viernes, 22 de junio de 2018

Reinado de Sancho II Garcés: aliado del Condado de Castilla


En el año 970, moría García I Sánchez, sucediéndole en el trono sus hijos Sancho II Garcés Abarca y Ramiro Garcés Abarca. El primero controlaba Pamplona y el núcleo primigenio del reino, y el segundo, Viguera y las conquistas dinásticas de La Rioja. Esta situación no suponía la división del reino ya que Sancho II siempre mantuvo una superioridad sobre su hermano. Los diplomas de la época explicaban la relación jerárquica que relacionaba a ambos: "regnante… príncipe nostro Sancio in Pampilona, et sub illus imperio frater eius Ranimiro in Vekaria et in Leza".

Ramiro fue atesorando una buena experiencia militar durante el reinado de su padre, actuando en la complicada zona fronteriza de La Rioja. Por otra parte, Sancho II estuvo gobernando el Condado de Aragón junto a su tutor Fortún Jiménez. Al coronarse rey de Pamplona, encomendó la gobernación de Aragón a su madre Urraca, primero, y a su hermano Gonzalo, después. El rey necesitaba controlar todo el reino delegando el gobierno a alguien de su máxima confianza, como eran los miembros de la familia real, y estos gobernantes a su vez debían concentrar todos sus esfuerzos en el área concreta asignada.



SANCHO II ABARCA


Mientras tanto, los reinos cristianos enviaban misiones diplomáticas a la Córdoba de Al-Hakan II, califato que se encontraba en el máximo de su esplendor y poder político, económica, cultural y militar. En agosto del 971, coincidieron en Córdoba los embajadores procedentes de Pamplona, León, Burgos y Monzón, tratando de renegociar las fuertes exigencias califales.

La embajada pamplonesa estaba encabezada por Velasco, gobernador de Nájera, que no llegó a ningún acuerdo. Un mes después, Jimeno, el hermano del rey, consiguió un nuevo acuerdo, pero quedándose allí como cautivo para garantizar el cumplimiento de lo pactado por parte de sus parientes.

Aprovechando que la mayor parte del Ejército cordobés se había concentrado en el Magreb, los castellanos atacaron la zona de Medinaceli (Soria), en el 974. Al año siguiente, junto a leoneses y navarros, regresaron e intentaron la toma del castillo de Gormaz. El general Ghalig, de gran experiencia y habilidad en los campos de batalla, supo aprovechar las diferencias del campamento cristiano y les derrotó en Langa.

El ejército del valí de Zaragoza, Abd al-Rahman al-Tuyibí, se dirigía hacia Gormaz para apoyar al cordobés, cuando se encontraron en Estercuel (Teruel) a los pamploneses de retirada. Los navarros fueron derrotados nuevamente y la campaña cristiana resultó un desastre.


SITIO DE GORMAZ, AÑO 974


A pesar del correctivo, el rey Sancho II y el conde castellano García Fernández continuaron su alianza. Cuatro años más tarde, en el 979, ambos magantes marcharon en una expedición conjunta por tierras de Soria y Guadalajara. Las buenas relaciones eran fluidas entre ambas familias tanto en lo político como en lo militar.

A la muerte, en el año 976, de Al-Hakam II le sucedió su hijo Hisham II, un niño que quedó bajo la tutela de Abi Amir Muhamad (Almanzor). Se trataba de un hayib, especie de primer ministro, con ansias de porder que no dudó en conspirar contra el mismo califa. Era tan peligrosa su posible llegada a poder califal que los reinos cristianos acordaron aliarse con su tradicional enemigo. Pero Almanzor consiguió derrotar en la batalla de Torrevicente (Soria) al califa Hisham II, a su gran general Ghalib, e incluso a Ramiro de Viguera, que dirigía las fuerzas cristianas. Una semana después, Almanzor volvía a derrotar a los cristianos en Rueda (Valladolid), esta vez de forma rotunda, reafirmando su poder en Córdoba.

Como la muerte de Ramiro suponía un duro golpe para la capacidad defensiva de Pamplona, Almanzor organizó otra expedición saqueadora por tierras del río Ebro al año siguiente. Tras destruir y someter todo lo que encontraba a su paso, hizo firmar al rey pamplonés un tratado bastante humillante que consistía en la entrega de su hija Urraca para su harén. Más tarde, nacería Abd al-Rahman Sanchuelo, hijo de Urraca y Almanzor.  

A pesar de esta relación familiar entre ambos estados, Almanzor continuó saqueando las tierras del norte peninsular verano tras verano. Cualquier duda en la conducta de sumisión al califato se traducía en una expedición punitiva inmediata. Del total de 52 aceifas que se organizaron bajo el califato de Almanzor, 9 se desarrollaron en tierras navarras. En una de ellas murió uno de los hijos del rey, Ramiro Sánchez. La aceifa más terrible fue la del año 992: Almanzor tomó la fortaleza de Uncastillo, cruzó toda Navarra asolando las tierras y atravesó los Pirineos llegando a Gascuña.


PRINCIPALES CAMPAÑAS DE ALMANZOR ENTRE 981 Y 1002


Los deseos de Almanzor eran órdenes inapelables para todo aquel que se hallase sujeto a su dominio. Así pues, el 4 de septiembre de ese mismo año 992, Sancho II Abarca se presentó en la Corte de Córdoba para rendir pleitesía a Almanzor y al hijo de éste, Sanchuelo, a su vez nieto del navarro, así como los cincuenta caballeros de Pamplona, algunos de ellos pertenecientes a la familia real. Estos fueron mandados ejecutar más tarde, en 995, capturados en Uncastillo y otras plazas, que habrían sido llevados a Córdoba en calidad de rehenes para garantizar la paz.

Según la crónica de Ibn al-Jatib, Almanzor adoptó sus previsiones para la recepción de tan ilustre visitante. Aquel día se hallaban dispuestas en su palacio Medina Azahara sus unidades regulares y de voluntarios a caballo. La muchedumbre de musulmanes, el lujo de las armas, la magnificencia de su desfile y exhibición de poderío, impresionaron poderosamente al monarca pamplonés, de costumbres mucho más sencillas, que no esperaba encontrar este recibimiento. Allí se encontraba, rodeado de ministros, generales y altos funcionarios, el hijo de su hija, Abdarrahman Sanchuelo, hijo también de Almanzor, que contaría por entonces nueve años de edad.

El rey Sancho, al llegar junto a su nieto, desmontó, y aproximándose a él, le besó la mano y el pie, a fin de que se supiese quién ejercía el poder y la autoridad. Cabalgando de nuevo, sirvió de escolta al pequeño Sanchuelo camino de la recepción; a ambos lados del recorrido cubrían la carrera guerreros uniformados con centelleantes corazas y bien pertrechados, tanto ellos como sus caballos. El visitante cristiano, sobrecogido de espanto, llegó a la sala de audiencias de Almanzor. Allí se le mostró el hayib en todo su esplendor y magnificencia, rodeado su trono de ministros y dignatarios. Sancho cayó de rodillas besando el suelo, hasta que Almanzor le hizo señas de que se acercase, mostró pleitesía hayib, a una palabra del cual obtuvo permiso para sentarse en una silla de oro. Y ante una nueva señal suya, el pueblo se dispersó y el visitante se quedó a solas con Almanzor. Entonces pudo éste entrar en materia y otorgar a su suegro la merecida reprimenda. Así hasta que fue despedido, no sin antes mandar que se buscasen ropas lujosas con que obsequiar a los visitantes. Y fue de este modo como Sancho de Pamplona aseguró una paz para su pueblo que habría de durar sólo dos años. Muy probablemente dejaría algunos rehenes en su visita para afirmar el pacto. 



LA CORTE DE ABDERRAMÁN, POR DIONISIO BAIXERAS



Otra recepción tuvo lugar en Córdoba en el 993, entre Gonzalo Sánchez de Pamplona, uno de los tres hijos de Sancho II Abarca, y el poderoso amirí. Hizo el viaje en nombre de su padre para tratar de ajustar una paz que tal vez se habría deteriorado algo.

En esos tiempos León sufría un guerra civil y Castilla se recomponía como podía de las sucesivas acometidas cordobesas, por lo que Sancho II busco protección en Gascuña. Allí, el conde Guillermo Sancho estaba casado con Urraca, la que fuese anteriormente esposa de Fernán González de Castilla.

En el año 994, tras la muerte de Sancho II Garcés, accedió al trono pamplonés García II Sánchez el Tembón.



REINO DE VIGUERA

domingo, 17 de junio de 2018

Lázaro de Eguiguren

Almirante de mar durante la Guerra de los Treinta Años




Nacido en Eibar. Empezó su carrera militar sirviendo como soldado de Infatería en Flandes durante la Guerra de los Treinta Años, terminando sus servicios con la graduación de alférez.

En la junta general celebrada en abril de 1619 en Ordizia, Eibar le nombró almirante en la escuadra que Guipúzcoa. También mandó una compañía en la campaña de Italia.

En 1624, bajo el mando del general Federico de Toledo Osorio, participó como capitán ordinario de mar, en la campaña para libertar la ciudad de Briviel de la ocupación que sufría por el ejército holandés.

En 1631, tomó parte en la expedición a Pernambuco al mando del general guipúzcoano Antonio de Oquendo, con el cargo de sargento mayor. Por su heroico comportamiento, Oquendo le ascendió a almirante, a la muerte de Vallecilla. Desde entonces desempeñó este cargo hasta que pereció en el mar, víctima de una tormenta.


COMBATE DE PERNAMBUCO


La casa solariega de los Eguiguren de Eibar ha tenido a otros dos ilustres:

Ascensio de Eguiguren fue alcalde de su villa natal en 1615 y 1633, y contador de la Real Fábrica y del Ejército de Flandes.

Juan de Eguiguren fue comisario de muestras en los Estados de Flandes y caballero de la orden de Santiago.

La casa-torre de Egiguren de Eibar, más conocida por casa Eguren, se sitúa en la vertiente nordeste del monte Illorda, sobre Málzaga y próxima al limite territorial con Placencia. Pertenecía a la antigua cofradía de Arexita. Lope de Isasti escribió en su Compendio Historial de Guipúzcoa (1625), que a primeros del siglo XVII tenía 2.000 ducados de renta. Hoy es casa de labranza con dos viviendas. La construcción actual tiene varias partes de distintas épocas, y en su parte central conserva la parte más primitiva de la torre renacentista.

lunes, 11 de junio de 2018

Organización defensiva de Navarra durante la Guerra de Francia de 1635


El plan defensivo en la frontera

Cuando en 1635 se produjo la declaración de guerra, Richelieu debería estar bien informado de las fuerzas navarras, como en Navarra se tenía información del lado francés, lo que puede explicar que no se decidieran los franceses a lanzar por este sector fronterizo ningún ataque serio. Por su parte, el Consejo de Guerra había organizado un plan defensivo de las zonas fronterizas que presentó al rey proponiéndole:
"Mandar a la provincia de Guipúzcoa tenga dispuestas, armadas y lo más copiosas de gente que les sea posible las campañas de su coronelía y que ese coronel las visite muy de ordinario disciplinándolas al manejo de las armas y se presume llegará el número de esta infantería a 4.500 soldados de toda satisfacción. 
La provincia de Álava a todas facciones que se ofrecen y el señorío de Vizcaya socorren cada una con su tercio de más de 1.000 hambres como lo hicieron en año de 1638. Y por ser la ocasión que es espera más urgente, les ha de mandar Su 
Majestad cumplan cada tercio a dos mil infantes.
Y que el reino de Navarra haga lo mismo con los cuatro tercios de a 1.000 hombres que tiene formado de sus hijos, con lo que daría, en total 4.000. 
Con lo que se ajustaría un ejército de 12.500 infantes y si sucediese que el enemigo hiciere la entrada por el dicho reino, le socorra la provincia con 2.000 infantes: mil Álava y mil el Señorío de Vizcaya, porque con el resto que les queda, se puedan defender de la armada."

Pero la guerra impondría su realidad desarrollándose en torno a ella los acontecimientos, que iban a iniciarse en Navarra. Aunque en 1644 el conflicto basculó hacia el frente catalán, esta frontera oriental franco-española quedó en un segundo plano. Por lo pronto, en 1635 había en Navarra 843 plazas fijas que pagaba la hacienda real, 119 que costeaba el reino y 119 remisionados. Además, se retomaba una propuesta realizada el año anterior por el Consejo de Guerra sobre la conveniencia de intervenir en Francia bien con una correría o bien con la conquista de forma permanente de una plaza. Esta última idea fue retomada por el virrey Valparaiso, alardeaba de poder disponer de un contingente de 15.634 hombres.

MAPA DE LA FRONTERA HISPANO-FRANCESA


La invasión española

El 24 de septiembre de 1636 comenzaba el ataque. Las tropas españolas dirigidas por Valparaíso cruzaron el Bidasoa y en las jornadas siguientes se apoderaban de Ciboure, Socoa y San Juan de Luz, con la siguiente alarma de toda la población francesa entre la frontera y Bayona. Una penetración de 20 kilómetros que se detuvo cuando muchos soldados guipuzcoanos consideraron que los objetivos estaban cubiertos y regresaron a casa dando por concluido su compromiso militar. 

Fue el comienzo del fin, pues las peticiones de hombres y víveres formuladas por Valparaíso no pudieron ser atendidas con la rapidez necesaria. Ante el éxito inicial, el rey solicitó al Reino un apoyo de 1.000 efectivos. Navarra los concedió con reservas y por sólo dos meses, pero no llegó a realizarse el reclutamiento. La prematura llegada de las lluvias otoñales, el agotamiento del tiempo establecido para la compaña por las Cortes navarras y algunas réplicas francesas convirtieron en una retirada precipitada lo que pudo haber sido una seria advertencia para Francia, cuya réplica se esperaba.


EXPEDICIÓN DE TERCIOS ESPAÑOLES


La reacción francesa

Al año siguiente, en 1637, cuando desde Burguete se avisa de los movimientos de tropas y preparativos franceses, se solicitó el levantamiento de 900 hombres, que las Cortes permitieron que se reclutasen en las cinco merindades, pero sin que saliesen del Reino. Los ataques que realizaron los franceses en los meses siguientes alarmaron a los navarros, que solicitaron al virrey no sacar más hombres por considerarlos necesarios para su defensa. Panorama que explicaba que desde los inicios de 1638 Navarra y Guipúzcoa estuvieran alertas y que se hubieran tomado disposiciones preventivas
:
"Para consuelo de la Junta de Ejército (creada por Olivares a raíz de la declaración de guerra de Francia en lugar de la de Estado), se podía comunicar a Madrid que desde febrero ya estaban de guarnición 400 soldados en Burguete, 300 en Maya de Baztán y otros 300 en Vera de Bidasoa. Además, Pamplona contaba con 20 cañones de batir, 5 culebrinas, 17 falconetes y 8.000 balas de artillería de diversos calibres, más otras 20.000 que llegaron en primavera a sus almacenes. Completaba esto al existencia de 1.000 quintales de pólvora, 400 arcabuces, 2.500 mosquetes y 2.400 picas. 
El 26 de marzo llegaba… a Pamplona… que había sido nombrado virrey… el marqués de los Vélez… 
Pero… el 8 de julio de 1638 circula una noticia… los franceses han invadido la provincia de Guipúzcoa."

la noticia no podía ser más preocupante, sobre todo para los guipuzcoanos, ya que la presencia de tropas francesas no sólo amenazaba Fuenterrabía, a la que pusieron cerco, sino también a otros puertos de la costa, como eran Pasajes, San Sebastián, Zarauz, Zumaya y Deva. Un peligro al que había que añadir los destrozos causados por la flota francesa, provocando tal conmoción estos hechos en el país que a la leva convocada para socorro de Guipúzcoa acudieron hombres de todas partes de la península, menos de Cataluña.


CAMINO A RONCESVALLES EN LA FRONTERA HISPANO FRANCESA


La recuperación de las plazas ocupadas

El virrey navarro, marqués de los Vélez, movilizó 6.000 hombres y dejó una guarnición en los puertos y en Pamplona. El 19 de agosto entró en campaña para la recuperación de Fuenterrabía, lo que consiguió el 11 de septiembre tras derrotar a los franceses en toda línea.
"Esta vez, ante una urgencia militar bien evidente (Pamplona era el objetivo inmediato si caía Fuenterrabía), el sacrificio de los fueros que prohibían combatir fuera de las fronteras tuvo compensaciones políticas importantes. El éxito de la campaña sancionó la fidelidad de navarros y vascos del mismo modo que el fracaso en la recuperación de Salses, al año siguiente, en el Pirineo catalán, hizo insalvable el abismo abierto entre Barcelona y Madrid. Las Cortes navarras y la Diputación, lo mismo que muchos particulares, exhibieron su participación en el socorro de Fuenterrabía como mérito y prueba de fidelidad durante muchos años."

Un éxito significativo, pero no adormeció al virrey, cuya preocupación por mantener al punto las defensas del Reino y de Guipúzcoa no decayó, procurando cerciorarse de su estado y avanzar en lo posible su mejora. Igualmente, comunicó a Madrid sus previsiones para primavera de 1639: basar la defensa en Maya, donde se colocarían 2.000 hombres de infantería; y Burguete, que se defendía por 3.000 o 4.000 milicianos castellanos y navarros, dejando en Pamplona su guarnición con otros 3.000 hombres de los presidios y navarros. Presiones acertadas que dieron resultado, pues a finales de julio fueron rechazados 8.000 franceses que quisieron entrar por Maya.


GRABADO DE FUENTERRABÍA DURANTE EL SITIO DE 1635


La guerra en Cataluña

Al producirse la sublevación catalana cambiaron las pretensiones de Madrid sobre Navarra y, como sucedería en Aragón, el nuevo virrey marqués de Tabara (nombrado en octubre de 1640) recibió el encargo de convertir al reino en abastecedor de tropas y recursos para el frente catalán, tarea en la que Tabara se empleó con diligencia, pues le llegó dinero y el reino respondía de momento a esas exigencias; además, avanzaba la financiación de la ciudadela pamplonica (aunque para su conclusión aún faltaba unos años) y se tomaron en 1641 más previsiones defensivas que nunca.

Pero no tardaron en agravarse las discrepancias en el enfoque de la situación entre el reino y Madrid. Por lo pronto, la Diputación mostraba al conde-duque de Olivares su disconformidad con la pretensión de alojarse en Navarra los 600 caballeros y 800 infantes irlandeses que habían estado en la jornada de Fuenterrabía

Fue el primer desencuentro de varios que se sucedieron en los meses siguientes, agravados por la actuación de los virreyes. Las demandas de hombres continuaron y los navarros las atendían en función de sus posibilidades, procurando rebajar las cifras solicitadas, como sucedió en 1642. Este año, el rey pidió 1.500 hombres para la guerra en Cataluña, pero sólo se le concedieron 1.200, que en el verano de ese año partieron para Cataluña desde Alcañíz. Sin embargo, este contingente fue licenciado por enfermedad nada más pasar el invierno, solicitando nuevamente Felipe IV un nuevo contingente en enero de 1643. A esta grupo armado se sumó otro más realizada un año después, en febrero de 1644, de 2.000 hombres, aunque sólo se votaron 1.000, que el virrey no pudo tener dispuestos hasta mayo.

Entre una y otra petición se produjo la llegada a Navarra de gran parte de los españoles que regresaban tras la derrota en Rocroi, que era preciso atender y que la Diputación solicitó que fueran alojados en la Bureba o en La Rioja, a las que consideraba menos agobiadas por las demandas reales. Esta petición no prosperó ni siquiera con la mediación del virrey conde de Oropesa, que intercedió a favor del reino. Madrid libró 3.000 ducados para la atención de estos soldados, alegando que esos veteranos podían ser una excelente ayuda y fuerza de contención por si Francia hacía alguna intentona en aquella parte del Pirineo.


DERROTA DE ROCROI DE 1643


Los desacuerdos entre rey y Reino

Mientras, las relaciones entre el virrey y el reino habían empeorado y el clima se había enrarecido bastante, de manera que el diputado Miguel de Itúrbide solicitó a la Diputación credenciales que el permitiera ir a Madrid para presentar las quejas en persona. Dicha demanda fue atendida aunque no dio los resultados esperados y tuvo un dramático desenlace para Itúrbide, que se iría significando cada vez más en su posición a la conducta y proyectos virreinales. 

Entre los contenciosos existentes entre Oropesa y la Diputación estaba el castigo impuesto por aquél a ocho desertores navarros del frente catalán, castigo considerado por la Diputación como denigrante y vejatorio, por lo que pedía una rectificación del virrey pública y reparadora del honor de los castigados. Además, como el conseguir hombres se iba haciendo cada vez más difícil, el virrey decidió descontentar al reino en vez de a su rey, por lo que designó jueces especiales para que procedieran a la leva de un tercio en la merindades, decisión que fue considerada por la Diputación como el intento de "reducir el reino al último estado de miseria". Las alarmantes noticias llegadas desde Francia y los preparativos militares de Condé pusieron al reino en una comprometida situación que llevó a la Diputación a solicitar "que no enflaquezca más el cupo de soldados del Reino".



RETRATO ECUESTRE DE FELIPE IV


La visita de Felipe IV

La designación de los jueces especiales fue otro de los resentimientos acumulados que explican que en la reunión de Cortes de 1646 lo primero que se abordó fueron los agravios recibidos. Pero la petición de que Oropesa fuese designado virrey de Valencia y el anuncio de que el rey visitaría Navarra facilitaron la distensión ambiental y mejoraron las relaciones entre rey y reino. Felipe IV llegaba a Pamplona el 23 de abril de 1646 para visitar la tierra y para la jura del heredero en las Cortes, a las que se hizo otra petición de 1.000 soldados para Cataluña.

La reunión de tal contingente fue uno de los cometidos del nuevo virrey, Luis de Guzmán y Ponce de León, que llegó a Pamplona a mediados de junio. Se trataba de un cometido nada fácil, que provocó la resistencia de la Diputación, al tiempo que tuvo que enfrentarse con el descontento generado entre los navarros por la larga suspensión del comercio con Francia. Por esos motivos, el virrey propuso un cambio en el procedimiento administrativo: enviar las órdenes a la Diputación, que retrasaba o entorpecía su cumplimiento alegando la falta de capacidades y disposiciones directamente al reino, que reunido en Cortes bajo la presidencia del virrey, pensaba éste sería más accesible a los objetivos de la Monarquía. 

Así se abría un nuevo motivo de disputa y como en la Junta de Guerra no existía la certera de que la propuesta del virrey fuera conveniente, se le recomendó hiciera la leva sin reunir Cortes y a base de voluntarios.


El fin de la Guerra de los Treinta Años

El fracaso del Conde en Lérida y la "tranquilidad" de la frontera navarra explicaban que en Pamplona se hicieran menos preparativos militares que en años anteriores. La firma de la paz con Holanda a principios de 1648, mediante el Tratado de Westfalia, permitió el restablecimiento comercial con la nueva república (algo muy bien recibido en Navarra y en otros lugares de la Monarquía) y que Felipe IV pudiera concentrar más efectivos en Cataluña para luchar contra la subversión.

Sin embargo, Francia mantuvo su intención de guerra y el telón de fondo de esos años volvió a ser la negociación del servicio de armas. La resistencia de los navarros hacia este servicio fue en aumento, obligando a Felipe IV a negociar y a hacer concesiones crecientes:
"A la voluntariedad del servicio de soldados (en el sentido de pactar sus condiciones) conseguida en estos años, se sumaría a partir de las Cortes de 1652 la voluntariedad del servicio de dinero, en el sentido de la discrecionalidad con que el reino fijaría su cuantía. Hasta entonces, el servicio de cuarteles y alcabalas había sido casi perfectamente previsible y últimamente se mantenía invariable. Cada vez que el rey reuní a las Cortes navarras recibía tantos años de "cuarteles y alcabalas" (en el siglo XVII, a rezón de 2.350.000 y 452.100 maravedíes, aproximadamente, por cada uno) como los transcurridos desde la última reunión. La cuantía de cada "tanda" de cuarteles y alcabalas permanecía fija por lo menos desde la conquista castellana, y el número de tandas por año concedidas en Cortes no variaba desde finales del siglo XVI. 
Esto comenzó a cambiar a partir de las Cortes de 1652-1654, que fueron las primeras en no pagar todos los años de cuarteles y alcabalas adeudados desde la anterior reunión de 1646."


FIRMA DEL TRATADO DE WESTFALIA (1648)



Los acuerdos entre rey, diputación y Cortes

A mediados de 1654, los tres estados (Rey, Diputación y Cortes) acordaron conceder, de los años que se debían de cuarteles y alcabalas, sólo cuatro (1646, 1647, 1648 y 1649), juntamente con 20.000 ducados para reclutar un tercio de 500 plazas. Con posterioridad se seguiría esa práctica, ya que las siguientes Cortes reunidas en 1677-78, 1684-85, 1688, 1691-92 y 1695 votaron un año de cuarteles y alcabalas (24.210 ducados), pero ofrecieron crecidas sumas para gastos militares (170.000 ducados), lo que se tradujo en un incremento de los ingresos reales.

Pero esta realidad dejaba a criterio del reino la cuantía de los servicios, lo que aumentaba su carácter voluntario y endurecía la negociación, en la que las Cortes tenían un instrumento para presionar al monarca, que hubo de aumentar sus donativos ampliando su “generosidad”. El dinero aportado por las Cortes era adelantado por la Diputación, que luego recaudaba a través de censales contra los recursos del Vínculo (la hacienda del reino) o repartimientos generales.

Por otra parte, la concesión de esas cantidades tenía su razón de ser en la permanente oposición a Francia existente en gran parte de la segunda mitad del siglo XVII, que obligó a mantener un estado de alerta y prevención.

Por ejemplo, la noticia de un invasión francesa en 1655 conmocionó a Pamplona y, al evaluar las fuerzas para la defensa, se repetía lo desfavorable de la situación, pues no se pueden oponer más que las tres compañías de Pamplona y la de la ciudadela, sin otro elemento de contención que la guarnición de Burguete, falta de víveres y municiones y con los efectivos muy escasos. Por eso, el virrey movilizó a todos los varones de la ciudad que pudiesen combatir, agrupándolos por barrios e impulsando la reparación de las murallas.


LUIS XIV DE FRANCIA


El reinado francés de Luis XIV 

Con la llegada de Luis XIV al trono francés el peligro de invasión era bastante tangible, ya que el rey galo se titulaba rey de Francia y de Navarra, pues mantenía sus derechos. Era una situación algo especialmente alarmante, ya que había desencadenado la Guerra de Devolución en defensa de unos derechos más que discutibles de su esposa María Teresa para apoderase de varias plazas en Flandes. Por tanto, también podrá hacer lo mismo en el caso navarro y abrir otra vez el frente en ese lado de los Pirineos. 

Así se explican las sucesivas aportaciones del reino:
En las Cortes de 1662 se aprobaron ocho años de cuarteles y un tercio. 
En las Cortes de 1677-78, tras el juramento de Carlos II, se acordó el compromiso de servir con 600 hombres armados, vestidos y mantenidos con sus pagos durante seis meses y un año de cuarteles.
En las Cortes de 1684 se concedió también un año de cuarteles y 40.000 ducados para las bonificaciones de Pamplona. 

En cualquier caso, la actividad bélica promovida por Luis XIV que afectaba a España se centraba de manera especial en el lado catalán y el desarrollo de los hechos se produjo allí.


martes, 5 de junio de 2018

La Literatura histórico-legendaria de José María de Goizueta


El guipuzcoano José María de Goizueta había nacido en 18120, en las proximidades de la villa homónima navarra del cual procedía su apellido.

Siendo joven defendió el Tradicionalismo carlista ingresando en los Tercios de requetes, en los que combatió durante la I Guerra Carlista, en 1834. A lo largo de su vida, fue cambiando su pensamiento político, perdiendo sus ideales absolutistas y carlistas, y aceptando el liberalismo español bajo el reinado de Alfonso XII.


JOSÉ MARÍA DE GOIZUETA


Asentado en Madrid, desarrolló su vida profesional en la redacción de La Época, colaborar en revistas como Semana, Euskal-Erria, Lirio o América, además de escribir sus propias novelas. Su trabajo literario más exitoso fue Leyendas vascongadas, publicado en 1851, en Madrid. Se trata de un conjunto de vigorosas narraciones histórico-legendarias vascas que ejercieron bastante influencia en los escritores legendistas vascongados de la segunda mitad del siglo XIX, más incluso que el Amaia de Navarro Villoslada.

Poco tiempo después, en 1857, publicó Damián el monaguillo, que es una notable novela de costumbres vascas hispano-francesas durante la Guerra de la Independencia española.

Goizueta era un gran amante de las regiones vascas y de sus instituciones tradicionales. Está considerado como el promotor de un movimiento de literatura fuerista histórico-legendaria vasco-navarra, escribiendo tanto es eusquera como en castellano, y que fue fuente de inspiración para Chaho, Araquistain, Trueba, Iturralde y Suit o Villoslada. Esta literatura difundió mediante novelas el estereotipo de un pueblo vasco de costumbres patriarcales, cuna y refugio de libertades ancestrales, celoso defensor de su secular régimen político, no sometido a dominación extranjera alguna.


EL PUERTO, POR ALBERTO ARRUE VALLE


En sus Leyendas, Goizueta idealizaba la identidad el pueblo vasco, como describe su autora biográfica Ainhoa Arozamena en la biblioteca Auñamendi:
"… con su idioma magnífico, original, a ningún otro parecido; con su imaginación brillante y poética; con sus costumbres sencillas, patriarcales; con su amor idólatra hacia sus montañas; con sus creencias profundamente arraigadas; con sus asombrosos adelantos; sus virtudes innegables; con su admirable administración digna de ser imitada."

El historiador Jon Juaristi, en su obra La tradición romántica, expone que tuvo cinco ediciones 1851 y 1890, además de varias traducciones, entre ellas, una parcial al inglés.

Las Leyendas son cinco relatos:

Aquelarre es una historia cargada de descripciones muy naturalistas, sobre el mundo de la brujería.

Lamia es un relato del ambiente marinero, de piratas y de doncellas secuestradas.

Baso Jaun trata de un adulterio y una sangrienta venganza en torno a la selva de Irati.

La bocina de Roldan aborda la mítica batalla de Roncesvalles-Orreaga.

Maitagarri es la historia de una guerra fratricida, cargada de dramatismo, pero en la que no faltan hadas y brujas.


LEYENDAS VASCONGADAS, POR GOIZUETA