lunes, 18 de septiembre de 2017

Batalla de las Navas de Tolosa


La Batalla de Las Navas de Tolosa, datada el 16 de julio de 1212, fue una de las más decisivas de la Reconquista. Permitió extender los reinos cristianos, principalmente el de Castilla, hacia el sur de la península Ibérica, entonces dominado por musulmanes, y frenar la invasión del Ejército almohade. La contienda tuvo lugar cerca de la población jiennense de Las Navas de Tolosa.

Fue el resultado de la Cruzada organizada en España por el rey Alfonso VIII de Castilla, el cronista navarro y arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada y el papa Inocencio III contra los musulmanes que dominaban Al-Ándalus desde mediados del siglo XII.

Las tropas castellanas estaban lideradas por Alfonso VIII, encabezadas por el señor de Vizcaya Diego II López de Haro, y formadas por 20 milicias municipales, a las que hay que sumar las tropas de los reyes Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal, y varias órdenes militares.

Varias obras reflejaron el momento decisivo de la batalla, cuando Sancho VII se enfrentaba a la temida Guardia Negra de los almohades que luchaban atados con grilletes al suelo. En este óleo de Marceliano Santa María aparece el gran rey navarro a caballo, superando las cadenas de la guardia formada por esclavos negros africanos que protegían el palenque del sultán Miramamolín (Muhammad An-Nasir). Esta embestida supuso la puesta en huida del Ejército almohade y la consecuente victoria de la hueste hispánica cristiana.




Este tapiz elaborado por Vicente Pascual en 1950 fue llamado Sancho el Fuerte o Cadenas. Está basado en el diseño preliminar realizado por Ramón Stolz en óleo sobre lienzo. En la actualidad se encuentra en el Palacio de las Cortes de Navarra.


jueves, 14 de septiembre de 2017

El vasco que salvó al Imperio español, por José Manuel Rodríguez




El vasco que salvó al Imperio español. El almirante Blas de Lezo
José Manuel Rodríguez, Editorial Áltera (2008), 270 págs.,


El Imperio en el que no se ponía el Sol fue obra de todos los españoles, de todas las regiones y de todas las clases sociales. Los vascos estuvieron presentes en América con la espada, el timón, el púlpito y el legajo. Desde virreyes a frailes y desde comerciantes a marineros.

Uno de estos vascos al servicio de España fue Blas de Lezo. En 1741 se enfrentó a una armada inglesa que quería conquistar Cartagena de Indias y desde esa plaza hacerse con toda la América española. El almirante Blas de Lezo luchó y venció en una batalla impresionante que, sobre el papel, tenía perdida.

El vasco que salvó al Imperio español cuenta la vida de este héroe que fue enterrado en el olvido no por los ingleses, sino por los propios españoles. Después de la novela El día que España derrotó a Inglaterra, Ediciones Áltera publica esta biografía sobre un personaje que en otros países más amables con sus compatriotas sería un modelo.

El autor, José Manuel Rodríguez, no se limita a narrar la vida del almirante y la batalla. Su libro describe de una forma extraordinariamente amena el nacimiento del Imperio español de las Indias y su funcionamiento, tanto militar como económico. Así se comprende toda la labor de conquista y colonización de un inmenso continente hecha por España.


Índice:

Prólogo

I. España y América en el siglo XVIII
II. Los orígenes de Blas de Lezo
III. La guerra de Sucesión a la Corona de España
IV. Destino: las Indias
V. Blas de Lezo en el mar del Sur
VI. Operaciones navales en el Mediterráneo
VII. Las consecuencias del Tratado de Utrecht
VIII. La política del gobierno británico
IX. Cartagena de Indias y sus fortificaciones
X. El almirante Lezo en Cartagena de Indias
XI. Preparativos de guerra
XII. Las primeras operaciones navales
XIII. Los ingleses sorprenden y capturan Portobelo
XIV. La guerra durante 1740
XV. El reclutamiento de los color norteamericanos
XVI. Los planes del almirante Vernon
XVII. El espionaje español: el paisano de Jamaica
XVIII. El ataque inglés contra Boca Chica
XIX. Las medallas de Vernon
XX. Desastre angloamericano en el cerro de la Popa
XXI. Los últimos combates
XXII. Consecuencias de la batalla
XXIII. Los protagonistas británicos: Vernon y Washington
XXIV. Los vencedores: el virrey Eslava y el almirante Blas de Lezo

Conclusión

Biografía

lunes, 11 de septiembre de 2017

Sancho IV Garcés el de Peñalén

Fue rey de Navarra aliado de Sancho I de Aragón en la Guerra de los Tres Sanchos


SANCHO IV GARCÉS


Sancho IV Garcés nació en 1039. Apodado el de Peñalén y el Noble, fue rey de Pamplona entre 1054 y 1076.

Hijo y sucesor de García III Sánchez de Pamplona y de Estefanía de Foix, fue proclamado rey a la muerte de su padre en la batalla de Atapuerca a la edad de catorce años. Hasta los dieciocho fue guiado por su madre, que moría unos años más tarde, en 1058.

Los primeros pasos del joven rey Sancho IV fue la conclusión de las obras del monasterio de Santa María la Real de Nájera, en cuyo panteón fue enterrado su padre un año antes de consagrase la iglesia en 1056 por el arzobispo de Narbona. En 106, Sancho IV se casaba con Placencia de Normandía.

Los primeros años del reinado de Sancho IV se caracterizaron por una relativa paz entre Pamplona y Castilla, especialmente tras establecer en 1062 un acuerdo con su tío Fernando y con los nobles sobre las fronteras de ambos reinos. Progresivamente, las villas de la Castilla controlada anteriormente por García pasaban a soberanía de Fernando: Ubierna, Urbel y la Piedra en 1056, Valpuesta en 1057, buena parte de la Bureba en 1058, que incluían Herrera, Oña y Poza de la Sal. Sólo Pancorbo se mantuvo fiel a Pamplona hasta 1061, gracias a la voluntad de su señor Sancho Fortuñón.

Estos acuerdos de 1062 sobre las tenencias de Castilla quedaron patentes en un documento que contiene una donación a los monjes de Leyre. Sancho les agradecía a los monjes: "Porque rogaron por mí a Dios en las tribulaciones que tuve con los señores de mi tierra." Tal acuerdo fue posible dentro de su complejidad, pues las tenencias fronterizas en Castilla fueron una cuestión de lealtad política.

Aliado con su tío Ramiro I de Aragón, se dedicó a presionar la taifa de Zaragoza para obtener la sumisión y el cobro de parias a Al-Muqtadir, quien a su vez intentaba enfrentar a Sancho IV con el hijo de Ramiro, que había sucedido a su padre en el 1063.

Sancho IV tuvo que soportar varios conflictos por las tierras de Castilla, aún en poder del Reino de Navarra, por lo cual se veía obligado a mantener permanentemente las fronteras bien aseguradas.

Las pretensiones territoriales de Sancho II el Fuerte de Castilla provocaron la llamada Guerra de los Tres Sanchos (en 1067. Fue un conflicto que enfrentó a los tres reyes Sancho IV de Navarra, Sancho I de Aragón y Sancho II de Castilla. Los tres eran primos y nietos del rey navarro Sancho III Garcés el Mayor.

A principios de 1067, el Ejército de Sancho II entraba en el reino taifa de Zaragoza, vasallo de Castilla. Esta acción motivo una alianza política y militar entre Sancho IV de Navarra y Sancho Ramírez de Aragón. Sancho II de Castilla invadió ese mismo año el territorio navarro, tomando zonas más allá del río Ebro y penetrando en La Rioja; para ello contó con la ayuda de Rodrigo Díaz de Vivar, que ganó entonces su apodo de El Cid Campeador, al sostener un combate con un noble aragonés.

Aunque al principio las escaramuzas entre uno y otro bando parecían decantarse del lado del rey castellano, finalmente, en agosto de 1067, los ejércitos navarro-aragoneses se enfrentaron al de Sancho II en el Campo de Valdegón, cerca de Viana, en la llamada batalla de Viana, tras la cual los castellanos tuvieron que retroceder de nuevo hasta el río Ebro.


SEPULCRO DE SANCHO IV EL DE PEÑALÉN


Sancho IV fue asesinado en Peñalén, término perteneciente a Funes, víctima de una conjura política urdida por sus hermanos, cuando se distraía en una cacería. Su hermano Ramón le precipitó al vacío desde un barranco, el 4 de junio de 1076. Su muerte originó la invasión de Navarra por Alfonso VI de Castilla y León, que ocupó La Rioja, y por Sancho Ramírez de Aragón, que fue proclamado rey de Navarra.

Contrajo matrimonio después de 1068 con Placencia de Normandía con quien tuvo dos hijos:

García era el heredero de su padre y rey titular de Pamplona, pero fue desplazado por Sancho I de Aragón, que se repartió el solar navarro con el reino de Castilla, apoyado por la nobleza navarra que no quiso un rey niño.

Sancho tuvo con una amante llamada Jimena con dos hijos ilegítimos:
Raimundo Sánchez, señor de Esquíroz, y Urraca Sánchez, con su educación puesta al cuidado del abad de Larrasoáin.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Lope, la ira de Dios




Lope, la ira de Dios es la película en versión original, con subtítulos en español, que describe el viaje que en 1559 el colonizador vizcaíno Lope de Aguirre realizó por el río Marañones, Amazonas y Orinoco hasta la isla Margarita en Venezuela junto a un contingente de sublevados que desertaron de la expedición del capitán Pedro de Ursúa en busca de el "dorado".

lunes, 4 de septiembre de 2017

El Fuerismo tradicionalista


Como bien dijo Bernardino de Estella, la pérdida de la identidad y cualidad foral vasca se inició en 1789 sobre Francia y en 1839 sobre España. Incluso los primeros Borbones respetaron la identidad foral vasca, dado que el Señorío de Vizcaya y resto de provincias apoyaron a Felipe V en la Guerra de Sucesión. El Jacobinismo liberal francés fue el primero en arrasar toda idea diferencial vasca, como la bretona.

La invasión napoleónica fue otro ejemplo de lucha en común. Las Juntas Generales vascas aprobaron la guerra contra los franceses, cuando el gobierno de España no existía y tenían libertad de haber hecho otra cosa. Como en Cataluña, los vascos lucharon contra el invasor sin aceptar las posibilidades separatistas que les ofrecía. No fue solo un tema religioso, pues aunque el invasor era en parte antirreligioso, esta conducta fue más respuesta a la lucha de los sacerdotes españoles contra los franceses que a la política de Napoleón, que en aquellos años ya había pactado con el papado la paz y una alianza, entre ellas su coronación como emperador.

Pero acabada la invasión francesa se produjo la llegada de la Democracia jacobina a España, y la destrucción de las identidades. Las Cortes de Cádiz de 1812, democráticas y liberales, fueron las primeras en que España eliminaron los Fueros vascos y navarros, y convertían a estos territorios en provincias, siguiendo el ejemplo jacobino francés típico de aquellas Cortes masónicas.

Los liberales vascos quemaron en San Sebastián públicamente los Fueros, no lo hicieron los reyes de España, sino vascos masones y liberales. Es curioso, Francisco Espoz y Mina, uno de los guerrilleros navarros típicos que luchó heroicamente contra los franceses, primero hizo fusilar un ejemplar de esa Constitución, pero luego se pasó al bando liberal, ingresó en la masonería y lucho contra los carlistas.


ESCUDOS HISTÓRICOS DE VIZCAYA Y GUIPÚZCOA


Pero fue bien entrado el siglo XIX cuando gran parte de los vascos y navarros tomaron profundo odio al Liberalismo masón y democrático. Por ello, a la muerte de Fernando VII, tomaron partido del absolutista carlista frente al liberal isabelino. Las dos Guerras Carlistas son ejemplos de lucha por mantener el tradicional régimen absolutista y foral, pero dentro de un contexto español que jamás perdió el Carlismo vasco ni el catalán. "Religión, Rey y Fueros" eral su principal lema, siendo el rey de España, y no de Euskal Herria.

En la primera de estas guerra civiles, la boina roja vasca, txapel gorri, se extendió como un símbolo entre los carlistas, defensores del Tradicionalismo. El Pacto de Vergara, abrazo de Vergara entre los generales rivales, el isabelino Espartero y el carlista Maroto, hizo acabar esta contienda. Aun así, Isabel II tuvo que restituir los Fueros sin perjuicio de la unidad constitucional, es decir, sin contenido alguno real, como los había tenido hasta entonces.

La respuesta inicial de gran parte de los vascos y navarros ante la idea del centralismo uniformador y la filosofía jacobina liberal y masónica, su igualitarismo forzado, fue el Fuerismo. No todos fueron foralistas carlistas, en las ciudades el fenómeno de la industrialización, los ideales liberales, democráticos e ilustrados fueron defendidos por una burguesía naciente.

Los fueristas trataban de hacer comprender a un gobierno de masones que la política represiva centralista solo llevaría al desastre. De igual manera que los catalanistas federalistas, no odiaban a España ni pedían separatismo alguno hasta casi en año 1900.




En 1834, se produjo la escisión de los liberales, que dio origen a los progresistas y los moderados. Estos últimos mantendrían su liderazgo con Isabel II y mantuvieron posturas intermedias y moderadas entre los postulados extremistas de los liberales progresistas y los  contrarrevolucionarios carlistas.

Para Jon Juaristi, el Liberalismo moderado estaba representado en Vascongadas y Navarra a través de los fueristas. Mientras que García-Gallego y Miranda Rubio defienden que la Ley Paccionada de 1841, es decir, la ley que adecua la ley foral navarra y vascongada a la unión constitucional, no solo fue construcción de los fueristas o liberales moderados, sino que fue impulsada principalmente por los progresistas, su sector más radical. En consecuencia existió una defensa de los fueros navarros y vascongados por parte de los liberales.

Pero, los liberales moderados, así como los carlistas, promovían la plena reintegración (que no adecuación) de los fueros que habían estado vigentes hasta 1841, incluso el general Leopondo O´Donell hizo bandera de ellos en el alzamiento que protagonizó ese año. No obstante, la complejidad de la historia política llevó a que, en ocasiones, los progresistas navarros asumiesen posiciones parecidas a la de los liberales moderados. Y en sentido contrario, cuando los moderados tuvieron en sus manos el poder, teniendo que asumir responsabilidades de gobierno, abandonaron su discurso de reintegración plena y llegaron a claudicar en favor de los acuerdos de la Ley Paccionada de 1841.

En la Restauración de 1874, se produjo otra escisión de los liberales, en este caso los liberales moderados se dividieron en transigentes e intransigentes, por diferencias frente a la ley modificadora de los fueron de 1876. Los transigentes aceptaban el nuevo modelo, aunque luchaban por algunas condiciones fiscales, mientas que los intransigentes condenaban la abolición foral y luchaban contra esa Revolución liberal.

En 1876, eclosionó el Movimiento fuerista como el conjunto de iniciativas políticas y culturales impulsadas por los liberales moderados intransigentes vascos y navarros. Estaban englobados en dos sociedades: la Asociación Euskara de Pamplona, llamados euskaros; y la Sociedad Euskalerria de Vizcaya, formada por euskelerríacos. Centraron su actividad en la promoción cultural y propagandística de la denominada "cuestión vasca".

Destacaron por su carácter romántico, por la exaltación del ruralismo, por destacar el componente vasco como signo de identidad común a las "cuatro provincias hermanas", y por superar la diferencias entre progresistas y carlistas. En la concepción fuerista, el medio rural era la máxima expresión de las virtudes de un pueblo, en contraposición a la pérdida de estereotipos en las nacientes ciudades industrializadas.

Los principales estereotipos del Romanticismo fueron:
1. la supresión de leyes (fueros), que parecían venir desde el fondo de la historia
2. el retroceso de una lengua milenaria envuelta por el misterio y la leyenda sobre su origen
3. una geografía montañosa "enrizada de rocas y precipicios y velada por nieblas" y una costa "azotada por olas"
4. la ruralización en decadencia frente a la industrialización y crecimiento demográfico de las ciudades




El Carlismo era un resumen de todos los tópicos de la literatura romántica, que tanto influenció al Fuerismo. Su aspiración era la vuelta de Antiguo Régimen absolutista, fruto los valores y tradiciones tópicos y típicos de España, y que contemplaba la restauración de todos los fueros tradicionales frente a la armonía constitucionalista. De esta idea general a toda España, se particularizó el Fuerismo hacia el mantenimiento de los valores tradicionales de la sociedad vasca.

En la concepción fuerista, el medio rural representaba la máxima expresión de las virtudes de un pueblo o etnia. En contraposición, el Liberalismo y la abolición foral representaban el peligro de la naciente industrialización, pues la emigración del campo a la ciudad estaba atrayendo pobreza, vicios e irreligiosidad, en definitiva, la pérdida de los valores tradicionales vascos.

En 1877, se reunían Juan de Iturralde, Arturo Campión, Esteban Obanos, Nicasio Landa, Aniceto Lagarde, Florencio de Ansoleaga, Antero de Irazoqui, Fermín Iñarra, Salvador Echaide, Estanislao Aranzadi y Hermilio de Olóriz con la finalidad de establecer una sociedad para fomentar el Fuerismo.

Y en 1878, Juan de Iturralde y Arturo Campión fundaban la Asociación Euskara de Navarra con el objeto de conservar y propagar la lengua, literatura, legislación e historia vascas y navarra. Esta sociedad fue la materialización del Movimiento fuerista en Navarra. Iturralde era nombrado secretario, presidente de la sección de Etnografía, Historia, Arte y Legislación, y director de la Revista Euskara. Más tarde entraría a formar parte posiblemente su literato más influyente, Francisco Navarro Villoslada.

Entre los literatos de esta escuela se repiten machaconamente los tópicos raciales, cristianos e identitarios, mitos y leyendas fueristas tan característicos de su movimiento romántico. Sin embargo, en ningún caso hablan de ruptura con España.

Años más tarde, entre 1893 y 1899, el ministro de Hacienda, Gamazo, intentó imponer uniformidad fiscal en toda España, eliminando la foralidad peculiar de Navarra. Esto hizo surgir un Foralismo navarro encabezado por Hermilio de Olóriz y Gregorio de Iribar y Sanchez.

En 1910, próxima la celebración del aniversario de la batalla de las Navas de Tolosa, Campión, Altadill y Oloriz, diseñaron el escudo y la actual bandera de Navarra, que ese mismo año aprobó la Diputación.

El Congreso de Oñate de 1918 fue un evento de gran relevancia promovido por las instituciones públicas, y que contó con la participación tanto de obispos de las diócesis de Vitoria, Pamplona y Bayona, como del rey Alfonso XIII.

El congreso acordó la creación de una universidad vasca para institucionalizar académicamente la actividad cultural y científica vasca y la fundación de la institución académica permanente de la Sociedad de Estudios Vascos, que contaba con un sólido fundamento socio-político. Alfonso XIII fue nombrado presidente de honor de esta sociedad; Arturo Campión, presidente honorario; Julián Elorza, presidente efectivo; y Ángel Apraiz, profesor de la Universidad de Salamanca, secretario general.


EL INTELECTUAL Y EL CURA, POR AURELIO ARTETA

viernes, 1 de septiembre de 2017

Machín de Arsu

Líder de la vanguardia de ataque del Ejército castellano-vasco de Alfonso X que liberó Fuenterrabía en el sitio de 1280 por las tropas navarro-francesas de Felipe III


ESCUDO A ARMAS DE LA CASA DE ARSU


Natural de Fuenterrabía, donde nació Machín de Arsu a finales del siglo XII. Era señor del Palacio y Casa solar de Arzu en Cornuz (Gornutz). Se le atribuye una gran victoria obtenida sobre los franceses el 20 de diciembre de 1280, en el punto de Cornuz.

En 1280, el rey de Francia Felipe III el Atrevido atacó por sorpresa a Fuenterrabía con un Ejército franco-navarro. Este rey era regente de Navarra ya que consiguió casar a su hijo, el futuro Felipe IV de Francia, con su prima Juana I de Navarra, última reina de la casa de Champaña, que había llegado al trono con 3 años de edad, convirtiéndose en el rey Felipe IV de Navarra.

El rey de Castilla, Alfonso X el Sabio, aguardaba un posible encuentro diplomático con el rey de Francia en las llamadas Conferencias de Bayona entre sus embajadores. Pero Felipe III tenía pretensiones de recuperar la ciudad de Hondarribia para Navarra, como ciudad portuaria del reino, tras la vinculación de Guipúzcoa al Reino de Castilla en 1200.

Sucedió entonces el primero de los varios sitios que esta ciudad sufriría en los sucesivos siglos por un Ejército de franceses y en ocasiones aliado y acompañados de navarros. Según la crónica: "y haciendo el daño posible en su comarca tomo un passo estrecho a la parte de Poniente de la Villa, y alojo sobre el su gente estendiendola hasta el termino llamado Cornuz a la falda Oriental del Promontorio Olearso".

Cuando recibió estas noticias, Alfonso X avanzó desde San Sebastián con sus tropas hasta detenerse en lo alto del monte Jaizkibel. Reunió a las personas de más experiencia y con mayor conocimiento de la zona. Asistieron a esta junta algunos vecinos y naturales de Hondarribia que vivían fuera de sus muros. En la reunión estaba presente Machín de Arzu, quien propuso al rey servir de guía a sus tropas para llevarlas a caballo por un camino hasta un punto en el que atacar a los franceses por sorpresa. Además, aconsejó que para marchar sin hacer ruido, es decir "para no ser sentidos de los enemigos mandase que las herraduras de los cavallos fuesen atapadas y cubiertas con paños para que no sonasen hasta que no estuviesen sobre ellos, y para que fuesen conocidos entre si sobrevistiesen sus camisas y caminasen con silencio y veria como succederia bien".

Ante tal muestras de prudencia y valor, Alfonso X confió en su experiencia para organizar su plan de contraataque. Mandó cubrir los cascos de sus caballos con telas, se colocaron las camisas por encima del resto del equipo para diferenciarse de los franceses, y avanzaron en silencio por caminos poco conocidos de Jaizkibel. Antes del amanecer llegaron por sorpresa al campamento principal del Ejército francés.


ESCUDO DE ARMAS CON EL LEMA "SOY DE ARSU"


Aquella vanguardia de ataque logró que el combinado franco-navarro abandonase sus tiendas y sus pertrechos, y huyeron en desorden. Según la crónica: "Cavallero Machin lo fizo también hiriendo y matando hasta llegar a la tienda del dicho Rey de Francia que estaba cerca de un rio", defendida por nobles franceses "de alta guisa". Mató a cinco de ellos "y al mesmo rey le expuso a trance de perder la vida". Felipe III de Francia consiguió escapar y huir con el resto de sus tropas.

Cuando Alfonso X el Sabio tuvo conocimiento del resultado de la acción dirigida por Machín de Arzu y "de lo bien que lo avia hecho, y que por el se avia dado orden de desbaratar el campo de su contrario" quiso conceder grandes mercedes al caballero hondarribiarra.

Además, en recompense a los servicios prestados el rey Alfonso X otorgó a Machín el término de Cornuz y una porción de terreno de Fuenterrabía. Todo ello se hizo constar en el certificado que aún conservan con veneración en la casa solar de Arsu.

Según asegura en 1620 el maestre de armas Diego de Urbina, desde entonces el escudo de la casa de Arsu o Arzzu lo forman "un castillo de oro en campo de gules, que es colorado, al pié de un río con cinco cabezas cortadas y en lo alto del castillo tres flores de lis de oro, y por orla ocho panelas verdes en campo de oro". Las cinco cabezas cortadas hacían alusión a los cinco nobles franceses abatidos por Matxin de Arzu junto a la orilla del río en la que se encontraba la tienda del Felipe III.

Desde entonces, este escudo tallado con el lema "Soy de Arzu" se encuentra en la fachada de la casa solar de Arzu, situada en el número 4 de la calle Ubilla de Hondarribia. Se trata de un edificio construido a comienzos del siglo XVII, cuando el linaje de Arsu se traslado a vivir intramuros.


CALLE DEDICADA A MACHÍN DE ARSU EN FUENTERRABÍA

martes, 29 de agosto de 2017

Monumentos a la Expedición México-Filipinas

El monumento conmemorativo del IV centenario de la Expedición marítima México-Filipinas (1564-1964) está situado en la Barra de Navidad, en la costa mexicana del Pacifico. Es una gran lámina de mármol que por un lado muestra el rostro en bronce del cosmógrafo Andrés de Urdaneta y por el otro el del adelantado Miguel López de Legazpi.






En la ciudad de Urdaneta, sito en la región filipina de Pangasinan, se encuentra el edificio New Urdaneta City Hall. Justo en frente se levanta el monumento conmemorativo de Andrés de Urdaneta.





La escultura a Legazpi en Cebú se encuentra junto al primer asentamiento permanente de los españoles dentro de las islas Filipinas, en el lado izquierdo de la muralla del fuerte de San Pedro, en la Plaza de Independencia de dicha ciudad. Como consecuencia del terremoto de 2013, la muralla sufrió desperfectos que han sido reparados. En Asia es muy común utilizar barras de bambú como andamios.

En el centro de la misma plaza se levantó también un obelisco, el arco de Legazpi, dedicado a su memoria, que data del año 1855.






El memorial al Galeón Manila-Acapulco se encuentra en la plaza de México, en el barrio de Intramuros de Manila. Está compuesto de un monolito de piedra dedicado al Galeón de Plata o buque de trasporte de la Carrera de las Indias Orientales, y una placa a Andrés de Urdaneta, el descubridor de la ruta marítima.




La plaza de Legazpi está ubicada en el distrito de Arganzuela de la ciudad de Madrid. En ella se encuentra la estación de metro homónima y debe su nombre al adelantado de las islas Filipinas. Dentro de la glorieta de Legazpi está la estatua de Pegaso (caballo alado), que formaba parte del grupo escultórico La Gloria y los Pegasos de Agustín Querol en el Ministerio de Agricultura español, y desde 1998 es ubicado en la rotonda dedicada al adelantado de las islas Filipinas.



viernes, 25 de agosto de 2017

Final de la Reconquista

En el siglo XIV, la participación de los vascos en la Reconquista fue mayor gracias al incremento de la extensión territorial de Castilla y del fortalecimiento de los vínculos con dicho reino. Este interés culminó en el siglo XV debido al desarrollo andaluz, fruto de la expansión atlántica castellana y de la incorporación del Reino de Granada. Andalucía se convirtió, para los vascos, en la base de las expediciones ultramarinas y un lugar estratégico en el control de las rutas comerciales, tanto oceánicas como las que unían el Atlántico con el Mediterráneo. Por eso, para llegar hasta este punto fue necesaria la reconquista total de la península y, por tanto, la liquidación del Reino de Granada, empresa en la que los marineros vascos pusieron todo su empeño y lealtad al Reino de Castilla.

La incorporación de los vascos a estas tareas fue fruto de contrataciones en sus lugares de origen o de convenios in situ. Los marineros vascos que participaron en estas expediciones y asedios no eran militares profesionales, ya que alternaban las profesiones de transporte, comercio y pesca con las propiamente bélicas. Estos marineros y sus barcos podían incorporarse a las flotas reales o servir de forma autónoma mediante el corso. La integración en tales actividades se hacía a través de relaciones de consanguinidad y vecindad, que constituían una especie de compañías en torno a sus jefes naturales.



PRINCIPALES ACCIONES MILITARES DE CASTILLA EN EL SIGLO XV


El siglo XV supuso el punto álgido en esta progresión debido a la aceleración del desarrollo andaluz, y en este marco las operaciones militares se multiplicaron.

En 1407, se organizó una flota compuesta de 39 navíos, en los que alternaban las embarcaciones cantábricas y andaluzas. Su objetivo era efectuar el bloqueo el estrecho de Gibraltar e impedir las relaciones entre el Reino de Granada y África. La Armada del Cantábrico reunía un total de 24 unidades del total, con mayoría de procedencia del Señorío. Las naos de Vizcaya estaban al mando de Robín de Braquemont, antiguo embajador francés, y de Fernán López de Estúñiga, mientras que las galeras fueron capitaneadas por Juan Rodríguez Sarmiento. El resultado final fue favorable a los castellanos.

Tres años después se reeditó la flota del Estrecho, constituida por 15 galeras, 5 leños, 6 naos y 20 balleneres. Según la crónica de Juan II, la participación vizcaína fue de tres galeras y un número indeterminado de balleneres, al mando de Ruy Gutiérrez de Escalante. La composición debió de ser similar a la de su antecesora, con predominio de veleros norteños y embarcaciones mixtas del sur, y su intervención fue realizada tanto en Sevilla como en Cádiz, limitándose a diversos apresamientos.

Simultáneamente, se efectuó el sitio de Antequera, donde se hallaban gentes vascongadas a las órdenes del infante Fernando. Durante la lucha sorprendió la muerte a uno de los más señeros linajes vizcaínos como fue Martín Ruíz de Avendaño, capitán de las naves de Castilla. Según Labayru, este caballero vascongado:
"... murió gloriosamente atravesado de un «pasador con yerba» y fue llevado a enterrar a la iglesia de Yurre (Arratia), donde los Avendaño de Bizkaia tenían su solar."
En 1412, las naves de Vizcaya, Cuatro Villas y Galicia formaron la expedición contra Ceuta.

La vigilancia del estrecho desde 1482, partió de la operación que se organizó para el asalto final al Reino de Granada. Se trataba de una armada mixta de galeras y veleros, en el cual se encontraban numerosos navíos vascos, como demuestran el nombre de sus capitanes.

La contribución de la provincia de Guipúzcoa fue de tres embarcaciones, que mantenía a su costa. La participación vizcaína debió de ser superior, aunque sólo existe constancia fehaciente de marinos de Tavira de Durango.

La participación vasca en dicha empresa se mantuvo activa en 1486, 1487 y 1488, años en que Díaz Mena y Garci López de Arriarán seguían siendo capitanes de los veleros castellanos. Y en 1490, la guarda del Estrecho contó con López de Arriarán y Juan de Lazcano como almirantes.



LIBERACIÓN DE LOS CAUTIVOS DE MÁLAGA POR LOS REYES CATÓLICOS,
POR JOSÉ MORENO CARBONERO


La Guerra contra Granada puso punto y final a la Reconquista y consiguió la unidad territorial de España. En ella participaron gran número de alaveses bajo el mando de su diputado general Diego Martínez de Álava.

A partir de 1483, la flota cantábrica pasó al Mediterráneo para cortar la comunicación del Reino Granada con sus aliados africanos.

En 1487, se ejecutó la toma de Málaga por tierra y mar. Las escuadras castellana y aragonesa estuvieron dirigidas por los almirantes Fadrique Enríquez y Galcerán de Requesens, secundados por los capitanes Antonio Bernal, Melchor Maldonado, Álvaro de Mendoza, Martín Ruiz de Mena y Garci López de Arriarán.

martes, 22 de agosto de 2017

Ignacio Embil

Capitán de galeón de la Escuadra de la Guarda de la Carrera de Indias a finales del siglo XVII




Ignacio Embil pertenecía a la antigua casa solar de Auspaguindegui, ubicada en la guipuzcoana villa de Cestoa, donde nació a mediados del siglo XVII. Desde muy joven se dedicó a los oficios de la mar por vocación.

Su primera gran acción de combate integrado en la Real Armada española tuvo lugar el 22 de agosto de 1688 mediante la adquisición de patente de capitán de mar y guerra, concedida por el secretario real Gabriel Fernández de Quirós. En cuantas empresas se le encomendaron, sirvió siempre con la eficacia que en él se había confiado.

En 1692, estaba al mando del galeón San Ignacio, uno de los tres buques de guerra que componían la flotilla de Diego de la Vega Laso, marqués del Vado del Maestre. Esta viajaría en conserva de la flota de Tierra Firme, compuesta de los galeones Santa Cruz, Nuestra Señora de la Concepción, El Ángel y Los Animas.

Zarparon con mar calmo desde el puerto de Cartagena de Indias. Cuando en el paraje de La Vívora sufrieron las inclemencias de un fuerte huracán. Los demás barcos se retiraron como pudieron, pero Embil no se apartó de los buques que llevaban en conserva y pudo salvar a 770 hombres y 6 mujeres y extraer una gran parte del tesoro que los buques naufragados llevaban. Tras realizar un lamentable viaje a Cádiz con aquel exceso de carga y el barco averiado, el rey Carlos II le premió con un buque de más porte en los navíos de flota de la Nueva España y un hábito de las órdenes militares para uno de sus hijos Manuel y Pedro Ignacio, que también se hallaban empleados en la milicia.

miércoles, 9 de agosto de 2017

La Renovación de la Identidad vasca en el siglo XIX

Tras la instauración del Régimen liberal por la reina Isabel II en 1834, la argumentación del Fuerismo vasco pretendía demostrar que el anterior régimen foral dentro del Estado liberal en nada se oponía a la unidad constitucional y que era un eficaz sistema de administración. Pero para dotarlo de mayor poder de convicción, los fueristas no tardaron en añadir otros argumentos. Por ejemplo, los diputados generales de las tres provincias, en una conferencia foral de noviembre de 1841, afirmaban:
"Los fueros son el modo de existir del país, son su vida social, sus hábitos, sus costumbres, su educación, sus afecciones predilectas, su impulso y movimiento preponderante, son la animación y el alma de estas montañas..."

Pedro de Egaña en una intervención en el Senado en junio de 1864 afirmó:
"Los fueros están encarnados en la sangre, en los hábitos, en las costumbres y hasta en la organización moral de todos aquellos naturales; organización sin la cual no pueden vivir."
En definitiva, el discurso de la defensa foral se convirtió en un discurso identitario, ya que presentaron los Fueros como un elemento intrínseco del pueblo vasco y expresión de su singularidad, de manera que si suprimían los Fueros se destruiría el pueblo, porque formaban parte esencial de su propia naturaleza.


VIDRIERA ALEGÓRICA DE LOS FUEROS DE VIZCAYA


Conjuntamente a la elaboración del argumento que convertía al Fuero en el "modo de ser" de los vascos, se actualizaron las clásicas tesis y tradicionales códigos que definieron la vasquidad desde comienzos del siglo XVI. Esos elementos definidores fueron:

1. la Foralidad: patrimonio inalienable transmitido a través de generaciones, depósito sagrado, garantía de bienestar y referente moral fuertemente interiorizado por el conjunto de la sociedad.

2. el Catolicismo: fe católica antiquísima y profunda, explicada a través del mito del primitivo Cristianismo vasco, que ocupaba todos los aspectos de la vida pública y que ejercía funciones de protección sobre los Fueros.

3. la Historia mitológica: historiografía legendaria formulada en torno a las tesis de la Modernidad pero actualizadas al momento. Estas fueron:
a. el vasco-iberismo: los vascones fueron los genuinos y últimos descendientes de los antiguos iberos.
b. el vasco-cantabrismo: los vascones fueron los cántabros que resistieron a la dominación romana.
c. la sucular independencia: el mito sobre la conservación intacta de las tradiciones originales y la pureza étnica.
d. la integración pactada con Castilla: la unión de las Provincias a la Monarquía fue una entrega voluntaria y condicional, un contrato bilateral, obligatorio a ambas partes.

4. la Cultura propia: la lengua eusquera es el último vestigio de la primitiva lengua de los iberos.

5. el Triple Patriotismo: el español, el vasco y las provinciales.

El discurso identitario de los fueristas del siglo XIX fue un discurso sobre la singularidad del pueblo vasco, una singular españolidad diferenciada del resto de la Monarquía, por diversos aspectos:
1. por su régimen foral, adaptado a las peculiares circunstancias naturales del país, garantizaba a la población un bienestar desconocido en otros territorios.
2. por su historia propia, independiente y soberana antes de la incorporación pactada a la Corona de Castilla y diferenciada del resto de la Monarquía.
3. por su fiel lealtad y esforzado servicio a la Corona, que hacía de los vascos los mejores súbditos entre todos los españoles, y por el pacto de agregación que obligaba a ésta a gobernar respetando los Fueros.
4. por su tejido social, idílico pueblo de montañeses, moderados en sus costumbres, trabajadores, amantes de sus instituciones y obedientes a sus autoridades, un pueblo de orden.
5. por su singular lengua, el vascuence.


A LA SALIDA DE MISA EN UNA ALDEA VASCA, POR JOSÉ ARRUE


Un pueblo tan singular que hasta fue considerado elegido por Dios. Así, el diputado a Cortes por Álava, Ramón Ortiz de Zárate, llegó a decir en 1858:
"El país vascongado es el único en el mundo que permanece siempre incólume entre el cúmulo de ruinas que cubren el universo. Bendito sea el Señor, una y mil veces bendito, por haber elegido pueblo tan reducido y pobre para ejemplo tan grandioso."

Pueblo, según el discurso fuerista, formado por los habitantes de los tres territorios vascongados, que constituían una unidad inmemorial. De nuevo Ortiz de Zárate escribió:
"Esta unión (vascongada) y esta concordia perdurables no tiene origen conocido, se pierde en los más remotos días de la historia y durará hasta la consumación de los siglos... La unión vascongada es hija de Dios."

Para ello, tuvieron que reescribir el pasado plural y escasamente vertebrado de tres territorios que habían funcionado políticamente durante siglos de forma independiente entre sí y construir un devenir histórico común y singular. Esta tarea fue emprendida por historiadores vascos que trabajaban como archiveros, juristas, periodistas, clérigos, etc; apoyados por historiadores españoles, franceses y de otras nacionalidades.

Las autoridades forales de los años 30 y 40 del siglo XIX comenzaron a utilizar un discurso político, haciendo énfasis en la idea de unidad mediante el uso recurrente de expresiones como país vascongadopaís vascopueblo vasco, e incluso nacionalidad vasca.

A la vez, actuaron como agentes transmisores que socializaron aquel código identitario:
1. a través de publicidad en su discurso ofrecido en la vida política estatal y provincial, por medio de noticias de prensa o de la publicación de folletos que se repartían en Madrid y en las Vascongadas.
2. a través de políticas de protección de patrimonio histórico-artístico, culturales, y editoriales.
3. a través de políticas conmemorativas, por ejemplo el aniversario del Convenio de Vergara, en 1840, escenificado en cada celebración de la idea del Irurac bat (las tres unidas).


SANTUARIO DE LOYOLA


A dar forma y contenido a este código de identidad vasca también contribuyeron otras fuerzas políticas como fueron los carlistas y los clérigos. El Movimiento carlista reforzó el componente religioso de la doctrina, entre sus defensores estaban muchos eclesiásticos. El más destacado carlista fue Vicente Manterola, canónigo magistral de la catedral de Vitoria entre 1866 y 1873, y diputado carlista a Cortes por Guipúzcoa en 1869.

La Iglesia difundió con sus sermones la idea de la profunda catolicidad de los vascos, pero también el valor del Fuero, o incluso de la lengua eusquera, y proporcionó santos y devociones religiosas de contenido vasquista. Aunque tan solo se tratasen de estrategias al servicio de la prédica católica, llevaban componentes intrínsecos para la definición identitaria. El santo más importantes fue san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y santo de singular devoción en Vizcaya y Guipúzcoa, elegido en 1868 compatrono de la diócesis de Vitoria junto a san Prudencio. Fue considerado como el euskaldunem aita, es decir, "el padre de los euskaldunes", como afirmaba un poema dedica a su persona en El Semanario Católico Vasco-Navarro publicado el 31 de julio de 1868 y además, según el carlistas Arístides de Artiñano, era "el único santo que habla vascuence".

También los medios culturales (literatos, editoriales y artísticos) ayudaron a la definición de la identidad vascongada decimonónica, que divulgaron un discurso similar al de las élites políticas, aunque con matices diferentes, como la mayor importancia a la lengua eusquera, y lo hicieron con el objetivo expreso de desvelar las señas de identidad cultural de los vascos.

viernes, 4 de agosto de 2017

Vascos y navarros en la Historia de España, por Jaime Ignacio del Burgo




Vascos y navarros en la Historia de España
Jaime Ignacio del Burgo, Laocoonte (Pamplona, 2007), 374 páginas

Vascos y navarros en la historia de España es un magnífico ejemplo de cómo al nacionalismo se le combate no ya desde la verdad, sino desde el rigor intelectual. No hace falta más para mostrar la realidad que obsesiona al nacionalismo vasco, y como el pasado está repleto de documentos que lo prueban, nada mejor que dejar a los historiadores profundizar en ello.

El resultado es este libro es heterogéneo pero con una solidez académica de fondo que demuestra que la historia de vascos y navarros sólo puede entenderse en relación con la del resto de españoles. Así lo afirma José María Aznar en el prólogo:
"Vascos y navarros están en la historia de España, y son ellos mismos historia de España."

Este libro, editado por Laocoonte y coordinado por Jaime Ignacio del Burgoreúne a un brillante grupo de historiadores.

José Andrés-Gallego proporciona la desmitificación necesaria del pueblo vascón, de sus comportamientos y actitudes; muestra la existencia de sentimientos de pertenencia diversos a lo largo de la historia, compartidos, superpuestos, variables. En su texto, el profesor Andrés-Gallego reivindica ante todo la complejidad tanto de los hechos como de la interpretación de los mismos. Complejidad que el nacionalismo reduce a unas pocas proclamas ideológicas que niegan cualquier legitimidad distinta de la que hacen suya.

Francisco Javier Navarro y Ángel Martín-Duque recorren la historia antigua de vascos y navarros para llegar a la conclusión de que no eran distintos, para lo bueno y para lo malo, de sus vecinos, y para resaltar que los vínculos mitológicos entre ambos pertenecen a la historia-ficción.

Alfredo Floristán, Juan B. Amores, Agustín González Enciso, Joaquín Salcedo y Rafael Torres Sánchez analizan la presencia de unos y otros en la Corte madrileña de las dinastía de los Austrias y de los Borbón, así como de su acceso a las estructura de poder del Nuevo Mundo. Una presencia habitual gracias al interés de todos su intervinientes, y repetida en otras regiones de España.

Miguel Alonso Baquer hace referencia de la aportación histórica de los militares vascos y navarros, repleta de figuras de primera magnitud que lucharon bajo la bandera española por la defensa de la nación y por sostener una misión histórica.

Javier Fortún Pérez de Ciriza aborda la relación de la iglesia navarra con la española a lo largo de casi dos milenios.

José Manuel Azcona y Carlos Mata se ocupan de la literatura navarra. Azcona repasa las lecturas navarras de Sabino Arana y muestra que, como en el caso de la filosofía, no hay tontería que no haya afirmado algún navarro en uno y otro momento; ni aberración histórica, cultural o racial que Sabino Arana dejara fuera de sus escritos. Eso sí, existió y existe una literatura que aportó algo más que los mitos y obsesiones que interesaron al fundador del PNV.

Jaime Ignacio del Burgo, brillante historiador, aporta el texto de mayor calado político, a propósito del Carlismo, y desmota dos mitos:

El primer mito se basa en la falsa creencia de que el Carlismo fue el antecesor del Nacionalismo vasco. Según Del Burgo, es un fenómeno ligado a la sucesión dinástica y, a través de ella, al destino de la nación española. Lo cierto es que los carlistas vascos y navarros lucharon, como otros, por España, o por una determinada idea de España y cualquier otra interpretación al margen de la realidad española parece fuera de lugar.
"La sangre de miles de voluntarios carlistas fue derramada por la causa de una España fiel a sus principios católicos, y fiel a la dinastía representante de dichos principios, la encabezada por Carlos V, y continuada por sus legítimos herederos."
"Los voluntarios carlistas acudieron a la llamada de su rey para sostener sus derechos al trono frente a la usurpación del mismo y defender los principios de legitimidad." (página 315)
En 2008, en tiempos de tormenta constitucional, el historiador recuerda la clave sobre la que se asienta el Amejoramiento del Fuero navarro de 1982: la Ley Paccionada de 1841.
"Se negoció por una diputación representativa de Navarra, aunque hubiera sido elegida al margen de las viejas instituciones. Era fruto de la nueva legitimidad surgida de la legalidad revolucionaria." (página 313)
Su origen se remite a dos realidades opuestas en los extremos pero que, como suele ocurrir en la historia, se mezclan, dando lugar a corrientes y acontecimientos históricos que perduran: la nostalgia del reino perdido y el incipiente Liberalismo.
"La Diputación de Navarra, en manos de los liberales triunfantes en la guerra civil, concurrió a Madrid y negoció la perdida de la condición de reino a cambio de una amplísima autonomía fundamentalmente administrativa." (página 317)
La Ley Paccionada de 1841 une la tradición navarra con las ideas constitucionales. Sin ella no puede entenderse el encaje constitucional y liberal del Fuero de 1982, tal y como explica Del Burgo.

Los vascos herederos de San Ignacio de Loyola, y los navarros herederos de San Francisco Javier, sólo supieron luchar por España, sólo supieron morir por la libertad tradicional española encarnada en sus fueros, y sólo supieron soñar con un futuro, el de la salvación cristiana.

El segundo mito combate es la falsedad de que el Carlismo fue un antecedente del terrorismo etarra. Nada tiene que ver la industria del crimen terrorista con los levantamientos temporalmente limitados, y sometidos a la autoridad católica, de los carlistas vascos o navarros.

En definitiva, esta obra aporta una buena cantidad de conocimiento de historia de España y sirve de antídoto eficaz contra el Nacionalismo vasco, integrista en Euskadi y anexionista en Navarra. 


ÍNDICE:

Prólogo de José María Aznar

Presentación de Jaime Ignacio del Burgo

I. Vascos y navarros en la Historia de España: algunas claves interpretativas; por José Andrés-Gallego

II. Las Raíces de la Antigüedad; por Francisco Javier Navarro

III. En torno a la identidad socio-cultural de los navarros en la Edad Media; por Ángel Martín Duque

IV. Navarra y la Iglesia español; por Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza

V. Vascos y navarros en la Monarquía española del siglo XVI; por Alfredo Floristán

VI. Vascos y navarros en América; por Juan B. Amores Carredano

VII. El protagonismo económico de los navarros en la España del Siglo XVIII; por Agustín Gonzaléz Enciso

VIII. Representación política y presencia navarra en Madrid. La Navarra institucional en la Corte; por Joaquín Salcedo Izu

IX. Emigrantes y financieros navarros en la Corte madrileña; por Rafael Torres Sánchez

X. Presencia vasca en la milicia española; por Miguel Alonso Baquer

XI. Presencia navarra en la milicia española; por Miguel Alonso Baquer

XII. Vascos y navarros en la lucha por la legitimidad española: las Guerras Carlistas; por Jaime Ignacio del Burgo

XIII. Los pensadores navarros del siglo XIX y Sabino Arana; por José Manuel Azcona

XIV. La aportación de Navarra a la literatura española; por Carlos Mata