SOBERANÍA DEL SEÑOR DE VIZCAYA


TÍTULO DE SEÑOR DE VIZCAYA
 
El Señorío de Vizcaya aparece encabezado por una persona ajena al mismo, en el sentido de no estar integrado en el sistema de linajes y bandos, pero se sitúa por encima de estos como autoridad suprema. Esta autoridad está, en cierto modo, mediatizada por las Juntas Generales celebradas a requerimiento de los Parientes Mayores.
 
Esta autoridad señorial, que tiene un carácter jurisdiccional, se vio difuminada a partir de 1379, ya que el Señor de Vizcaya es el propio rey de Castilla, y más tarde monarca de España, lo que confunde ambos poderes y beneficia a los vizcaínos, en el sentido de alejar aún más de su territorio la autoridad señorial.
 
Pero aunque difuminada, la autoridad del Señor se mantuvo sobre el Señorío de Vizcaya, y su tenencia sobre las Provincias de Álava y Guipúzcoa, así como a sus habitantes, a los que aquel denomina sus hidalgos y labradores o bien sus vasallos. Estos, en reconocimiento de su señorío y según su propia condición, le pagan tributos o le prestan servicios de armas.
 
Son los hidalgos del Señor los que prestan estos últimos servicios, recibiendo normalmente a cambio mercedes y privilegios. El resto de los vizcaínos son pecheros del Señor, quien cuenta a su vez con sus propios labradores, los llamados censuarios en la Baja Edad Media, a los que libremente pueden donar o enajenar tanto a favor de otros nobles como de las villas.
 
Como Señor jurisdiccional de Vizcaya obtiene rentas provenientes tanto de los pechos pagados por los habitantes de las villas y los labradores, como del ejercicio de la justicia, derechos derivados de las prebostades de las villa, y sobre todo, los derechos de las ferrerías, cobrando también algún censo más. Junto a esto el Señor goza también de ciertas propiedades: montes y seles, como queda de manifiesto en 1342 cuando se delimita la propiedad que corresponde a los hidalgos y al Señor.
 
No obstante, el Señor de Vizcaya debía recibir sólo una parte, a veces mínima, de todos estos derechos. Tanto antes como después de que dicho Señorío recayera en la Corona, las donaciones son abundantes e irán aumentando a lo largo de todo el período. Ejemplos de este hecho los hay en abundancia y en ellos se dona tanto determinadas cantidades de maravedís, generalmente para el mantenimiento de flotas mareantes que aseguren el apoyo armado del receptor, como monasterios con todos sus derechos.


Es cierto que desde los siglos XI y XII, tanto los reyes de navarra como los de Castilla, alternativamente, encontraron a veces resistencia en los señores de Vizcaya para imponer su dominio y autoridad.
 
El historiador Juan Antonio de Ibarra cita varios casos:
1- Sancho IV el Sabio de Navarra, rechazado en 1160 por Lope Díaz de Haro
2- Fernando III el Santo, que llegó a Valmaseda pero se detuvo al hacer las paces con Diego López de Haro
3- Sancho IV el Bravo, que mató en Alfaro a su valido y gran jerarca en el Reino de Castilla, Diego López de Haro, en 1288, y luego ocupó Vizcaya por la fuerza (salvo Orduña y Valmaseda), retirándose después.
4- Sucesivos intentos de ocupación de castillos y casa fuertes por Fernando IV, Alfonso XI y Pedro I, con el propósito de imponer su poder en el señorío, fracasando en sus intentos. 
 
Hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos esto sucedía en muchas zonas de los Reinos de Castilla y Aragón, donde grandes magnates semisoberanos campaban a sus anchas por sus señoríos. Pero estos hechos se produjeron para imponer la autoridad real ante señores díscolos o por razones familiares en casos sucesorios; en ningún caso para suprimir libertades y fueros de que gozaran muchas regiones y villas de los reinos medievales. Por otra parte, los señores de Vizcaya, Haros o Laras, aceptaron siempre la autoridad superior de los reyes navarros o castellanos, de los que en cierto modo eran vasallos, con las rebeldías y cambios de bandos que eran corrientes en aquellos tiempos.


Según Juan Antonio de Ibarra, el señor de Vizcaya era soberano e independiente en su territorio y vasallo de los reyes de Navarra o Castilla, sólo en los estados que les concedían en sus reinos, pero no en el Señorío. Es un juego inteligente sobre ficciones jurídicas, pero sin peso histórico suficiente en relación a la realidad de los hechos. El propio Ibarra reconoce que los "vínculos y ligaduras entre los Señores de Vizcaya y los Reyes de Castilla, fueron tantos que caminaron juntos en muchas empresas durante la Reconquista y parecieron en algunos momentos estar unidos políticamente".

"Relativamente soberanos e independientes" respecto a la Corona, señores de horca y cuchillo, con sus propias mesnadas, inclinándose por un bando o por otro, al servicio del rey o enfrentándose a él, lo fueron los Guzmán y los Ponce de León en Andalucía, los Fajardo en Murcia, los Pardo de Cela en Galicia, los Benavente en Zamora, los Mendoza en tierras de Guadalajara y de Madrid, etc., y fueros y privilegios tuvieron muchas ciudades. La diferencia con Vizcaya, muy importante históricamente y respetable en lo político y jurídico, estuvo en la especie de capitanía de lo vasco ancestral que tomó esta admirable zona vasconizada en la Edad Media, manteniendo con afán su singularidad histórica, que los reyes de Castilla, y de España después, no sólo aceptaron sino que juraron y conservaron.




REY DE ESPAÑA Y SEÑOR DE VIZCAYA

Sobre la unión de los dos títulos en la persona del rey de Castilla la manipulación nacionalista ha sido insistente, presentando la situación anterior a la unión como de independencia respecto de Castilla, e incluso a partir de ese momento como de vinculación con el rey castellano sólo en virtud de ser el Señor de Vizcaya.
 
Pero el que en 1371 ambos títulos se acumularan en la misma persona no quiere decir que previamente el Señorío de Vizcaya no estuviera unido a Castilla, ni elimina el hecho de que los propios Haros y Laras fueran distinguidas familias castellanas.
 
Sabino Arana, por ejemplo, escribió numerosas páginas sobre la cuestión con inmenso desconocimiento de la materia. Basaba la separación de vizcaínos y resto de españoles en la existencia en la misma persona del rey de España, deseaba Arana que probase una estatalidad separada:
 
“Falso es asimismo que se haya realizado jamás unión política alguna entre Bizkaya y Castilla. Desde aquel Juan III de Bizkaya y I de Castilla hasta el último rey español que ha sido al propio tiempo Señor de Bizkaya, las cosas no han variado en lo más mínimo. El Señor de Bizkaya era al mismo tiempo Rey de España; pero eran esos títulos perfectamente separados y referentes a las facultades esencialmente diferentes que ejercían por separado en las dos naciones perfectamente separadas de Bizkaya y España.”
 
La intitulación de los reyes de España es durante la Edad Moderna compleja y articulada. El rey despliega los títulos que ostenta como resultado de la Reconquista: España, que en la Edad Media se articuló en cuatro reinos, todos ellos herederos de la España visigoda, recupera la unidad política al fusionarse las distintas soberanías.
 
Por ejemplo, la intitulación de Carlos I:
 
“Don Carlos, por la divina clemencia Enperador Semper Augusto, rey de Alemayna, y doña Joana, su madre, y el mismo don Carlos por la gracia de Dios reyes de Castilla, de Leon, de Aragon, de las dos Secilias, de Jherusalem, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorcas, de Sevilla, de Cerdeña, de Cordoba, de Corcdega, de Murcia, de Jaen, de los Algarbes, de Algezira, de Gibraltar e de las Yslas de canaria, de las Indias, Yslas e Tierra Firme del mar Oceano, condes de Barcelona, señores de Vizcaya e de Molina, duques de Atenas e de Neopatria, conde de Ruyssellon e de Cerdeña, marqueses de Oristan e de Gociano, archiduques de Austria, duques de Vorgoña e de Bravante, condes de Flandes e de Tirol, etc.”
Los títulos de ordenan según dos criterios: jerarquía y antigüedad. Por jerarquía, los títulos soberanos preceden a los demás; es decir, que se enuncian primero los títulos reales, y sólo después los demás, que dependen de ellos. Dentro de los títulos reales, son pospuestos los subreinos o reinos subordinados. Precedían pues, ordenados a su vez por su importancia y antigüedad en la unión, Castilla, León, Aragón, Sicilia, Jerusalén (unido nominalmente a Sicilia), y Navarra. Por otra parte, Granada, Toledo, Valencia, Galicia, Mallorca, Sevilla, Cerdeña, Córdoba, Córcega, Murcia, Jaén, los Algarbes, Algeciras, Gibraltar, Canarias y las Indias eran parte o de la Corona de Castilla o de la Corona de Aragón, y su vinculación a la monarquía era a través de uno de estas dos coronas.
 
Después de enunciaban los títulos no soberanos; primero los españoles y luego los extranjeros. Los títulos no soberanos españoles eran los derivados de ciertos señoríos nobiliarios que nunca habían dejado de estar colocados bajo la soberanía de una u otra corona, pero que, además, en un cierto momento, habían sido asumidos directamente por los reyes, Así, por ejemplo, los marquesados de Oristán y de Gociano habían sido confiscados por los Reyes Católicos dentro de su Reino de Cerdeña; los condados de Barcelona, Rosellón y Cerdeña eran parte de la Corona de Aragón, y no eran evidentemente títulos soberanos.
 
Los señoríos de Vizcaya y de Molina de Aragón eran grandes dominios nobiliarios que la Corona había obtenido en diferentes momentos. Antes de esa unión, el rey de Castilla era el soberano de esos territorios, pero no su señor en el sentido feudal, como no lo era de muchas otras villas y tierras de Castilla. Con la unión de esos señoríos pasaron a ser realengos, es decir, que el rey era además señor. Pero no se trataba, evidentemente, de títulos soberanos. Cuando en la Edad Media alguien quería denotar soberanía debía ser proclamado rey o emperador. Un señor, o un conde, por definición, no son poderes soberanos.
 
Los Ducados de Atenas y Neopatria eran, con el Reino de Jerusalén, títulos de pretensión con raíces históricas, dentro de un Imperio de Constantinopla que había dejado de existir en 1453. Los títulos austríacos no eran soberanos, pues se trataba de partes del Imperio, Como curiosidad, hay que señalar que nunca se suprimieron de la intitulación hasta el siglo XIX, aunque desde Felipe II añadió además el título rival de Portugal, que fue efectivo hasta 1640, y que Felipe IV mantuvo hasta su muerte.
 

El rey, sin embargo, era habitualmente llamado rey de España. La intitulación solemne era sustituida a menudo por una abreviada, o por un título oficioso que sería “Rey de las Españas” (tantas Españas como reinos españoles). Sólo en 1808, con José I, el título oficial pasó a ser “Rey de las Españas y las Indias”. En la Constitución de Cádiz se hablaba ya de “Rey de España”. Pero Fernando VII volvió a lo tradicional. Isabel II, en unos casos fue llamada Reina (constitucional, o por la gracia de Dios y de la Constitución) de España y en otros de las España. La intitulación larga fue abandonándose. Amadeo I ya fue simplemente rey de España, como su sucesor Alfonso XII. En todo caso, ya su predecesor Fernando el Católico había sido llamado por todos, dentro y fuera de la península, Rey de España.



LAS TENENCIAS

Se definen las tenencias como circunscripciones territoriales menores con respecto a un reino donde los nobles cumplen con ciertos deberes tanto públicos como privados, y poseen ciertos derechos concedidos por la mano del rey, per manum regis. Por lo común, las tenencias suelen constar de un núcleo fortificado y un pequeño distrito territorial que recibe protección desde la fortaleza. Se incluyen como tenencias algunos territorios de extensión mayor, como es el caso de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. En ocasiones un mismo noble o magnate puede poseer varias tenencias, una fronteriza con carácter militar y otra en el interior para obtener beneficios. El tenente tiene como misiones la defensa, recaudación de tributos y administración de justicia. Y su reparto de rentas suele dividirse con las arcas regias, en la mitad de los beneficios obtenidos. El estatuto del tenente es de origen feudo-vasallático, por lo que puede ser removido por el rey, pero al mismo tiempo existen tenencias que son hereditarias por los intereses familiares y por sus características propias como Álava y Vizcaya.