CRISTIANIZACIÓN DE LAS INDIAS


EVANGELIZACIÓN Y CIVILIZACIÓN DE LAS ÓRDENES MISIONERAS EN LAS INDIAS

La expansión del Cristianismo por el Nuevo Mundo que descubrieron los españoles y portugueses a finales del siglo XV fue un objetivo esencial de las Iglesias de ambas monarquías, marcando la trayectoria durante siglos, y constituyó un esfuerzo incluso mayor que el colonial.

La Evangelización de las Américas o Conquista Espiritual fue un proceso que implicó la transmisión de la cultura occidental, involucrando además de la religión, la lengua castellana y usos y costumbres europeos, mediante la enseñanza de la religión católica.

La religión católica fue un elemento clave en la expansión del Imperio español y punto fundamental en su desarrollo posterior al ser la Iglesia Católica un aliado político de los  conquistadores españoles, entre los cuales parte fueron vascos y navarros. Estos justificaron en todo momento sus acciones expansivas en el derecho divino y la enseñanza de la fe católica para los infieles.

La religión fue una necesidad primordial en las poblaciones de indígenas que practicaban sacrificios humanos, el canibalismo o la poligamia. Millones de indígenas tenían que ser adoctrinados en el cristianismo para la salvación eterna, la profesión de la fe católica y la integración inmediata a los usos occidentales.

España era, por aquel entonces, un país del Renacimiento, y clarísimo exponente del Humanismo cristiano. Los eclesiásticos destinados en las tierras descubiertas se cuestionaron la labor de colonización y evangelización de aquellas tribus indígenas salvajes y denunciaron los abusos y excesos de los conquistadores ante las Corte de Carlos V solicitando leyes protectoras de Indias. Los reyes de España tomaron especial cuidado en los métodos y maneras de civilizar y cristianizar aquellas gentes.

Carlos V y Felipe II fueron los principales impulsores de este proceso que tuvo como protagonistas principales a los frailes de las Órdenes Mendicantes. Estas se dedicaron a atender las carencias espirituales indígenas, a introducirles en la arquitectura, pintura, música, teatro, traducción de textos y aprendizaje de lenguas indígenas, intentaron implementar entre las enormes cantidades de indígenas mesoamericanos el estilo de vida europeo con la alfabetización, la enseñanza de artes y oficios, los modos de gobierno y organización civil, leyes, urbanización occidental y la construcción de edificios de diversa índole.

Fueron los eclesiásticos misioneros españoles en sus órdenes mendicantes quienes propusieron una evangelización pacífica y si armas o coacción alguna, una evangelización totalmente desinteresada y libre de todo compromiso expansionista o explotador.

Las órdenes mendicantes fueron principalmente los Franciscanos como Martín de la Ascensión,  Martín Loyola, Jerónimo de Mendieta y Juan de Zumárraga; los Dominicos como Francisco de Vitoria y Tomás de Zumárraga; Agustinos como Andrés de Urdaneta y Andrés Aguirre; y los Jesuitas de la Compañía de Jesús fundada por Ignacio de Loyola y Francisco Javier.


Ignacio de Loyola y Francisco de Javier fundaron la Compañía de Jesús, orden católica de estructura militar pero con la finalidad de difundir el evangelio y realizar una gran labor misionera y humanitaria por Europa, América y Asia.

Francisco de Javier predicó el cristianismo y realizó una gran labor misionera en la India, Japón, Filipinas y murió llegando a China. Sus cartas fueron un revulsivo en toda la Europa católica, donde impulsaron la vocación misionera de muchos hombres durante siglos.

La canonización de Francisco de Javier, en 1622, junto con su compañero jesuita y fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, además de Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri, le convirtió en un modelo de santo para la Reforma Católica, así como un referente en la actividad misionera y humanitaria en las Indias Orientales y Occidentales. Su devoción e impulso se vio incrementado en Portugal y sus colonias, gracias a que su canonización coincidió con la integración de este reino en la monarquía española durante 1580-1640.

La Compañía de Jesús se proyectó en la sociedad mediante las imágenes esculpidas o pintadas de sus dos santos, San Ignacio y San Francisco, en casi todas las iglesias y colegios católicos de España, Europa, Asia e Hispanoamérica. La importancia de la imagen del Santo navarro fue inmortalizada por pintores como Zurbarán, Murillo, Goya, Gregorio Fernández o Martínez Montañés, y su obra narrada en obras teatrales y poemas de Calderón de la Barca, Lope de Vega, Guillén de Castro, y otros muchos.

Entre otros jesuitas, habría que destacar a un sobrino de San Francisco Javier, llamado Jerónimo Javier (1549-1617), un Ezpeleta de Beire que predicó en el Imperio del Gran Mongol en el norte de la India, o Cipriano Barace, natural de Isaba (1641-1702) que evangelizó el norte de Bolivia y sufrió martirio.

También el capitán Juan de Ancheta, natural de Urrestilla, cerca de Azpeitia, fue miembro de la Compañía de Jesús, llamado Apóstol del Brasil, el cual, después de haber escrito muchas y excelentes obras, murió en Reritiva, Alden del Brasil, en 1607. Está sepultado en la Ciudad de la Bahía, y declaradas sus virtudes en grado heróico por el Papa Clemente XII en 1736.
Entre los franciscanos destacan Zumárraga, Bersacola y Mendieta.


Pedro de Rentería encabezó, junto a Montesinos y a De las Casas, la causa protectora de los indios. Llegó a planear la fundación de un colegio donde se recogería a los niños indígenas, poniendo a su disposición todos sus bienes de una manera efectiva.

A esta defensa del indígena por Pedro de Rentería le seguirían otros eclesiásticos vascos y navarros: en Méjico, las de fray Juan de Zumárraga y fray Jerónimo de Mendieta; en Santo Domingo, y después en Méjico, la del licenciado Alonso de Zuazo, expulsado en ausencia de Cortés; en Chile, las de Martín Ruiz de Gamboa y Alonso de Ercilla y en Brasil la de José de Anchieta.


Juan de Zumárraga, franciscano natural de Durango, fue nombrado primer Arzobispo de México y Protector de Indios en 1527. Fue uno de los primeros defensores de los derechos de los indios contra los abusos y el esclavismo de los colonizadores, y llega a cuestionarse la licitud de la conversión de los indios y de la presencia española en América. Redactó uno de los primeros documentos clave en la historia de la defensa de los derechos humanos y tuvo un papel capital en el inicio de la castellanización de los indios.

Realizó bautismos colectivos de indios, la fundación de la catedral de México, del hospital del Amor de Dios, y de la primera imprenta que hubo en México y en toda América, con la edición de la Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana, e inició gestiones para la creación de la universidad y de colegios para la formación y enseñanza de los naturales en lengua castellana.


Protomártir de Georgia fue hecho fray Francisco de Berascola, franciscano natural de Gordejuela (Vizcaya), murió en 1599 junto a varios misioneros y soldados por una rebelión de nativos indios en el virreinato de la Florida. Otro franciscano, natural de Vitoria, fray Jerónimo de Mendieta, escribe las primeras crónicas del Nuevo Mundo conocidas.

En Japón, más tarde que San Francisco de Javier, destacó el mártir San Martín de la Ascensión, sacerdote de la Primera Orden de los Hermanos Menores. Realizó sus primeras misiones en México en 1585, más tarde fue trasladado a Filipinas y terminó en Japón donde desempeñó, gran actividad apostólica y asistencial en Meaco, luego en Osaka, donde fue guardián. Recorrió junto a jesuitas y terciarios franciscanos ciudades y regiones entre suplicios de diverso género y recepciones triunfales por parte de cristianos y paganos, hasta ser perseguidos y crucificados, siendo este hecho mártir y santo. A pesar de la dureza de la persecución contra la Iglesia, desencadenada por instigación de los bonzos, no se cerró la época de la asombrosa difusión del cristianismo en el Japón.

Juan de Palafox, fue fiscal del Consejo de Indias y obispo de Puebla de los Ángeles (México) en 1640. En 1642 es nombrado arzobispo de México y virrey de Nueva España. Fue un estudioso de problemas sociales y asuntos sobre los indios de Nueva España. Realizó obras de carácter polémico, como su De la naturaleza y virtudes del indio (1650), y emprendió una profunda reforma de las órdenes religiosas

Entre los capuchinos destaca el caso de Tiburcio de Redín, que llegó a ser mariscal de campo en los ejércitos españoles y gobernador general de la armada, y más tarde misionó en el Congo y en Venezuela.

Otro sacerdote, Anchieta, será el primero en predicar en Brasil y el primero en escribir el guaraní. El alavés Pascual de Álava será el primero en predicar en China.

En las Indias Orientales, a finales del siglo XVI, frailes agustinos anónimos dieron nombres navarros a nuevas poblaciones en las islas Filipinas, como Cárcar o Tudela.

Uno de los Obispos más célebres de las islas Canarias es el jerónimo Juan de Alzolaras, que fue predicador ordinario del emperador Carlos V, uno de los calificadores de las proposiciones del arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza. Tomó posesión de su iglesia de Canarias en 1569, y el año siguiente autorizó la solemne dedicación de la catedral de Santa Ana, en la cual fue enterrado cuatro años después.

La primera iglesia de los Estados Unidos fue fundada por los misioneros que iban con Juan de Oñate, en San Gabriel. Fray Antonio de Arqueaga construyó en 1629 la iglesia de San Antonio de Senecu. Por este tiempo se construyó también la de Picuries, en las montañas del norte, y en ella fue enterrado fray Ascensión de Zárate. Este religioso, en su informe de 1630, hizo un censo de la población, pueblos y misiones llamado. Una expedición tardía fue la del capitán Juan Bautista Anza a las Rocosas, en 1779.

En 1717, el misionero Juan de Ugarte, continuador de la obra del padre Salvatierra, enseñó la agricultura a los indios de la Baja California.


La aportación de vizcaínos y navarros es visible también en la jerarquía eclesiástica de los territorios hispanoamericanos y filipinos. Siguiendo los mismos pasos que en la península: presencia puntual en el siglo XVI, crecimiento en el siglo XVII y abundancia en el siglo XVIII, hasta alcanzar las sedes más importantes de América: Méjico, Santo Domingo y Bogotá.



LEGITIMIDAD MORAL Y JURÍDICA DE LA COLONIZACIÓN DE LAS INDIAS

El descubrimiento, la conquista y la colonización de América engendraron un numeroso grupo de pensadores políticos y eclesiásticos, teólogos y juristas, que especularon sobre los derechos de España en el nuevo mundo y sobre la manera de gobernar a los hombres recién descubiertos, y de cronistas e historiadores que registraron el pasado de los pueblos indígenas y los grandes acontecimientos que en ese tiempo y como consecuencia del contacto hispano-americano estaban verificándose. Surge la cuestión de la legitimidad moral de la colonización. El planteamiento evangelizador del nuevo mundo incluyó e implicó, desde el principio, también a numerosos laicos responsables: reyes y virreyes, gobernadores y encomenderos, visitadores y protectores, soldados y caciques, etc.

Hasta el descubrimiento de América, el derecho de conquista se basaba en tres razones:

1. el derecho romano: el descubrimiento y ocupación de un territorio y ocupación era título suficiente para ejercer un pleno dominio con total legitimidad.

2. el derecho medieval: la ausencia de personalidad jurídica de los no cristianos, era razón suficiente para convertirlos en sujetos de derechos.

3. el derecho pontificio: la suprema jurisdicción cristiana internacional, el Papa, permitía que la Santa Sede otorgara derecho de conquista a un rey o príncipe cristiano.

Cuando España llega a América, lo hace con todos esos títulos; la conquista era legal.

El Papa había prescrito que los españoles quedaban obligados a la evangelización de los infieles, convirtiéndose al cristianismo y adquiriendo derechos. Los Reyes Católicos dispones leyes para el buen trato y respeto a los indios, basándose en el tradicional modelo de conquista y repoblación desarrollado en tierras hispanas durante la Reconquista.

Nacía así una contradicción, entre la teoría de la conquista, que se rige por el imperativo evangelizador, y la práctica, que se aplica según los viejos principios de ocupación y dominio. Surgieron los abusos y explotaciones de los colonizadores, y las primeras denuncias de los eclesiásticos que allí misionaban. Era una cuestión política, jurídica y moral.

Las denuncias por fray Antonio Montesinos hicieron redactar las Leyes de Burgos por Fernando el Católico en 1512, que acentúa la protección de indios.

El debate continúa en el modo de aplicación de las leyes proteccionistas: El dominico Bartolomé de las Casas defiende a los indios ante Carlos I. Otro gran humanista, también dominico, Juan Ginés de Sepúlveda, defiende que España tiene el derecho y el deber de evangelizar y civilizar a los indios, y elevarlos al mismo nivel de desarrollo humano. Por último, Juan de Zumárraga, franciscano natural de Durango, llega a cuestionarse la licitud de la conversión de los indios y de la presencia española en América.

Zumárraga fue nombrado primer Arzobispo de México y Protector de Indios en 1527. Redactó uno de los primeros documentos clave en la historia de la defensa de los derechos humanos, y tuvo un papel capital en el inicio de la castellanización de los indios.

Junto al pensamiento de Zumárraga, se encontraba Francisco de Vitoria, dominico natural de Vitoria, fue uno de los grandes pensadores de la historia de España y uno de los más influyentes de su tiempo, muy respetado por su valía intelectual, y perteneciente a la Escuela de Salamanca junto al navarro Martín de Azpilcueta.

Su obra De indis recoge las relecciones en las que expresa su postura ante el conocimiento de diversos excesos cometidos en las tierras conquistadas en América. Para Vitoria el orden natural se basa en la circulación libre de personas, luego es justo que los españoles crucen el mar para llegar al mundo descubierto. Pero los indios no son seres inferiores, sino que poseen los mismos derechos que los demás seres humanos y son dueños de sus vidas y de sus tierras y bienes. Este es el inicio del Derecho de Gentes.

Vitoria fue el fundador del Derecho Internacional moderno, al concebir el mundo como una comunidad de pueblos organizada políticamente y basada en el Derecho Natural de Gentes. Estas bases del derecho de gentes, es el precedente del ideal moderno de los Derechos Humanos, que arrancan en la cuestión del derecho moral de conquista del Nuevo Mundo por los españoles.

Según Vitoria, convertir a los indios a la fe es un deber de los españoles, pero sobre todo un derecho de los indios, a los que se ha de garantizar el conocimiento del evangelio. Hasta entonces, eso se hacía mediante el requerimiento: el conquistador ofrece a los indios la conversión, y si se niegan comienza la guerra. Vitoria piensa que no es el modo adecuado y plantea el Derecho de Comunicación: los indios tiene que entender lo que se les está pidiendo, y sólo si ese derecho de comunicación se garantiza tiene sentido la propagación del evangelio.

Estos son los principios en los cuales Vitoria le propuso al emperador Carlos V cuando fue consultado en las Cortes de Castilla, acerca del modo por el cual se debería realizar la colonización.

Estos principios son desarrollados por Vitoria en ocho Justos Títulos, legítimos para justificar la conquista y reinado de los españoles en América, recogidos en las leyes de conquista en el reinado de Felipe II:

1. Los mares son libres y los recursos naturales, si no tienen propietario, son comunes, de manera que es justo viajar a América, buscar metales, abrir minas, etc.; si los indios vetaran este derecho, sería justo hacerles la guerra, pero sólo si de verdad es para defender el propio derecho.

2. Los cristianos tienen el derecho de propagar la religión cristiana de la forma que disponga el Papa.

3. La protección de los naturales convertidos al cristianismo cuando sean perseguidos por sus jefes u obligados a volver a la idolatría y paganismo. En este caso, está justificado usar la violencia contra los idólatras y defender a los indios cristianos.

4. Los indios cristianos que tengan como jefes a idólatras, pueden adoptar como señor a un rey cristiano, bajo competencia del Papa.

5. Los españoles pueden intervenir en la defensa de las víctimas de gobiernos crueles y tiránicos.

6. Los españoles están obligados a intervenir cuando hay delitos contranatura.

7. Los indios tienen que ser libres para aceptar la soberanía de España, y al rey como su señor; de esta forma el dominio español es legítimo.

8. Los españoles pueden socorrer y ayudar a sus aliados indios en sus guerras contra indios enemigos.

Pero si la presencia española en América era planteada como una guerra de ocupación o como una guerra de religión, entonces sería injusta. No podía ser afirmado con certeza, pero sí traerse a discusión. La consideración de los indios con su atraso, rústicos, discapacitados... deben ser protegidos.


En este marco moral y filosófico se va a situar la conquista y en 1542, se promulgaron las Leyes Nuevas de Barcelona, que ponían a los indios bajo la protección directa de la Corona. Pero su aplicación es difícil y las denuncias continúan, por lo que Carlos I convoca reúne a un comité de sabios el 13 de julio de 1549 en Valladolid. En esta asamblea en la que están presentes los mejores espíritus del Imperio, entre juristas y teólogos, se encontraba el navarro Bartolomé de Carranza. Las ideas de Vitoria son defendidas por De las Casas, rival de Sepúlveda en la llamada Controversia de Valladolid y en la que se debate de manera más profunda la legitimidad y moral de la colonización.

Por primera vez en la historia, reyes y teólogos se plantearon la cuestión de los derechos fundamentales de los hombres por el hecho de ser hombres, derechos anteriores a cualquier ley positiva. Nunca antes el poder se había sometido de tal manera a la filosofía moral, preguntándose dónde acaban los derechos del conquistador y empiezan los derechos del vencido. Se establecieron instrucciones muy específicas para evitar el daño a los indios, y se cambió el modo de conquista por la pacificación.

La política religiosa misionera y evangelizadora que se realizaba en los territorios que se conquistaba consistía en establecer centros católicos en los núcleos poblacionales que los españoles iban fundando u ocupando.

El Consejo de Indias ordenaba un amejoramiento del modo de evangelización de las tierras descubiertas y la recepción de cristianos llegados de España. Se establecieron diócesis bien dotadas y ricas en los centros de poder con mayor presencia de colonizadores, mientras que en las tierras por evangelizar se crearon las llamadas diócesis de misión. Además, recordaba en 1568, que los religiosos deben guardar el debido orden y pobreza. Esto, junto con la preferencia a favor del clero regular sobre el secular, es materia del relato de Jerónimo de Mendieta en su carta al rey Felipe II, donde planteaba los problemas religiosos y políticos que observaba en el Virreinato de la Nueva España.

Su obra es amplia, siendo el cronista por antonomasia de las grandes construcciones de la Nueva España. Su obra Historia Eclesiástica Indiana, terminada en 1596, es una crónica de la evangelización en la Nueva España, en ella también describe la situación cultural de los pueblos que allí encontraron los españoles en su llegada al Caribe.

Jerónimo de Mendieta describe la evangelización como la entrega de unos hombres empeñados en abrir las puertas del Cielo a las almas de los "salvajes". Unos misioneros que recorrían, sin recursos y solitarios, vastos y sinuosos territorios, llenos de peligros desconocidos, siempre en busca de convertir a los indios. Describe así una época dorada donde la fe cristiana se expandía sin la imposición de la espada. Por otro lado, denunció con valentía los excesos y abusos de los colonizadores, así como el cambio de los valores principales de la conquista, en especial la ambición de los colonizadores de hacerse rico a cualquier precio. Por eso, planteó los problemas religiosos y políticos en una carta dirigida a Felipe II. Toda su obra está escrita en un estilo clásico, muy al gusto de la época.

Aunque tardó tres siglos en salir a la luz, su contenido transcendió, ya que Mendieta había confiado el manuscrito a fray Juan de Torquemada, quien hizo una edición parcial bajo el título Monarquía indiana, en la que había suprimido los pasajes conflictivos. Su contenido es claro, tanto que la Casa Real impidió su publicación. Siglos después, en 1870, se imprime en México por el editor Joaquín García Icazbalceta.

Según explica Mendieta, la intención primera de la conquista fue la de cristianizar aquellas tierras, pero que el afán de riqueza de los nuevos colonos que llegaban consiguió una perturbación y un estorbo para lo que él consideraba la labor fundamental, el salvar las almas de los indios que no conocían la luz de Cristo. El rumbo que estaba adquiriendo la Conquista y el establecimiento del régimen virreinal donde se pasaba muchas veces de enseñar al indio a explotarlo, y donde las encomiendas se convertían en sistemas de producción basados prácticamente en una forma de esclavitud, y no en focos de educación cristiana, habría que cambiarlo.

Mendieta propone la limitación de las encomiendas, y un mayor poder para los frailes en contra del poder civil que representaban los alcaldes mayores y los funcionarios de la Real Hacienda, a la vez que apostaba por un cambio en el sistema tributario hacia un régimen más austero y difícil de cumplir.

La visión que tiene Jerónimo de Mendieta de los indígenas es totalmente patriarcal. Ve al indio como un ser indefenso, lleno de valores cristianos naturales, que necesita ser protegido. La defensa del indio le trajo a Mendieta muchos problemas y enemigos. Sus cartas al rey y al Consejo de Indias, denunciando abusos y atropellos, fueron en parte la base para cambios importantes en la legislación.

Mendieta, siguiendo las doctrinas de San Francisco, hace de la pobreza la máxima expresión el cristianismo, y enfrenta esta filosofía a la que, en ese tiempo, imperaba en la iglesia, la de la Contrarreforma, que esgrimía una capacidad material suficiente a favor de la jerarquía eclesiástica para hacer frente y contrarrestar la separación protestante. Pero a la vez, para defender ese objetivo de la defensa del pobre, del humilde, se alinea con la directriz contrarreformista que pide poder político para la Iglesia, una Iglesia que debe controlarlo todo.

Ya entrado el siglo XVII, destacó un teólogo y estudioso de problemas sociales y asuntos sobre los indios de Nueva España y obras de carácter polémico. Se trata del navarro natural de Fitero, Juan de Palafox y Mendoza.

Siendo nombrado fiscal del Consejo de Indias, en 1642 recibió el nombramiento de virrey de Nueva España. Su actividad en aquellas tierras fue muy importante y perdurable. Donó su gran biblioteca Palafoxiana al Seminario Archidiocesano de Puebla y emprendió una profunda reforma de las órdenes religiosas afincadas en los territorios de su jurisdicción.

Entre sus obras destacan De la naturaleza y virtudes del indio (1650) e Historia real sagrada, luz de príncipes y súbditos, obra que discurre en torno a la formación política y cristiana de los príncipes y que se opone a la obra de Maquiavelo y a la de Bodin.




PRESENCIA EN LA JERARQUÍA ECLESIÁSTICA INDIANA

Desde las posiciones que ocuparon vascos y navarros en los altos cargos de la Administración central y cortes reales, y en los virreinatos y gobernaciones en las Indias, colocaron sus vástagos en los altos cargos de la jerarquía eclesiástica. La nómina de obispos y dignidades catedralicias en la Península y en América es impresionante.

Destacaron obispos como los vizcaínos Pedro de la Quadra y Achiga, arzobispo de Burgos, José Yermo, arzobispo de Santiago, o Manuel de Mollinedo, obispo de Cruzco; los alaveses Juan Sáenz de Buruaga, arzobispo de Zaragoza, Garpar de Montoya, obispo de Salamanca, o Juan Antonio de Viana, obispo de la Puebla de los Ángeles, Agustín de Lezo, obispo de Pamplona, o Martín de Celayeta, obispo de León, o los baztaneses Martín de Elizacoechea, obispo de Durango y de Valladolid de Michoacán, Juan Lorenzo de Irigoyen y Dutari, obispo de Pamplona, o Pedro Luis de Ozta y Múzquiz, obispo de Calahorra-La Calzada.

Por debajo de estos obispos y arzobispos, hubo un importante número de arcedianos, capiscoles, maestrescuelas y simples canónigos en muy diversas catedrales de la Península y de las Indias. Estas carreras no sólo se apoyaron en el mérito personal, sino también en el apadrinamiento del círculo familiar.


El sector de poder de la Iglesia estuvo conectado a los de la Administración central y el del Ejército, gracias a su considerable capital relacional en la corte. Las redes de las principales familias se elevaron simultáneamente en los más altos cargos de gobierno civiles y eclesiásticos, como por ejemplo, las redes de los encartados vizcaínos La Cuadra-Mollinedo-Las Casas, en la primera mitad de siglo, o de los baztaneses Múzquiz-Mendinueta-Ozta en la segunda mitad.