lunes, 20 de febrero de 2017

Reinado de Sancho III Hispaniarum rex


La Hispania cristiana del siglo XI comenzó bajo la hegemonía del Reino pamplonés. Ya finalizado el siglo anterior, los monarcas pamploneses coparon toda suerte de influencias en los territorios cristianos. Los necesarios acercamientos entre éstos para establecer un frente común ante los incesantes ataques de Almanzor, dieron como fruto alianzas que estrecharon lazos entre hermanos de religión.

A comienzos de milenio moría García II Sánchez el Temblón, siendo sucedido por Sancho III Garcés el Mayor, el cual ejerció su carisma de forma tan brillante que pronto aspiró con fuerza al dominio de todos los territorios cristianos en la península Ibérica. Heredó el extinguido linaje de Fernán González por su esposa doña Mayor, y en nombre de su mujer pasó a gobernar las tierras castellanas desde su pequeño Reino de Pamplona. Cuando tenía quince años se había extendido por La Rioja, hasta las riberas del Ebro, y como gran señor de los reinos cristianos se puso a intervenir en los asuntos galaicos, conquistando las zonas de Lugo. Por el sur llegó al Duero y por el norte se hizo con los condados pirenaicos de Sobrarbe y Ribagoza, mientras en la frontera del Ebro logró el vasallaje de los moros Beni Qasi de Zaragoza a él. Al mismo tiempo, conseguía una autoridad política relativa sobre los condes de Barcelona y de Gascuña.


DOMINIO E INFLUENCIA DE SANCHO EL MAYOR


Después, Sancho III extendió su influencia sobre León por lazos familiares, reforzada por su autoridad militar. Esta supremacía en todo el territorio hispánico cristiano fue reconocida por todos. El abad de Ripoll, Oliba, suprema autoridad religiosa en aquellas tierras, y personaje de gran prestigio intelectual, le llama Rex Ibericus; bajo su gobierno empezó a construirse la primera catedral románica, la de Palencia, y en el año 1034 entró en la urbe regia de León y se hizo acuñar moneda en Nájera con el título de Imperator. No era emperador al estilo romano, pues esa titularidad correspondía al Sacro Imperio y Bizancio en Oriente, sino como el primer emperador de los reinos españoles, rey sobre reyes y condes cristianos peninsulares.

De aquella primera patria hispana, gracias a Sancho III se pasó a los grandes reinos cristianos, capaces de las grandes batallas de Reconquista: Castilla, Navarra y Aragón fueron su herencia.
Con sus victorias y alianzas traspasaron las fronteras pirenaicas, se abrieron a Europa, vertebró los diversos territorios y creó una cierta conciencia de comunidad. Sus hombres de letras recorrieron otros países, se armonizó la misión real y fue no sólo un guerrero hábil que supo mantener la paz, sino un político inteligente y un gobernante con miras de altura, un Hispaniarum Rex, el primero en aquella época clave que fue el cambio de milenio.

El heredero de Ramiro I de Aragón, hijo natural de Sancho III de Pamplona, fue Sancho I; en su reinado siguió ampliando los límites de Aragón que empezara su padre.


ALEGORÍA DEL TESTAMENTO DE SANCHO EL MAYOR

jueves, 16 de febrero de 2017

La Corografía de una etnia por Manuel de Larramendi

Manuel de Garagorri Larramendi nació en Andoain, en 1690, y murió en Azpeitia, en 1766. Miembro de la Compañía de Jesús, hizo carrera universitaria en Salamanca y Valladolid, para trabajar más tarde como profesor de filosofía, lengua, retórica y teología. Consiguió un reconocido prestigio en su tiempo, fue precursor de los estudios lingüístico-dialectológicos vascos. Está considerado como el mayor exponente de la tradición apologista vasca de su época.


RETRATO DE MANUEL LARRAMENDI


Su obra El Imposible vencido (1729) constituye la primera gramática del eusquera escrita en tres dialectos: guipuzcoano, vizcaíno y navarro o labortano.

En Sobre los Fueros de Guipúzcoa y Corografía de la muy noble y muy leal provincia de Guipúzcoa (1756) denunció el hecho de que los predicadores no utilicen el eusquera en sus actividades, poniendo así en peligro la supervivencia de esa lengua. En esta obra Larramendi tuvo seis dialectos en consideración: zuberoano, labortano, vizcaíno, navarro, alavés y guipuzcoano.

Su obra lingüística más conocida es el Diccionario trilingue del castellano, bascuence y latín. También escribió De la antigüedad y universalidad del bascuence en España, escrita en Salamanca en 1728.

Larramendi recibió toda la tradición fuerista anterior de escritores apologistas como Garibay, Isasti, Moret, Zaldibia, Echave, Iñurrigarro, Salazar y Castro, Henao, Fontecha y Salazar, el Compendio Guipuzcoano y la Nueva Recopilación de 1696. Por supuesto, como catedrático en la Universidad de Salamanca, también se vio influido por miembros de la Escuela escolástica de Salamanca como Juan de Mariana y Francisco Suárez, ambos de estudio obligatorio entre los jesuitas.

Fue un ferviente defensor de las tesis vascocantabristas, teoría que demostró escribiendo un monográfico con el título Discurso Histórico sobre la antigua famosa Cantabria. Question decidida si las provincias de Bizcaya, Guipuzcoa y Alaba estuvieron comprehendidas en la Antigua Cantabria, publicado en 1736. La teoría por la cual Guipúzcoa pertenecía a la antigua Cantabria fue recogida por casi todos los historiadores autóctonos y foráneos como Mariana, Morales, Garibay, etc.
"Los hombres de todas las naciones del mundo cultivado convienen en hacer ostentación y gala de descender y ser sucesores de antepasados heroicos y gloriosos."
Y matizaba más adelante sobre los antepasados cántabros:
"El lustre, el honor y la gloria de ser legítimos descendientes de aquella heroica gente es de tan gran magnitud que, sin escrúpulo, puede afirmarse no haber otro mayor en el mundo."
Tan grande era esta gloria que hasta fue capaz de levantar envidias entre vizcaínos y guipuzcoanos. En la dedicatoria a sus paisanos guipuzcoanos que encabeza el Arte de la lengua bascongada, Larramendi escribió sobre:
"... los cántabros antiguos, que fueron terror de la Señora del Orbe, Roma, escarmiento de sus Cónsules y Emperadores, y son los padres y abuelos de los Guipuzcoanos."
Continuó con la tesis del Tubalismo, situando el origen histórico de Guipúzcoa en la llegada de Túbal a la provincia desde Armenia, siendo el vascuence una de las 72 lenguas surgidas tras la confusión babilónica. Por tanto, aseguraba que el vascuence fue la primera lengua que entró en España, en el año 142 después del Diluvio Universal, o sea, en el 2163 a. C., de la mano de Túbal:
"No se puede afirmar, sino voluntariamente y de puro capricho, que hubiese distintos pobladores de España; porque nuestra España no tuvo otro poblador que Túbal."
Son los mismo argumentos relatados por Garibay, Zaldibia, Echave, Isasti, Iñurigarro, Aramburu y otros.


BABILONIA, ORIGEN DE TÚBAL


Y siendo la lengua vascongada la "lengua común y universal de todos los españoles", son los vascongados "los españoles legítimos, impermixtos, descendientes de los primeros pobladores de España y de sus sucesores", como prueba el hecho de que son los únicos que la han conservado. El mismo Larramendi insistía en que el verdadero nombre del vascuence debería ser el de la lengua cántabra:
"(El bascuence) no se llamó con nombre universal de lengua vascónica, ni se hallará autor ninguno que así la llamase, sino lengua de los Cántabros."
Explicó el motivo de la superioridad del vascuence sobre las demás lenguas:
"Otras lenguas formadas por el ingenio y gusto de los hombres, y por esso susceptibles de ages, yerros e inconsequencias, efectos de achacoso origen. El Bascuence fue Lengua formada por sólo el ingenio de Dios."
Éste era el motivo por el cual Larramendi sostenía que los ángeles hablaban vascuence:
"Señores, si los theólogos y otros supiérades el bascuence, concluiríades al instante que el bascuenze es la locución angélica, y que para hablar a los ángeles en su lengua es necesario hablarles en bascuenze."
Para Larramendi, el patriarca Túbal fue quien transmitió a sus hijos la fe en el Dios verdadero, que se mantendría incólume hasta la predicación del apóstol Santiago en Euskal Herría, en donde, por tanto, se habría rendido culto a la Cruz antes de que se predicase el Evangelio.

Tras la fundación tubaliana, los vascos se mantuvieron sin haber sido conquistados por nadie, ni romanos, ni godos, ni árabes. El hecho de la independencia originaria explicaba otros dos elementos relacionados: la base incontestable de la autoctonía del derecho propio y la existencia de un título original, la nobleza universal de los vascos.

Las leyes escritas de Guipúzcoa serían un reflejo de sus "albedríos y fazañas" desde Túbal hasta Enrique II de Castilla, "leyes habidas en la ley de la naturaleza antes de que Nino, rey de Babilonia, adulterase la edad áurea" al producirse la confusión babilónica. Este Derecho autóctono escrito estaría fundado en el Derecho natural, y sería muy anterior a la difusión del Derecho romano. El Fuero guipuzcoano, por tanto, sería el primer Derecho natural instaurado por Túbal. Larramendi basó en el origen autóctono del fuero buena parte de sus proposiciones, sobre todo cuando hizo distinción entre fueros esenciales y accidentales, diferencia importante en el ámbito institucional.

Manteniendo su independencia originaria y su Derecho autóctono desde tiempos inmemoriales, la unión de Guipúzcoa al Reino de Castilla se formalizó mediante un pacto voluntario. Esta tradicional doctrina fue suscrita enteramente por Larramendi, añadiendo que como consecuencia la provincia quedó en estado de "sui juris", es decir, "dueña de sus leyes, libertades y fueros como cuando no era país unido a Castilla, pues que se agregó, salvo todo ese derecho suyo".


PATRIARCA TÚBAL CAZANDO LEÓN EN BABILONIA


Para Larramendi, como otros ya habían asegurado, la nobleza universal de los guipuzcoanos estaba basada en la doctrina del Tubalismo y la independencia originaria. La hidalguía se generalizó para todos los guipuzcoanos en el siglo XVI y se conseguiría que con la sola probanza de guipuzcoanía se reconociese su hidalguía en el resto del reino. Seguía fielmente el pensamiento tradicional guipuzcoano, pero incremento el acervo doctrinal con innovaciones que incluyo en su Corografía:

1. La nobleza general de sangre de los guipuzcoanos fue heredada por su descendencia directa de Túbal e independencia sin mezclas ni interferencias, siendo la permanencia de la lengua las prueba más evidente de esta afirmación.

2. La simple "guipuzcoanía" es un título específico de nobleza del mayor rango y valor que cualquier otro título de nobleza, como la adquirida, la moral, la física o la intelectual.

3. La nobleza intrínseca a todos los guipuzcoanos les hace iguales entre ellos, bastando con probar la naturaleza, acreditando el carácter originario hasta el cuarto o quinto abuelo.

4. La diferencia entre ricos y pobres es una condición marcada por los golpes de fortuna, pero no existe la distinción entre nobles y plebeyos. La posesión o no de bienes determina el carácter censitario y oligárquico del régimen foral, aunque la exigencia de millares la justifica en la necesidad de dar "seguridad a la república para sanearse de los daños que puede causar un mal cargohabiente".

5. La hidalguía universal conlleva dos consecuencias:

a. Como son nobles todos los guipuzcoanos pueden desempeñar oficios mecánicos, sin que su práctica sea un obstáculo para cargos, hábitos y encomiendas. Aunque exista incompatibilidad entre nobleza adquirida y oficios mecánicos, no entre éstos y la nobleza de guipuzcoanía por ser título de rango superior.

b. El avencindamiento permanente en Guipúzcoa requiere la previa probanza de hidalguía con objeto de no alterar el principio de hidalguía universal de los habitantes. Este procedimiento era largo y lo iniciaban los caballeros diligencieros nombrados por la Provincia.


ESCULTURA DE MANUEL DE LARRAMENDI


En su Corografía de la etnia guipuzcoana, Larramendi dibujó un paisaje pre-romántico, en conjunción de naturaleza celestial y terrestre, donde el trabajo tan natural como la cumbre de una montaña. Es el mismo cuadro de Garibay y Zaldivia, sólo que aumentado por ideas antropológicas del siglo XVIII.

Pero Larramendi elaboró su propio pensamiento político, que es digno de atención especial. Su método de análisis de la realidad consiste en la generalización de hechos individuales, ocultando lo particular y concreto de cada vasco y de cada villa y paisaje, para hacer una descripción genérica a todos ellos, con la intención de diferenciar vascongados de españoles. En su Corografía todo es genérico, no aparecen personas reales, ni descripciones de Juntas, bailes o procesiones, sino un vascongado tipo, un mismo "pueblo" monolítico, en un mismo escenario paisajístico.

La Corografía de Larramendi se convirtió en un registro documental de la aparición del "hecho diferencial" vasco ante el ímpetu centralista de la política de los Borbones, que intentó unificar jurídica, política y fiscalmente el conjunto de los territorios de España.

Se quejó de la confusión que los españoles tenían sobre los guipuzcoanos y alaveses (incluso navarros) llamándoles genéricamente vizcaínos: "que no nos confundan, sino que nos distingan con los nombres de cada provincia"; pero en cambio no distinguía a las diferentes sociedades del Nuevo Mundo llamándolas genéricamente indios americanos, ni distinguía las diferencias lingüísticas, forales y paisajísticas de las diferentes regiones y gentes de España englobándolas en un tipo genérico. Sostuvo que la nobleza de los guipuzcoanos se basaba en la ausencia de mezcla con cualquier otro pueblo. No era una idea novedosa, pero fue el primero en expresarla de manera clara y tajante.


ROMERÍA VASCA, POR JOSÉ ARRUE 


La obra y pensamiento de Larramendi fue recuperado por el Partido Nacionalista Vasco en el último cuarto del siglo XX como un supuesto precursor de las ideas nacionalistas. Toda una paradoja, ya que el jesuita guipuzcoano estaba totalmente en contra de la idea moderna y liberal del País Vasco.

En sus Conferencias sobre los fueros provinciales vascongados, Larramendi sugería que si la Monarquía española no respetase los tradicionales privilegios, sería muy legítimo que estos declarasen su independencia de España, como lo habían hecho en el pasado las provincias unidas de Zelanda (Holanda), y llegó incluso a forjar un nombre para esa hipotética entidad independiente: las Provincias Unidas del Pirineo. Así lo dejó escrito en su Corografía de la etnia vascongada:
"¿Qué razón hay para que esta nación privilegiada no sea nación aparte, nación por sí, nación exenta e independiente de las demás? ¿Por qué tres provincias de España (y no hablo ya del reino de Navarra) han de estar dependientes de Castilla (Guipúzcoa, Álava y Vizcaya) y otras tres dependientes de Francia (Labort, Zuberoa y Baja Navarra)? ¿Por qué el bascuence, lengua tan viva y de más vida que ninguna, no ha de ver a todos sus vascongados juntos y unidos en una nación libre y exenta de otra lengua y nación?"

Larramendia se había convertido en el pionero de una cierta conciencia de comunidad étnico-política panvasca y no sólo de comunidad foral guipuzcoana. Dedujo un concepto de comunidad política basado en la existencia del hecho lingüístico que abarca a todos los vascos. Para Larramendi, si existe una correspondencia entre lengua y nación, el vascuence debía tener la suya, por ello diseñó un Reino pirenaico independiente, que agruparía a todos los territorios de "Cantabria".

Además, en el caso de Guipúzcoa iniciase una rebelión armada defensiva por haber sido dañados gravemente sus fueros, todos los territorios vascos de Francia y España debían unirse y ayudar a la provincia.

Era consciente de que la identidad comunitaria de los vascos es un fenómeno que se manifestaría más bien de cara al exterior, basada en formas reales de cooperación étnica, que se producirían en instituciones de fuera del País como universidades o colegios mayores y que también frecuentemente asimilaban a Vizcaya, por eso abogaba por la equivalencia entre Cantabria y Vasconia. Afirmaba entonces que muchos autores que han estudiado en universidades han visto:
"... que todos los vascongados, vizcaínos, alaveses y navarros y guipuzcoanos hacían un cuerpo para distinguirse de castellanos, andaluces y extremeños,... y que a todo este cuerpo llaman Vizcaya, por no repetir tantos otros nombres; lo mismo sucede en los colegios mayores, en que hay becas de vascongados, que se llaman becas de Vizcaya, y se remediaría diciendo becas de Cantabria."

La visión panvasca de Larramendi, que comprendería Navarra e Iparralde, no impedía que conceda a los tres territorios occidentales (Vizcaya, Guipúzcoa y Álava) una particular especificidad:
"Son todas tres hermanas, hijas de una misma madre, que se llamó y se llama su primitiva inmemorial, antiquísima libertad. Hermanas muy parecidas en las glorias que voy apuntando de Guipúzcoa. Hermanas, pero distintas en sus límites, fueros, gobierno y lengua."
De hecho, aclaró una mayor afinidad y entendimiento entre la Provincia de Guipúzcoa y el Señorío de Vizcaya. 

Sin embargo, Larramendi se incomodaba cuando en otras lugares de la Monarquía, debida a su complicada estructuración territorial y a la falta genérica de un nombre para el País Vasco, se confundía a los vascos, especialmente los guipuzcoanos con los vizcaínos:
"Es inaguantable la bobería del común de los castellanos y demás españoles cuando en lo hablado y en lo escrito entienden a todos los vascongados con el nombre de vizcainos, dando a las tres provincias el nombre propio y peculiar del Señorío de Vizcaya; y de aragoneses y valencianos que llaman navarros a los vascongados."
"No estamos mal en Guipúzcoa con el nombre de Vizcaya y vizcaínos, ni en Vizcaya están mal con el nombre de Guipúzcoa y guipuzcoanos. Todo se nos hace respetable en los nombres y en su significado. Con lo que estamos mal, y lo debieran estar todos, por la verdad de la historia, es que se diga de Guipúzcoa lo que es propio de Vizcaya, y se diga de Vizcaya lo que es propio de Guipúzcoa."

COROGRAFÍA DE LA MUY NOBLE Y LEAL PROVINCIA DE GUIPÚZCOA


Sobre historiografía tradicional que defiende la voluntaria incorporación de Guipúzcoa en el Reino de Castilla es conveniente realizar las siguientes puntualizaciones:
1. La doctrina del Pactismo tenía dos vertientes:

a. El Pactismo histórico, basado en un acuerdo, contrato o concurso real de voluntades entre el rey y los estamentos de la comunidad para limitar el alcance del poder real, especialmente en el ámbito del Derecho. Este pactismo tuvo una gran tradición en los reinos de la Corona de Aragón, pricipalmente Aragón y Cataluña (estudios de Ferro, Iglesias y Lalinde) y también en Inglaterra y Alemania.

b. Las Teorías pactistas de las distintas Escuelas doctrinales, como la escuela francesa de Jean de Paris, Masselin Philippe de Pot, Claude Seyssel, y la Escuela jesuítica del siglo XVI.

2. Los planteamientos pactistas tuvieron gran desarrollo en Navarra y los territorios vascos en la Edad Media y Moderna en contraste con el fracaso del Pactismo castellano desde comienzos del siglo XVI, a pesar de la intensidad de las formulaciones pactistas de la Escuela jesuítica y de los teólogos castellanos del siglo de oro, que sólo sirvieron como consejos morales o de advertencia moralista frente al creciente peso del Absolutismo.

3. La inexistencia de una práctica pactista en Castilla en los siglos XVI y XVII, la desaparición de la Corona de Aragón a comienzos del siglo XVIII, de tradición pactista, y el creciente peso del absolutismo y centralismo borbónicos a lo largo del siglo XVIII contrastan con el empeño pertinaz de los territorios vascos por mantener prácticas pactistas en las relaciones con la Corona en el siglo del Despotismo ilustrado, convirtiéndose en una verdadera isla de pactismo en todo el continente. Resultan, por tanto, llamativas y sugerentes las formulaciones contractualistas de Larramendi, que presentan analogías con las de Rousseau, a pesar de partir de premisas diferentes.


CASA LUX, POR JOSÉ ARRUE


Abandonando estas precisiones, el original concepto pactista de Larramendi, aunque basado en la escuela jurídica española del siglo XVI, hay que ponerlo en relación con dos elementos: el poder del rey y el derecho y competencias de la comunidad.

A lo largo de la Edad Moderna se impuso la supremacía como rasgo característico del poder del rey. Esta supremacía se concretó en la soberanía real, que conllevó la lex regia, es decir, el príncipe está al margen de la ley (princeps a legibus solutus).

Larramendi no está de acuerdo con esta concepción, pues el poder del rey tiene limitaciones, aferrándose con ello a la teoría tradicional de la escuela jurídica española. Los teólogos castellanos aceptaban el principio de que el poder del rey es supremo, pero el rey forma parte de la comunidad de la que mediatamente ha recibido el poder y queda, por tanto, vinculado a las leyes de la misma. Por otra parte la ley es la concreción de un orden superior que culmina en Dios, también está limitado el rey por la sujección a un orden transcendente. El rey se convierte en tirano, si conculca las leyes sancionadas por la comunidad y en consecuencia ésta puede rebelarse.

Asumió plenamente esta concepción, pero completándola con las siguientes aportaciones que dejó escritas en Sobre los Fueros de Guipúzcoa:

- La potestad y autoridad de los reyes viene sólo mediatamente de Dios e inmediatamente "de los pueblos y de la sociedad de los que se han constituido en vasallos suyos" (SFG, 228-229).

- La aplicación de esta formulación a Guipúzcoa es clara: "Toda potestad del rey respecto de Guipúzcoa le viene inmediatamente de la misma Guipúzcoa y mediatamente de Dios" (SFG, 250).

- Los reyes son tales por oficio y no por naturaleza y el oficio se desempeña en tanto se gobierno con justicia (cita para ello la autoridad del Concilio e Maguncia del año 888: el rey está llamado a regir rectamente, rex a recto regendo vocatur) (SFG, 195).

- En tanto el rey gobierne con justicia debe ser obedecido y cumplidas las leyes; pero si el monarca quebranta el Derecho, especialmente la ley procedente de la Comunidad, no deber ser obedecido. Con ello se proclama la supremacía del derecho sobre la soberanía del rey, porque el primero trasciende a todo poder humano y su fuente en última instancia se halla en Dios. Por tanto, rechaza la obediencia al rey injusto y el aforismo: "Van las leyes, do quieren los reyes", (Quo volunt reges, vadunt leges).

- El poder del rey está limitado en Guipúzcoa, porque los guipuzcoanos son vasallos agregados a otro reino, que en el momento de la voluntaria y pactada incorporación le confirieron al rey poder restringido, reservándose el goce de unos Fueros, que no pueden ser conculcados. (SFG, 229-230 y 266-267). Por tanto, desde largo tiempo la postestad del rey en Guipúzcoa no es absoluta, sino restringida.

- Guipúzcoa pertenece a Castilla por agregación voluntaria y pactada, pero con reserva de sus Fueros. Por tanto, los reyes no tienen facultad para modificarlos (SFG, 186) y sólo para guardarlos y defenderlos (SFG, 250). Es más, el rey sólo puede ser legítimo rey de Guipúzcoa, si guarda el Fuero (SFG, 286).

- Bondad del rey, que ama los Fueros (concepción típica del Antiguo Régi-men), mientras los ministros transgreden la foralidad. Estos imponen restricciones a la libertad de comercio en el tema del tabaco y otras vituallas "hurtando, y robando autoridad a cada paso al rey" (SFG, 41 y 96).


HISTÓRICO ESCUDO DE ARMAS DE GUIPÚZCOA

lunes, 13 de febrero de 2017

Juan Martínez de Vergara


Conquistador de Chile que tomó parte en la batalla de Arauco




Juan Martínez de Vergara Alonso nació en Guipúzcoa, en 1589. Era hijo de Juan Martínez de Vergara, originario de Guipúzcoa y de Isabel Alonzo Márquez vecina de Gibraleón.

Era alférez cuando fue destinado a la Guerra de Chile en 1601, enrolado en las tropas que acompañaron al gobernador Alonso de Rivera, considerado el organizador del ejército de Chile. Formó en la compañía que mandaba el capitán Ginés de Lillo y asistió con sus armas en los fuertes de Santa Fe y Talcahuano, estableciéndose en el reino de Chile. Tomó parte de la batalla de Arauco, al sur del reino.

En 1626, la real audiencia le recomendó al rey como "persona ilustre y benemérita", y dos años más tarde ya era grado de capitán.

En 1640, se estableció en Chillán, donde fue maestre de campo y alcalde de la ciudad, fundó su hogar y permaneció en la cofradía de Nuestra Señora de los Remedios. Tuvo que abandonar esta ciudad después de haber sido arrasada por los rebeldes araucanos. Se refugió tierras en Colchagua, situada en zona más segura, siendo uno de los benefactores del convento que los Mercedarios tenían en Chimbarongo Colchagua.

Por sus servicios militares obtuvo encomiendas de indios en Colchagua. En 1658, realizó un viaje al Perú, otorgando antes su testamento en Valparaíso, y cuatro años más tarde volvió a disponer otro testamento en su estancia de Chimbarongo y fundó una capellanía de misas.

Contrajo matrimonio en 1634 con Magdalena de Leiva Sepúlveda, hija del capitán sevillano Antonio de Leiva Sepúlveda, que aportó al matrimonio una caudalosa dote con casa, solar en la ciudad de Chillan y una estancia de feraces tierras. Fue el tronco de una de las más importantes familias coloniales chilenas. Hijos de ellos fueron Juan, Isabel, Mariana, Francisca y Jacinta.


sábado, 11 de febrero de 2017

El mantenimiento del Régimen foral en el siglo XVIII


El siglo XVIII entró con el cambio de dinastía real española, de los Austrias a los Borbones. Felipe V fue proclamado rey por las Juntas provinciales de Guipúzcoa y Álava y por la del Señorío de Vizcaya en diciembre de 1700.

El apoyo de los territorios vascos por la causa borbónica durante la Guerra de Sucesión sirvió para la preservación de sus tradicionales ventajas forales por parte de la nueva dinastía reinante. Además, supuso para los vascos y navarros un ascenso en las jerarquías y estructuras estatales de poder económico, financiero, político, eclesiástico y militar, que aprovecharon para encumbrarse por encima del resto de españoles.

En el fondo, el mantenimiento del tradicional sistema foral constituyó la razón de ser de la conducta colectiva de los vascos en su relación con el resto de España en tiempos modernos, y representó la causa última de que esa relación venga siendo conflictiva desde hace más de un siglo.


FELIPE V DE BORBÓN 


Al morir el último de los Austrias, la viuda de Carlos II, Mariana de Neoburgo, se refugió en el Labort francés, la única provincia llamada "de vascos" por la literatura vizcaína, y eligió como confesor a un guipuzcoano que enseñaba en Salamanca, Manuel de Larramendi. Este jesuita escribió una Corografía de Guipúzcoa que constituyó la primera afrenta pública al concepto de España. Intentó crear una identidad vascongada superior a la identidad vizcaína que durante los siglos XVI y XVII inventaron los literatos apologistas.

Desde que los padres apologistas, Zaldívia, Garibay y Poza, inventaran una supuesta realidad, otros siguieron ampliándola desde su propia perspectiva apologética, como Floranes, Echave, Murillo Velarde, Martínez de Isasti, Mayans y Mariana, etc. Pero nadie logró alterar la trama mitológica vascófila como Larramendi, pues en 1750, escribió una corografía o estructura descriptiva sobre Guipúzcoa de carácter etnográfico.

A este pensamiento de mitomanía vascófila fueron añadiéndose las aportaciones de algunos legitimistas agramonteses navarros y vascofranceses, entre otros el padre Moret, Pedro de Axular, Arnaud Oihenart de Mauleon, etc. los cuales empezaron a ocultar la preferencia del bando beaumontés hacia la Monarquía hispánica desde 1512 y la consolidada integración de la Navarra peninsular en España.

Su argumento culturalista consistió en la reivindicación de una Vasconia unitaria aunque dividida en dos áreas específicas, citerior o ibero-aquitana (navarra y ultrapirenaica) y ulterior o cantábrica (gascona y vizcaína), sin solución de continuidad etnolingüística entre ambas: la primera, territorio vascón originario, y la segunda, área vasconizada entre los siglos V y VI. En el trasfondo de esta interpretación se escondía ya la idea de una gran Navarra euskalduna concebida desde la fidelidad y mentalidad francófila de alguno de sus defensores como una suerte de protectorado ibérico o marca hispánica occidental al servicio del reino de Francia.

Así pues y en definitiva, la idealización romántica de lo vasco en tiempos más modernos tuvo en sus orígenes esas dos justificaciones contradictorias:

1. la preservación de los fueros, por parte vasco-española.

2. la recuperación del trono navarro para los reyes borbones de Francia, por parte vasco-francesa.


MAPA DE EUSKAL HERRIA


En todo caso, la consolidación de la foralidad y los privilegios vascos con los primeros Habsburgo fue seguida, ya en el siglo XVIII, de una corriente intelectual liderada por legisladores y juristas autóctonos como Fontecha Salazar y Manuel de Larramendi. Este movimiento pretendía el afianzamiento a ultranza de estos privilegios, confeccionando un cuerpo doctrinal basado en la autoctonía y la autosuficiencia jurídico-administrativa de Vasconia. Como consecuencia, generaron argumentos vascófilos además de los primeros ribetes de irracionalidad frente a quienes se atrevieron a cuestionar los fueros y ventajas vascos en tiempos venideros.

Fontecha y Larramendi pueden ser considerados como los primeros ideólogos de un Vasquismo moderno con consecuencias jurídicas tangibles, de tal modo que fueros y honor fueron reclamados como derechos inmanentes, inalienables e innegociables de la población vasca en su relación con la Corona, en una suerte de enroque anticipatorio de lo que quizás se intuía como un cometido extraordinariamente difícil: conservar en adelante las vetustas ventajas en un mundo cada vez más extenso, complejo e inaprensible, en el que las inmensas oportunidades abiertas en el vasto continente americano, el bullir ideológico-religioso de Europa (alimentado por la racionalidad de la Reforma protestante y el rigor del jansenismo agustiniano) o, en fin, el poder cada vez más super-estructurado y centralizado de los ambiciosos Estados europeos, venían a alterar y a amenazar la estrecha y segura concepción de la existencia y la vida sociopolítica de las pequeñas provincias vascas.


CIUDAD DE SAN SEBASTIÁN, SIGLO XVIII 


Pues bien, en esta línea, Larramendi llegó incluso a plantear de modo inequívoco la reunión organizada de todos los territorios de habla vasca en las Provincias Unidas del Pirineo. Con esta idea, se situaba en una posición política claramente vindicativa y rebelde en un momento histórico de decadencia imperial española y en el que las zonas fronterizas de Europa eran particularmente susceptibles de entrar en intercambios y acuerdos territoriales entre las diversas dinastías reinantes. Larramendi, además, no se quedó en el Pirineo sino que aludió claramente a un levantamiento conjunto con los "reinos descontentos" de la Corona de Aragón (que habían visto abolidos sus Fueros y Derecho Público con la Guerra de Sucesión) apoyados por Inglaterra.

Esta postura tan crítica y radical explicitada por Larramendi en sus Conferencias encontró la oposición activa del Consejo de Castilla, de las Juntas Generales e incluso de la Compañía de Jesús. Y al final, como tantos vasquistas que le siguieron, Larramendi retrocedió con el paso de los años para llegar a la conclusión pragmática y calculada desde su retiro de Loyola de que era preferible entenderse con los castellanos, porque, señala textualmente, "...a pesar de indigestiones y emocioncillas de nuestra libertad, siempre nos han hecho justicia". Guipúzcoa, concluye Larramendi, es un "rincón sujeto a Castilla" pero con existencia propia anterior.

lunes, 6 de febrero de 2017

Documentos sobre Blas de Lezo y el sitio de Cartagena de Indias en lengua española


Sobre la vida de Blas de Lezo prácticamente no se ha escrito nada que haya perdurado desde su muerte en 1741. Casi 100 años después del asedio a Cartagena de Indias apareció la Noticia biográfica del general de marina Don Blas de Lezo en Estado General de la Real Armada, publicada en 1829, por Martín Fernández de Navarrete. Fue el inicio de una serie de artículos, libros y tesis doctorales que investigaron sobre la biografía del marino entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX.

Las siguientes dos fueron:

- Biografías de Marinos y descubridores, Blas de Lezo, publicado en 1848, por Francisco Fernández de Navarrete, perteneciente a su Colección de Opúsculos.

- El General pierna de palo, en 1898, escrito por Valentín Picatoste y editado por Colección Glorias de España.




En el siglo XX, se sucedieron varias tesis doctorales y estudios históricos sobre Blas de Lezo, siendo pioneras:

- Narración de la defensa de Cartagena de Indias contra el ataque de los ingleses en 1741, de Cristóbal Bermúdez Plata, publicada en 1912 en Sevilla.

- Un General español cojo, manco y tuerto, don Blas de Lezo, natural de Pasajes, publicada por José Javier Barcaiztegui y Manso Llobregat, en Irún en 1927.

La figura legendaria de Blas de Lezo, por Cotarelo y Valedor, en 1941


Revistas especializadas en historia militar y naval, así como instituciones culturales, se lanzaron a realizar profundas investigaciones sobre la defensa del sitio de Cartagena de Indias de 1741, que alcanzaban a estudiar a su heroico defensor:

- La heroica defensa de Cartagena de Indias ante el Almirante Inglés Vernon en 1741, escrito por Juan Manuel Zapatero, en Madrid, y publicado en el número 1 de la Revista de Historia Militar, en 1957.

 Blas de Lezo, por Domingo Manfredi, en Madrid en 1956, siendo el número 281 de la colección Temas españoles, por la editorial Publicaciones Españolas.

 - La guerra del Caribe en el siglo XVIII, también por Juan Manuel Zapatero, en San Juan en 1964, por el Instituto de Cultura Puertorriqueña.

 - La Armada del Mar del Sur, por Pérez-Mallaina y Torres Ramírez, en Sevilla en 1987, por la Escuela de Estudios Hispano-Americanos.

 - Las medallas del almirante Vernon, por Luis Suárez de Lezo, para el número 29 de la Revista de Historia Naval, en 1990.

 - La defensa de Cartagena de Indias, por José María Silos Rodríguez, en Madrid en 2004, para el número 87 de la Revista de Historia Naval.




La Revista General de la Marina ha realizado varios artículos interesantes a lo largo de los años:

- ¿Pensó Vernon emplear las cortinas de humo en su ataque contra Cartagena de Indias?, de José Antonio Calderón Quijano, editado en su número de enero de 1942.

- Análisis estratégico y Táctico de las operaciones de ataque y defensa de Cartagena de Indias de 1741, por Carlos Martínez Valverde, para el número de abril de 1961.

- El teniente general de la armada Don Blas de Leso y Olavarrieta (Olvido y muerte de un héroe), por José Luis Torres Fernández, publicado en 2008.


En conmemoración del bicentenario del fallecimiento de Blas de Lezo en acto de servicio a la patria, en 1941, el Museo Naval de Madrid publicó La figura legendaria de Blas de Lezo, escrito por Armando Cotarelo y Valedor.

En septiembre de 2013, M. Quintero Sarabia editó la Biografía de Blas de Lezo para el Catálogo de la exposición Blas de Lezo, el valor de Mediohombre, publicado por el Ministerio de Defensa.




En la XV Reunión Americana de genealogía, celebrada en Santo Domingo en 2009, apareció entre las diferentes ponencias una titulada Don Blas de Lezo y Olabarrieta, estudio genealógico e historia familiar, que fue presentada por María Inés Olaran Múgica, máster en Derecho Nobiliario y Premial, Heráldica y Genealogía por la UNED, resultando un magnífico estudio de la genealogía de Blas de Lezo.

Pero fue en Colombia donde comenzaron a publicarse biografías del marino español a través de novelas, que aportaron un mayor conocimiento:

- Blas de Lezo. Vida legendaria del marino Vasco, por Alfonso Mesiel Ujueta, en 1982, en Editorial Barranquilla.

- Blas de Lezo. Defensor de Cartagena de Indias, por Gonzalo María Quintero Sarabia, publicado en la Editorial Planeta, en Bogotá en 2002.

- El día que España derrotó a Inglaterra, por Pablo Victoria Wilches, en la Editorial Áltera, en Barcelona en 2005.




Fue este último, publicada por el senador colombiano Pablo Victoria Wilches, el que consiguió una enorme repercusión en España, llegando a lanzar varias ediciones en los siguientes años. Su objetivo era terminar con el desconocimiento que en el país de origen existía sobre este personaje, y su resultado fue el comienzo de una ola literaria emprendida por historiadores y literatos españoles hasta la actualidad:

- El Vasco que salvó al Imperio Español, por Juan Manuel Rodríguez, Editorial Áltera (Barcelona, 2008)

- Blas de Lezo, el Malquerido, por Carlos Alonso Mendizábal, Editorial Dossoles (Burgos, 2008)

- Mediohombre, la batalla que Inglaterra ocultó al Mundo, por Alber Vázquez, Editorial Inédita (Barcelona, 2009)

- El marino que cazaba lagartos... y que luchó junto a Blas de Lezo, por Santiago Iglesias de Paúl, Editorial JM (2010)

- En torno a la biografía de Blas de Lezo, por Manuel Gracia Rivas, Editorial Inédito (2011)

- Blas de Lezo, el almirante patapalo ¡Anka Motz!, por Orlando Esteban Name Bayona, Editorial La oveja negra (2011)

- El Héroe del Caribe, por J. Pérez-Fonce, Editorial Libroslibres (Madrid, 2012)

- Blas de Lezo y la defensa heroica de Cartagena de Indias, por José Antonio Crespo-Francés, Editorial Actas (Madrid, 2014)

Todos estos estudios y publicaciones hacen referencia a la visión española de los acontecimientos de 1741, muy diferente de la visión contemplada por los británicos.



 

viernes, 3 de febrero de 2017

La Nobleza teologal de Juan de Luzuriaga


El eclesiástico franciscano Juan de Luzuriaga y Eguino nació en Ozaeta, Barrundia (Álava), en 1635. En el 1680 pasó a América con el cargo de comisario general de las provincias de Nueva España.

Aprovechó desde tierras mejicanas la loa a la Virgen de Aránzazu para incursionar en la doctrina fuerista guipuzcoana. Su obra se titula Paranympho celeste. Historia de la mystica zarza, milagrosa imagen, y prodigioso santuario de Aránzazu de religiosos observantes de N. seráphico padre S. Francisco en la provincia de Gipuzkoa de la región de Cantabria, publicada en Méjico, en 1686. Es un tratado antropológico e histórico sobre la cotidianeidad y espiritualidad del pueblo vasco.



ESCUDO DE ARMAS DEL LINAJE LUZURIAGA


Hizo referencia al territorio cantábrico, a la nobleza de sus habitantes basada en su origen pristino, su devenir libre de conquistas y sumisión, su pureza de sangre y apego a los valores cristianos, por lo que explicó la distinción que la madre de Jesucristo hizo a ese pueblo, representado en un pastor.

Reitera este ilustre franciscano los mismos argumentos que sus predecesores, con alguna ligera novedad y con escasa insistencia en los fueros:
1. Fundación y poblamiento de Cantabria por el patriarca Túbal, primer rey, nieto de Noé
2. Persistencia del idioma vasco traído por Túbal
3. Recepción de la verdadera fe, dada por Túbal, antes del Cristianismo
4. Identificación de Cantabria con Guipúzcoa
5. Independencia inmemorial (superior incluso a la tan renombrada de Venecia) 
6. Unión libre, voluntaria y espontánea a Castilla, pero conservando los fueros
7. Hidalguía dada por Dios y no contaminada por gentes extrañas

Para Luzuriaga, los guipuzcoanos recogieron la verdadera fe aportada por su patriarca Túbal, antes incluso del nacimiento de Jesucristo y la fundación de Cristianismo. Esta fe nunca fue contaminada, de tal modo que los guipuzcoanos no sólo eran nobles por herencia tubaliana, sino también por el mantenimiento incólume de la fe. En este aspecto Luzuriaga introducía una novedad en el ideario fuerista, que era la perpetua nobleza teologal de los guipuzcoanos, además de la nobleza étnica por nacimiento.


PARANYMPHO CELESTE

lunes, 30 de enero de 2017

Vasconia en el Reino de Asturias


El Reino de Asturias surgió de la reacción que el hispano-visigodo Pelayo efectuó en Cangas de Onís ante la actuación del gobernador musulmán de Gijón. Este magnate supo reunir bajo su mando a un grupo de refugiados godos e hispanos con los que contó para resistir en la victoria de Covadonga en el año 722.

El primer rey de Asturias fue Alfonso I, hijo de Pedro, duque de Cantabria, y de Ermesinda, hermana del conde de Oviedo, Favila, y nieta de Pelayo. El primer rey astur aprovechó el abandono de las posiciones bereberes en el valle del Duero para efectuar una serie de exitosas campañas que le llevaron hasta las cercanías de la cordillera Central. Aunque tuvo que replegarse al norte ante la falta de gentes para repoblar el suelo tomado.

Su reino controlaba los territorios de las Primorias (Cangas de Onís), Asturias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza y las Vardulias (primitiva Castilla), que fueron repobladas no sólo con sus naturales sino con gentes que huían de los invasores islámicos desde posiciones más al sur. Otras regiones de su reino no necesitaron este aporte humano, pues siempre estuvieron pobladas por sus naturales: Álava, Vizcaya, Ayala, Orduña, y limitando con el Condado de Pamplona las villas de Deyo y Berruela.


REINO DE ASTURIAS CON ALFONSO I


La primera referencia sobre Álava se escribió durante el reinado de Fruela I, quien sucedió a su padre en el año 757. Tuvo que reprimir varios alzamientos de los condes locales, gallegos y alaveses, que tenían una amplia autonomía. Su matrimonio con una mujer vascona, Munia, puso fin a las disputas.

La noticia sobre los vascongados, que se encuentra en las Crónicas de Alfonso III, es muy escueta: "Uascones reuelantes superauit". El término "reuelantes" siempre se refiere a las subversiones interiores que sucedieron en el Reino astur y que tuvieron su fundamento en ambiciones personales y no en pretensiones étnicas. A la inversa, tal expresión nunca se utilizó para identificar los conflictos entre reinos. La importancia de la cita está en que es la primera vez que el etnónimo "vascones" o "Vasconia" aparece en España referida a un territorio fuera del ámbito navarro.

En las décadas siguientes, los vascongados participaron activamente en las disputas por el trono real. Así, cuando en el 783 Alfonso II fue derrocado por Mauregato tuvo que abandonar Oviedo y refugiarse entre sus parientes maternos: los vascongados. Una vez recobrado el trono, se dedicó a defenderse de los ataques que el Ejército de los Omeyas cordobeses realizaron por constituir el principal exponente de la resistencia cristiana. Durante los años de su reinado, entre los años 791 y 841, los territorios de Álava y Castilla sufrieron las aceifas musulmanas en una docena de ocasiones, ya que la calzada romana que seguía el valle del Ebro era una vía de entrada despejada para las incursiones militares.


REINO DE ASTURIAS CON ALFONSO II


En el 850, Ordoño I tuvo que hacer frente a una sublevación de los alaveses, que contaban con el apoyo de los Banu Qasi, según quedo escrito de manera escueta en la Crónica de Alfonso III: "prouincie Uasconie ei reuellauir". La calificación de "prouincie" indica  la situación administrativa del territorio con respecto al Reino astur.

Durante el reinado de Alfonso III, entre los años 866 y 910, las relaciones con los vascongados de Álava sufrieron encuentros y tensiones. La Crónica Albeldense recoge que el rey asturiano tuvo que hacer frente en dos sublevaciones: "Uasconum feritatem bis cum exercitu suo contriuit atque humiliauit". La Crónica de Sampiro ampliaba la información de la primera de estas rebeliones, efectuada en el año 868, explicando que no hubo un enfrentamiento bélico, sino que los insurrectos mostraron vasallaje al rey cuando comprobaron la superioridad de sus fuerzas. Álava se instituía como un condado, cuyo conde era un representante regio en la zona que estaba apoyado por magnates locales.

Bajo el nombre de Vela Jiménez aparece el conde de Álava, en el año 882, rechazando a los musulmanes ante los muros de la fortaleza de Castro Cellórigo (La Rioja) y colaborando con Diego Rodríguez, conde de castilla, en la defensa de la fortaleza de Pancorbo (Burgos).


PLACA CONMEMORATIVA DE LA BATALLA DE CEROLLIGO


Vizcaya no aparece referenciada en los textos, salvo en la Crónica de Alfonso III. Su territorio se extendía en los siglos IX y X entre las cuencas de los ríos Nervión y Deva y estaba supeditada al Condado de Álava por ser esta una región de mayor importancia estratégica para el Reino asturiano. Era un territorio secundario con una baja densidad poblacional y una economía dedicada a la ganadería bovina y a la pesca fluvial. Las incursiones normandas obligaron a sus gentes del litoral a guarnecerse en las montañas interiores.

No obstante, la estructura administrativa del Reino astur se extendía con seguridad por tierras vizcaínas y en las primeras décadas del siglo X ya aparecía identificado uno de sus señores: Monnio de Vizcaya. Era un magnate vinculado personalmente a Pamplona por su matrimonio con la hija de Sancho I Garcés Velasquita.

La situación de Guipúzcoa durante los siglos IX y X es prácticamente desconocida. De hecho, su primera mención data del año 1025, pero basándose en datos eclesiásticos se comprueba que estas tierras estuvieron vinculadas en al ámbito religioso a la diócesis de Dax y posteriormente, a partir del año 830, a la de Bayona, con lo que habría que especular con una inclusión al Reino franco, quizás desde tiempos visigodos. La pérdida de la influencia carolingia en la zona durante el siglo IX dejó el terreno libre a Asturias y Pamplona.

A pesar de la carencia de fuentes, no parece sostenible la existencia de una entidad política independiente en la zona. En un documento del año 893 del monasterio de San Julián de Labasal, donde se enumeran las entidades político-territoriales de la zona, no aparecía recogida su presencia. Al igual que en Vizcaya, la población se desplazó hacia el interior ante los ataques normandos, lo que ocasionó la fundación de villas en los valles interiores como Vergara, Hernani y Oyarzun, que empezaron a ser citados en la documentación del Reino pamplonés.