El Victimismo nacionalista vasco


Los nacionalistas necesitan sentirse víctimas inocentes de un enemigo exterior. Las realidades son más simples y menos malévolas. La Historia para los nacionalistas vascos se ha convertido en una leyenda propagandística, cuyo resumen siempre es más o menos el mismo: el pueblo al que tienen la suerte de pertenecer los pseudo historiadores se remonta a una antigüedad gloriosa, en muchos casos prehistórica, en la que disfrutó de un estado de felicidad próximo al paraíso; dicho pueblo se mantuvo idéntico a sí mismo a lo largo de los siglos, conservando su cultura y su lengua singulares, y una armonía colectiva que con frecuencia incluía un respeto ejemplar por el medio ambiente, así como una meritoria igualdad de género.

En un momento luctuoso del pasado, ese pueblo feliz, multicultural y pacífico sufrió la cruenta invasión de una potencia extranjera: España. Esta potencia extranjera, o potencias, si se incluye también a Francia, es responsable de todos los males que ha sufrido históricamente el noble pueblo en cuestión, que a pesar de todo, y a diferencia de sus invasores, es cosmopolita, abierto, innovador y avanzado. Aunque pacífico, el pueblo ejemplar, incluso podría calificarse de pueblo elegido, ha resistido y resiste la invasión. En ocasiones, que remedio, el pueblo elegido ha tenido que recurrir a una violencia defensiva, de lo que no hay por supuesto más responsables que los torvos invasores que la han provocado. Después de siglos de lucha, el porvenir glorioso de la independencia está a la vuelta de la esquina.

Este es el modelo de relato histórico que se enseña, con ligeras variantes, en las escuelas y en las televisiones de las comunidades españolas. Su utilidad es extraordinaria: sirve lo mismo para justificar el asesinato a sangre fría que los mangoneos de un político corrupto, como para alimentar la pasión del narcisismo personal y colectivo. Como tantas veces, la búsqueda la singularidad tiene un efecto de semejanza, y las leyendas son menos variadas que los hechos reales.

Lo que caracteriza al discurso histórico nacionalista es su monotonía: se repite idéntico en cualquier comunidad española y en los relatos victimistas de América Latina, en Serbia y en la Europa Central, en los textos de historia afro-americana  que se difunden en los Estados Unidos. Siempre hay un paraíso original, siempre hay un invasor externo que tiene las culpas de todo. En Canarias, los guanches eran rubios y felices hasta que llegaron los malvados españoles; en Andalucía las llamadas Tres Culturas florecían en un modelo de convivencia hasta que se produjo la invasión castellana; el edén vasco en nombre del cual se han asesinado más de ochocientas personas y muchos millares más condenados al miedo y al chantaje tenía perfiles sobre todo pastorales; el edén medieval catalán era más urbano y mercantil.

Conocer la Historia es fundamental para distinguir los hechos del pasado de la leyenda. La desgracia siempre vino de afuera, y los lugareños no son responsables de nada: habrá que llorar igual la pérdida de Granada en 1492, la de las libertades catalanas en 1713, la batalla de Kosovo en 1349. Y todo el pasado es una reiteración de la misma lucha inmemorial: la Guerra Civil no fue un enfrentamiento entre la II República y el fascismo, sino un ataque de España contra Cataluña, contra Euskadi, o Euskal Herria.

Relatos semejantes se escuchan en Israel, en Palestina, en Irlanda, en Polonia, en América Latina y probablemente en cualquier república de la extinta Unión Soviética. Por supuesto que a lo largo de la Historia han sucedido invasiones terribles, genocidios y periodos de opresión. Precisamente por eso, porque el sufrimiento humano ha sido y es tan frecuente, resulta imprescindible que exista testimonio de él y que se distinga con toda claridad de la leyenda. Saber que no es la predestinación la causa inevitable de nuestro comportamiento nos devuelve consciente de nuestra responsabilidad personal. Y ser ciudadanos es trasladar esa responsabilidad a la esfera de los hechos y las decisiones políticas. Sentirse parte de una colectividad heroica e inmemorial puede ser halagador para el narcisismo, igual que es muy confortable adornarse con el sufrimiento real o imaginario de antepasados con los que nada tenemos que ver, pero también es muy peligroso.

Una lección de la Historia es que los hechos ciertos son difíciles de conocer; otra, que el pasado nunca se parece al presente, y que la mayor parte de los paralelismos son ficticios. Como escribió el historiador L. P. Hartley"el pasado es otro país". Y como expresó George Orwell en su novela 1984"quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado".

El mito de una Arcadia feliz en que habría vivido el "pueblo vasco" con plena identidad de tal, soberano y libre y bajo un régimen patriarcal y democrático es un absurdo histórico, pero alimenta hoy políticas letales. También lo son otros mitos más precisos sobre la época medieval referidos a que "los vascos" elegían libremente a su señor, o que pactaron su integración en la Corona de Castilla. Pero el problema más grave, que supera al historiador, es que tales mitos han adquirido en este caso "potencia homicida2, como ha escrito Martínez Gorriarán.

Así ocurre cuando las distintas corrientes del nacionalismo vasco pretenden que, si esa fabulosa Arcadia dejó de existir, se debió necesariamente a la agresión de fuera, a la ocupación militar de ese inexistente País Vasco de cuento de hadas por parte de esa “nación enteca y miserable” que era España para el orate Sabino Arana; o por los Estados español y francés. En definitiva potencia homicida por caer en la fácil tentación de lo que el historiador británico J. Elliott, refiriéndose al nacionalismo catalán, denomina con acierto "visiones conspirativas de la historia".


Según Samuel S. Wineburg, en 2001, escribió:
"El pasado utilizable es un mercado de ocasión (...) con interminables objetos decorativos con colores chillones y baratijas antiguas (...) el pasado se convierte en arcilla en nuestras manos (...) cuando distorsionamos el pasado para que encaje en el significado predeterminado que le hemos asignado.  Aprendizaje de la Historia: entre la búsqueda de la identidad y la confrontación con lo diferente."

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