PRIMERAS FRONTERAS PIRENÁICAS

PRIMERAS DELIMITACIONES ADMINISTRATIVAS

La frontera pirenaica, que divide Francia de España, hasta la desembocadura del Bidasoa ha permanecido inalterada en la mayor parte de tiempo desde la Romanización de la península Ibérica, hace más de dos mil años, un caso verdaderamente excepcional en Europa.
 
Tras la conquista romana, las tierras más o menos eusquéricas al norte de los Pirineos, quedan englobadas en la provincia de Aquitania, en la Galia romana, mientras que las del sur quedaron enmarcadas en la Tarraconense de Hispania. Las tierras de la actual Navarra, sólo parcialmente vascona, quedaron incluidas en el convento de Zaragoza, por otra parte, las tierras del actual País Vasco fueron adscritas al convento jurídico de Clunia, al sur de la actual provincia de Burgos.
 
Los habitantes de ambos lados de este escenario Pirenaico no llegan a formar una comunidad concreta y definida. Más bien al contrario, pues Lapurdum (Bayona) fue una ciudad romana fortificada para contener las incursiones de los montañeses del sur.
 
Según Caro Baroja la Romanización de Álava y Navarra fue tan intensa como en otras zonas de España, incluso en las propias Vizcaya y Guipúzcoa lo fueron también mucho más de lo que se creía. Cohortes enteras de vascones hispanos combatieron bajo estandarte romano en Italia o Inglaterra.

La pobreza y marginalidad de estas tierras facilitaron que sus gentes no se incorporaran en masa al modo de vida romano y mantuvieran su inestabilidad y su tendencia al bandolerismo y las incursiones violentas en zonas vecinas más ricas; pero su fama de irreductibles y belicosos no estaba para el historiador Lacarra del todo justificada.

El llamado País Vasco francés nunca alcanzó a tener una identidad diferenciada dentro de Francia ni a establecer unos lazos particulares con el País Vasco español, ya que con otras muchas tierras formó parte del ducado de Gascuña (nombre que parece deberse a inmigrantes vascones peninsulares en el siglo VI) inserto a su vez en el reino carolingio de Aquitania. Este ducado estuvo en manos de la Monarquía de Inglaterra entre 1154-1204 y 1259-1453.
 
Alfonso VIII de Castilla, soberano legítimo de las tres provincias vascas, intentó en 1204-05 apoderarse Gascuña porque era la dote de su esposa, Leonor de Inglaterra; no sólo fracasó ante la lejana Burdeos sino que también Bayona se le resistió con éxito.

A comienzos del siglo XIII el rey navarro, Sancho VII el Fuerte, aprovechó hábilmente las circunstancias para obtener la sumisión de algunos señores ultrapirenaicos, con lo que se iniciaba el dominio formal y la integración de la luego llamada Merindad de Ultrapuertos (Baja Navarra) que permaneció en manos de la Monarquía de Pamplona y luego de la Monarquía Hispánica  hasta su cesión definitiva a Francia por Carlos I en 1529-30.



MARCA HISPÁNICA

La marca hispánica tiene su carta de nacimiento en el año 778, con la campaña de Carlomagno por el valle del Ebro reconquistando a los moros las tierras invadidas en España; la cual aunque termina en la emboscada de Roncesvalles, consolida el territorio en la vertiente sur.

Tras la derrota en Roncesvalles el Imperio carolingio intentó establecer relaciones feudales con la nobleza cristiana del sur. En el 785 Gerona, Urgel y Cerdaña prestaron vasallaje a Carlomagno, y desde este año están perfectamente definidos los límites de la marca. En el 798 Luis de Aquitania conquista Pallars y Ribagorza. El Reino de Asturias ya se ha consolidado y han pasado los años difíciles del Emirato. En el 801 conquistan Barcelona. El Imperio trataba de extender su dominio hacia el sur, pero se vio frenado en el valle del Ebro. La nobleza carolingia se asentó en esta zona.



CONDADOS DE LA MARCA HISPÁNICA

La marca hispánica es un territorio que presta vasallaje al Imperio carolingio y por lo tanto formaba parte de él, pero está compuesto por condados independientes, que pueden unirse circunstancialmente, e incluso aliarse con los musulmanes para luchar contra los carolingios; como la alianza de Barcelona con los musulmanes en el 824. La máxima autoridad la ostentaba el emperador, sin embargo, con el debilitamiento del poder franco todos los condes, en rebeldía, trataron de hacer su cargo hereditario, tan solo Aragón y Pamplona lograron convertirse en reinos tras la desintegración del Imperio.

Una marca en aquella época se trataba de una serie de territorios administrados de forma autónoma pero sujetos a la autoridad de un emperador, que servían de muro de contención frente a un poder exterior. En este caso, la Marca hispánica era una franja varios condados situados en los Pirineos y la costa Brava con cierta autonomía pero sujetos al poder del emperado Carlomagno, que servían de franja protectora frente a una posible invasión del poderoso Emirato de Córdoba desde el sur.

Comprendía los territorios de: Pamplona, Aragón, Sobrarbe, Ribagorza, Pallars, Urgel, Cerdaña, Berga, Osona, Barcelona, Gerona, Besalú, Ampurias, Perelada, Rosellón, Vallespir y Conflent.

La población local de las marcas era diversa, incluyendo grupos montañeses autóctonos, íberos, hispanorromanos, vascones, celtas, bereberes, judíos, árabes y godos que fueron conquistados o aliados de los dominadores islámicos o francos. Eventualmente, los jefes y las poblaciones se hicieron autónomos y reclamaron su independencia. El área y su composición étnica cambiaba según la fortuna de los imperios y las ambiciones feudales de los condes y valíes elegidos para administrar las comarcas. El cambio de manos de un pago era frecuentemente solventado fuera del campo de batalla, mediante una compensación económica.


MARCAS FRONTERIZAS DEL IMPERIO CAROLINGIO

En el siglo X no había una delimitación precisa entre un lado y otro de lo que hoy llamaríamos "frontera" que separaba los condados de la Marca Hispánica de Al-Ándalus. Por una parte, la separación entre los distintos territorios era imprecisa y no se trataba de un área despoblada, sino que en ella había algunos pobladores de obediencia incierta. Por otra parte, a cada lado había habitantes que estaban sometidos a autoridades civiles y religiosas cuya sede se encontraba en el bando opuesto.

La franja de separación entre los dominios cristianos y musulmanes tampoco tenía una extensión uniforme. En las proximidades de Lérida y Balaguer, esta franja era más estrecha, en parte por la potencia de estos dos enclaves musulmanes y en parte por la supervivencia de comunidades cristianas que debían de mantener una importante relación con sus correligionarios del otro lado de la frontera.

En cambio, era mucho más amplia al sudoeste de Barcelona, donde a lo largo del siglo fueron apareciendo castillos que, a su vez, atraían a nuevos pobladores. Estos castillos, que solían situarse en lo alto de cimas u otros puntos con gran visibilidad, iban configurando una red que respondía a un proyecto tanto de defensa como de dominación del territorio circundante.

Por otra parte, en los valles y llanuras se multiplicaban los edificios de carácter religioso, los cuales constituían una segunda red territorial, promovida por abades, obispos y magnates, y que indican la multiplicación de los núcleos de población


CARLOMAGNO