REINADO DE LOS REYES CATÓLICOS

FIDELIDAD DE LOS VASCOS A LOS REYES CATÓLICOS

Uno de los sucesos que marcaron la historia de los vascos tuvo lugar en 1469 en Valladolid, donde el rey Juan II de Aragón formalizó el matrimonio de los futuros Reyes Católicos, es decir, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla. Desde entonces, se empezaba a finalizar la recuperación de aquella "España pérdida" del desastroso 711.

Un año antes, en 1468, el rey de Castilla Enrique IV el Impotente había reconocido en los pactos de Toros de Guisando (Ávila) a su hermanastra Isabel de Trastamara como legítima heredera al trono de Castilla. Sin embargo, la voluntad de Enrique cambió en 1470 desentendiéndose de este pacto al formalizar el matrimonio de su hija Juana la Beltraneja con el duque de Guyena, hermano del rey de Francia Luis XI, incluyendo en dicho tratado la entrega de los territorios vascos al Reino de Francia.

No fue esta la única traición a los vascos por este rey. El año anterior, Enrique IV prometió la entrega de una serie de territorios vascos a uno de sus principales apoyos el conde de Haro y condestable de Castilla, Pedro Fernández de Velasco. Cuando, en 1470, los vascos conocieron que estas componendas suponían una segregación de los territorios de Vizcaya y Guipúzcoa, organizaron una comisión de procuradores para protestar ante el rey. Enrique IV tuvo que reconocer que no era legal esta separación y expidió una carta real en Segovia donde afirmaba que a pesar de formar parte de la monarquía, los territorios vascos "para siempre jamás" quedarían unidos a Castilla.

Guipúzcoa y Vizcaya también protestaron de forma enérgica ante la formalización de aquel matrimonio castellano-francés, declarando su fidelidad a Isabel la Católica. En 1474, Bilbao y todo el Señorío de Vizcaya abrazaron la causa de los príncipes Isabel y Fernando, frente a las pretensiones del marqués de Villena. Isabel fue reconocida como "señora de Vizcaya", incluso como "reina de Bilbao", por una Comisión que se le presentó en Aranda del Duero, donde juró los fueros y prometió ir a hacerlo en Guernica. Asimismo, Isabel prometió que nunca concedería ninguna de las tierras vascas a ningún noble en señorío, quedando éstas siempre adscritas a la tierra de Castilla, es decir, como tierras de realengo.

De esta manera, ningún noble vascongado se atrevería a arrastrar a Isabel I a las guerrillas de banderizos feudales, como así pretendían algunos nobles castellanos enemigos tan poderosos como Pedro Fernández de Velasco, Juan de Pacheco y Pedro Manrique. Por eso tuvo que enfrentase a los ambiciosos planes que preparaba en tierras vizcaínas el conde de Haro Pedro Fernández de Velasco. Otro importante señor cuyas actividades tuvieron que vigilar y limitar los reyes fue Pedro Manrique, que a pesar de ser castellano era conde de Treviño, tesorero de Vizcaya y de las Encartaciones. Más tarde, duque de Nájera, noble levantisco en una etapa y después uno de los mejores jefes militares al servicio de los monarcas.

Los Reyes Católicos encontraron en las Provincias Vascas una adhesión y una lealtad firme durante todo su reinado, a lo que ellos correspondieron con una preferencia y una compenetración que produjo beneficios muy positivos. Y es que para conservar sus fueros y libertades en integridad, los guipuzcoanos y vizcaínos sabían perfectamente que la manera más eficaz era la unión a la Corona real de Castilla. Muchas casa nobiliarias de origen vascón ya estaban situados en el reino castellano. Procedentes de tierras vascas eran los Estúñiga, que enseñoreaban grandes comarcas entre Arévalo y Plasencia, los Mendoza, Ayala, Guevara, Haro, Lazcano, Salazar, Arteaga, etc., al igual que muchas casas nobiliarias de origen navarro.

Esta protección real hacia los fueros vascongados se reforzó cuando al morir Enrique IV en 1474, Isabel la Católica fue proclamada en Segovia reina de Castilla. Por otra parte, Juana la Beltraneja por ser la hija de Enrique IV reclamó sus derechos al trono castellano y casó con el rey Alfonso V de Portugal, originando la Guerra de Sucesión castellana, en la que se enfrentaron los reyes de Portugal y Francia contra los reyes legítimos de Castilla.

Durante esta guerra sucesoria, la fidelidad de los vascos a los Reyes Católicos fue más que sobresaliente. Muchos fueron los ejemplos:

En 1475, las naves de estos reyes se enfrentaron contra los portugueses, aliados con los genoveses, en el estrecho de Gibraltar, por el control y vigilancia del mismo. En este combate naval sobresalieron tres grandes naos vascongadas: la Salazar, la Gaviota y la Zumaya; estas embarcaciones estaban al mando del guipuzcoano Juan Martínez de Mendaro, que murió en el combate.

A principios de este mismo año 1475, además, los procuradores de Guipúzcoa reunidos en junta ratificaron su adhesión y lealtad a los Reyes Católicos. Y, llegando casi a finales del mismo, fue tanto el agradecimiento que tuvieron estos reyes a Vizcaya, por el apoyo en esta Guerra de Sucesión, que concedieron al Señorío de Vizcaya el título de "muy noble y muy leal", y le dieron el expresivo calificativo a esta tierra vasca de "rica joya de lealtad", valoraron la misma repetidamente en el documento que lo acompaña, y exigieron que tal título se le diera siempre que a Vizcaya se la citara por cualquier acontecimiento o suceso.

Al año siguiente, en 1476, un contingente de unos 2.000 guipuzcoanos, al mando de Juan de Gamboa, defendía la causa de los Reyes Católicos en Burgos, ciudad tomada circunstancialmente por sus enemigos. El linaje de los Gamboa había dejado de ser ya una bandería en tierras vascas para formar parte de los apoyos de Isabel la Católica en su coronación y unión de las Españas.

Uno de los puntos culminantes de esta guerra sucesoria fue la batalla de Toro, librada en 1476 en Zamora, que ganaron con sus ejércitos los Reyes Católicos. En ella se destacó la brillante infantería vizcaína, famosa ya por su valor y experiencia, que tomó al asalto las aceñas de Herreros. En aquella zona de fricción hispano-portuguesa se distinguió el alcaide de Castronuño, Pedro de Avendaño, de estirpe vizcaína. También tuvieron los guipuzcoanos un papel muy destacado en esta victoria, en la cual los portugueses se replegaron a sus tierras desde Zamora. De hecho, el protagonismo vasco en ella está adornado con una simpática anécdota por la cual un grupo de derrotistas pretendió secuestrar a Fernando el Católico y evitar así la lucha contra los portugueses. Enterados de este rumor los soldados vascos, marcharon con diligencia al campamento del Rey Católico, que estaba reunido con unos nobles y jefes militares castellanos, y al grito de "¡Daca Rey!" (¡Venid Rey con nosotros!) se lo llevaron con ellos para que continuara la campaña contra los lusitanos. El malentendido se deshizo, Fernando quedó libre y muy sorprendido de la sólida lealtad de los vascongados.

Después de la batalla de Munguía, última manifestación importante de las viejas luchas entre banderizos vizcaínos, los Católicos sometieron al rebelde conde de Treviño Pedro Manrique y decidieron que la importante plaza estratégica de Laguardia fuese para un Mendoza o para un Manrique, en alternancia condicionada, y a García de Ayala, el rey Fernando le nombró señor de Orduña; en 1477, declaró a esta población y a su merindad inseparable de Vizcaya, unificación definitiva del territorio vizcaíno, al que los reyes extendieron la acción de la Santa Hermandad, bien acogida por los pueblos y a la que sólo se opuso uno de los “parientes mayores”, Juan de Salazar, desde su castillo de Muñatones, en Somorrostro.

El rey Fernando instaló su Corte trashumante en Vitoria marchando a Bilbao el 18 de julio de 1476, otorgando a Bilbao las mismas ordenanzas otorgadas poco antes a Vitoria. Allí permaneció un mes, encargó que se armasen 30 naves, al mando de Ladrón de Guevara, y el 30 de julio, en Guernica bajo el tradicional árbol, juró los fueros. Poco después, en la villa de Segura, recibió el juramento de fidelidad de Guipúzcoa. La reina Isabel I confirmó como leyes del reino los acuerdo de la Junta General de diputados guipuzcoanos, celebrada en Usarraga, en 1480. Luego, desde su cuartel general en Vitoria se trasladó a Bilbao y Guernica, donde juró también los Fueros.

Los Reyes Católicos también tuvieron que hacer frente a las aspiraciones del rey francés Luis XI, que apoyaba a los portugueses de Juana la Beltraneja, y que de modo directo afectaban a las Provincias Vascongadas. La invasión de Guipúzcoa fue una amenaza latente cuando ese mismo año de 1476 reunió tropas en la frontera vascofrancesa para apoderarse de esta provincia.

Para contrarrestar estas intenciones, Ladrón de Guevara armó mediante levas marineras y artillería las naves de la Armada de Vizcaya que se habían construido a tal propósito, mientras que la reina reunió tropas en Bilbao en previsión de un ataque de las fuerzas francesas acumuladas en Bayona. Se encargaron cañones y toda clase de armas a los ferrones de Vizcaya, lo que se pagó con letras de cambio de Sicilia. Fue un ejemplo de admirable colaboración entre las Coronas de Castilla y Aragón.

Cuando el Ejército francés atravesó la frontera para efectuar el sitio de Fuenterrabía, pronto se demostró su fidelidad de los guipuzcoanos hacia los Reyes Católicos haciendo muy dificultosa su toma, hasta el punto que las tropas francesas la rodearon y castigaron sucesivamente Rentería, Oyarzun y San Sebastián. Después, regresando sobre sus pasos, volvieron a acosar a Fuenterrabía cuya defensa organizó Esteban Gago.

Pedro Vaca, el hombre de confianza de Juan II de Aragón y mentor de Fernando el Católico, movilizó tropas para acudir en socorro de esta plaza fuerte de Guipúzcoa. El ejército de Luis XI fue rechazado poco después.

Ante la vigorosa resistencia de Guipúzcoa contra los franceses, empezó a ser conocida esta provincia como "muralla defensiva de Castilla", nada más y nada menos. Después, al ver la enorme importancia estratégica que tenía Fuenterrabía, fue agraciada por los Reyes Católicos en 1479 con una serie de privilegios mercantiles y fiscales en detrimento de Irún, menos importante en esta defensa, encargándose al vasco Diego López de Ayala la custodia de la plaza. Igualmente, se fortificó San Sebastián con murallas, algunas de las cuales todavía perduran en la actualidad.

Desde entonces, los Reyes Católicos manifestaron su gratitud a la provincia de Guipúzcoa en numerosas ocasiones, señalándola con predilección sobre otras tierras españolas, y sobresaliendo dentro de ellas la villa de San Sebastián, a la cual se nombró en 1489 como “la villa más noble y mejor de dicha provincia”.

También es conocido que se armaron una serie de buques en Vizcaya y Guipúzcoa, los cuales, partieron hasta Galicia, sometieron a estos reyes una serie de poblaciones rebeldes, pasadas a los portugueses, como pudo ser, por ejemplo, Pontevedra.

A medida que se consolidaban los Reyes Católicos en el trono, se fue haciendo más presente su acción en las Provincias Vascongadas, y los vascos se fueron integrados en las empresas militares y navales que sus monarcas proyectaron de forma universal. Fue muy importante la participación de los vascos en los Ejércitos españoles de la época, en los múltiples campos de batalla en la península y en el extranjero.

Se distinguieron en la Guerra de Granada, donde grandes señores vizcaínos habían trasladado la sede de sus linajes a las poblaciones andaluzas base de las operaciones, Úbeda, Baeza, Antequera, etc. García López de Arriarán y Juan de Lazcano fueron los capitanes de mar encargados de la custodia de las costas gaditanas y del paso del Estrecho.

A partir de 1480, los territorios vascos de Vizcaya y Guipúzcoa contribuyeron de forma destacad a la política internacional de los Reyes Católicos en Italia. Este año los musulmanes turcos conquistaron la ciudad napolitana costera de Otranto. Los Reyes Católicos reaccionaron organizando una armada entre sus súbditos de la cornisa cantábrica, donde las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya aportaron cerca de cincuenta naves. La expedición de socorro de Otranto partió desde Laredo y del Abra de Bilbao hacia Nápoles, bordeando Galicia y Andalucía, regiones que entregaron asimismo más naves para la empresa. Fruto de esta colaboración, la villa de Otranto fue recuperada para los cristianos por los Reyes Católicos.

En las Guerras de Italia, las tropas del Gran Capitán estaban llenas de nombres vascos: Juan de Iza fue colgado por saqueador; Juan de Lazcano fue el primero en la conquista de Tarento, como los fueron en el asalto a Monte Casino, en la batalla del Garellano, los capitanes Ochoa y Jordán de Arteaga, así como Martín Ruiz de Olaso en Seminara.

Un episodio característico del orgullo vasco fue el de Menoldo Guerri. Esta especie de condotiero en las Guerras de Italia se había encerrado en Ostia al frente de su hueste, en lucha contra el papa Alejandro VI. Éste solicitó la ayuda del Gran Capitán, verdadero árbitro de la política italiana, que intimaba a la rendición de los sitiados. La contestación del Guerri explica el valor y la predisposición de los vascos por la lucha, quien dijo:
"… que se acuerde que todos somos españoles y que no la ha con franceses sino con español, y no con castellanos sino vizcaíno."

Quince navíos vizcaínos, con otras de la Armada Real, llevaron a Flandes a la infanta Juana para casarse con Felipe de Borgoña, al que tres cocas, vizcaínas también, llevaron de sus tierras del norte hasta Fuenterrabía.

Se distinguieron en las acciones navales del reinado, al mando de una flota guipuzcoana, el conde de salinas y Juan de Gamboa, sin olvidar que vascos fueron algunos piratas como Pedro de Bilbao y Juan de Ochoa, al primero de los cuales tuvieron que emplazar Reyes Católicos por haber robado una nao bretona. Por otra parte, la flota contra los corsarios del Cantábrico estaba dirigida por el maestro bilbaíno Juan de Arbolancha y el general lequeitiarra Íñigo de Artieta.

Un suceso curioso fue el de César Borgia, al huir de los Reyes Católicos, que le retenían preso en Medina del Campo, se llegó hasta puertos vizcaínos para pasar a Francia camino de Navarra y tuvo que hacerlo a escondidas porque los vascos se enfrentaron a él por considerarle enemigo de sus reyes, es decir, de Fernando e Isabel.

Sin duda, los vascos tenían ya una fama muy extendida de ser unos marineros de primera categoría, destacándose siempre en las batallas marinas que la Monarquía hispánica se veía obligada a entablar. La flota vizcaína estaba presente en todas las acciones navales del reinado de Isabel y Fernando, desde el océano Atlántico a las islas griegas, como a partir de 1492 lo estuvieron en la gran aventura de las Indias Occidentales.

El terrible Cantábrico en tiempos de los primeros Trastamara se convirtió en un lago para los pueblos de la costa española, los vascos en vanguardia, para la pesca hasta Terranova y para el comercio hasta Flandes y las ciudades hanseáticas. Se estableció un verdadero monopolio marítimo vizcaíno en todo el golfo, enfrentando victoriosamente a los ingleses en alianza con Francia, con lo que el País Vasco se une en el mar a la tradicional política internacional de Castilla. Todos los mareantes son declarados bajo protección real a petición de Martín Ochoa de Iribe, marino de Deva, en 1490.

Se llevaron a cabo importantes obras en los puertos de Pasajes, Gueteria y Bermeo. También en Bilbao, cuyo Consulado se fundó en 1511. Los nuevos astilleros de Basurto, Abando, Asñúa, San Mamés y otros en Guipúzcoa trabajaban a pleno rendimiento.

Fuenterrabía fue centro de importantes encuentros diplomáticos durante el reinado, como las negociaciones en las que participaron el conde de Osorno y el obispo de Palencia para arreglar problemas fronterizos. Y es que los vascos no sólo procuraron un magnífico servicio a los Reyes Católicos en su propio territorio, sino que también defendieron sus propios intereses en los más variados escenarios de lucha.

Además, los Reyes Católicos se rodearon de notables guipuzcoanos en su administración central, como sucedió en el Consejo Real, consejo consultivo del monarca de primer orden, donde destacó, entre otros, el doctor Francisco de Zuazola.

El renteriano Bartolomé de Zuloaga fue embajador y tesorero real, gran aportación hizo a la reina Isabel, a quien representó en la Junta de Guipúzcoa de 1475, para conseguir su adhesión frente a las intenciones de Juana la Beltraneja.

No fueron ajenos los vascos a la actividad diplomática de los Reyes Católicos. Ya en tiempos de Enrique IV, Juan Martínez de Berástegui era embajador de Inglaterra, país con el que los vascos, sobre todo los guipuzcoanos, mantenían antiguas e intensas relaciones, incluso con acuerdos comerciales que solían establecer de puerto a puerto. Juan Sainz de Andoain, que era gobernador de Guipúzcoa, cobraba una gratificación anual del puerto de Bristol.

Por esta razón, los Reyes Católicos confirmaron esos acuerdos con un auténtico tratado internacional que fue firmado en 1482, y nombraron embajador en Londres a Jofre de Sasiola, especialista guipuzcoano en asuntos mercantiles y, después, a otro vasco, Juan de Gamboa. Aquel tratado permitía a los guipuzcoanos declararse neutrales si Inglaterra y Castilla entraban en guerra. Es decir, la personalidad territorial de Guipúzcoa era muy tenida en cuenta por los Reyes Católicos, respetando sus propias instituciones de gobiernos y leyes forales, pero siempre integradas en la monarquía.

Otros embajadores vascongados de los Reyes Católicos fueron Pedro de Ayala en Escocia y Diego López de Haro en Roma, éste fue uno de los más brillantes diplomáticos de la época que tuvo gran influencia en la política italiana.

Fuenterrabía fue centro de importantes encuentros diplomáticos durante el reinado, como las negociaciones en las que participaron el conde de Osorno y el obispo de Palencia para arreglar problemas fronterizos.

El terrible Cantábrico en tiempos de los primeros Trastamara se convirtió en un lago para los pueblos de la costa española, los vascos en vanguardia, para la pesca hasta Terranova y para el comercio hasta Flandes y las ciudades hanseáticas. Se estableció un verdadero monopolio marítimo vizcaíno en todo el golfo, enfrentando victoriosamente a los ingleses en alianza con Francia, con lo que el País Vasco se une en el mar a la tradicional política internacional de Castilla. Todos los mareantes son declarados bajo protección real a petición de Martín Ochoa de Iribe, marino de Deva, en 1490.

En 1501, los Reyes Católicos otorgaron la carta real a las Encartaciones de Vizcaya, extendiéndose esta misma ley al Reino de Galicia, al Principado de Asturias y a villas y tierras de Álava y Guipúzcoa, poniendo fin la Guerra de los Banderizos.

Se llevaron a cabo importantes obras en los puertos de Pasajes, Gueteria y Bermeo. También en Bilbao, cuyo Consulado se creó en 1511. Los nuevos astilleros de Basurto, Abando, Asñúa, San Mamés y otros en Guipúzcoa trabajaban a pleno rendimiento.



JURAMENTO DE LOS REYES CATÓLICOS

Notario del Sacro palacio del papa Pío II y Tesorero de los Reyes Católicos, representó a la reina Isabel de Castilla en la Junta Particular de Guipúzcoa de 1475 para recibir el juramento de fidelidad de la provincia.

Natural de Rentería, Guipúzcoa, fue una personalidad relevante de esta provincia en el siglo XV. Bartolomé de Zuloaga fue notario del Sacro Palacio nombrado por el papa Pío en 1462.

Sirvió a Enrique IV de Castilla, quien le otorgó diversas mercedes, como una renta anual de 3.000 maravedies por juro de heredad,  situadas sobre el producto de alcabalas de Rentería. Este privilegio fue confirmado los Reyes Católicos en 1483 y por doña Juana en 1509.

A la muerte del rey, fue enviado por Isabel la Católica en representación suya, junto con Antón de Baena, para asistir a la Junta Particular de la Hermandad de Guipúzcoa, reunida en Basarte el 2 de enero de 1475, con el objetivo de pedir a la Provincia juramento de fidelidad a la nueva reina, como así se hizo. A su vez, juró los Fueros de Guipúzcoa en nombre de Isabel la Católica.

Los Reyes Católicos le nombraron su tesorero real de descargos y embajador, gracias a ello recibió rentas sobre las ferrerías de Arratzubia, en Orio, y sobre las rentas del hierro de las ferrerías navarras de Anizlarrea, mineral que en traba y se cargaba en los puertos de San Sebastián, Fuenterrabía y Villanueva de Oiarso.

Estas mercedes obedecían a servicios hacia los Reyes Católicos. Durante el conflicto con Francia, se mantuvo partidario del Reino de Castilla, por lo que el ejército francés destruyó su casa y arruinó los manzanales de Rentería.

Otro servicio más importante aún fue conseguir que Guipúzcoa apoyase a Isabel I contra la pretendiente Juana la Beltraneja y sus aliados portugués y francés. 

Los historiadores Gamón y Gorosábel relataron extensamente su intervención.
"Zuloaga vino a Guipúzcoa, junto con Antón de Baena, como embajadores de la Reina Isabel, con cartas de la soberana que presentaron en las Juntas de Basarte el 2 de enero de 1475."
Una de las cartas, dirigida a la provincia, comunicaba la noticia del fallecimiento de Enrique de Castilla, hermano de la reina, y de la proclamación de ésta como soberana por los "Grandes del Reino" en Segovia. Por la otra carta se solicitaba la fidelidad y obediencia de Guipúzcoa. Zuloaga y Baena recibirían en nombre de la reina el homenaje y también en su nombre prometerían la guarda y confirmación de los privilegios, usos y costumbres de Guipúzcoa:
"Podades prometer e prometades en mi nombre que yo guardaré e manda réguardar e confirmaré sus privilegios, buenos usos e costumbres, según que los tuvieron e tienen de los Señores Reyes de gloriosa memoria, mis progenitores."
En efecto, poco antes, en 1470, Enrique IV había reconocido solemnemente los Fueros guipuzcoanos, elogiando agradecido los grandes servicios de Guipúzcoa:
"su voluntad siempre había sido y era, acatando la gran lealtad y servicios tan señalados de la misma, el honrar la y guardar sus privilegios y libertades más principalmente que a otra alguna tierra de sus reinos, y así lo entendía hacer y guardar en adelante."
Las cartas reales fueron leídas en las Juntas ante Domejón González de Andía. Los junteros suplicaron a la reina y a sus comisionados que "los mantuviese e amparase en toda paz e justicia, e les mandase confirmar e aprobar sus privilegios e franquicias, libertades, exenciones, buenos usos e costumbres, su Hermandad, e el Cuaderno, ordenanzas, cartas e provisiones de ella".

En  virtud de los poderes recibidos, Zuloaga y Baena asintieron a la petición y lo prometieron en nombre de la reina. Al día siguiente del pleito homenaje rendido por Guipúzcoa a doña Isabel, dieron en Azcoitia palabra de guardar los Fueros:
"Nos los dichos Antón de Baena y Bartolomé de Zuloaga, por virtud de los poderes de la Reina nuestra señora a nosotros dados, decimos que loamos y aprobamos los dichos capítulos, e prometemos en nombre de Su Alteza, que guardará, cumplirá y confirmará lo susodicho, e en firmeza de ello firmamos aquí nuestros nombres. Fecho en Azcoitia a 15 de enero del nacimiento de Nuestro SeñorJesucristo de 1475 años.Antón de Baena Bartolomé de Zuloaga."
El escribano Domenjón González de Andía formalizó el acta.

Pero no conforme la Junta provincial con la fiel palabra de la reina Isabel de Castilla, exigió además el juramento de su rey consorte Fernando de Aragón. Este aprobó los fueros guipuzcoanos en cédula firmada en Valladolid el 3 de junio de 1476. Unos días más tarde firmaba otra cédula, grandemente elogiosa para Guipúzcoa:
"Mi intención no es de agravaros en cosa alguna, salvo guardaros en vuestra hidalguía y libertad como a mis buenos y leales fidalgos vasallos, e vos entiendo gratificar en gracias, mercedes e libertades sobre las que tenedes, porque de esa Provincia tengo más cargo que de las otras nin lugares de mi reinos según los servicios que me habéis fecho e los trabajos que habéis pasado por mis servicios."

Todavía, en 1484, Isabel y Fernando declararon que aprobaban y confirmaban los privilegios de Guipúzcoa de los reyes predecesores. Carlos V repetiría el gesto en 1521.

En esta evocación de lealtades correspondidas, se agiganta la figura del renteriano Zuloaga, único guipuzcoano que tuvo el honor de confirmar, en nombre y con poderes de la Isabel de Castilla, los fueros de su tierra nativa.


En tiempos de Gamón aún subsistía la casa de Zuloaga, renovada en el siglo XVI por sus parientes, los Zubieta.