domingo, 26 de noviembre de 2017

Tiburcio de Redín y Cruzat


Gobernador General de Armada y Mariscal de Campo de Tercios durante el primer tercio del siglo XVII


RETRATO DE TIBURCIO POR JUAN ANDRÉS DE RICCI, MUSEO DEL PRADO


Natural de Pamplona, donde nació en 1597; era el Barón de Bigüezal, Caballero de Santiago y hermano de Martín de Redín, el gran maestre de la Orden de Malta.

Desde joven combatió en los Tercios de Infantería españoles para combatir en las Guerras de Italia junto con sus hermanos. Fue ascendido a alférez por sus méritos en el asalto de la fortaleza de San Andrés, en el sitio de Vercelli.

En 1620, siendo capitán de mar y guerra, estuvo al mando de uno de los galeones que hacían la travesía atlántica hacia el Nuevo Mundo.

En 1624, se le destinó a Portugal, al mando de una Compañía de Piqueros de Infantería, bajo las órdenes del marqués de Hinojosa, siendo nombrado Caballero de Santiago.

Participó en una campaña contra los filibusteros en 1629, durante la cual enfermó y obtuvo licencia para retirarse a Pamplona (1630).

En la Armada del Océano prestó apoyo a Antonio de Oquendo donde sostendría algunos combates navales. En alguno de estos enfrentamientos resultó herido en un brazo y en el pecho. Felipe IV le recompensó su demostrada valentía, nombrándole gobernador general de la Armada de Cataluña, en 1635, y mariscal de campo en 1636.




A sus 40 años, aunque en su vida militar había cumplido con su misión sirviendo a la patria en las acciones encomendadas, su vida sufrió una profunda y repentina transformación al descubrir su vocación misionera para seguir el camino clerical que habían seguido la mayoría de sus hermanos.

Decidió buscar la paz espiritual e ingresó en un convento, siendo admitido en la Orden Capuchina de Tarazona, en 1637, tomando el nombre de fray Francisco de Pamplona.

En un viaje al norte de África, el buque en él viajaba junto a otros frailes fue visto por un navío holandés, que inmediatamente se puso a dar caza al español. Entonces Tiburcio de Redín tomo el mando del barco, comenzó a dar órdenes, entraron en combate y después de que se impuso la superioridad española, los holandeses escaparon. Algún tiempo después solicitaba formar parte de las misiones venezolanas.

En 1645 marcha en una expedición al Congo, y posteriormente a Roma para conseguir el apoyo de Inocencio X en las diferencias entre italianos, franceses y españoles por las concesiones misionales en territorio otomano, y con Portugal, por las concesiones africanas. En 1647 embarcó para América, donde llevó a cabo una muy importante labor misional. Murió en Venezuela en 1651.



PLACA CALLE DEL REDÍN EN PAMPLONA

viernes, 17 de noviembre de 2017

Exposición La Victoria de Pernambuco de Antonio de Oquendo



El Museo Naval de Madrid presenta la exposición temporal La Victoria de Pernambuco, cuyo protagonista principal fue el almirante guipuzcoano Antonio de Oquendo y Zandategui. Expuesta en la sala nº 8 desde el 26 de octubre de 2017 al 7 de enero de 2018, la muestra está comisariada por Clara Zamora, doctora en Historia del Arte y profesora de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, y cuenta con el patrocinio de Navantia y de Lockheed Martin. Al acto inaugural acudió el secretario de Estado de Defensa Agustín Conde y el almirante Jefe de Estado Mayor de la Armada Teodoro López Calderón.


COMBATE DE PERNAMBUCO, VISTA UNO, POR JUAN DE LA CORTE (1631)
COLECCIÓN PARTICULAR


La muestra reúne la serie de pinturas que se realizó para conmemorar la victoria de la Armada española frente a los holandeses en Pernambuco (Brasil) en 1631. Por primera vez se pueden ver integralmente los cuadros titulados Batalla naval de Pernambuco o de los Abrojos, pintados hacia 1632 por Juan de la Corte, y encargados por el almirante donostiarra Antonio de Oquendo para regalárselos al rey Felipe IV y que decoraron una parte del Alcázar de Madrid hasta su incendio en la Nochebuena de 1734. Junto a esta serie de pinturas se exhibe otro cuadro de la misma época que el almirante Oquendo encargó para sí mismo. Esta obra, que se encuentra actualmente en una colección particular, representa el momento cumbre de la batalla, protagonizado igualmente por el fuego.

La exposición cuenta con el estandarte español (pendón) que llevó el almirante vasco y que constituye una pieza de gran valor histórico. Asimismo, se ha realizado un audiovisual con motivo de esta exposición para reflejar de forma didáctica y elocuente este momento histórico.



COMBATE DE PERNAMBUCO, VISTA DOS, POR JUAN DE LA CORTE (1632)
COLECCIÓN PARTICULAR


Estas pinturas poseen dos valores intrínsecos en ellas:

1. el ser una de las primeras batallas navales narradas en serie a través de las cuatro escenas que, además, son un valioso testimonio para conocer la arquitectura naval de la época.

2. la perspicacia del almirante Oquendo para que, a través de la pintura, se reconociera históricamente su victoria, convirtiéndose así estas obras en un instrumento político y diplomático.

La trazabilidad de los cuadros es sinuosa, de manera que volver a reunir estas piezas es un notable acontecimiento cultural, puesto que ocupan un lugar destacado dentro de la pintura española de ese momento, gracias a la mano experta de un pintor como Juan de la Corte que cultivó cuadros de historia, arquitecturas y batallas navales.

La muestra constituye una oportunidad única para contemplar juntos estas pinturas, que están diseminados en colecciones públicas y corporativas (Museo Naval y BBVA), así como en distintas colecciones particulares españolas.



COMBATE DE PERNAMBUCO, VISTA TRES, POR JUAN DE LA CORTE (1632)
COLECCIÓN BBVA


Durante el siglo XVII, los holandeses a través de sus Compañías de Indias Orientales y Occidentales se fueron estableciendo en el Caribe, América del Norte, el océano Índico, la India y el Pacífico, con el objetivo de convertirse en la primera potencia comercial del mundo para superar al Imperio español. Las Provincias Unidas de Holanda querían no solo monopolizar el comercio oriental y el tráfico de esclavos entre América y África, sino también ocupar las regiones productoras de azúcar. Y en ese empeño, los holandeses buscaban controlar puertos estratégicos como Pernambuco en la costa brasileña, algo que logró en 1630.

En 1631, una flota compuesta por 21 naves, 16 españolas y 5 portuguesas, lideradas por el almirante Antonio de Oquendo y Zandátegui, partió desde Lisboa con destino a las costas brasileñas, siguiendo el mandato del rey Felipe IV. Tardaron algo más de dos meses en cruzar el Atlántico y desembarcaron en Bahía de Todos los Santos. Unos días más tarde, entre el 12 y el 13 de septiembre, se enfrentaron la armada española contra la holandesa, que comandaba el almirante Adrian Hans-Pater.

Fue una batalla cruenta, en la que se destruyeron dos galeones hundidos y uno preso, y perdieron la vida más de 600 personas con 200 heridos. Los principales combates fueron protagonizados entre las capitanas y almirantas de ambas flotas, lo que ocasionó también la muerte del almirante holandés. El 21 de noviembre de 1631 el almirante Oquendo regresaba a Lisboa tras la liberación de Pernambuco.



COMBATE DE PERNAMBUCO, VISTA CUATRO, POR JUAN DE LA CORTE (1632)
MUSEO NAVAL


Esta serie de pinturas marinas, las cuatro de Juan de la Corte y las que encargó el almirante Oquendo a un pintor anónimo para él, describen dos episodios de la batalla. Por un lado, la preparación de las líneas de combate, y por otro, el encuentro entre las naves capitanas y almirantas, en la vanguardia de la batalla.

En algunas de las escenas recogidas por Juan de la Corte y el pintor anónimo que recrean la batalla podemos ver casi medio centenar de barcos enfrentados, entre los diferentes tipos de buques de las Armadas holandesa e hispano-lusa. Es un tipo de composición de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII, caracterizada por su linealidad, serenidad y escaso movimiento. 

Sin embargo, estos óleos reflejan con fidelidad un acontecimiento histórico de primera magnitud, por lo que destaca el valor documental de lo plasmado por ambos pintores, que quizá por ello merezcan estar entre los cuadros de batallas más importantes de la Edad Moderna.

En la representación de esta tipología de arquitectura naval de la primera parte del siglo XVII se observan galeones de diversos tipos, artillería, fanales y pavesadas, entre otros elementos. Esta serie constituye un ejemplo muy definido de la estrecha conexión que existía entre arte y política en el siglo XVII.

Como en épocas anteriores, las obras de arte fueron utilizadas con intencionalidad, mucho más allá de los valores artísticos. Muchos de los encargos, los intercambios y compras de pinturas y esculturas demuestran la historia común entre la Monarquía española y los antiguos Países Bajos en el siglo XVII. En la escuela española no existen demasiadas representaciones de estas pinturas marinas de batallas, salvo en el Museo del Prado, que atesora una representación aceptable de este género pictórico.



COMBATE DE PERNAMBUCO, ANÓNIMO (1632), COLECCIÓN PARTICULAR

sábado, 11 de noviembre de 2017

La Noticia memorable de Guipúzcoa por Pablo Gorosabel


El tolosarra Pablo Gorosabel Domínguez, nacido en 1803, fue historiador, jurista y corregidor de la Provincia de Guipúzcoa. Pertenecía a una familia con tradición profesional en la judicatura, económicamente sólida, participativa en la política local, cuya casa solar estaba en Legazpia.

Después de graduarse como bachiller en derecho en 1824 por la Universidad de Oñate, obtuvo la licenciatura en Madrid en 1828. Por eso, sus primeros escritos fueron jurídicos: Redacción del Código Civil de España, esparcido en los diferentes cuerpos del Derecho y Leyes sueltas de esta nación, escrita bajo el método de los Códigos modernos, de 1832; y Examen de los principios del Derecho Civil español, de 1834.

Posteriormente realizó trabajos historiográficos, siendo miembro de la Comisión Provincial de Monumentos Históricos y Artísticos. Fue elegido consultor de la Diputación y Archivero de la Provincia en las Juntas de Rentería de 1858. Además, tuvo una intensa actividad política, como alcalde de Tolosa que lo fue en varias ocasiones, corregidor de Guipúzcoa en 1835 y 1840, y diputado del Consejo Provincial del Distrito de Tolosa en 1834.


PABLO GOROSABEL


Su mejor obra fue Noticia de las cosas memorables de Guipúzcoa o descripción de la provincia y de sus habitantes; exposición de las instituciones, fueros, privilegios, ordenanzas y leyes; reseña del Gobierno civil, eclesiástico y militar; idea de la administración de justicia, etc., finalizada en 1868. Es una descripción de la historia de la provincia de Guipúzcoa, también trata aspectos vinculados con las competencias de Diputación, a las carreteras, al puerto de Pasajes y a la Caja de Ahorros Provincial de Guipúzcoa. Procuró a lo largo de su obra incorporar textos legales y otros documentos, evitando plasmar su opinión sobre los hechos constatados.

A lo largo de la Noticia memorable de las cosas de Guipúzcoa, Gorosabel daba por buenos los planteamientos ingenuos que sobre la historia de la Humanidad aparecen en el Antiguo Testamento. Mostraba claro rechazo por determinados grupos humanos (judíos, agotes, gitanos, etc.), adoptó posiciones que actualmente serían tachadas de claramente discriminatorias para con las mujeres, defendió determinadas opiniones sobre temas que la ciencia ha demostrado durante los años siguientes como equivocadas, etc. Pero tales "memorables" cosas aportan una visión sobre el pensamiento que predominaba en la Guipúzcoa de mediados del siglo XIX.


ESTATUA DE PABLO GOROSABEL EN TOLOSA



Dedicó a la voluntaria incorporación un largo párrafo en las páginas 574-576. Esta extensa cita proviene de un autor no precisamente fuerista:
"El estado político actual de esta dicha provincia arranca desde la última y definitiva anexión hecha el año de 1200 a la Corona castellana. Ciertamente no corresponde a este lugar escribir la historia de los sucesos que concurrieron para aquel hecho; pero no se puede prescindir de hacer algunas indicaciones, por la conexión que tienen con el asunto de que se trata, para su conveniente aclaración. Que la expresada incorporación no se verificó por derecho de conquista, o sea, el uso de las armas, parece se prueba suficientemente con sola la consideración de que no ocurrió en el territorio guipuzcoano ningún suceso militar. Gipuzkoa no tuvo, en verdad, guerra alguna con D. Alfonso VIII ni otra facción armada de defensa del país, y, por consiguiente, tampoco pudo haber conquista. Por el contrario, aquel gran monarca, según algunas Memorias históricas, entró en esta provincia con solos veinte de a caballo de acompañamiento, o sea, en actitud de paz; y aun esto se verificó antes de la rendición de la plaza de Vitoria, dejando su asedio a cargo de don Diego López de Haro, señor de Vizcaya. La historia nos cuenta, además, que el convenio de treguas celebrado por los reyes castellano y navarro en Guadalajara el año de 1207, se respetó el estado político creado en el de 1200. Ello demuestra así bien que otro tanto sucedió en el tratado de paces otorgado por sus sucesores en los respectivos tronos entre Tarazona y Agreda el año de 1254, no sin haber deducido antes el navarro sus pretensiones a la parte de Gipuzkoa. Quiere decir que los monarcas de Navarra reconocieron tácitamente el derecho que tenían los guipuzcoanos de separarse de su dominación, encomendándose a la de otro que tuviesen por más conveniente; pues si hubiesen creído que esta provincia les pertenecía de derecho riguroso, no parece regular se hubiesen aquietado con una desmembración tan considerable. 
Todo lo expresado concurre a convencer que la última agregación de Gipuzkoa a la Corona de Castilla fue voluntaria, como lo había sido la que realizó en 1076, separándose del Reino de Navarra. Bajo este supuesto, el simple sentido natural da a entender que a semejante anexión debió proceder algún pacto; porque repugna el pensar que se hubiese entregado a discreción de una manera incondicional, y a la pura merced del monarca, bajo cuyo cetro se ponía. Podrá dudarse y aun disputarse si el convenio que en tan solemne ocasión hubo de celebrarse, fue escrito o meramente verbal; si fue más o menos explícito; si tuvo ta o cuál extensión favorable a los guipuzcoanos. Sostener, como lo han hecho algunos émulos de sus glorias y de sus derechos, que no hubo pacto de ninguna especie, no parece conforme con el amor que los naturales de este país le han profesado en todos tiempos, ni con el talento que han manifestado en los casos decisivos de su suerte. Tal ha sido la opinión tradicional, unánime y universal de los guipuzcoanos transmitida de padres a hijos: opinión proclamada en alta voz en multitud de representaciones oficiales dirigidas a los mismos monarcas de Castilla, Tribunales Supremos y ministros de la Corona. Estos, sin embargo, no lo han contradecido, y antes bien, la han reconocido explícitamente en muchas ocasiones, como lo hizo D. fernando VI en una Cédula expedida en 8 de octubre de 1752, a consulta del Consejo de Hacienda, con motivo de unas causas de contrabando. (...) 
Pero si el hecho de la celebración de un pacto entre el expresado monarca castellano y la provincia, para la agregación de esta a su Corona, no debe ponerse en duda, no tengo por causa segura que se hubiese en el asunto una escritura formal. Cuantas diligencias se han practicado por la provincia, así en tiempos antiguos como en los modernos, para el hallazgo de un documento tan importante, y que pudiera considerarse como la base de su existencia política, han sido de todo punto ineficaces y vanas. (...)"

domingo, 5 de noviembre de 2017

Juan de Salcedo


Conquistador de las islas Filipinas y cofundador de la ciudad de Manila junto a Miguel López de Legazpi y Martín de Goiti, conocido como el último de los conquistadores


REPRESENTACIÓN DIGITAL DE JUAN DE SALCEDO JUNTO A MARTÍN DE GOITI


Juan de Salcedo nació en México en 1549, siendo nieto del guipuzcoano Miguel López de Legazpi y hermano menor de Felipe de Salcedo.

El 1 de mayo de 1566, con 18 años de edad, partió desde la costa del Pacífico comandando junto a su hermano Felipe una flotilla de tres buques enviadas por el virrey novohispano Enríquez de Almansa con destino a las islas Filipinas. Se trataba de tres galeones cargados de víveres, soldados, colonos y misioneros al mando de Juan de Isla, con el objetivo de proporcionar de asistencia y refuerzo a la expedición de Miguel López de Legazpi para la colonización de las Indias Orientales.

En agosto del mismo año llegaba a Cebú, trayendo la gran noticia de la llegada de Urdaneta a México y que, por tanto, la expedición de tornaviaje había sido completada con éxito, según el trazado que él mismo había planeado.

En 1569, el adelantando Legazpi solicitó al capitán Juan de Salcedo y al maestre de campo Martín de Goiti la organización de una expedición para la colonización de la isla de Luzón. Era una isla más estratégica para la organización de rutas comerciales entre China y América y también más segura que Cebú y Panay, donde existían posibles amenazas portuguesas y sarracenas. El objetivo era llegar a la bahía de Manila y evaluar su puerto como posible base comercial y militar, así como el grado de hostilidad de los nativos del Sultanato de Luzón.

Marchaba como segundó al mando tras Goiti en una misión que le implicó en varios enfrentamientos contra los gobernantes nativos y la destrucción del sultanato musulmán entre los años 1570 y 1571.


GRABADO DE MANILA, FINALES DE SIGLO XVI, POR THEODORUS BRY


El 8 de mayo de 1570, llegó a la bahía de Manila, en la parte de Cavite. Allí acampó junto al resto de la expedición durante unas semanas con la intención de formar una alianza con los jefes musulmanes, así como la de mostrar sus deseos de colaboración con los residentes y comerciantes de Borneo, China o Japón.

Pero todo terminó en una serie de batallas contra los caciques locales Tariq Suleiman (islámico), Rajah Matanda (hindú) y Lakan Dula (taoísta) de los reinos en Luzón.

Tras tomar sin dificultades la fortaleza de Manila, continuó su expedición de castigo a través del río Pasig, donde sufrió duros combates. El control definitivo de la isla lo consiguió en la bahía de Bangkusay, frente al puerto de Tondo, infligiendo una dura derrota a los rajás y su ejército de nativos tagalos. El 6 de junio de 1570, Salcedo controlaba la ciudad de Manila y para su defensa hizo construir la fortaleza de Santiago.

Pero esta toma de la ciudad de Manila consiguió un levantamiento de tribus nativas en las islas adyacentes, generando una guerra de guerrillas durante los próximos diez meses. Salcedo organizó una serie de incursiones terrestres formada por una pequeña infantería de arcabuceros mientras Goiti los apoyaba por mar con su armada. Desembarcaban en la costa y se adentraban en el interior para quemar los sembradíos y reorganizando a los nativos en poblados españoles a los que sometía a la soberanía española.

Los enfrentamientos terminaron con el acuerdo de paz entre el gobernador Legazpi y el rajá Matanba, así como de colaboración con las autoridades nativas de Luzón.


EXPEDICIÓN DE JUAN DE SALCEDO


Entre los años 1571 y 1572, Juan de Salcedo demostró sus dotes militares en la toma de Cainta y Taytay. Llevaba a su servicio 80 soldados y alguna artillería. Unos doscientos pueblos del interior fueron ocupados casi todos después de fructuosas negociaciones.

Tres meses antes de la muerte de su abuelo Miguel López de Legazpi, comenzó la conquista de Bocos y Cagayán, las regiones más septentrionales de Luzón. En la parte de Pangasinán sorprendió a un junco chino cargado de esclavos nativos a los que concedió la libertad. Estos actos, norma permanente de Legazpi, dieron buenos frutos. El joven Salcedo supo sortear emboscadas de toda índole y luchar con valentía.

Para consolidar la ocupación de aquella extensa región estableció una base de apoyo, al norte, en Vigan, demarcación de Bocos. Previamente había convencido a los indígenas de la necesidad de su protección. Construyó un sólido fuerte donde dejó una guarnición bien armada con 27 soldados al mando del alférez Hurtado. Exploró las costas del norte de Luzón con sólo 17 soldados. El 21 de agosto de 1572, regresaba a Manila después de haber naufragado y haberlo salvado los nativos. Fue cuando conoció la muerte de su abuelo.

A comienzo de 1574, Manila sufrió el ataque de 3.000 piratas chinos y guerreros liderados por corsario Lim ah Hong, que sitió el Fuerte de Santiago. En la defensa moría su maestre de campo Martín de Goiti, el alférez Pedro de Gamboa y gran parte de los colonos españoles. Salcedo, tras explorar la zona de Ilocos Sur, se trasladó a Manila donde descubrió que había caído en manos del invasor. Las fuerzas de Salcedo, junto a refuerzos traídos de Vigan y Cebú atacaron y redujeron a los piratas de Manila. Pero Lim ah Hong y sus supervivientes se retiraron a Pangasinan donde se fortificó en una isleta.

En 1575, el ejército de Salcedo marchó al norte a Pangasinan en la búsqueda de los piratas y los sitió durante tres meses. Vengó la pérdida de Goiti y resto de españoles dando muerte a Lim ah Hong y sus guerreros en el río de Pangasinan, quemándolos vivos, con sus barcos.

Durante los años posteriores exploró las regiones del norte de Filipinas, especialmente la isla de Luzón, fundando varias ciudades. Murió de fiebre en su casa de Vigan, en Ilocos Sur, el 11 de marzo de 1576.