Orígenes hispanos de Navarra

Orígenes hispanos de Navarra


La historia de Navarra en los tres últimos siglos del primer milenio es tan oscura que no sólo no se puede determinar el año del nacimiento del Reino de Pamplona, sino el siglo en que apareció. Antaño se sostuvo que fue en el siglo VIII con García Ximénez, error que aún pervive en algunas obras indocumentadas. En el siglo XX lo más habitual ha sido considerar, como defendió J. M. Lacarra, a lñigo Arista el primer rey y fijar en e1 824, tras la Segunda Batalla de Roncesvalles, la aparición de la monarquía. Finalmente otros historiadores han preferido esperar al reinado de Sancho Garcés I (905-925). considerado por los partidarios de la teoría anterior como un cambio de dinastía, para datar el nacimiento del reino, tesis desarrollada en la actualidad por A. J. Martín Duque.

Es más el Reino de Pamplona se constituyó tras una larga etapa de aceptación de la soberanía árabe por la clase dirigente que controlaba la capital navarra (y también de un breve periodo de sumisión al Imperio carolingio).

Esto es fundamental para comprender la complejidad que ha presentado y presenta Navarra, un territorio que muestra afinidades con todas las comunidades autónomas que le rodean. Este hecho ya fascinó a J. Caro Baroja
«la complejidad, la variedad del antiguo Reino de Navarra ha sido puesta de relieve varias veces, pero una cosa es reconocer la existencia de un hecho y otra explicárselo. Creo, sinceramente, que ninguno de los que sabemos algo acerca de Navarra y sus gentes estamos en situación de razonar sobre el asunto de modo convincente en absoluto»
(El valle del Baztán, ahora en Sondeos históricos, San Sebastián, 1918, Pág. 129).

En su voluminosa Etnografía histórica de Navarra (Aranzadi, 1911) insistía en la misma idea: «Para mí la existencia de Navarra es aún un problema científico y un enigma histórico» (pág. 11). Daba la siguiente explicación:
«Porque no cabe duda de que hoy existe una provincia de Navarra con unos naturales o vecinos que son los navarros, dentro de un Estado que es España. Pero antes y durante mucho, Navarra en sí fue un Estado, los navarros fueron considerados como un grupo muy cognoscible en el occidente de Europa y aquel Estado pequeño no tenía unidad de lengua, ni de lo que más vagamente se llama cultura, ni de raza, ni siquiera tenía unidad de paisaje [...] Pero Navarra está ahí, y para mí lo que le caracterizará es haber tenido una unidad histórica limitada a ciertos hechos políticos y un largo devenir condicionado por situaciones, instituciones y leyes. Nada más, y nada menos»
(págs. 12-13)

Para comprender este problema hay que tener presente:
1. los orígenes hispano-godos del Reino de Pamplona
2. el poblamiento heterogéneo de Navarra anterior al año 1000 antes de Cristo
3. el importante asentamiento de gentes indoeuropeas durante el primer milenio antes de nuestra era
4. la intensa romanización de buena parte de Navarra


Cuatro falsedades históricas

Los escritores nacionalistas han tratado de justificar los orígenes exclusivamente vascos del reino navarro con varias explicaciones, que pueden ser complementarias:

1. El Reino de Pamplona es el heredero del supuesto ducado merovingio de Wasconia, entendido como el primer Estado nacional vasco, que se habría extendido desde el Garona hasta más allá del Ebro (para incluir territorios de La Rioja, Aragón y Cantabria).

La falsedad de esta interesada interpretación es evidente, puesto que ese ducado no existió y porque tradicionalmente se han situado los orígenes del Reino de Pamplona en la victoria lograda en el 824 por los navarros (ayudados en esta ocasión por aragoneses y musulmanes) sobre un ejército franco de wascones, que acababa de restablecer la soberanía carolingia en Pamplona.


2. La familia de Iñigo Arista desciende de un refugiado político vascofrancés.
Hipótesis que ha sido también defendida por algunos historiadores, pero que no goza actualmente de crédito alguno entre los investigadores.


3. El origen del Reino de Pamplona surge en las luchas de los vascones contra visigodos y francos.
Lo que está claramente contradicho por el hecho de que la geografía del primitivo Reino de Pamplona es distinta de la de los vascones independientes de época visigoda y porque entre las mencionadas guerras y el nacimiento del reino navarro transcurre más de un siglo.  

4. La formación del Reino de Pamplona surge del desarrollo natural del pueblo vasco, o (según B. Estornés Lasa) de las fuerzas internas y vocacionales de la nacionalidad vasca.

Según C. Clavería:
"Su gobierno era una república federativa compuesta de valles o comarcas que se gobernaban independientemente según sus costumbres respectivas, determinándose sus diferencias por un consejo de ancianos o sabios de la tierra.
En esta situación estaban los vascones, cuando comenzaron la guerra contra los sarracenos, pero bien pronto las diferencias surgidas entre ellos les hace comprender la necesidad de un jefe que los dirija contra el enemigo común y que les gobierne con paz y justicia a imitación de los godos y de los francos. A este caudillo lo denominan rey. Antes de su elección, acordaron establecer un pacto entre el pueblo y el candidato, basado en que había de comprometerse a regirlos con arreglo alas leyes tradicionales vascas, sus costumbres y libertades, procurando mejorarlas y nunca empeorarlas; que no haría justicia por sí solo, sino que debería contar con un consejo de 12 ancianos y sabios, y que no podría hacer la paz o la guerra sin contar con el mismo consejo. Hecho esto eligen su primer rey."

Evidentemente el Reino de Pamplona tiene unos orígenes vascos, pero también orígenes hispano-godos (hispanos) entendiendo por Hispania el país que en el siglo VIII tenía un pasado romano y visigodo y la presencia inmediata del enemigo musulmán.


1. El primer hecho que hay que tener en cuenta es que el Reino de Pamplona nació en una ciudad y durante mucho tiempo fue el reino de una ciudad, como indica, entre otras cosas, su denominación, que no se convirtió en Reino de Navarra hasta 1162. No puede ser casualidad que en un ambiente abrumadoramente rural, como el del mundo vasco de los últimos siglos del primer milenio, el reino pamplonés naciera en una ciudad, cuyo nombre en euskera, lruña (ciudad), revela claramente su excepcionalidad, ya que indica que no había en el territorio otra urbe de la que hubiera necesidad de distinguirla. Es decir, que el Reino de Pamplona nació en lo distinto: en la ciudad, en lo heredado de Roma, que seguramente tenía unos orígenes indoeuropeos y fue un obispado del Reino Visigodo.

Si, por ejemplo, el único Estado vasco de la Historia hubiera surgido en Guipúzcoa, el único territorio vasco sin contacto con otros territorios no vascos y por ello auténtico corazón del país, o en otro territorio vasco resguardado de al-Ándalus, no habría problemas para admitir unos orígenes exclusivamente indígenas. Pero precisamente Guipúzcoa, de la que se carece de cualquier noticia entre e1 456 y el 1025, continuaba en los alrededores del año 1000 en la Prehistoria, la última de Occidente, y, dividida en varias unidades, era incapaz de articularse políticamente, lo que muestra a mi entender la incapacidad del llamado saltus vasconum organizarse en un Estado, empresa por lo demás difícil. Si a esto añadimos que el Reino de Pamplona surgió en la primera línea de lucha contra al-Ándalus, no encontraremos otra causa para explicar su nacimiento que el desarrollo político de la ciudad. Si la aparición de los estados hispano-cristianos hubiera tenido lugar en el seno de ciudades, el significado de los orígenes urbanos del Reino de Pamplona estaría tan claro, porque se podría aducir que ese nacimiento urbano es una condición para la formación de una monarquía. Pero, precisamente, la aparición del reino navarro es una excepción en la historia de los orígenes de la Reconquista. En Asturias, donde la importancia del elemento hispano-godo fue decisivo, el reino tuvo un origen rural; y los condados aragoneses carecieron de cualquier ciudad hasta el siglo XI.


2. Pamplona fue una ciudad visigoda situada en la frontera con los vascones independientes de la época de los reinos germánicos. El único documento pamplonés proveniente de esta época (De laude Pampilone), a su carácter de alabanza a la manera del famoso Laus Spaníae San Isidoro (que parece haberlo inspirado), muestra claramente las preocupaciones defensivas de los habitantes de la capital navarra  e identifica a los enemigos de la ciudad: los vascones.

Después, como cualquier otra ciudad hispano-goda, capituló ante los musulmanes sin que haya constancia de que hubiera protagonizado algún acto de resistencia. Ciertamente Pamplona fue, con gran diferencia, la ciudad hispano-cristiana que más veces se rebeló contra los musulmanes en el siglo VIII. Dada la sumisión de la Hispania mozárabe, esta actitud singular parece revelar la existencia de una alianza de los antiguos adversarios (Pamplona y los vascones) frente a un enemigo común, mucho más poderoso y peligroso (algo similar sucedió a mediados del siglo VIII entre el Reino de Asturias y los habitantes de Vizcaya y Álava). En todo caso, antes o después esa alianza terminó por producirse y tuvo un carácter decisivo en la larga y compleja gestación del Reino de Pamplona.


3. En Pamplona, como en otras ciudades del valle del Ebro, apareció un partido pro-carolingio a finales del siglo IX, cuya actividad facilitó a principios del siglo IX una breve incorporación al Imperio Carolingio (806-816).

Además, hay que destacar que la monarquía no sólo no fue el Regnum Vasconum, sino que nunca empleó la palabra vascón, que a partir del año 1000, y hasta hace poco (la extraña, para la lengua española, expresión País Vasco es un galicismo introducido en el siglo XIX), servirá únicamente para designar a los habitantes del País Vasco francés. Y esto debe de ser muy significativo porque Navarra fue la primitiva Vasconia y porque ese gentilicio indoeuropeo no puede considerarse un exónimo, ya que consta la existencia de una ceca con el nombre de Bar(s)cunes (que puede significar "los altos" o "los orgullosos"), que muy probablemente correspondió a la primitiva Pamplona prerromana. Este olvido, que no puede ser una casualidad, parece el resultado de una actitud deliberada por resaltar únicamente los orígenes hispano-godos (y romanos), algo que se puede probar desde el mismo momento en que en la segunda mitad del siglo X aparecen los documentos. Ciertamente, en algunos textos bajomedievales reaparece el término "vasco2, pero, como en otros lugares peninsulares, con un sentido lingüístico, de donde surgirá la voz "vascongado", en principio, vascoparlante (y no habitante de las Vascongadas, como sucede desde el siglo XVIII).

Pero la existencia de unos importantes orígenes hispano-godos del Reino de Pamplona no descansa únicamente en planteamientos teóricos. En un contexto de penuria documental, existen varias pruebas que acreditan esos orígenes. Una se encuentra en la antroponimia, apenas conocida en el siglo IX. Cuando entre los mozárabes de la época los nombres germánicos eran minoritarios ( un quinto entre los mártires voluntarios cordobeses de mediados del siglo IX), tiene que ser significativo que, tras la invasión musulmana, los dos primeros obispos conocidos de Pamplona tengan nombre godo: Opilano y Wiliesindo, contemporáneos de Iñigo Arista (824-852) y, por consiguiente, de los orígenes del proceso de constitución del Reino de Pamplona. y éste no es un dato aislado: gracias a San Eulogio, conocemos a mediados del siglo IX una serie de nombres de abades pertenecientes todos ellos, probablemente, a la diócesis de Pamplona: Fortún de Leire, Atilio de Cillas, Odoario de Siresa, Jimeno de Igal y Dadilano de Urdaspal. Los nombres germánicos también se encuentran entre los laicos, como se aprecia en las dos familias principales de Navarra: Galindo, uno de los antropónimos más frecuentes en el ámbito navarro-aragonés en el siglo X, fue el nombre del segundo hijo de Iñigo Arista, y Toda, más frecuente aún, el de la madre y la esposa de Sancho Garcés I (905- 925), probablemente el primero en tomar el título de rey. La antroponimia germánica conocida en Navarra antes del año 1000 es suficiente para acreditar la presencia de individuos pertenecientes a la minoría visigoda, que por su importante relevancia no pueden ser considerados como meros refugiados. Este fenómeno cobra mayor significación si se tiene en cuenta que al hablar de orígenes hispano-godos del Reino de Pamplona hablamos, ante todo, de orígenes hispanos o romanos.

Otra prueba relevante se encuentra en la vigencia del Líber Iudícíorum en el Reino de Pamplona, ya que, como ha señalado J. J. Larrea, "todo lo que sabemos sobre el Derecho privado, sobre las instancias judiciales y sobre el procedimiento en nuestra región debe ser relacionado con la tradición romano-visigoda" . Y esto es imposible que haya sido impuesto por una monarquía joven y con escasos medios. Es más, dada la falta de ejemplares del Líber de formación jurídica, el mismo autor ha podido escribir que "en Navarra, la ley escrita parece haberse convertido en costumbre", fenómeno que sólo es posible tras una importante implantación anterior.

Otros indicios que apuntan en la misma dirección son:

1. la propia organización social, en la que no se han detectado elementos importantes que la singularicen.

2. la vigencia de la liturgia de la Iglesia visigoda hasta el siglo XI, cuando al norte de los Pirineos había sido sustituida por el rito romano.

3. la utilización de la cursiva visigótica que, como en Aragón y el reino astur-leonés, es la escritura más antigua detectada en Navarra, lo que cobra aún más valor si se tiene en cuenta la introducción de la minúscula carolina en el Imperio Carolingio.

4. la utilización de la Era hispánica hasta el siglo XIV.

5. la aparición de una lengua romance muy parecida al castellano en un reino por cuyo territorio San Eulogio pudo viajar sin problemas de entendimiento a mediados del siglo IX. Una lengua que tiene su acta de nacimiento en las famosas glosas de San Millán de la Cogolla (que formaba parte entonces del Reino de Pamplona) y en las que, significativamente, se encuentran también las primeras (y breves) frases en euskera. Esta lengua se convirtió en idioma oficial en Navarra medio siglo antes que en Castilla y dio lugar a la primera crónica peninsular escrita en romance (Cronicón Villarense).

Por todo ello, no es de extrañar que en el Reino de Pamplona surgiera también el neogoticismo, lo que es asimismo una prueba de sus orígenes hispano-godos. Este fenómeno es claramente perceptible en la segunda mitad del siglo X, cuando empieza a haber documentación, y tiene su mejor exponente en una serie de códices encargados por el rey Sancho Garcés II Abarca (970-994), que constituyen lo que Ángel J. Martín Duque ha denominado "primera memoria historiográfica autóctona". En estas obras elaboradas en monasterios de la monarquía pamplonesa, "un equipo de monjes y clérigos reunió y compendió ordenadamente todos los subsidios textuales necesarios para intentar fijar en la memoria colectiva los horizontes universales, los antecedentes geo-históricos y las premisas directas de la reciente comunidad política, que no había surgido por una especie de generación espontánea". Pues bien, "esta labor bien meditada y cuidadosa" constituye una reivindicación del legado hispano-godo.


El primero de esos libros es el llamado Códice Vigilano Albeldense, entre el 974 y el 976 en el Monasterio de San Martín de Albelda, fundado por Sancho Garcés I. "Sus 429 folios comprenden principalmente dos extensas piezas de carácter normativo, magno mensaje de unas tradiciones de convivencia hasta entonces soterradas en tierras pamplonesas, pero nunca desmentidas". La Colección Crónica Hispana, es, el legado normativo de la Iglesia hispano-visigoda, y el Liber Iudiciorum, "es decir, las pautas de convivencia religiosa y civil de la fenecida sociedad hispano-goda que sin duda habían seguido vivas en tierras pamplonesas". En este sentido, hay que resaltar la famosa miniatura del folio 428, modelo del estilo mozárabe, que remata la copia del Liber Iudiciorum corona el códice, porque constituye la primera imagen de una monarquía hispana.

En el centro de la composición aparece el rey Sancho Garcés II flanqueado por la reina Urraca y su hermano Ramiro y bajo las representaciones de Chindasvinto, Recesvinto y Egica, es decir, "dos tres reyes a los que se atribuyen prácticamente todas las leyes del código visigótico, excluidas las reseñadas como antiguae, como tales, no circulan bajo el nombre de ningún rey". Este folio miniado constituye un colofón que compendia gráficamente la reivindicación de los orígenes hispano-godos de la monarquía pamplonesa, que está presente en todo el códice. El libro se completa con otras obras del legado cultural hispano-godo generalmente y unas piezas historiográficas que componen un conjunto con un claro significado.

Entre estas últimas hay que destacar dos pequeñas composiciones originales, que son las más antiguas narraciones sobre el Reino de Pamplona: la llamada Additio de regibus pampilonensium, da breve cuenta de los reinados de Sancho Garcés I (905-925), García Sánchez I (925-970) y Sancho Garcés II (970-994), y una Nomina Pampilonensium regum, se limita a los tres monarcas citados a los que un glosista contemporáneo añadió al margen que desconocía la existencia de otros anteriores (prueba de que el reino se fundó con Sancho Garcés I). Pues bien, ese vacío está colmado por la Crónica Albeldense, así por figurar en este códice, es decir, un epítome de la historia romana y del Reino Visigodo y una crónica del Reino de Asturias, de la que la Additio de regibus pampilonensium, como ha señalado A. J. Martín Duque, «un apéndice necesario». Con ello no sólo se asume como propio el pasado romano y visigodo, sino incluso la historia del Reino de Asturias, que aparece como el necesario eslabón para vincular a los reyes navarros con los monarcas godos.

El segundo libro es el Códice Emilianense en San Millán de la Cogolla por el obispo Sisebuto de Pamplona, otro individuo del mismo nombre y Velasco, que lo terminaron en el 992. Básicamente, esta obra es una copia del Códice Albeldense (como lo prueba el que presente una miniatura análoga a la del folio 428 del citado código, lo que demuestra que la recopilación del Códice de Vigilano ía a las necesidades del momento.

Pero el manuscrito más interesante es el Códice de Roda, en Nájera hacia el 990 bajo la probable inspiración del ya citado obispo de Pamplona Sisebuto. Este códice parte de la historia de Orosio, que ocupa las tres cuartas partes del conjunto, continúa con la historia de los godos de San Isidoro, a la que siguen la Crónica Albeldense y Crónica de Alfonso III, y concluye con una serie de textos navarros que, en opinión de A. Martín Duque, son «el punto nuclear del argumento, la glorificación de Pamplona y de su reciente casta de soberanos». Entre estos últimos sobresalen las famosas Genealogías de Roda (fuente fundamental para la historia del Pirineo en esta época).

Lo más sobre los orígenes hispanos de Navarra es la inclusión del visigótico De laude Pampilone de la Epístula de Honorío, significado ha sido interpretado con acierto por K. Larrañaga:
«En las Genealogías de Roda, de vindicar viejos ancestros vascones, se silencia -cabría decir que intencionadamente- cualquier referencia a éstos en relación con el Reino de Pamplona, y se incluyen, por otro lado, textos en la colección -como la epistula del emperador Honorio a los soldados de Pamplona, y una laus Pampílone visigótica- que se dirían buscados ex professo entre la masa documental referida a la ciudad para poner de relieve los títulos de gloria de su pasado romano-cristiano y borrar de paso el recuerdo de la turbulencia vascona.»

Todo esto no son sólo interpretaciones más o menos razonadas de investigadores de nuestra época. Un contemporáneo de Sancho III, el poeta Abu Umar ibn Darray (958-1030), dejó un testimonio claro de la deliberada vinculación de los reyes navarros con Roma. Se trata de unos versos en los que increpó a Sancho Garcés II con motivo de su humillante comparecencia en el palacio de Almanzor (992) de la siguiente manera:

"Hijo de los reyes de la herejía en la cumbre de la grandeza y heredero de la realeza romana de sus antepasados se había situado en el centro mismo de los orígenes de los Césares y había pertenecido a los más nobles reyes por parentesco próximo."

Finalmente, cabe añadir una consideración más. La pérdida de una frontera con al-Andalus -consecuencia de la ruptura de la nobleza navarra con el Reino de Aragón tras la crisis motivada por el singular testamento de Alfonso I el Batallador (1134)- impidió que el reino pamplonés progresara hacia el Sur, como el resto de los Estados hispanocristianos. Es muy probable que este hecho preservara la capitalidad de Pamplona y el carácter navarro del reino (que poco después se va a llamar de Navarra), pues antes de la unión con Aragón (1076-1134) hubo una tendencia muy fuerte a fijar la residencia real en Nájera. Debe tenerse en cuenta que en el Reino de Asturias el traslado de su capital a León con García I (910-914) dio lugar al Reino de León, lo que prueba que la monarquía asturiana no fue el reino de los astures.

En realidad, las pruebas del legado hispanogodo del Reino de Pamplona aumentan conforme crece la documentación y nos alejamos del Reino Visigodo. Hasta tal punto es así que A. Martín Duque y J. Carrasco Pérez han podido concluir «la hispanidad radical, sustantiva e indeclinable desde sus lejanos prolegómenos antiguos hasta sus últimos destinos modernos». Este juicio no es una simple interpretación más o menos discutible. Juan José Larrea, mediante una extraordinaria tesis doctoral, ha demostrado recientemente que hasta el siglo XII a Navarra «nada esencial distinguía de otros reinos y condados de la España cristiana», pues la primitiva monarquía pamplonesa, «una monarquía isidoriana», tiene una clara filiación hispanovisigoda que no se reduce a la organización política.

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