucesor ejerció una fuerte regencia, llevando la dirección de las campañas militares pero continuando la política de alianzas.


ESTATUA DE ÍÑIGO ARISTA EN MADRID