lunes, 29 de enero de 2018

Juan de Echeverri y Rover


Capitán General de la Armada de la Carrera de Indias del siglo XVII




Natural de San Sebastian, donde nació Juan de Echeverri y Rover, en 1609. Su hermano fue el almirante de flota Jacinto Antonio de Echeverri, y su padre Domingo de Echeverri, que fue secretario del rey Felipe III, superintendente general de fabricas de navíos y plantíos de las provincias de Guipúzcoa y alcalde de Ezquioga.

Sirvió a los reyes Felipe III y Felipe IV en la Marina Real durante 38 años de continua navegación y campaña, demostrando singulares dotes de valor, inteligencia náutica y talento organizador. Llegó a ser capitán general de la Armada Real de la Guardia de la Carrera de las Indias, conde de Villalcazar, marqués de Villarrubia, y caballero de la Orden de Calatrava.

Demostró desde joven una gran vocación por la marina y, siguiendo los pasos de su padre, ingresó como soldado raso.

Desde 1628, sirvió en las Armadas de las Indias y Océano, con diferentes empleos. Luchó en siete combates marítimos, en tres batallas en tierra y en otros sucesos particulares de mar y tierra, contra los enemigos de España, demostrando en todos una aventajada reputación por su valor y heroismo. Se distinguió especialmente en los combates de La Mamora y de Orbitello, y en la recuperación de Salses, así como en enfrentamientos directos con el holandés Folls, conocido como "Pie de palo".


COMBATE DE LA MARMORA


Pasó por los grados militares de capitán, gobernador de Tercio, almirante de la Armada de las Indias, hasta se capitán general de la Armada para conducir caudales en 1650. Fue también gobernador de la nave capitana de la Armada del mar Océano.

Mandó seis escuadras armadas y tres Armadas de la Carrera de Indias, trayendo cuantiosos tesoros para la Monarquía, reglamentando el servicio de las naves, y organizando las tripulaciones, como no lo habían estado hasta entonces, sin capitulaciones ni contratiempo de importancia.

Fue autor de las instrucciones generales para la navegación y combate, y otros trabajos de igual género. Por sus cualidades excepcionales se ganó la estimación de sus subordinados y el aprecio de sus superiores.

Su primer viaje como capitán general de la Armada de la Carrera de Indias fue en 1650, con cuyo tesoro y flotas de tierra firme y de la Nueva España entró de vuelta en Cádiz el 18 de enero de 1651, recibiendo el elogio del rey Felipe V.

El año 1652, ya era almirante general de la Armada del Océano, y año siguiente capitán general de la Armada de la guarda de la Flota de Indias, partiendo desde Cádiz y volviendo en julio de 1654 con la Armada de la guarda y las Flotas de tierra firme y dos de la Nueva España.

Por orden del presidente del Consejo de Indias, el conde de Peñaranda, en octubre de 1656 recibió el cargo de la Escuadra de la Carrera de Indias, consiguiendo que se aumentase la Armada de guardia y custodia con mayor número de galeones, pataches y bajeles, dada la importancia del tesoro que había de conducir. Partió de la bahía de Cádiz el 3 de junio, con su Capitana sola, y lo restante de la Armada y Flotas, hasta el número de 43, la distribuyó en grupos de cuatro y cinco, yendo toda a cargo del Marqués, logrando hacer un viaje sin contratiempos.

Después de haber dejado preparada la Escuadra que había de salir de Santander para Cádiz, permaneció un tiempo reponiéndose de su quebrantada salud en julio de 1659.

Sus treinta y dos años de relevantes servicios para la Monarquía fueron recompensados con el título nobiliario de conde de Villalcázar de Sirga y con el cargo de capitán general de la Armada de Galeones a Tierra Firme, en diciembre de 1660, por petición del rey:
"... que habiendo necesidad de hacer un viaje a las Indias que la falta de recursos obligaba a que este viaje lo hiciesen las personas más beneméritas y prácticas en la navegación y de la mayor estimación de Su Majestad, le rogaban aceptase aquel cargo e hiciese él el viaje."

GALEÓN DE LA CARRERA DE INDIAS DEL SIGLO XVI


Hasta el momento Juan de Echeverri había hecho tres viajes a las Indias y traído nueve cargamentos. Ahora tenía la difícil misión de efectuar con éxito la malograda expedición del capitán Pablo de Contreras, que hundió varias embarcaciones de la Carrera de Indias unos meses antes a causa de un fuerte temporal.

A fines del año 1662, Juan de Echeverri recibió el encargo por petición real de hacer un quinto viaje a las Indias, con el cargo de general de la Armada de Guardia de la Carrera de Indias, bajo promesa de que a su regreso le darían la Grandeza de España.

Pero este sería su último viaje transatlántico ya que fallecería en el mar a cien leguas de Cádiz a causa de enfermedad. Con tan triste motivo, estuvo detenida toda la Armada tres días en el sitio donde falleció, haciéndose los honores correspondientes a su persona y empleo, con salvas de artillería, y produciendo su pérdida unánime y profundo sentimiento en toda la tripulación, siendo su cuerpo arrojado al mar. Su muerte produjo una gran desgracia para su patria, como lo demuestra la carta que el rey Carlos II envió a su hija, como también escritores y poetas se ocuparon de dicha desgracia.

martes, 23 de enero de 2018

Reinado de Íñigo Arista: fundación del Reino de Pamplona


Tras la muerte de Carlomagno el 814, Al Hakam I retomó las hostilidades contra los francos. Ludovico Pío accedió al trono carolingio, generándose unas revueltas en Gascuña (englobada en el Reino de Aquitania) y en Pamplona. Dos años más tarde, se produjo el derrumbamiento de las marcas del Pirineo occidental. Aprovechando la crisis política del trono carolingio, surgía, en ese año de 816, la figura del magnate Íñigo "Arista" Íñiguez (Enneco Enneconis en latín, Eneko Aritza en euskera), como el caudillo pamplonés encargado de luchar contra el control de los francos y recuperar el poder pamplonés.

Pertenecía a la familia Íñigo, una dinastía de vascones procedente de los valles de Roncal y Salazar y las inmediatas tierras aragonesas. Íñigo Arista era hijo del magnate vascón Íñigo Jiménez y de su mujer Oneca. Este matrimonio dejó bajo la influencia de Íñigo Arista unos territorios considerables: desde Pamplona hasta los altos valles pirenaicos de Irati (Navarra) y Valle de Hecho (Aragón). Oneca casó en segundas nupcias con el valí Muza ibn Fortún de los Banu Qasi, quienes tuvieron como hijos a Mutarrif y Muza ibn Muza. Se había casado con Oneca Velázquez, hija de Velasco, gobernador de Pamplona, cuya familia estaba tradicionalmente vinculada a los francos. Al fallecer ese mismo año Velasco, fue elegido entre la nobleza vascona de la dinastía Íñigo para expulsar a esta dinastía del poder pamplonés.

ÍÑIGO ARISTA EN EL COMPENDIO DE CRÓNICA DE REYES

Íñigo Arista entabló una alianza con los muladíes de la ribera del Ebro, los Banu Qasi, antigua dinastía de magnates hispanogodos Casio. Esta estratégica coalición sentó mal al emir Al-Hakam I, quien envió una expedición de castigo en 801 al mando de uno de sus hijos, el príncipe Muawija, poco experimentado en la actividad bélica. Los de Íñigo y Muza, con el apoyo de los vascones occidentales del Reino de Oviedo, lo destrozaron en las Conchas de Arganzón.

Al-Hakam sustituyó a Muawija por el más experto de sus generales, el muladí Amrús, que tomó Tudela y la fortificó, dejando en ella una guarnición cordobesa mientras se dirigía a hacer lo mismo en Pamplona. Arista y los Banu-Qasi recobraron pronto la ciudad, pero el contraataque de Amrús fue fulminante. Íñigo salió huyendo hacia Pamplona y se avino a ponerse bajo la protección de Carlomagno. Musa tuvo que someterse de nuevo al emir de Al-Ándalus.

A pesar de la derrota militar, la relación entre ambos reyes se fortaleció cuando Arista casó a su hija Assona con Muza ibn Muza. Por otra parte, el nuevo conde de Jaca García el Malo se había aliado con Íñigo Arista tras abandonar a su primera esposa, hija del conde procarolingio Aznar, y casar en segundas nupcias con la segunda hija de Arista, Nunila. El cuarto de los hijos de Arista, Galindo Íñiguez, fue el padre de Musa ibn Galindo, que sería valí de Huesca en el 860. Mientras que García Íñiguez sería su sucesor en el trono.

ÁREAS DE INFLUENCIA FAMILIAR EN LA GÉNESIS DEL REINO DE PAMPLONA (SIGLO IX)

A la muerte de Amrús en Zaragoza, hacia el año 808, Íñigo y Muza se sintieron lo bastante fuertes como para volver a la alianza de familia, lo que en el caso del pamplonés supuso el alejamiento de los francos.

Ante esta desvinculación, en 1812, Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, tomó Pamplona y encomendó su gobierno a un noble local partidario de los francos, Velasco, que aún seguiría rigiéndola en 816. Íñigo buscó refugio junto a su hermano y, a la vez, yerno.

Abd Al-Rahman II, nuevo emir de Córdoba, tomó el poder de Pamplona en 822, devastando las llanuras navarras y alavesas.

En 824, aprovechando la falta de control de los francos en Pamplona, Arista puso cerco a esta ciudad con fuerzas aquitanas en colaboración con los vascones partidarios de la dinastía Iñigo y los Banu Qasi. Logró rendirla, acceder al poder y proclamarse el primer rey de Pamplona.

La entronización fue efectuada en la Peña de Oroel del Condado de Jaca y en colaboración con trescientos caballeros, principalmente de los Banu Fortún de Tudela y de las dinastías vasconas Jimeno e Íñigo, y con el obispado de Pamplona. Según Eulogio de Córdoba, Íñigo Arista aparecía como un príncipe cristiano (Christicolae princeps).

A pesar de haber fundado un reino independiente, estaba bajo la autoridad de los musulmanes del Emirato de Córdoba y obligado al pago de un tributo.

ESCUDO DE ARMAS DE ÍÑIGO ARISTA

El Reino de Pamplona o Reino de los pamploneses fue denominado inicialmente, según los Anales de los Reyes Francos, a la entidad política surgida en torno a la ciudad romana de Pompaelo, durante la Alta Edad Media y al liderazgo de la figura de Íñigo Arista. Desde entonces sus reyes se denominaron Pampilonensium rex hasta 1130, incluso Sancho VI de Navarra utilizó esta denominación en el año 1196, cuando normalmente empleaba rex Nauarre.
La fundación del Reino pamplonés dependió de estos tres factores externos:
1. la lejanía del Reino de Oviedo
2. la decadencia del Imperio Carolingio, aliados de la dinastía Velasco
3. la formación del Reino de Tudela al sur de Navarra, entidad muladí liderada por los Muza, aliados de la dinastía Íñigo, que los aislaba de los ataques del Emirato de Córdoba

La Vasconia oriental quedó dividida en dos reinos estrechamente federados: el reino cristiano de Pamplona, bajo Íñigo Arista, y el reino muladí de Tudela, gobernado por Muza ibn Muza. Se consolidaba así la dinastía Íñigo como la primera real pamplonesa, aunque por poco tiempo. Además Íñigo Arista sería conde de Bigorra por herencia de su madre Oneca y Sobrarbe por herencia de su padre Íñigo Jiménez.

La dinastía Íñigo organizó el Reino de Pamplona en guerra permanente con Abd al-Rahman II, el cual también fue el principal rival de Alfonso II el Casto, rey de Oviedo. Fue el preludio de una futura alianza navarro-astur, ya que cada año el emir cordobés enviaba expediciones de saqueo contra galaicos y pamploneses.

El emir Abd Al-Rahman II no dio mucha importancia a la fundación un nuevo reino cristianos al oeste de los Pirineos, acumulando más esfuerzos en su lucha contra el Reino de Oviedo, que ya se extendía desde Finisterre hasta el alto Ebro, amenazando el valle del Duero.

Al norte, el Imperio carolingio si tomó debida importancia la coronación de Íñigo Arista enviando una expedición militar al mando de los condes francos Elbe y Aznar, pero fueron vencidos por el rey pamplonés con el apoyo de sus yernos Musa ibn Musa ibn Fortún y García el Malo de Jaca.

En 841, con más de 70 años y aquejado de una parálisis, Íñigo Arista dejaba el gobierno de su reino a su primogénito García I Íñiguez, muriendo al año siguiente. Su sucesor ejerció una fuerte regencia, llevando la dirección de las campañas militares pero continuando la política de alianzas.

ESTATUA DE ÍÑIGO ARISTA EN MADRID

lunes, 15 de enero de 2018

El Pactismo navarro de José Alonso Ruiz de Conejares

José Alonso Ruiz de Conejares nació en Corella, en 1781. Fue abogado, jurista y magistrado que llegó, incluso, a ocupar el cargo de ministro de Gracia y Justicia en 1841, año en que fue aprobada la Ley Paccionada.

En 1848, publicó su obra Recopilación y Comentario de los Fueros y Leyes, continuadora de la obra de otro fuerista navarro llamado José Yanguas y Miranda. Alonso presentó a Navarra como un reino que había sido durante siglos independiente y separado, peculiaridades que no se habrían perdido con la unión verificada a la Corona de Castilla, a la cual calificó "de igual a igual". Este autor se sumó al grupo de escritores, juristas e intelectuales navarros del siglo XIX de carácter fuerista, que siempre destacaron este aspecto de la historia de Navarra con especial orgullo.

EDUARDO ALONSO CONEJARES, HIJO DE JOSÉ ANTONIO ALONSO RUIZ DE CONEJARES


Alonso se convirtió en el primer impulsor de esta idea de Pactismo hispano-navarro a mediados del siglo XIX, que en el último tercio de la centuria tanta influencia ejercería en el pensamiento del fundador del Nacionalismo vasco, Sabino Arana. Es más, esta idea de incorporación del Reino de Navarra en la Monarquía hispánica basada en una relación entre iguales se mantiene viva en la actualidad del siglo XXI por parte de muchos nacionalistas vascos, desde separatistas fervientes hasta fueristas moderados. De ahí que no se reconozca a España como entidad política superior sino paritaria, y sobre esta base Arana estableció uno de los principales argumentos de su ideario.

Alonso, al igual que su predecesor ideológico José Yanguas y Miranda, así como su contemporáneo Pablo Ilarregui, no pretendían que Navarra rompiese con España, sino todo lo contrario. Estos tres fueristas afirmaban que las leyes de 1839 y 1841 son la mejor adecuación al modelo constitucional decimonónico. De hecho, estos tres autores militaron en la doctrina del Fuerismo constitucionalista y profesaron especial admiración por Baldomero Espartero.


LAUREADA DEL ESCUDO DE NAVARRA EN LA FACHADA DEL PALACIO DE LA DIPUTACIÓN

lunes, 8 de enero de 2018

ETA: El saqueo de Euskadi, por Isabel Durán y José Díaz Herrera




ETA: El saqueo de Euskadi
Isabel Durán y José Díaz Herrera, editorial Planeta (2002), 830 páginas


El matrimonio formado por los periodistas José Díaz Herrera e Isabel Durán se ha especializado en la modalidad de la investigación periodística. En ETA: El saqueo de Euskadi escriben sobre el País Vasco y Navarra desde la perspectiva de los efectos perniciosos de la tiranía ejercida por ETA y sus organizaciones satélites sobre esas sociedades, en connivencia con algunas de las políticas fundamentales del PNV.

Constituyen un contundente y dramático alegato contra el olvido al que se ha sometido a las víctimas del terrorismo de ETA y los ultrajes, físicos y morales, causados a sus familiares en el País Vasco por parte del conjunto del nacionalismo vasco.

A través de 23 capítulos de fácil lectura, pero cargados de datos, el libro saca a relucir el entramado generado por ETA y que alcanza a buena parte de la vida cotidiana vasca a través de múltiples tentáculos: SEGI, AEK, Senideak, LAB, Gestoras Pro Amnistía, Batasuna, asociaciones culturales, Herriko Tabernas, etc.

Es una investigación periodística forjada por numerosos testimonios extraídos de hemeroteca, junto a otros procedentes de significativos libros de la editorial abertzale Txalaparta (que recogen aportaciones muy diversas de miembros de ETA), por confidencias vertidas en entrevistas efectuadas sobre el terreno y, no podía ser de otra forma, filtraciones informativas algunas no publicadas hasta ahora.

Si algo queda en evidencia, gracias al caudal de datos proporcionados por este grueso volumen, es la complicidad entretejida, durante décadas, entre el nacionalismo moderado del PNV y EA con el radical de ETA, lo que ha llevado a Jaime Mayor Oreja a afirmar, en la presentación del libro realizada en la Casa de América de Madrid, que:
"ETA es el ejército del PNV en la sombra" y que "el libro es una radiografía, una resonancia no sólo de ETA, sino de un régimen donde el crimen de ETA y la mentira del PNV se asocian con intereses comunes y compartidos. Esto es un viejo régimen perverso, dónde sólo hay dos realidades políticas: la de ETA y la del PNV. La de ETA desde el crimen y la extorsión; y la del PNV desde la ambigüedad para que todo se encamine hacia la independencia, aún a costa del miedo y el terror en su ciudadanía."

Esa es la expresión clave que explica, sintéticamente, esta compleja, asfixiante y atípica realidad social: régimen perverso.

Una prueba de esa connivencia entre radicales y moderados, se ofrece, por ejemplo, en la página 669, cuando se transcribe una conversación, entre responsables del PNV y Herri Batasuna, celebrada el 26 de marzo de 1991. En esa ocasión, Xavier Arzalluz afirmó ante sus interlocutores que:
"Nosotros somos los de siempre, nacionalistas. Sin revolución, sin marxismos ni tiros, pero con los mismos objetivos que vosotros. En el futuro, en el País Vasco sólo van a quedar dos fuerzas nacionalistas, el PNV y HB, por lo que habrá que pensar en algún tipo de colaboración. Por eso es falso eso que decís de que estemos impulsando a la Ertzaintza contra ETA. Lo que estamos haciendo es frenándola. La Ertzaintza podía tener datos sobre un comando en Donosti y no ha procedido (a su detención). No creemos que sea bueno que ETA sea derrotada. No lo queremos para Euskal Herría."

Unas declaraciones graves por sus implicaciones y por la ceguera que evidencian: ETA no parará con la independencia, pues encabeza un auténtico proyecto "esencialmente revolucionario y anti-sistema", tal como denunciara en febrero de 1996 el lehendakari José María Ardanza ante la Asamblea Nacional de su partido, el hegemónico PNV.

Los autores investigan las diversas expresiones tácticas y operativas del entramado de ETA, cuya acción ha afectado profundamente la convivencia vasca a lo largo de las últimas décadas, y que agrupan en torno a varios temas capilares: la trama de abogados que actúa como grupo de presión de ETA, las sorprendentes relaciones entre la Ertzaintza y ETA que más parecen las incidencias de un "pacto de no agresión", la imposición desde ETA a través de AEK y la red de ikastolas de muchos programas educativos al propio Gobierno vasco eliminando casi por completo al castellano de la docencia pública, el terror cotidiano en el que se desenvuelven amenazados y familiares de víctimas, el Estado dentro del Estado organizado en torno a las cuotas de poder municipal alcanzadas por Batasuna, la política de terror practicada contra su propia gente al no permitir disidencia alguna, las más de 200 cuentas abiertas por ese entramado en una Caja Laboral Popular que ha permitido se opere en la misma con el llamado DNI vasco, las presiones a trabajadores y empresarios a través de LAB (al que denominan "sindicato del crimen"), la utilización fría y calculada de la juventud fanatizada por JARRAI, etc. La descripción detallada de una realidad cotidiana, en definitiva, que, a los ajenos a la misma, puede parecer imposible en la Europa del 2003.

El resultado es un libro que desvela la naturaleza íntima de una sociedad corrompida y mediatizada por los instrumentos del totalitarismo marxista-leninista de ETA con el asentimiento del PNV; ya lo haga, éste, por temor o por sus parciales coincidencias ideológicas.

lunes, 1 de enero de 2018

Sentimientos religiosos de Blas de Lezo


A pesar de que el sentimiento religioso fue una característica común en la sociedad española del siglo XVIII, uno de los rasgos más acentuados de la personalidad del teniente general de la Armada Blas de Lezo fue su profunda religiosidad. Así quedó patente en los documentos que se conservan referidos a su biografía.




En su Diario de lo acaecido en Cartagena de Indias, el día 8 de abril de 1741, escribió:
"Hiendo primero a bordo del Dragón adonde llamé toda la jente arriba a quien hice mi oración lo que oyda por ellos respondieron unánimes y conformes."
El 20 de abril, tras el asalto al castillo de San Felipe, en el momento crucial de la batalla y consciente de que la fuerza invasora inglesa era diez veces superior, pero también sabedor de que el bando inglés estuvo plagado de dificultades de mando y enfermedades, Lezo escribió:
"Este feliz suceso no esperado según le consternado que estaba la tropa, no debemos atribuir á causas humanas si no á las misericordias de Dios, porque en lo natural debían con la fuerza que trageron y la poca que había en el cerro, haberse hecho dueños de él, como no lo dudaron según la relación de los desertores y prisioneros los cuales también aseguraron que de todos los granaderos que vinieron á la función sólo volvieron 14. Que tienen muchos enfermos y falta de víveres."
También suscribió esa idea en la carta que junto al diario envió al marqués de Villarias:
"Sola los efectos de la Divina Providencia han sido causa para lograr por entero que esta ciudad y comercio no experimentasen su total ruina."



El testamento de Blas de Lezo adoptó la fórmula más piadosa en su redacción, convirtiéndose así, más que en un documento legal, en una profesión de fe:
"Creiendo como firme y verdaderamente creo el muy alto y soberano misterio de la Trinidad Beatisima, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero, el de la Encarnación de la segunda persona en las Virginales entrañas de la Purísima Virgen María, nuestra Señora, el del Santísimo Sacramento del Altar y todos los demás misterios y artículos que cree y confiesa nuestra Santa Madre Iglesia Catholica Apostólica Romana en cuya creencia he vivido y quiero morir como católico y fiel cristiano, invocando como invovo por mi intercesora y Abogada a la siempre Virgen Maria Madre de nuestro redentor Jesuchristo, al Santo Angel de mi guarda, el de mi nombre y demás cortesanos celestiales para que intercedan con su divina Majestad el perdon de mis culpas y pecados y encaminen mi alma a estado de salvación."