Guerra de la Independencia, por Imanol Villa

Protesta popular, apoyo oficial


Imanol Villa es Doctor en Historia, profesor y autor del libro Historia breve del País Vasco

Los franceses ya estuvieron en el País Vasco años antes de 1808. Fue en 1795, cuando las tropas de la Convención traspasaron la frontera con el objetivo de expandir los principios de la Revolución Francesa. Demasiado poco tiempo medió entre un hecho y otro como para que los vascos pudieran reponerse de aquellos primeros años en los que, entre otras cosas, se puso en evidencia que no eran pocos, sobre todo en San Sebastián, Vitoria y Bilbao, los que manifestaban sus simpatías y apegos a unas ideas que amenazaban con derrumbar para siempre los pilares de la sociedad tradicional. Es cierto que la Guerra de la Convención se saldó con la retirada de las tropas francesas precisamente a finales de julio de 1795, aunque aún se recordaba la tibieza, por ejemplo, de la Diputación guipuzcoana ante los invasores, y la complacencia afrancesada de muchos otros burgueses de las tres provincias.

Traidores para unos, modernos patriotas para otros, su actitud puso en evidencia que no todos los vascos hacían ascos a los revolucionarios aires que provenían de más allá de los Pirineos. De todos modos, las consecuencias de aquel breve período de ocupación no sólo fueron desastrosas para la economía vasca, sino que pusieron en evidencia el anticuado e ineficaz sistema de defensa establecido en los Fueros. Así que, cuando en 1808 los temores de una invasión francesa se hicieron reales, se encendieron todas las luces de alarma, sobre todo porque en ese año las tropas de Napoleón tenían la intención de quedarse.

Al igual que había ocurrido en 1795, las reacciones de la población ante el invasor fueron distintas. En las tres capitales vascas, donde los buenos negocios marcaban una tendencia al alza, los principales responsables de los mismos no ponían pega alguna a la hora de aceptar las ideas basadas en el credo del individualismo burgués defendidas por los revolucionarios galos. Así que, a ese sector de la sociedad vasca, no le disgustó en absoluto que José I ocupara el trono de España en sustitución del poco fiable Fernando VII. Además, esta burguesía contaba con buenas conexiones en la corte del francés, ya que importantes hombres de la tierra, como los vizcaínos Mariano Luis de Urquijo y el almirante José de Mazarredo, fueron ministros de aquél.

En las zonas rurales, en cambio, los aires provenientes del otro lado de los Pirineos portaban en su interior el germen de alteraciones tan profundas que, de triunfar, acabarían por descomponer todo el orden y la organización tradicional a la que estaban tan apegados. No sólo eso. Los franceses eran extranjeros ignorantes del carácter especial de los vascos además de enemigos de la religión que se atrevían a imponer impuestos en un país en el que no se estaba habituado a la fiscalidad. En pocas palabras, la revolución amenazaba seriamente el orden foral del Señorío.
Base vitoriana

Los alaveses fueron los primeros en darse cuenta de la avalancha napoleónica. Desde 1807, las tropas francesas camparon a sus anchas por la provincia, merced a lo dictado en el Tratado de Fontainebleau. Vitoria, ciudad de paso para los ejércitos galos, se convirtió en la base de una guarnición militar de más de 6.000 hombres, lo cual puso de manifiesto el enorme interés que despertaba entre los mandos franceses la capital alavesa. A pesar de que la visita era claramente una invasión, no faltaron quienes apoyaron a los nuevos inquilinos, como el obispo Mateo Agiriano y Gómez. Lógicamente, y sobre todo en las zonas rurales, la invasión no era vista con buenos ojos y quien más quien menos se aprestaba a preparase para un más que posible levantamiento.

Las tensiones acumuladas en Vitoria se desataron con motivo de la visita realizada, el 14 de abril de 1808, por el rey Fernando VII en su camino hacia Francia. Los vitorianos, sabedores de la encerrona que Napoleón le había tendido a su monarca, al que quería fuera de España para hurtarle el trono, «se declararon en tumulto el 19, cortando los tiros del coche en el que el rey debía partir, no sin haber antes suplicádole desistiese de su proyecto». Pero la suerte estaba echada. Fernando VII siguió los pasos del resto de la familia real española. El trono ya tenía un nuevo propietario.

San Sebastián fue la siguiente en caer. Los juegos, las intrigas y los intereses políticos facilitaron la entrada de las tropas francesas mandadas por el general Thouvenot, a comienzos de marzo de 1808. Se ocupó la ciudad sin resistencia alguna, aunque de todos era sabida la simpatía que un sector de la misma manifestaba ante los nuevos visitantes. Pese a su aparente docilidad, la ciudad acabaría convirtiéndose en una fuente de ayuda económica para Fernando VII cuando éste junto al resto de la familia real se hallaban en Bayona y se lamentaban por la escasez de recursos.

Todo cambió el 2 de mayo de 1808. La determinación de los madrileños animó a que en muchos de los lugares en los que la presencia francesa no era muy nutrida, se dieran los primeros pasos para la resistencia. Fue entonces cuando Bilbao entró en escena. En la villa no se ocultaba que no eran pocos los que formaban parte de esa especie del partido de los afrancesados. No obstante, también se dieron cita gentes que, como en el resto de España, «comenzaron á preparar hábilmente la explosión que se deseaba». Poco a poco los mensajes y proclamas de los antifranceses calaron en buena parte de la población sobre la que también muchos religiosos vertían todo tipo de disparates llenos de odio contra la nación gala y contra todo lo que de allí proviniese. Pero si hubo algo que disparó todas las euforias fue la inesperada derrota de las tropas francesas en Bailén, el 19 de julio de 1808. Cuando la noticia llegó al País Vasco se disiparon todas las dudas: había que preparase, organizarse y armarse para hacer frente al invasor francés.

Vizcaya tomó la delantera de la insurrección. El ánimo de los patriotas era magnífico. Daba igual lo que ordenase la Diputación y las autoridades bilbaínas, afrancesados traidores, al fin y al cabo. Ellos, por todos los rincones de Vizcaya lanzaban el grito de ‘¡Muerte al francés!’ El pueblo estaba excitado «por las noticias de la revolución general de España, la intervención del factor inglés, que prometía auxiliar á la empresa con los recursos de su escuadra, el eco formidable de la victoria de Bailén, y, en suma, la madurez de los elementos favorables promovieron al fin la insurrección del Señorío».

A principios de agosto, el día 4, se dieron los pasos definitivos para la sublevación. En Bilbao, los partidarios de Fernando VII, entre los que se encontraban un buen número de clérigos, formaron la Suprema Junta de Gobierno de Vizcaya. Por fin, la noche del 5 de agosto se produjo el levantamiento popular «clamando guerra contra la franceses». Los incidentes comenzaron en la Plaza Vieja, desde donde los amotinados se dirigieron a algunas de las casas de los principales afrancesados bilbaínos. No hubo diálogo alguno. La violencia traducida en destrozos, golpes y vejaciones fue el único lenguaje que las masas utilizaron contra quienes eran acusados de antipatriotas. Poco importó que las autoridades locales pidieran calma. La realidad se les había escapado de las manos. «Los amotinados –narró Adolfo Guiard–, que ya campaban sin estorbo por la Villa, arrestaron á los miembros de la Diputación general, en la casa del Corregidor (…), montaron una guardia permanente en el pórtico del consistorio y con esta disposición se ofrecieron á la Junta de Gobierno de Vizcaya para que ordenase la revolución comenzada». Al día siguiente, la Junta ordenó el alistamiento de todos los varones naturales del Señorío que debían ser solteros y viudos sin hijos, con edades comprendidas entre los 16 y los 40 años. Posteriormente se establecieron las condiciones para alistar a los que habrían de formar el cuerpo de reserva, que podían ser casados y viudos, con hijos, y de hasta 50 años. El resultado fue la formación de lo que se dio en llamar el Ejército de Vizcaya, del que sólo estaban exentos los hijos de viuda, uno de ellos cuando hubiesen varios; el hijo único de padre sexagenario o enfermo; el mozo soltero cabeza de familia; el casado también cabeza de familia; los médicos, cirujanos y boticarios, siempre que fueran los más antiguos de cada pueblo, no los demás; los clérigos de primera tonsura y los novicios.

Resistencia de Bilbao

El grueso de aquel Ejército de Vizcaya se acantonó en Bilbao a la espera del más que posible ataque de los franceses, ya que estos tenían noticias de lo ocurrido en la Villa y en todo el territorio vizcaíno. Sin embargo, no fueron pocos los que opinaban que poco o nada se podía hacer contra la poderosa maquinaria de guerra napoleónica. De ahí que las autoridades locales intentasen convencer a los líderes de la sublevación de que era inútil hacer frente a los invasores. «Pero el pueblo, incapaz ya de discurso, soliviantado por las predicaciones de los exaltados y obstinado en su pasión de guerra, se alzó airado contra aquella idea y se manifestó en tumulto el día 15 de agosto». Entre los más activos en las labores de propaganda levantisca estuvieron los franciscanos de Abando, los capuchinos de Deusto, los mercedarios y los carmelitas. Mientras tanto, las tropas francesas que habían partido de Ochandiano se dirigían decididas a Bilbao. El jefe militar de los vizcaínos, Tomás de Salcedo, consciente de su inferioridad, concluyó que no era posible una defensa desde Miravalles y dio orden de replegarse hasta Bolueta, donde instaló las baterías de artillería.

El 16 de agosto, el Ejército napoleónico, mandado por el general Merlín, rompió las defensas de Bolueta y se preparó para entrar en Bilbao. Su mensaje a los bilbaínos no dejó lugar a la duda: «Si nadie quiere prevenir las desgracias que van a azotar a una de las villas más traficantes del Reyno, tendré la obligación de darla al saqueo y furor de mis soldados». Entonces, como si de la mismísima muerte se tratase, el terror y la confusión se extendieron entre toda la población. Muchos huyeron de forma precipitada, sin importarles lo que dejaban atrás. Otros, en cambio, se prepararon para la defensa, y «corrían a parapetarse en San Francisco, en el puente viejo de San Antón y en la plazuela de los Santos Juanes».

La defensa fue encarnizada. El fuego de artillería proveniente de las defensas instaladas en San Francisco se combinaba con el de los rebeldes apostados en las barricadas de la plazuela de los Santos Juanes. Desde Urazurrutia también abrieron fuego contra los franceses. El combate fue sangriento y desesperado. Los amotinados, lejos de dejarse avasallar, opusieron una resistencia casi heroica que se saldó con un gran número de muertos. Los combates más duros se produjeron entre Achuri y el muelle, en el lugar en el que hoy se encuentra la calle 16 de Agosto. Pero el avance de los franceses era arrollador. De poco sirvió tanto ímpetu en la defensa. A las pocas horas de haberse iniciado los combates, Bilbao había caído ante el poder del Ejército galo. Casi de inmediato, una vez ocupa das las Casas Consistoriales, el general francés Merlín daba a conocer sus intenciones a la Villa: «Con bastante satisfacción he reparado que todos los desgraciados que se han opuesto á mi marcha eran solo unos viles aldeanos, por lo que presumo que los buenos vecinos de la Villa no se han abandonado enteramente a la insurrección. (…). Si nadie quiere prevenir las desgracias que van á azotar á una de las villas más traficantes del reino, tendré la obligación de darla al saqueo y furor de mis soldados».

Ultrajes

Una vez sofocado el último reducto de resistencia, el situado junto al convento de San Francisco, dio comienzo una de las ceremonias más terribles de cuantas acarreaba la guerra: el saqueo. Retirados los rebeldes a la anteiglesia de Abando y otros lugares como Sondica, las tropas francesas iniciaron las labores de pillaje, robo y asesinato de todo aquel que prestara el más mínimo de resistencia. Muchas mujeres fueron ultrajadas, sus maridos asesinados, las iglesias destrozadas y desprovistas de cuanto pudiera tener algún valor (de hecho, muchos de los cálices, peanas y candelabros robados fueron vendidos posteriormente por los mismos soldados a los bilbaínos). En la locura desatada, llegaron a derribar algunas casas y a incendiar otras con sus inquilinos dentro. Mientras tanto, desesperadamente, las autoridades bilbaínas, plegadas a la voluntad del general Merlín, hicieron auténticos esfuerzos para que todo aquello acabase. El saqueo, que duró más de veinticuatro horas, se extendió a las anteiglesias de Abando, Deusto y Begoña.

Después de aquellos dramáticos acontecimientos, llegaron años difíciles. La resistencia tomó forma en el País Vasco, sobre todo la protagonizada desde Guipúzcoa por Gaspar de Jáuregui, el Pastor, que lideró una pequeña partida de media docena de guerrilleros que, con el tiempo, se convirtieron en un auténtico ejército que operó en los tres territorios. El País Vasco ganó protagonismo al final de la Guerra de la Independencia, ya que en él tuvieron lugar dos de las batallas más significativas: la de Vitoria y la de San Marcial (Irún), en 1813. En aquella recta final, San Sebastián fue la ciudad vasca que sufrió los momentos más dramáticos. La supuesta liberación por parte de las tropas británicas de Wellington no fue tal. La ciudad fue incendiada el 31 de agosto de 1813. ¿Era demasiado afrancesada? ¿Era un enclave comercial peligroso para los ingleses? Sea como fuere, lo cierto fue que sus libertadores la quemaron y saquearon sin piedad.


http://servicios.elcorreo.com/especiales/guerra-de-la-independencia-1808/pueblo-armas.htm

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