FORMACIÓN DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA


VASCOS Y NAVARROS EN LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

El Imperio Español fue el primer imperio global, porque por primera vez un imperio abarcaba posesiones en todos los continentes, las cuales, a diferencia de lo que ocurría en el Imperio Romano o en el Carolingio, no se comunicaban por tierra las unas con las otras.
 
La Monarquía española o el Imperio de la Monarquía española se ajusta mejor a la realidad política del siglo XVI, tratándose de un conjunto de reinos y territorios (Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Milán, Países Bajos, Las Indias, etc.) gobernados por un mismo soberano, cuyo núcleo era España.

Es en este núcleo de la monarquía, es en esta matriz política en la que están englobados los vascos y navarros junto al resto de habitantes peninsulares, e incluso se disputaban por ser patrimonio común. Españoles se sentían todos los habitantes de la península que los romanos habían denominado Hispania, como una referencia histórico-geográfica evidente y prestigiosa para todos sus pobladores, aunque con sus propias identidades culturales y forales.

El concepto de España explicitado por San Isidoro de Sevilla como ideal gótico reunificador de los territorios de la antigua provincia romana de Hispania  (incluido Portugal) representaba en los diferentes reinos cristianos peninsulares de las edades media y moderna exactamente eso, un ideal noble y querido al que, por ejemplo, ya se hacía referencia en el prólogo del Fuero General de Navarra del siglo XIII : "Entonzes se perdió Espainna", decía evocando la batalla librada por Recaredo en 711 contra los invasores musulmanes.
 
En aquellos años del Siglo de Oro español y posteriores, escritores de cualquier rincón de la península Ibérica escribía citas como estas:
 
"Castellanos y portugueses, que españoles somos todos" por el portugués Camoens o "Catalunya no sols es Espanya mas es la millor Espanya" por el catalán Cristófor Despuig en 1557. Otros cronistas catalanes, como Andreu Bosch en 1620, identificaba a Felipe II como "senyor absolut general de tota Espanya y de ses parts", reconociendo el ideal unificador de las Españas en su regia persona en 1580.

El incremento de los territorios de rey provocó un profundo cambio en el modelo de gobierno, de tal manera que los intereses del rey convergen con los de la alta nobleza y las oligarquías urbanas vasca y navarra, así como del resto de españolas, en acuerdos mutuos.

Las altas noblezas vasca y navarra y sus clientelas mantienen el poder del rey, sirviéndolo fielmente, pero sin desatender el propio beneficio, a cambio el rey favoreció el ascenso de una nueva burocracia de las letras, de las armas y de la pluma.
 
Vascos y navarros ocupan cargos en los tribunales de justicia, en el ejército y en la hacienda de los amplios territorios de la monarquía española, en consejos, cancillerías y audiencias. Estos cargos estaban destinados para hombres que procedían de alta y media nobleza y con formación en derecho civil.

También ocupan los mandos del ejército en campaña y en guarnición como oficiales y mayor graduación, los principales puestos de gobierno territorial como virreyes, gobernadores y corregimientos, y las embajadas, todas ellas para la alta nobleza.
 
El aparato militar y el judicial-gubernativo requerían un buen número de burócratas como abogados, relatores, alguaciles, secretarios, pagadores, contadores, veedores, etc. La relación que se establecía no fue la de servicio público al estado, sino al de merced.
 
Vascos y navarros tuvieron un protagonismo destacable entre quienes construyeron la Monarquía española a partir del siglo XVI. Los vascos, porque eran plenamente castellanos, que colaboraron durante siglos en la reconquista, y reinados por el rey de España quién era a su vez el Señor de Vizcaya. Los navarros porque desde la invasión, la monarquía se empeñó en integrarles y reforzar su proximidad política.
 
De esta Monarquía formaban parte los habitantes del Señorío de Vizcaya, las provincias de Álava y Guipúzcoa y el reino de Navarra. Aunque vascos y navarros compartiesen rasgos culturales comunes, provenían de situaciones históricas muy diferentes, y por lo tanto, el proceso de integración fue distinto.



LA FORMACIÓN DEL IMPERIO DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

El origen de la Monarquía española del siglo XVI nace de la unión de dos grandes reinos cristianos peninsulares. La unión matrimonial de los príncipes herederos de Castilla y de Aragón, Isabel y Fernando, ambos del linaje castellano de Trastámara, en 1469, selló la alianza de dos coronas con tradiciones políticas diferentes.

Años antes, las Provincias vascongadas apoyaría a la candidata Isabel de Trastamara en la puja por el trono castellano frente a los intereses de Juana la Beltraneja, Alfonso de Portugal y Luis XI de Francia. El hecho que significó que los vascos fuesen el apoyo más constante y decisivo de Isabel y Fernando en sus momentos más difíciles ayudó a que se integraran mejor en las instituciones del reino de Castilla conservando sus fueros y a que disfrutaran de eminentes posiciones de prestigio, poder y privilegio desproporcionados a su población, a partir de la toma de Granada en 1492.

El Reino de Castilla y León englobaba una pluralidad de reinos, condados y señoríos, unos configurados en la alta Edad Media, como León, Galicia, Castilla, Vizcaya, etc. y otros ganados en la reconquista a los musulmanes en los siglos XI-XIII, como Toledo, Sevilla, Córdoba, Murcia y Jaén. Todos ellos evolucionaron hacia la unión, la mayoría se gobernaba con la misma ley, aunque existían territorios dotados de leyes e instituciones propias y privilegios forales.

En el siglo XV, la autoridad del rey de Castilla estaba basada en la tradición gótica, inspirada en un autoritarismo regio expansivo y unificador, y reforzada por la aceptación del derecho romano, pero en la práctica estaba limitada por el enorme poder de la alta nobleza y de las grandes ciudades.

La Corona de Aragón comprendía los territorios heredados del reino de Aragón, los condados de Cataluña y los territorios conquistados durante el siglo XIII, como los reinos de Mallorca, Valencia, Sicilia y Cerdeña. Constituían una confederación con leyes diversas e instituciones particulares.

La autoridad del rey y su relación con sus reinos se articulaban a través de asambleas parlamentarias (cortes, parlamentos) y de sus comités permanentes (diputaciones, generalidades). Se desarrolló un vigoroso foralismo "pactista".

En un siglo, entre 1480 y 1580, se erige el Imperio español como resultado de conquistas y de herencias más o menos forzadas. Los Reyes Católicos desplegaron una política netamente expansiva de la que resultó la conquista del reino nazarí de Granada (1492), el dominio del archipiélago de Canarias (1492) y la ocupación de diversas plazas en el norte de África (entre Melilla 1497 y Trípoli 1510). En estos casos se conquistaron territorios infieles y paganos, muy distintos, sobre los que se impuso una colonización cristianizadora y castellanizadora.

Los reino de Nápoles (1504) y de Navarra (1512) fueron incorporados por la fuerza militar y también con argumentos hereditarios, aunque discutibles, eran cristianos y una historia de relaciones comunes con Castilla y Aragón facilitó su integración en condiciones muy distintas.

La incorporación a la Monarquía de españa del ducado de Milán (1540) y de otros territorios en el norte de Italia, y las 17 provincias que formaba los Países Bajos (1549) derivó de las guerras hispano-francesas. Carlos V, valiéndose de su condición de Emperador y respaldado por sus victorias militares, vinculó el patrimonio de si hijo Felipe II ambos territorios.

Felipe II se convirtió en rey de Portugal (1580), tenía buenos derechos sucesorios como hijo de una princesa portuguesa, además de una parte influyente de las élites portuguesas considerando beneficiosas las ventajas de la unión hispánica. Finalmente, las victorias militares conseguidas en la batalla de la isla de San Miguel o Lisboa lograron afianzar cualquier otra opción.

Durante los siglos XVI y XVII, España llegó a ser la primera potencia mundial, en competencia directa primeramente con Portugal y, posteriormente, con Francia, Inglaterra y el Imperio otomano. Castilla, junto con Portugal, estaba a la vanguardia de la exploración europea y de la apertura de rutas de comercio a través de los océanos (en el Atlántico entre España y las Indias, y en el Pacífico entre Asia Oriental y México, vía Filipinas); de esto tuvieron gran responsabilidad los vascongados.

Los conquistadores españoles, entre los que se encuentran los vascos y navarros, descubrieron y dominaron vastos territorios pertenecientes a diferentes culturas en América y otros territorios de Asia, África y Oceanía. España, especialmente el reino de Castilla, se expandió, colonizando esos territorios y construyendo con ello el mayor imperio económico y geográfico del mundo de entonces. Entre la incorporación del Imperio portugués en 1580 (perdido en 1640) y la pérdida de las colonias americanas en el siglo XIX, fue uno de los imperios más grandes por territorio, a pesar de haber sufrido bancarrotas y derrotas militares a partir de la segunda mitad del siglo XVII.

España dominaba los océanos gracias a su experimentada Armada, sus soldados eran los mejor entrenados y su infantería la más temida. El Imperio español tuvo su Edad de Oro entre el siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, tanto militar como culturalmente.

Este vasto y disperso imperio estuvo en constante disputa con potencias rivales por causas territoriales, comerciales o religiosas. En el Mediterráneo con el Imperio otomano; en Europa, con Francia, que le disputaba la primacía; en América, inicialmente con Portugal y mucho más tarde con Inglaterra, y una vez que los holandeses lograron su independencia, también contra estos en otros mares.

Las luchas constantes con potencias emergentes de Europa, a menudo simultáneamente, durante largos períodos y basadas tanto en diferencias políticas como religiosas, con la pérdida paulatina de territorios, difícilmente defendibles por su dispersión, contribuyeron al lento declive del poder español. Entre 1648 y 1659, las paces de Westfalia (1648) y los Pirineos (1659) ratificaron el principio ocaso de España como potencia hegemónica. Este declive culminó, en lo que respecta al dominio sobre territorios europeos, con la Paz de Utrecht (1713), firmada por un monarca que procedía de una de las potencias rivales, Felipe V: España renunciaba a sus territorios en Italia y en los Países Bajos, perdía la hegemonía en Europa, renunciaba a seguir dominando en la política europea.

Sin embargo, España mantuvo y de hecho amplió su extenso imperio de ultramar, acosado por el expansionismo británico, francés y holandés, manteniéndose como una de las potencias económicas más importantes hasta que sucesivas revoluciones le desposeyeron de sus territorios en el continente americano a principios del siglo XIX. España conservó algunas fracciones de su imperio en América, principalmente Cuba y Puerto Rico, como también Filipinas y algunas islas en Oceanía como Guam, Palaos o las Carolinas y las Marianas. 

La Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 supuso la pérdida de casi todos estos últimos territorios. Las únicas posesiones que se salvaron fueron las pequeñas islas de Oceanía (excepto Guam), que fueron finalmente vendidas a Alemania en 1899.

El impacto moral de esta derrota fue duro, y se buscó compensarlo creando, con poco éxito, un segundo imperio colonial en África, centrado en Marruecos, el Sáhara Occidental y Guinea Ecuatorial, que perduró hasta la descolonización de las décadas de 1960-1970 al abandonar la última colonia, el Sáhara, en 1975.