domingo, 17 de junio de 2018

Lázaro de Eguiguren

Almirante de mar durante la Guerra de los Treinta Años




Nacido en Eibar. Empezó su carrera militar sirviendo como soldado de Infatería en Flandes durante la Guerra de los Treinta Años, terminando sus servicios con la graduación de alférez.

En la junta general celebrada en abril de 1619 en Ordizia, Eibar le nombró almirante en la escuadra que Guipúzcoa. También mandó una compañía en la campaña de Italia.

En 1624, bajo el mando del general Federico de Toledo Osorio, participó como capitán ordinario de mar, en la campaña para libertar la ciudad de Briviel de la ocupación que sufría por el ejército holandés.

En 1631, tomó parte en la expedición a Pernambuco al mando del general guipúzcoano Antonio de Oquendo, con el cargo de sargento mayor. Por su heroico comportamiento, Oquendo le ascendió a almirante, a la muerte de Vallecilla. Desde entonces desempeñó este cargo hasta que pereció en el mar, víctima de una tormenta.


COMBATE DE PERNAMBUCO


La casa solariega de los Eguiguren de Eibar ha tenido a otros dos ilustres:

Ascensio de Eguiguren fue alcalde de su villa natal en 1615 y 1633, y contador de la Real Fábrica y del Ejército de Flandes.

Juan de Eguiguren fue comisario de muestras en los Estados de Flandes y caballero de la orden de Santiago.

La casa-torre de Egiguren de Eibar, más conocida por casa Eguren, se sitúa en la vertiente nordeste del monte Illorda, sobre Málzaga y próxima al limite territorial con Placencia. Pertenecía a la antigua cofradía de Arexita. Lope de Isasti escribió en su Compendio Historial de Guipúzcoa (1625), que a primeros del siglo XVII tenía 2.000 ducados de renta. Hoy es casa de labranza con dos viviendas. La construcción actual tiene varias partes de distintas épocas, y en su parte central conserva la parte más primitiva de la torre renacentista.

lunes, 11 de junio de 2018

Organización defensiva de Navarra durante la Guerra de Francia de 1635


El plan defensivo en la frontera

Cuando en 1635 se produjo la declaración de guerra, Richelieu debería estar bien informado de las fuerzas navarras, como en Navarra se tenía información del lado francés, lo que puede explicar que no se decidieran los franceses a lanzar por este sector fronterizo ningún ataque serio. Por su parte, el Consejo de Guerra había organizado un plan defensivo de las zonas fronterizas que presentó al rey proponiéndole:
"Mandar a la provincia de Guipúzcoa tenga dispuestas, armadas y lo más copiosas de gente que les sea posible las campañas de su coronelía y que ese coronel las visite muy de ordinario disciplinándolas al manejo de las armas y se presume llegará el número de esta infantería a 4.500 soldados de toda satisfacción. 
La provincia de Álava a todas facciones que se ofrecen y el señorío de Vizcaya socorren cada una con su tercio de más de 1.000 hambres como lo hicieron en año de 1638. Y por ser la ocasión que es espera más urgente, les ha de mandar Su 
Majestad cumplan cada tercio a dos mil infantes.
Y que el reino de Navarra haga lo mismo con los cuatro tercios de a 1.000 hombres que tiene formado de sus hijos, con lo que daría, en total 4.000. 
Con lo que se ajustaría un ejército de 12.500 infantes y si sucediese que el enemigo hiciere la entrada por el dicho reino, le socorra la provincia con 2.000 infantes: mil Álava y mil el Señorío de Vizcaya, porque con el resto que les queda, se puedan defender de la armada."

Pero la guerra impondría su realidad desarrollándose en torno a ella los acontecimientos, que iban a iniciarse en Navarra. Aunque en 1644 el conflicto basculó hacia el frente catalán, esta frontera oriental franco-española quedó en un segundo plano. Por lo pronto, en 1635 había en Navarra 843 plazas fijas que pagaba la hacienda real, 119 que costeaba el reino y 119 remisionados. Además, se retomaba una propuesta realizada el año anterior por el Consejo de Guerra sobre la conveniencia de intervenir en Francia bien con una correría o bien con la conquista de forma permanente de una plaza. Esta última idea fue retomada por el virrey Valparaiso, alardeaba de poder disponer de un contingente de 15.634 hombres.


MAPA DE LA FRONTERA HISPANO-FRANCESA


La invasión española

El 24 de septiembre de 1636 comenzaba el ataque. Las tropas españolas dirigidas por Valparaíso cruzaron el Bidasoa y en las jornadas siguientes se apoderaban de Ciboure, Socoa y San Juan de Luz, con la siguiente alarma de toda la población francesa entre la frontera y Bayona. Una penetración de 20 kilómetros que se detuvo cuando muchos soldados guipuzcoanos consideraron que los objetivos estaban cubiertos y regresaron a casa dando por concluido su compromiso militar. 

Fue el comienzo del fin, pues las peticiones de hombres y víveres formuladas por Valparaíso no pudieron ser atendidas con la rapidez necesaria. Ante el éxito inicial, el rey solicitó al Reino un apoyo de 1.000 efectivos. Navarra los concedió con reservas y por sólo dos meses, pero no llegó a realizarse el reclutamiento. La prematura llegada de las lluvias otoñales, el agotamiento del tiempo establecido para la compaña por las Cortes navarras y algunas réplicas francesas convirtieron en una retirada precipitada lo que pudo haber sido una seria advertencia para Francia, cuya réplica se esperaba.




EXPEDICIÓN DE TERCIOS ESPAÑOLES


La reacción francesa

Al año siguiente, en 1637, cuando desde Burguete se avisa de los movimientos de tropas y preparativos franceses, se solicitó el levantamiento de 900 hombres, que las Cortes permitieron que se reclutasen en las cinco merindades, pero sin que saliesen del Reino. Los ataques que realizaron los franceses en los meses siguientes alarmaron a los navarros, que solicitaron al virrey no sacar más hombres por considerarlos necesarios para su defensa. Panorama que explicaba que desde los inicios de 1638 Navarra y Guipúzcoa estuvieran alertas y que se hubieran tomado disposiciones preventivas
:
"Para consuelo de la Junta de Ejército (creada por Olivares a raíz de la declaración de guerra de Francia en lugar de la de Estado), se podía comunicar a Madrid que desde febrero ya estaban de guarnición 400 soldados en Burguete, 300 en Maya de Baztán y otros 300 en Vera de Bidasoa. Además, Pamplona contaba con 20 cañones de batir, 5 culebrinas, 17 falconetes y 8.000 balas de artillería de diversos calibres, más otras 20.000 que llegaron en primavera a sus almacenes. Completaba esto al existencia de 1.000 quintales de pólvora, 400 arcabuces, 2.500 mosquetes y 2.400 picas. 
El 26 de marzo llegaba… a Pamplona… que había sido nombrado virrey… el marqués de los Vélez… 
Pero… el 8 de julio de 1638 circula una noticia… los franceses han invadido la provincia de Guipúzcoa."

la noticia no podía ser más preocupante, sobre todo para los guipuzcoanos, ya que la presencia de tropas francesas no sólo amenazaba Fuenterrabía, a la que pusieron cerco, sino también a otros puertos de la costa, como eran Pasajes, San Sebastián, Zarauz, Zumaya y Deva. Un peligro al que había que añadir los destrozos causados por la flota francesa, provocando tal conmoción estos hechos en el país que a la leva convocada para socorro de Guipúzcoa acudieron hombres de todas partes de la península, menos de Cataluña.



CAMINO A RONCESVALLES EN LA FRONTERA HISPANO FRANCESA


La recuperación de las plazas ocupadas

El virrey navarro, marqués de los Vélez, movilizó 6.000 hombres y dejó una guarnición en los puertos y en Pamplona. El 19 de agosto entró en campaña para la recuperación de Fuenterrabía, lo que consiguió el 11 de septiembre tras derrotar a los franceses en toda línea.
"Esta vez, ante una urgencia militar bien evidente (Pamplona era el objetivo inmediato si caía Fuenterrabía), el sacrificio de los fueros que prohibían combatir fuera de las fronteras tuvo compensaciones políticas importantes. El éxito de la campaña sancionó la fidelidad de navarros y vascos del mismo modo que el fracaso en la recuperación de Salses, al año siguiente, en el Pirineo catalán, hizo insalvable el abismo abierto entre Barcelona y Madrid. Las Cortes navarras y la Diputación, lo mismo que muchos particulares, exhibieron su participación en el socorro de Fuenterrabía como mérito y prueba de fidelidad durante muchos años."

Un éxito significativo, pero no adormeció al virrey, cuya preocupación por mantener al punto las defensas del Reino y de Guipúzcoa no decayó, procurando cerciorarse de su estado y avanzar en lo posible su mejora. Igualmente, comunicó a Madrid sus previsiones para primavera de 1639: basar la defensa en Maya, donde se colocarían 2.000 hombres de infantería; y Burguete, que se defendía por 3.000 o 4.000 milicianos castellanos y navarros, dejando en Pamplona su guarnición con otros 3.000 hombres de los presidios y navarros. Presiones acertadas que dieron resultado, pues a finales de julio fueron rechazados 8.000 franceses que quisieron entrar por Maya.




GRABADO DE FUENTERRABÍA DURANTE EL SITIO DE 1635


La guerra en Cataluña

Al producirse la sublevación catalana cambiaron las pretensiones de Madrid sobre Navarra y, como sucedería en Aragón, el nuevo virrey marqués de Tabara (nombrado en octubre de 1640) recibió el encargo de convertir al reino en abastecedor de tropas y recursos para el frente catalán, tarea en la que Tabara se empleó con diligencia, pues le llegó dinero y el reino respondía de momento a esas exigencias; además, avanzaba la financiación de la ciudadela pamplonica (aunque para su conclusión aún faltaba unos años) y se tomaron en 1641 más previsiones defensivas que nunca.

Pero no tardaron en agravarse las discrepancias en el enfoque de la situación entre el reino y Madrid. Por lo pronto, la Diputación mostraba al conde-duque de Olivares su disconformidad con la pretensión de alojarse en Navarra los 600 caballeros y 800 infantes irlandeses que habían estado en la jornada de Fuenterrabía

Fue el primer desencuentro de varios que se sucedieron en los meses siguientes, agravados por la actuación de los virreyes. Las demandas de hombres continuaron y los navarros las atendían en función de sus posibilidades, procurando rebajar las cifras solicitadas, como sucedió en 1642. Este año, el rey pidió 1.500 hombres para la guerra en Cataluña, pero sólo se le concedieron 1.200, que en el verano de ese año partieron para Cataluña desde Alcañíz. Sin embargo, este contingente fue licenciado por enfermedad nada más pasar el invierno, solicitando nuevamente Felipe IV un nuevo contingente en enero de 1643. A esta grupo armado se sumó otro más realizada un año después, en febrero de 1644, de 2.000 hombres, aunque sólo se votaron 1.000, que el virrey no pudo tener dispuestos hasta mayo.

Entre una y otra petición se produjo la llegada a Navarra de gran parte de los españoles que regresaban tras la derrota en Rocroi, que era preciso atender y que la Diputación solicitó que fueran alojados en la Bureba o en La Rioja, a las que consideraba menos agobiadas por las demandas reales. Esta petición no prosperó ni siquiera con la mediación del virrey conde de Oropesa, que intercedió a favor del reino. Madrid libró 3.000 ducados para la atención de estos soldados, alegando que esos veteranos podían ser una excelente ayuda y fuerza de contención por si Francia hacía alguna intentona en aquella parte del Pirineo.




DERROTA DE ROCROI DE 1643


Los desacuerdos entre rey y Reino

Mientras, las relaciones entre el virrey y el reino habían empeorado y el clima se había enrarecido bastante, de manera que el diputado Miguel de Itúrbide solicitó a la Diputación credenciales que el permitiera ir a Madrid para presentar las quejas en persona. Dicha demanda fue atendida aunque no dio los resultados esperados y tuvo un dramático desenlace para Itúrbide, que se iría significando cada vez más en su posición a la conducta y proyectos virreinales. 

Entre los contenciosos existentes entre Oropesa y la Diputación estaba el castigo impuesto por aquél a ocho desertores navarros del frente catalán, castigo considerado por la Diputación como denigrante y vejatorio, por lo que pedía una rectificación del virrey pública y reparadora del honor de los castigados. Además, como el conseguir hombres se iba haciendo cada vez más difícil, el virrey decidió descontentar al reino en vez de a su rey, por lo que designó jueces especiales para que procedieran a la leva de un tercio en la merindades, decisión que fue considerada por la Diputación como el intento de "reducir el reino al último estado de miseria". Las alarmantes noticias llegadas desde Francia y los preparativos militares de Condé pusieron al reino en una comprometida situación que llevó a la Diputación a solicitar "que no enflaquezca más el cupo de soldados del Reino".




RETRATO ECUESTRE DE FELIPE IV


La visita de Felipe IV

La designación de los jueces especiales fue otro de los resentimientos acumulados que explican que en la reunión de Cortes de 1646 lo primero que se abordó fueron los agravios recibidos. Pero la petición de que Oropesa fuese designado virrey de Valencia y el anuncio de que el rey visitaría Navarra facilitaron la distensión ambiental y mejoraron las relaciones entre rey y reino. Felipe IV llegaba a Pamplona el 23 de abril de 1646 para visitar la tierra y para la jura del heredero en las Cortes, a las que se hizo otra petición de 1.000 soldados para Cataluña.

La reunión de tal contingente fue uno de los cometidos del nuevo virrey, Luis de Guzmán y Ponce de León, que llegó a Pamplona a mediados de junio. Se trataba de un cometido nada fácil, que provocó la resistencia de la Diputación, al tiempo que tuvo que enfrentarse con el descontento generado entre los navarros por la larga suspensión del comercio con Francia. Por esos motivos, el virrey propuso un cambio en el procedimiento administrativo: enviar las órdenes a la Diputación, que retrasaba o entorpecía su cumplimiento alegando la falta de capacidades y disposiciones directamente al reino, que reunido en Cortes bajo la presidencia del virrey, pensaba éste sería más accesible a los objetivos de la Monarquía. 

Así se abría un nuevo motivo de disputa y como en la Junta de Guerra no existía la certera de que la propuesta del virrey fuera conveniente, se le recomendó hiciera la leva sin reunir Cortes y a base de voluntarios.


El fin de la Guerra de los Treinta Años

El fracaso del Conde en Lérida y la "tranquilidad" de la frontera navarra explicaban que en Pamplona se hicieran menos preparativos militares que en años anteriores. La firma de la paz con Holanda a principios de 1648, mediante el Tratado de Westfalia, permitió el restablecimiento comercial con la nueva república (algo muy bien recibido en Navarra y en otros lugares de la Monarquía) y que Felipe IV pudiera concentrar más efectivos en Cataluña para luchar contra la subversión.

Sin embargo, Francia mantuvo su intención de guerra y el telón de fondo de esos años volvió a ser la negociación del servicio de armas. La resistencia de los navarros hacia este servicio fue en aumento, obligando a Felipe IV a negociar y a hacer concesiones crecientes:
"A la voluntariedad del servicio de soldados (en el sentido de pactar sus condiciones) conseguida en estos años, se sumaría a partir de las Cortes de 1652 la voluntariedad del servicio de dinero, en el sentido de la discrecionalidad con que el reino fijaría su cuantía. Hasta entonces, el servicio de cuarteles y alcabalas había sido casi perfectamente previsible y últimamente se mantenía invariable. Cada vez que el rey reuní a las Cortes navarras recibía tantos años de "cuarteles y alcabalas" (en el siglo XVII, a rezón de 2.350.000 y 452.100 maravedíes, aproximadamente, por cada uno) como los transcurridos desde la última reunión. La cuantía de cada "tanda" de cuarteles y alcabalas permanecía fija por lo menos desde la conquista castellana, y el número de tandas por año concedidas en Cortes no variaba desde finales del siglo XVI. 
Esto comenzó a cambiar a partir de las Cortes de 1652-1654, que fueron las primeras en no pagar todos los años de cuarteles y alcabalas adeudados desde la anterior reunión de 1646."


FIRMA DEL TRATADO DE WESTFALIA (1648)



Los acuerdos entre rey, diputación y Cortes

A mediados de 1654, los tres estados (Rey, Diputación y Cortes) acordaron conceder, de los años que se debían de cuarteles y alcabalas, sólo cuatro (1646, 1647, 1648 y 1649), juntamente con 20.000 ducados para reclutar un tercio de 500 plazas. Con posterioridad se seguiría esa práctica, ya que las siguientes Cortes reunidas en 1677-78, 1684-85, 1688, 1691-92 y 1695 votaron un año de cuarteles y alcabalas (24.210 ducados), pero ofrecieron crecidas sumas para gastos militares (170.000 ducados), lo que se tradujo en un incremento de los ingresos reales.

Pero esta realidad dejaba a criterio del reino la cuantía de los servicios, lo que aumentaba su carácter voluntario y endurecía la negociación, en la que las Cortes tenían un instrumento para presionar al monarca, que hubo de aumentar sus donativos ampliando su “generosidad”. El dinero aportado por las Cortes era adelantado por la Diputación, que luego recaudaba a través de censales contra los recursos del Vínculo (la hacienda del reino) o repartimientos generales.

Por otra parte, la concesión de esas cantidades tenía su razón de ser en la permanente oposición a Francia existente en gran parte de la segunda mitad del siglo XVII, que obligó a mantener un estado de alerta y prevención.

Por ejemplo, la noticia de un invasión francesa en 1655 conmocionó a Pamplona y, al evaluar las fuerzas para la defensa, se repetía lo desfavorable de la situación, pues no se pueden oponer más que las tres compañías de Pamplona y la de la ciudadela, sin otro elemento de contención que la guarnición de Burguete, falta de víveres y municiones y con los efectivos muy escasos. Por eso, el virrey movilizó a todos los varones de la ciudad que pudiesen combatir, agrupándolos por barrios e impulsando la reparación de las murallas.




LUIS XIV DE FRANCIA


El reinado francés de Luis XIV 

Con la llegada de Luis XIV al trono francés el peligro de invasión era bastante tangible, ya que el rey galo se titulaba rey de Francia y de Navarra, pues mantenía sus derechos. Era una situación algo especialmente alarmante, ya que había desencadenado la Guerra de Devolución en defensa de unos derechos más que discutibles de su esposa María Teresa para apoderase de varias plazas en Flandes. Por tanto, también podrá hacer lo mismo en el caso navarro y abrir otra vez el frente en ese lado de los Pirineos. 

Así se explican las sucesivas aportaciones del reino:
En las Cortes de 1662 se aprobaron ocho años de cuarteles y un tercio. 
En las Cortes de 1677-78, tras el juramento de Carlos II, se acordó el compromiso de servir con 600 hombres armados, vestidos y mantenidos con sus pagos durante seis meses y un año de cuarteles.
En las Cortes de 1684 se concedió también un año de cuarteles y 40.000 ducados para las bonificaciones de Pamplona. 

En cualquier caso, la actividad bélica promovida por Luis XIV que afectaba a España se centraba de manera especial en el lado catalán y el desarrollo de los hechos se produjo allí.


martes, 5 de junio de 2018

La Literatura histórico-legendaria de José María de Goizueta


El guipuzcoano José María de Goizueta había nacido en 18120, en las proximidades de la villa homónima navarra del cual procedía su apellido.

Siendo joven defendió el Tradicionalismo carlista ingresando en los Tercios de requetes, en los que combatió durante la I Guerra Carlista, en 1834. A lo largo de su vida, fue cambiando su pensamiento político, perdiendo sus ideales absolutistas y carlistas, y aceptando el liberalismo español bajo el reinado de Alfonso XII.


JOSÉ MARÍA DE GOIZUETA


Asentado en Madrid, desarrolló su vida profesional en la redacción de La Época, colaborar en revistas como Semana, Euskal-Erria, Lirio o América, además de escribir sus propias novelas. Su trabajo literario más exitoso fue Leyendas vascongadas, publicado en 1851, en Madrid. Se trata de un conjunto de vigorosas narraciones histórico-legendarias vascas que ejercieron bastante influencia en los escritores legendistas vascongados de la segunda mitad del siglo XIX, más incluso que el Amaia de Navarro Villoslada.

Poco tiempo después, en 1857, publicó Damián el monaguillo, que es una notable novela de costumbres vascas hispano-francesas durante la Guerra de la Independencia española.

Goizueta era un gran amante de las regiones vascas y de sus instituciones tradicionales. Está considerado como el promotor de un movimiento de literatura fuerista histórico-legendaria vasco-navarra, escribiendo tanto es eusquera como en castellano, y que fue fuente de inspiración para Chaho, Araquistain, Trueba, Iturralde y Suit o Villoslada. Esta literatura difundió mediante novelas el estereotipo de un pueblo vasco de costumbres patriarcales, cuna y refugio de libertades ancestrales, celoso defensor de su secular régimen político, no sometido a dominación extranjera alguna.


EL PUERTO, POR ALBERTO ARRUE VALLE


En sus Leyendas, Goizueta idealizaba la identidad el pueblo vasco, como describe su autora biográfica Ainhoa Arozamena en la biblioteca Auñamendi:
"… con su idioma magnífico, original, a ningún otro parecido; con su imaginación brillante y poética; con sus costumbres sencillas, patriarcales; con su amor idólatra hacia sus montañas; con sus creencias profundamente arraigadas; con sus asombrosos adelantos; sus virtudes innegables; con su admirable administración digna de ser imitada."

El historiador Jon Juaristi, en su obra La tradición romántica, expone que tuvo cinco ediciones 1851 y 1890, además de varias traducciones, entre ellas, una parcial al inglés.

Las Leyendas son cinco relatos:

Aquelarre es una historia cargada de descripciones muy naturalistas, sobre el mundo de la brujería.

Lamia es un relato del ambiente marinero, de piratas y de doncellas secuestradas.

Baso Jaun trata de un adulterio y una sangrienta venganza en torno a la selva de Irati.

La bocina de Roldan aborda la mítica batalla de Roncesvalles-Orreaga.

Maitagarri es la historia de una guerra fratricida, cargada de dramatismo, pero en la que no faltan hadas y brujas.


LEYENDAS VASCONGADAS, POR GOIZUETA

martes, 29 de mayo de 2018

Linaje de Vicuña


El linaje vasco de los Vicuña procede de la casa y lugar de Vicuña, de la villa de San Millán y partido judicial de Vitoria, en Álava. Durante la Edad Media, estuvo enlazado por parentesco y alianzas con los antiguos Reyes de Navarra.


ESCUDO DE ARMAS DE VICUÑA EN SALVATIERRA 


Este linaje estuvo presente tomó parte en la batalla de las Navas de Tolosa de 1212 por medio de Sancho Sánchez de Vicuña, de la casa de Herdoñana, con el grado militar de capitán de Infantería. El rey de Navarra, Sancho VII el Fuerte le concedió un escudo de armas como premio a su fidelidad, que se convirtió en el distintivo de los señores de la casa de Vicuña: en campo de azur, una cadena puesta en banda, engolada en dos lunas crecientes de plata en medio de dos estrellas de oro, una en el cantón superior siniestro y la otra en el inferior diestro.

Entre finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, integrantes de este linaje tomaron posiciones relevantes en las administraciones del Imperio de la Monarquía hispánica, tanto con Carlos II de Habsburgo como con Felipe V de Borbón.

Martín de Vicuña y Araníbar, natural de Aranaz, Navarra, fue coronel de Regimiento del Ejército de Felipe IV. Posteriormente, fue nombrado gobernador de las Cinco villas de la Montaña, en Navarra.  

Tomás de Vicuña y Berroeta, nacido en Aranaz en 1689, pasó a las Indias en 1715. Dos años más tarde fue nombrado capitán de caballería. De 1721 a 1723, fue regidor y alcalde del cabildo de Santiago, en la Capitanía general de Chile.

Juan de Lardizabal y Vicuña fue fiscal, oidor y regente de la Audiencia de Barcelona y consejero de Hacienda, en cuyo desempeño murió en 1776.



ESCUDO DE ARMAS DE VICUÑA


Abundaron los vascos y navarros que recibieron el hábito de la Orden de Santiago, por mérito a su fidelidad a la Monarquía española.

Miguel de Vicuña Zozaya y de Arrayoz, natural de Zozaya, Navarra, en 1629.

José Fernández de Vicuña y Garibay, natural de Salvatierra, Álava, en 1678.

Juan Antonio Sáenz de Vicuña y Sesma, natural de Los Arcos, Navarra, teniente coronel, primer teniente y segundo ayudante mayor de Guardias Españolas, en 1723.

También fueron integrados en la Orden de Santiago el guipuzcoano Diego Ascensio de Martínez de Vicuña en 1705, y el navarro Lorenzo de Vicuña y de Irisarri en 1512:

Diego Ascensio de Martínez de Vicuña y Cortaberria era natural de Legazpia, Guipúzcoa. Fue almirante general del mar Océano, obteniendo el título nobiliario de comendador del Campo de Criptana, en 1705. Fue recordado por realizar una hazaña naval durante el transcurso de la Guerra de Sucesión española, siendo partidario del Ejército borbónico. El 23 de marzo de 1704, partió de Pasajes con tres navíos, y al llegar a Cádiz fueron atacados por una escuadra holandesa de siete navíos de línea y uno menor de aviso, viéndose precisados a rendirse los buques guipuzcoano. Vicuña fue invitado con insistencia por los holandeses para que reconociera por rey de España al archiduque Carlos III, a lo cual se negó resueltamente. El 17 de marzo de 1705 Felipe V le concedió el título de almirante, regalándole además la suma de mil doblones de ayuda de costa. En 1712, ingresaba en la Orden de Santiago, investidura efectuada en el convento de Nuestra Señora del Carmen en Madrid.

Lorenzo de Vicuña y de Irisarri era natural de Aranaz, Navarra, donde nació en 1675. Procedía de una familia hidalga, cuyos padres fueron Juan de Vicuña y Aranibar, alcalde de la villa de Aranaz y Catalina de Irisarri y Sagardia. Sus primeros pasos al servicio de la Monarquía hispánica fue como capitán de mar y guerra. En 1695, pasó al Virreinato del Perú, donde vivió durante casi dos décadas. Allí se casó con Rosa Godoy del Campo. En 1712, fue nombrado caballero de la Orden de Santiago. Posteriormente regresó a España tras su designación como presidente, gobernador y capitán general de la provincia de Quito, en el mismo virreinato. Fue un cargo que no llegó a ejercer porque murió durante el trámite administrativo, alrededor de 1715, a la edad de posiblemente 40 años.



ESCUDO DE ARMAS DE VICUÑA

jueves, 24 de mayo de 2018

El marino que cazaba lagartos... y que luchó junto a Blas de Lezo




El marino que cazaba lagartos... y que luchó junto a Blas de Lezo
Santiago Iglesias de Paúl, Editorial JM (2010), 182 páginas

Si todo fue Trafalgar, la Armada Invencible, y demás acciones poco afortunadas para España… ¿Cómo fue posible que se mantuviese todo ese vasto imperio español durante la friolera de 400 años?

La Armada española supo estar a la altura durante esos 4 siglos y, con luces y sombras, supo muy bien aguantar en la mar. No sólo aguantó, sino que en múltiples ocasiones ganó la partida y así, por ejemplo, cabe decir que Blas de Lezo existió, si Cartagena de Indias no habla inglés, el marino de Pasajes tuvo mucho de culpa. Rodrigo de Torres, Pedro Messia de la Cerda y tantos otros no le quedan a la zaga.

Así transcurre la trama de la novela en toda la primera mitad del siglo XVIII, entre la guerra de sucesión y el intento de toma de la ciudad caribeña, entre combates navales e historias de amor de sus personajes, entre vinos y guitarras, en Piedralaves, La Adrada, Madrid, Cartagena de Indias y unos cuantos mares se desarrolla esta novela. Unas páginas que están salpicadas de humor y en la que no se pide al lector que aprenda lo que es una "virada por avante", o siquiera una "cureña", sino simplemente que pase unos momentos entretenidos con su lectura. Eso sí, si te encuentras a lo largo de éstas páginas al mismo Blas de Lezo cazando jabalíes por el valle del Tiétar, es el resultado de una licencia literaria que hace el autor.


viernes, 18 de mayo de 2018

Reinado de García I Sánchez: intervención de Toda


Al morir Sancho I Garcés en 925, el trono pasó a García I Sánchez, hijo de este y de la reina Toda Aznar, nieta del rey Fortún Garcés.

García I había nacido en 919, y su minoría real hizo que su tío Jimeno Garcés (hermano de Sancho I Garcés) tomase la regencia transitoria del reino, provocando un periodo de inestabilidad. Mediante la intervención de su madre la reina Toda y la mediación de Abderramán III, la situación quedó controlada.

Toda había estado desarrollando una activa labor política a la sombra de su esposo, sustituyendo las habilidades guerras de un hombre por la astucia y la diplomacia de su personalidad. En el Emirato de Córdoba, Toda contaba con un activo muy importante ya que era tía materna de Abd al-Rahman III. Su madre Oneca, estuvo acompañando a su padre el rey Fortún Garcés durante su prisión cordobesa y allí se casó con Abd Allah I, con quien tuvo a Muhammad, el padre de Abd al-Rahman III. Tras la liberación de Fortún, Oneca casó con Aznar Sánchez, señor de Larraun, de cuya unión nació Toda.


GARCÍA I SÁNCHEZ


La intervención de la reina madre en los asuntos de gobierno influyó para que el Reino de Pamplona mantuviera las ya tradicionales alianzas políticas y militares con los reinos hispánicos cristianos. Sancha ya estaba casa con el rey leonés Ordoño II. Cuando este murió en el 925, casó a su hija Oneca con el nuevo rey leonés Alfonso IV, hijo del anterior, y éste recibió todo el apoyo de sus parientes navarros en la guerra civil que le enfrentó con su primo Alfonso Froilaz. Por último, a la muerte de Alfonso IV, seis años después, volvió a casar otra hija, Urraca, con el hermano, Ramiro II, y que le sucedió en el trono.

Toda consideraba a sus hijas como un gran activo que podía servir de utilidad sirviendo a los intereses del reino mediante enlaces matrimoniales con los reyes y condes de las otras entidades hispánicas cristianas. Así pues, organizó el matrimonio de Sancha, viuda de Ordoño II, con el conde de Álava Álvaro Herrameliz. Nuevamente viuda en el año 931, volvió a contraer matrimonio con el conde castellano Fernán González. Una situación parecida sufrió otra hija, Velasquita, quien desposó con Vela Jiménez, conde de Álava. Tras su muerte, volvió a casar con Galindo, hermano del conde Bernardo de Ribagorza y, más tarde, con Fortún Galíndez, tenente de Nájera.

Tuvo que hacer frente a un complot contra el trono de su hijo, tras la muerte del regente Jimeno. El hijo de este, García Jiménez, desde su castillo de Atarés se alió con Bernardo, conde de Ribagorza, el cual ambicionaba apoderarse de Aragón.

La reina Toda actuó con inteligencia utilizando sus habituales armas: política matrimonial y diplomacia. Casó al rey Sancho I Garcés, siendo adolescente todavía, con Andregoto, veinte años mayor e hija del conde de Aragón Galindo II Aznárez. El rey pamplonés conseguía los derechos al trono aragonés. Por ello, Bernardo consideró más interesante aceptar la propuesta pamplonesa consistente en la cesión de Sobrarbe a cambio de su renuncia a cualquier pretensión sobre Aragón.


REINOS CRISTIANOS HISPÁNICOS, INICIOS DEL SIGLO X


En 936, García I alcanzó la mayoría de edad y, decidido a asumir el poder con todas las consecuencias, ofreció su apoyo a los tuyibíes de Zaragoza contra el emir de Córdoba. La consecuencia es que Abd al-Rahman III se dirigió contra los rebeldes zaragozanos y, tras lograr su sumisión, entró en Navarra tomando varias plazas y saqueando el territorio sin graves problemas. El joven rey se dio cuenta de que si quería enfrentarse con su familia musulmana debía contar con aliados más fuertes.

En 939, Abd al-Rahman III organizó una expedición militar para dar un golpe definitivo a los reinos cristianos y demostrar su hegemonía en la península. Al mando de su enorme ejército se presentó en Simancas, donde le esperaba el rey leonés Ramiro II con todos sus condes. El choque fue tremendo, con retirada de los musulmanes.

Aprovechando esta victoria moral en la batalla de Simancas, dos semanas más tarde los leoneses se reforzaron con pamploneses para dar un golpe definitivo y castigar al Ejército cordobés en el desfiladero de Alhandega, en Simancas. Allí el propio Abd al Rahman III casi perdió la vida en el campo de batalla.

La popularidad de esta victoria llegó a varios países de Europa. En el monasterio de Saint Gall, en Suiza, un crónica de 956 registraba esta efeméride considerando a la reina Toda como a una heroína:
 "Un eclipse de sol se produjo alrededor de la hora tercia del día 19 de julio, en el año cuarto del rey Otón, viernes, luna 29. El mismo día, en la región de Galicia, un ejército innumerable de sarracenos fue casi aniquilado, menos su rey y 49 guerreros suyos, por cierta reina llamada Toda."


RAMIRO II DE LEÓN, ALIADO DE GARCÍA I DE PAMPLONA


Tras romper su matrimonio con Andregoto, debido al alto grado de consanguineidad y la disparidad de edades, García I necesitaba reforzarse ante una posible venganza del emir de Córdoba. El pamplonés quiso establecer una alianza política y militar con el Reino de León, por eso en el año 940 se casó con Teresa, miembro de la familia de Ramiro II. Sus parientes políticos le proporcionaría más tarde una ayuda decisiva para conquistar varias fortalezas en la zona aragonesa.

Durante la década de los 40, apenas se produjeron enfrentamientos militares. Tan solo se registraron pequeños escarzeos bélicos en Artacoz (Artarain), cerca de Pamplona, en el 948.

Entre León y Pamplona, el Condado de Castilla estaba surgiendo con fuerza al mando de Fernán González, que tenía en mente la plena independencia de sus acciones. Para ello contaba con la ayuda pamplonesa, pues Fernán y García estaban también vinculados familiarmente y tenían objetivos coincidentes. Pero el conde castellano fue apresado en el año 944.

La reina Toda, utilizando sus habilidades negociadoras, tomó parte en los asuntos del reino leonés, y consiguió de Ramiro II que el nuevo conde de Castilla fuese su nieto Sancho Fernánez. Así, Toda podía intervenir en las decisiones establecidas desde Burgos. Lo malo es que Fernán González pronto fue liberado.


RELACIÓN DINÁSTICA ENTRE SANCHO I Y TODA


En 951, la muerte de Ramiro II significó un acercamiento entre Pamplona y Castilla, con la intención de impedir la sucesión al trono leonés de Ordoño III. Toda quería poner a su nieto Sancho, hijo de Ramiro II, como nuevo rey de León; mientras que Fernán González, cuya hija estaba casada con Ordoño III, quería consolidar su práctica independencia. Finalmente, Ordoño III fue coronado pero su reinado duró apenas 5 años ya que falleció en el 956.

Se consumaron los intereses de Toda, porque su nieto Sancho I el Craso accedió al poder, aunque no lo ejerció de acuerdo a los usos u costumbres de la época. El reinado de Sancho I de León fue un fracaso. Se trataba de un rey que no podía ejercer su condición de guerrero a causa su obesidad. Además sus malas dotes como estratega quedaron de manifiesto cuando, nada más coronarse, una campaña militar de los musulmanes por tierras leonesas resultó victoriosa. A pesar del apoyo político de su primo y aspirante al trono pamplonés, Sancho II Garcés, no consiguió que un complot de los nobles le apartase del cargo real, exiliándose en Pamplona en el 958.

Otro nieto de Toda, Ordoño IV el Malo, hijo de Alfonso IV, fue el sustituto, mientras que Fernán González se casó con su hija Urraca. El pacto castellano-pamplonés quedaba disuelto.

Toda jugó su última carta: Abd al-Rahman III. El cordobés se había proclamado califa, estaba en la cumbre de su poder, y poseía suficiente dinero y ejército para decidir la balanza a favor de un reino cristiano y otro. En 954, en el palacio de Medina Azahara, los reyes cristianos García Sánchez I de Pamplona y Sancho I de León, junto a Toda, mostraron vasallaje al califa.


ALIANZA MILITAR ENTRE REINOS CRISTIANOS


En 959, un potente ejército musulmán se presentaba en el río Duero devolviendo a Sancho I el Craso al trono leonés. Ordoño IV huyó a Asturias. Por otra parte, el conde castellano Fernán González no tuvo más remedio que forzar una alianza de conveniencias con el rey navarro. Así, Sancho Garcés, heredero del trono pamplonés, se casó con Urraca, hija del conde castellano, que ya había estado casada con Ordoño III y Ordoño IV.

El acuerdo entre castellanos y pamploneses se consolidó en 964, mediante el enlace matrimonial entre Fernán González, viudo desde 959, con Urraca, hija de García I Sánchez. Un año antes moría la reina Toda.

En los años siguiente, Pamplona estrechaba sus relaciones con León y apoyaba a sus parientes, Sancho I y luego Ramiro III, contra los rebeldes magnates gallegos. La ayuda implicó en ocasiones el desplazamiento de tropas hasta León. Los diplomas emanados de la cancillería leonesa muestran en varias ocasiones la presencia como confirmantes de Ramiro de Viguera y otros potentados navarros.


FORMACIÓN DE COMBATE, BEATO DE ESCALADA


Tras la muerte de Abd al-Rahman III, en 961, su hijo Al-Hakam II llevaba las riendas del Emirato cordobés. Su política exterior se basó en el fomento de las diferencias entre los reinos cristianos y en la intervención de acciones militares puntuales pero contundentes.

Una de esas acciones fue la emprendió en 963 contra San Esteban de Lerín, en La Rioja, mientras el valí zaragozano Yahya ibn Muhammad atacó el flanco oriental.

En 968, el general Ghalib consiguió un triunfo resonante al ocupar Calahorra y hacer retroceder al frontera hacia el norte. La situación era tan peligrosa para Pamplona, que tuvo que enviar una embajada a Córdoba solicitando una tregua.

Dos años más tarde, en 970, moría García I Sánchez, sucediéndole en el trono sus hijos Sancho II Garcés Abarca y Ramiro Garcés Abarca.

jueves, 10 de mayo de 2018

Homenajes a Juan Martínez de Recalde


Juan Martínez de Recalde y Larrinaga había sido general de la Armada Real, cuyos actos bélicos más importantes fueron el combate de las islas Azores en 1583 y la expedición para la invasión de Inglaterra en 1588, durante la cual dirigió la Escuadra de Vizcaya.

Aunque nació en Bilbao hacia 1538, su linaje era natural de las Encartaciones y del solar de Recalde de Sodupe, barrio de Güeñes, en donde se conserva su blasón. Su abuelo, del mismo nombre, fue Alcalde de Bilbao en 1535 y sus hijos, también del mismo nombre, aparecen en las listas de fieles de la Universidad de Mercaderes, diputados provinciales de Vizcaya o cónsules de la Casa de Contratación de Bilbao.

Un retrato suyo se guarda en la galería de vizcaínos ilustres de la Casa de Juntas de Guernica, pintado por Álvaro Alcalá Galiano, conde del Real Aprecio, en 1923.


RETRATO DE JUAN MARTÍNEZ DE RECALDE POR ALCALÁ GALIANO


En la parte superior de la fachada del edificio del Ayuntamiento de Bilbao, bajo el reloj, localizado a la derecha de los tres bustos según se mira de frente, se halla la escultura dedicada a este almirante.



AYUNTAMIENTO DE BILBAO


En homenaje a esta saga de marinos de renombre, que ocuparon cargos de importancia en la administración municipal y provincial y sirvieron con lealtad a los reyes Carlos V y Felipe II, la villa de Bilbao puso nombre a la Alameda de Recalde. Se trata de un bulevar ubicado en el centro de la ciudad, que comienza en el puente de La Salve y finaliza en la plaza de toros de Vista Alegre.

La propuesta en honrar la memoria del almirante Juan Martínez de Recalde fue realizada por Camilo de Villavaso, en el momento de rotular las calles del Ensanche de Abando. Según Villavaso:
"el bilbaíno más ilustre del siglo XVI y el más esclarecido y grande de todos los tiempos."
Diversos ediicios reseñables rodean la Alameda de Recalde: la Casa Montero, el Hotel Carlton, la Agencia estatal de Administración tributaria, la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Bilbao, la Sede de Osakidetza en Bilbao, la Alhóndiga y las plazas de Moyúa y Arriquibar.


PLAZA DE MOYÚA EN PERSPECTIVA CON ALAMEDA DE RECALDE

viernes, 4 de mayo de 2018

Juan de Gaviria y López de Mallea

Consejero real del rey Felipe VI y corregidor de varias ciudades


ESCUDO DE ARMAS DE GAVIRIA TALLADO EN LA TORRE DE GAVIRIA


Juan de Gaviria y López de Mallea era natural de Vergara, villa guipuzcoana a la que pertenecía su linaje familiar. Pero nació en Valladolid en 1535, debido a que se encontraba su familia en el trámite de un juicio en la Real Chancillería. Su padre, asentado en la Corte, servía al Ejército del emperador Carlos V como capitán, reclutando hombres para las interminables guerras contra la rival Francia.

Fue corregidor de las ciudades de Coruña, Valladolid, Ubeda, Baeza y Granada. Consiguió ganarse el hábito de caballero de la Orden de Calatrava, en 1580, y comendador de las casas de Talavera de la Reina de la misma orden. También fue alcalde ordinario de su villa natal, Vergara.

De igual oficio que desempeñó su padre, en una ocasión Juan de Gaviria se dedicó a reclutar gentes de armas por petición de su rey Felipe II para sus reales ejércitos. Consiguió formar un cuerpo militar de 200 hombres, con el objetivo de defender la fronera con Francia por espacio de tres meses. Fue una cuestión de lealtad hacia la Monarquía y la disposición de medio que el rey más poderoso del planeta acudiera en su ayuda, como lo demuestra la real orden que recibió en forma de carta:
"D. Juan de Gaviria. Porque aprestándose en Francia la Armada que habéis entendido y la novedad que ha habido en Flandes, conviene en todas partes estar prevenidos y apercibidos para lo que se podrá ofrecer; confiando de Vos que lo haréis con la buena voluntad y amor que lo habéis hecho hasta aquí y aunque siempre lo acostumbraron hacer vuestros padres, os encargamos, que luego, hagáis prevenir y apercibir de la gente de vuestra casa, deudos y allegados de ella, hasta 200 hombres, dando orden que estén armados y a punto para que ofreciéndose necesidad, y siendo menester, podáis acudir con ellos a la parte que fuere necesario con la brevedad que conviniere y se os escribiere que en ello demás de hacerlo que debéis y sois obligado nos tenemos por servido, y así en lo que nos aviséis de cómo se hiciera y para cuando estará presta la Armada y en orden la dicha gente. 
De Madrid a 22 de junio de 1572 años. 
Yo, el Rey. Por mandado de S. M. Juan Delgado."

Juan de Gaviria murió en 1611, año en el que hizo testamento y cuya copia se expone en el Museo de San Telmo de San Sebastián, lugar donde existe desde 1960 el archivo de la casa de Olaso. La parte principal del texto y alguna de sus cláusulas expresan:
"Yo don Juan de Gaviria, Caballero de Calatrava, Comendador de las casas de Talavera, cuya es la casa solar de Gaviria que está junto a la villa...; ordena a su hijo y heredero don Juan que a la mayor brevedad posible sean trasladados los restos de su mujer doña Ana de Olaso, que se halla sepultada en la casa profesa de la Compañía de Jesús en Valladolid, en la Capilla del Santo Crucifijo, y el cuerpo de mi amada hija doña Magdalena de Gaviria que está depositado en el Convento de las Carmelitas descalzas, que está fuera de la ciudad cabe el altar mayor hacia la parte de la Epístola, donde comenzaron a hacer un altar e los traiga a la Iglesia de San Pedro de Vergara para ser enterradas en la sepultura de la casa de Gaviria; y lo mismo haga con el cuerpo y huesos de doña Catalina de Gaviria."

DIBUJO DEL ESCUDO DE ARMAS DE GAVIRIA


Juan de Gaviria fue el VIII señor de su linaje, un pariente mayor de la tradicional nobleza guipuzcoana con casa-torre y solar propio. De este linaje salieron heroicos caballeros que se emplearon en las milicias al servicio de los reyes de Navarra, primero, y de Castilla, después, concediéndoles éstos muy grandes privilegios.

Algunas hazañas memorables están representadas en su escudo de armas, por ejemplo la cadena capturada al palenque de Miramamolín en el año 1212 durante el transcurso de la batalla de las Navas de Tolosa. También aparece un gabilán que con las uñas de un pie tiene cogido un gallo por la cresta y un ramo de palma en la boca por un acontecimiento en el sitio de Bayona en los años 1130 y 1131.

Perteneciente a este linaje fue Juan de Gaviria y Mallea Ruiz de Galarza y Pérez de Larrinaga, que fue caballero de la Orden de Santiago y capitán de Infantería española de los Tercios desplegados en Milán durante la Guerra de los Treinta Años, en el reinado de Felipe IV.


CASA-TORRE DE GAVIRIA EN VERGARA


Esta casa nobiliaria poseía su propia Torre de Gaviria, como escribió el cronista contemporáneo Esteban de Garibay en su Compendio Historial de España. Al parecer, por orden del rey Enrique IV y a petición de la Hermandad de Guipúzcoa, fue ordenada desmontar como medida para luchar contra los Parientes Mayores más díscolos de las Guerras de Banderizos:
"En la villa de Bergara se hizo lo mesmo de la torre de Gaviria, casa de la parte oñacina, aunque en esta sazón unida y confederada con la de Olaso, cuyo señor es hoy día don Juan de Gaviria, Caballero discreto, que como aficionado a las profesiones de buenas disciplinas, especialmente de los investigadores de la antigüedad de estos reinos, no poco deseo tiene de la publicación de estas Crónicas."

La actual Torre de Gaviria se levantó a finales del siglo XV sobre los restos de la antigua y desmochada torre medieval y remodelada en el XVI y XVII. Posee un gran escudo de armas. Se encuentra ubicada en la margen izquierda del río Deba a su paso por Vergara, en el barrio de San Antonio, junto a los pabellones de la fábrica Algodonera San Antonio, S.A.


LEGAJO DEL INGRESO DE JUAN DE GAVIRIA EN LA ORDEN DE CALATRAVA