lunes, 26 de septiembre de 2016

Romanización de los vascones


Tradicionalmente se ha considerado a los vascones como un pueblo primitivo, aislado del resto de  pueblos que le rodeaban y que no participó de la civilización romana, por ser una tierra de bajo interés económico para el Imperio. Los hallazgos arqueológicos en tierras vascas y navarras continuamente desmienten estas teorías, demostrando que la romanización, en todos los aspectos, fue muy superior a otras tierras de aquel imperio.

La Romanización fue un proceso efectuado desde el siglo II a.C. hasta el siglo IV d.C. Tal labor no consistió únicamente en agrupar a la población del valle medio del Ebro en unidades superiores, sino el desarrollar un mundo urbano, unido por magníficas vías de comunicación. El territorio que hoy ocupa Navarra se encontraba mayoritariamente descompuesto en el momento de la conquista por Roma. En el año 196 a. C. llegaron los romanos a tierras donde habitaban las tribus vasconas, entonces apenas existían ciudades, vivían dispersos por el territorio, relacionados mediante pequeñas aldeas y sin poseer puntos comunes de referencia.

La acción de Roma posibilitó la agrupación en torno a núcleos urbanos bien ubicados, a partir de los cuales pudiera entrar la civilización y efectuar un auténtico cambio de mentalidad, influyendo en la identidad de los individuos. Dentro de la ciudad, el individuo se realizaba como persona, en el ejercicio de sus derechos cívicos, se sentía protegido por sus murallas, rendía la memoria a sus antepasados y daba culto a los dioses.

La mayor transformación que experimentó esta tierra se produjo entre el siglo I a. C. y el II d. C., período durante el cual la mayor parte del territorio vascón se romanizó intensamente, cubriéndose de explotaciones y poblaciones romanas. La romanización de Álava y al menos dos tercios de la actual Navarra fue tan intensa como la zona que más de la península, lo que explica la posterior aparición de lenguas romances autóctonas en tiempos medievales.

En época de Augusto, Estrabón recogió el nombre de solo tres ciudades romanas: Pompaelo (Pamplona), Oiasso (Irún) y Calagurris (Calahorra). Siglo y pico después. Ptolomeo ya hacía referecia a dieciséis: Oiasso, Pompelón, Itourissa, Biturís, Andelos, Nemanturísta, Kournónion, Grakousrís, Kalagorsíca, Báskonton (o Káskonton), Ergaouía, Tárraga, Mouskaría, Sétia y Alaouna.

Todas estas ciudades siguieron el modelo romano: eran entes autónomos, gestionados por una oligarquía local y contaban con amplios territorios. Aquellas ciudades ofrecían monumentalidad y esplendor: las magníficas termas de Pamplona, la infraestructura hidráulica de Andelos, y su templo dedicado a Apolo, las amplias calles de San Clara, las villas decoradas con ricos mosaicos que llenaban el territorio de los vascones, etc. Pocas zonas del norte peninsular reúnen tan amplia cantidad de restos romanos como las actuales Navarra y Álava.

El sufijo -ain, tan habitual en la toponimia vasco-navarra es una derivación del latino -anus, que servía para designar la propiedad de la tierra. Hoy en día, se encuentran topónimos con el sufijo -ain, como Amatriain (Emeterius), Astrain (Asterium), Ballariain (Valerius), Barañain (Veraniaunm), Bariain (Vareius), Beriain (Verianum), Brutain (Brutus), Cemborain (Cembulo), Eristain (Evaristus), Indurain (Induro), Guendulain (Guendulo), Laquidain (Licinius), Maquirriain (Macerianum), Marcalain (Marcellus), Mariain (Marius), Marsain (Marsaeus), Muniain (Munio), Senosiain (Sinesius), Paternain (Paternanum), Urabain (Urbicus), Urbicain (Urbicus), etc. Costumbre que continuó en la Edad Media, como Beslascain, de Belasco.

Muy abundante en Álava es la toponimia con el sufijo -ano, como Amillano (Emilius), Atano y Ataun (Atilius), Arriano (Arrius), Ciriano (Cyritus), Galdacano (Galdus), Liquiniano (Licinio), Legutiano (Legutius), Libano (Libius), Lubiano (Lubianum), Luquiano (Lucianum), Miñano (Minianum), Sendadiano (Sendadianum), Sollano (Sollius), etc. O terminaciones en -ana, como Añana (Annius), Barberana (Barbarus), Casterana (Castor), Leciñana (Licinio), Subijana (Subius), etc.

Las terminaciones -ona y -ango son de origen euskérico, incorporadas a nombres latinos originales, como Abiango (Avianus), Berango (Veranius), Durango (Duranius), Cuartango (Quartus), Mallona (Maius), Lemona (Lemonius), Letona (Letius), etc. Y de la misma manera, ocurre con los sufijos -az-ez-iz, como Albéniz (Albanus o Alba), Apellániz (Ampelius), Apraiz (Apricano), Estíbaliz (Estivus), Gasteiz (Gasteius), Gordéliz (Gordelius), Marquínez (Marcus), Petríquiz (Petrus), etc.

El latín dejó su impronta léxica en la toponimia de la costa vasca como Portugalete (Portuondo), Forua (Forum), Getaria (Cetaria), Irún (Oiasso), Easo (Oeaso, San Sebastián), etc.



CALZADAS Y CIUDADES DE LA HISPANIA ROMANA

Lo más espectacular de la acción de Roma fue la red viaria que vertebró el territorio vascón y unió sus ciudades, y las integró al resto de ciudades hispanas. Fue una de las redes de calzadas más densas de toda Hispania, mantenida y renovada permanentemente por las autoridades romanas. Por la actual Navarra circulaban dos de las vías principales del norte de Hispania: 
1. la vía León-La Junquera, que atravesaba, paralela al Ebro, toda la Ribera.
2. la vía Astorga-Burdeos (via Asturica Augusta-Burdigala), que tras cruzar la Llanada alavesa, entraba por la Barranca, y tras dejar Pamplona se dirigía a Burdeos por Valcarlos.

La red secundaria no se quedaba muy atrás; desde Zaragoza y con destino a Pamplona partía una de las vías más antiguas de Hispania, la cual tras atravesar las Cinco Villas de Aragón, cerca de Egea de los Caballeros, se dividía en dos: una para cruzar la Navarra Media a partir de Santa Cara y la otra para transitar por Sangüesa con destino a Pamplona y terminar en Irún. Dos vías más completarían el trazado. Según Estrabón, existía, paralela al Pirineo, una calzada que con origen en Tarraco (Tarragona), a través de Ilerda (Lérida) y Osca (Huesca), alcanzaba Pamplona para luego unirse en Logroño a la gran vía que procedía de León, mencionada anteriormente. Y por último desde Alfaro y el Ebro, partía una calzada que ascendía por la Navarra Media con destino también en Pamplona.

Este entramado de calzadas convirtió a Pamplona en un núcleo fundamental de comunicaciones, ya que todas las vías de la zona del valle medio del Ebro menos una pasaban por esta ciudad, y cuyo desarrollo permitió en la capitalidad del futuro reino de Navarra. El otro gran beneficio fue su contribución a la integración, no solo del territorio de los vascones, sino del todo el valle del Ebro y la Hispania romanizada.


YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO DE LA VILLA DE LAS MUSAS DE ARELLANO

Los territorios de las tribus indoeuropeas caristios, várdulos y autrigones, asentados en el actual País Vasco, también experimentaron una notable romanización, aunque en menor intensidad que las tierras vasconas.

En territorio autrigón, se construyó el Portus Amanum, en Castro-Urdiales, en el que Vespesiano fundó la colonia para veteranos de Flaviobriga; y la villa de Otañes.

En territorio caristio, destaca la importante cantidad de yacimientos encontrados en la ría de Guernica y sus alrededores, tales como estructuras portuarias, edificios, hornos, explotaciones mineras y varios tipos de asentamientos. También se hallan testimonios numismáticos en la ría y el casco urbano de Bilbao, Tritium Tubolicum, en Motrico, así como en otras localidades como Sopelana, Plencia y Bermeo.

En territorio várdulo, se construyeron el puerto y ciudad de Oiasso (Irún), y el fondeadero de Fuenterrabía. Son sobresalientes los hallazgos que se han encontrado en Irún, diversas estructuras constructivas como la estructura de madera del muelle y el varadero de la ciudad de Oiasso, una necrópolis, unas termas, un pequeño templo en los cimientos de la actual ermita de Santa Elena, y numerosos restos numismáticos, vítreos y cerámicos. Otras prospecciones dibujan un núcleo urbano de 12 a 15 hectáreas, con una planta reticular, en donde había almacenes, tiendas y talleres. Se cree que también poseía un foro y un teatro.

Oiasso era la base comercial de las rutas marítimas desde las que partía la distribución de mercancías hacia el interior, al valle del Ebro y a las grandes calzadas romanas que pasaban por la actual Navarra. Las ánforas halladas en Oiasso demuestran que, incluso al final del Imperio romano, el aceite y el vino de Bizancio llegaban regularmente a los puertos atlánticos. Además de dedicarse al comercio marítimo y ser uno de los principales puertos del Mare Externum, se dedicaba también a la minería.

En Oyarzun, topónimo proveniente de Oiasso, al pie de las peñas de Aya se encuentran las minas de Arditurri, tratándose de tres kilómetros de galerías romanas junto a las explotaciones modernas. Estas minas se dedicaban a la extracción de plata, la cual era exportada por los romanos desde el puerto de Oiasso. El hallazgo de galerías de drenaje, notable ejemplo de ingeniería hidráulica romana, indica que había detrás toda una estructura administrativa.

Es posible que el hidrónimo Bidasoa tenga su origen en Via ad Oiasso, tratándose este último de un camino que bordearía la ría y comunicaría la ciudad y el puerto con el interior peninsular.

Otras industrias mineras se desarrollaron en Lantzen en Navarra, Banka y Baigorri Baja Navarra, Escoriaza en Álava, y Somorrostro y Triano en Vizcaya, donde se extrajeron minerales como el hierro o la plata, para exportarlos a diferentes partes del Imperio romano. También se extrajo mármol rojo en Ereño. Existió producción de cerámica en Pamplona, y de vino en las villas navarras de Falces y Funes; industria de salazón en la Getaria guipuzcoana (topónimo proveniente del latín Cetaria, "salazón"); y termas romanas en la navarra Fitero. También en la ría de Guernica y en la del Nervión se han encontrado restos romanos de puerto y necrópolis.

Los romanos dejaron guarnecidas las plazas de Pamplona y Bayona desde las que no irradiaron latinidad, manteniendo en amistosa ocupación las tierras llanas desde el Ebro hasta una línea más al norte de Tafalla y Aoiz. Eran campos apropiados para el cultivo de cereales, vides y olivos, y no se preocuparon de dominar la abrupta montaña, erizada de riesgos, limitándose a conservar abiertas las vías de comunicación con las Galias. Esta idea es confirmada por Menéndez Pidal, por Carlos Clavería en su Historia del Reino de Navarra, o por Juan Carlos Elorza en su Historia del Pueblo Vasco. Este último historiador estimaba en más de ciento ochenta las inscripciones romanas en Álava, la más importante la de Veleia, cerca de Vitoria, y de doscientas cincuenta en Navarra; en cambio, entre Vizcaya y Guipúzcoa no pasan de veinticinco.

Como ejemplo de esta falta de aislamiento y del comercio existente se encuentra el hallazgo de diversas monedas acuñadas en tierras vasconas por la administración romana, ya desde los primeros años de su dominación, y que han sido encontradas en diferentes partes de la geografía vasca (denario vascón datado en la segunda mitad del siglo II a.C.).

TERMAS EN EL MONTE DE SAN JULIÁN EN BEIRE


La romanización dejó huella en la organización social y religiosa del territorio. Aparece la
estructura de las clases sociales: por un lado, grandes terratenientes y altos magistrados y por otro, siervos, esclavos y colonos. Entre ambas, se encuentran los hombres libres, los dueños de los "fundi" y los labradores sujetos al pago de "stipendia". En cuanto a la religión, junto a las divinidades propias (Selatse, Lakubegis) aparecerán dioses romanos.

Respecto a la cristianización del pueblo vasco, existen dos corrientes: una asegura una relativa rápida cristianización, y otra de una tarea lenta en relación a otros pueblos hispanos. Lo cierto es que el proceso de cristianización de los vascones se produjo, por lógica, a través de las calzadas del Imperio romano, y a un ritmo más lento que en otros casos. Por ejemplo, se tiene noticia de la existencia de martirios y de un obispado en Calahorra en el siglo V, y también en Pamplona, si bien en la zona norte no se alcanza una completa cristianización hasta la fase inicial de la Reconquista.

Donde aparecen muestras de romanización, aparecen muestras de cristianismo. Realmente, no es tan importante la cuestión de si fue antes o fue más tarde, sino que lo importante es que el Cristianismo se convertiría en uno de los pilares y señas de identidad de lo vasco, igual que el resto de pueblos hispánicos. Los romanos utilizaron criterios geográficos y étnicos para delimitar las fronteras políticas de los pueblos bajo su gobierno. La cordillera pirenaica sirvió como frontera política entre Hispania y Galias. Tras las reformas llevadas al comienzo de la era cristiana por Augusto, los aquitanos quedaron englobados en la provincia de Nevompopulania de las Galias, al norte pirenaico, mientras que al sur autrigones, caristios, várdulos, berones y vascones quedaron adscritos a la provincial Tarraconenese de Hispania Citerior.

Pero entre estos últimos se hizo una distinción administrativa en tiempos de Claudio, también en el siglo I d.C., que supuso la introducción de los conventus iuridici. Como pueblos diferenciados que eran los várdulos, caristios y autrogones, de raigambre indoeuropea quedaron englobados en el conventus cluniensis (convento cluniense), con capital en Clunia (Coruña de Conde, Burgos); los vascones y berones quedaron adscritos al conventus caesaragustanus (convent caesarugustano), con capital en Caesaraugusta (Zaragoza).

El último escalón de la estructura territorial estaba formado por las entidades locales. Estas instituciones fueron las elegidas por Roma para efectuar la asimilación de los pueblos indígenas. A través de las ciudades se pretendía transformar el espacio haciendo desaparecer las entidades tribales (gens y nationes). Había que romper los vínculos de solidaridad que unían a los particulares con estas viejas instituciones y hacerlos partícipes de una nueva relación interpersonal como era la ciudadanía. En los textos fueron apareciendo cada vez menos referencias a ilergetes, vascones, celtíberos o berones, mientras que aumentaban las referidas a los pampilonenses, calagurritanos o ilerdenses. Surgió así un mundo nuevo de ciudades.



NECROPOLIS DE ITURISSA

En Navarra, en localidades como Cara, Andelo, Cascatum y Pompaelo se comprueba ya desde el siglo I a.C. una continuidad de hábitats, pasándose de la ciudad indígena a la romana. La transición entre las antiguas estructuras políticas y sociales se hizo sin trauma. La presencia de Roma no hizo sino acelerar un proceso hacia el urbanismo ya iniciado mucho antes. Estas zonas de la ribera del Ebro y la depresión pamplonesa, conocidas como ager vasconum (campo de los vascones), quedaron plenamente insertas en la dinámica del imperio. La epigrafía (inscripciones en materiales duros) nos ofrece una amplia nómina de personajes ejerciendo labores religiosas, administrativas y militares en la provincia Tarraconense.

No ocurrió de la misma forma en el saltus vasconum (montañas de los vascones), expresión aplicada a las zonas más montuosas al norte de Pamplona. Se trataba de áreas apegadas a sus costumbres ancestrales y de difícil asimilación, ya que sus primitivos medios de vida no los hacían especialmente aptos para integrarse en la economía del imperio. No obstante, como parte del mismo, estaban obligados al pago de impuestos y a mantener el orden interno, que garantizara el libre tránsito de personas y bienes por la importante vía de comunicación que se extendía desde Astorga a Burdeos. Para asegurar el control del territorio de fundaron ciudades como Oiasso, Iturisa y Ilumberri (Lumbier).

El ager vasconum contó con una activa economía agrícola hasta el final del imperio y sólo hechos aislados como la invasión de francos y alamanes, que se produjo hacia el año 270, frenaron temporalmente la actividad. Aunque las fuentes escritas no se refieren a este hecho, los restos de incendios, incluida Pompaelo, fechados en esos momentos, así como los tesorillos que se van encontrando indican una situación complicada en esa época.

Tras este paréntesis violento, las gentes retomaron sus actividades. Sin embargo, este resurgimiento sólo se produjo en el campo, las ciudades fueron perdiendo importancia. La aristocracia urbana se trasladó a sus propiedades en el campo, conocidas como villae, que se convirtieron en unidades autosuficientes que no precisaban del exterior. A la vez, el complejo entramado administrativo y económico basado en las ciudades se fue difuminando. Esta aristocracia latifundista se hizo cada vez más autóctona respecto a las directrices imperiales, y reforzó su posición sobre los particulares a través de mecanismos de dependencia social como el colonado.

En esta situación cada vez más inestable aparecieron las menciones de autores como
AvienoAusonio o Paulino de Nola sobre el carácter inquieto de los vascones, y que se han interpretado por algunos autores como reflejo de su conciencia étnica y su carácter independentista. En el fondo fueron sólo movimientos sociales protagonizados por gentes que no aceptaban las nuevas relaciones interpersonales que se estaban implantando y que suponían una merma considerable de su capacidad de decisión sobre sus propias vidas. En zonas norteñas, los habitantes de las montañas se encontraban incluso en una situación mucho peor. La reforma del ejército les privó de un modo digno de ganarse la vida y las leyes imperiales eliminaban la movilidad social y obligaban a continuar el oficio paterno. La pérdida de importancia de las ciudades les hizo más difícil obtener mercancías antes usuales y que su economía primitiva de carácter pastoril no podía sustituir. En esta tesitura optaron por conseguirlas por cualquier medio, y el bandolerismo fue una opción más. Éste se veía además favorecido por su constante movilidad como pastores trashumantes.


YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO DE LA VILLA DE LAS MUSAS DE ARELLANO

El logro fundamental de Roma no fueron sus conquistas militares, sino el modo por el cual supo gobernar y dar estabilidad a un imperio plurilingüe y plurirracial, entendiendo que la única manera de consolidar y unir los territorios conquistados era hacer partícipes a todos los súbditos de los beneficios del conquistador, hasta tal punto que al final del proceso se identificaban unos y otros. Roma siempre recompensaba la paz, la estabilidad y la colaboración, por un lado, respetaba las particularidades de cada pueblo, por otro, permitía la total incorporación e integración en el mismo sistema político y estructura comercial.

Cicerón, en diálogo con Ático, afirmaba que todo hombre tiene dos patrias: la patria geográfica es aquella en la que se ha nacido, y otra, la patria jurídica es la adquirida en razón de la ciudadanía, es la llamada communis, la patria romana. Ambas son compatibles, según Arpinate, siempre y cuando la fidelidad a la patria romana esté por encima del amor por la patria geográfica.

Fueron 3 elementos los que se forjaron en la relación de Roma con esta parte del valle del Ebro:

1- la conquista facilitó la creación de un único pueblo, vascón, a partir de 3 tradiciones históricas y culturales muy distintas. Su aceptación del nuevo marco político romano y su plena colaboración, facilitó el surgimiento de una sociedad pluricultural que vivirá en total armonía, ya que las ventajas y novedades de los demás eran asumidas por los otros con total normalidad.

2- la romanización contribuyó a desarrollar el territorio con la creación de un entramado urbano, que aportó prosperidad social y económica de todo el Valle Medio del Ebro, y convirtió a Pamplona en punto central de referencia para sus habitantes.

3- la entrada de nuevas ideas y la aceptación de la cultura romana, que facilitó la densa red de carreteras, no se impusieron mediante la ruptura con su pasado, sino mediante la combinación de ventajas que suponía una civilización más avanzada. La romanización no fue agresiva en esta zona de Hispania, permitiendo la pervivencia de determinados particularismos.

Con las migraciones de los pueblos germanos hacia 275, se inició una época crítica para Vasconia, y el paso de otros pueblos por el Pirineo influyó en la ruptura definitiva de los vínculos con Roma (407-408).