CUESTIÓN FORAL ENTRE GUERRAS FRANCESAS

En la geografía del patriotismo y el afrancesamiento, merece una mención específica la situación de los vascos y los catalanes. El año 1808 reproduce las tentaciones que unos y otros habían vivido ya respecto a Francia en 1793 con motivo de la guerra de la Convención
 
En aquella coyuntura la permeabilidad a lo francés de Guipúzcoa había sido inquietante, cosa que no ocurrió con las otras provincias vascas. El problema no era nuevo. Después de 1714 y ante la política de injerencia de la monarquía de Felipe V en el comercio del tabaco y las aduanas, se habían producido algunos conflictos con la monarquía española (el más significativo el de la Matxinada de 1718). La invasión francesa de Guipúzcoa en 1719 había provocado la reacción guipuzcoana de apoyo a Felipe V compensada con concesiones económicas y la colaboración política de algunos vascos con la monarquía, como Orendayn y Orbe y Larreategui. Debe subrayarse, a este respecto, que las provincias vascas que habían visto sus fueros confirmados por Felipe V en 1727 no fueron otra cosa, pese a algunos requerimientos unionistas, que eso: provincias, denominándose en todo momento como tales durante el siglo XVIII. El término "País Basco" lo utiliza por primera vez Juan Antonio Zamacola en 1818, pero tendría poca proyección hasta que se empezó a utilizar el de "Euskadi", empelado por Sabino Arana a comienzos del siglo XX. En 1793 la Junta de Guetaria, convocada por la Diputación guipuzcoana, no había hecho nada o muy poco por defender Guipúzcoa frente al invasor francés. Ciudades como San Sebastián, Fuenterrabía y Tolosa adoptaron claras complicidades con la Francia de la Convención, y no faltaron personajes netamente colaboracionistas como Pablo Carrese, quien manifestó frente al árbol de la libertad que Guipúzcoa sería francesa "y no tendrían que hacer nada en ella ni la Inquisición ni el papa y vivirían sus naturales en la libertad y sin miedo que les infundían". Otros serían el diputado Romero, Lazcano, Aldamar... Alguno de ellos, como Romero, llegó soñar en una república independiente de Guipúzcoa bajo la protección de Francia, al modelo de la repúblicas Bátava o Cisalpina. Otros se plantearon la incorporación a la República francesa con una estatus especial de provincia conquistada. Los franceses, inicialmente, jugaron la carta del halago asumiendo el régimen foral con argumentos increibles:

"Su Constitución (refiriéndose a los fueros) se aproxima infinitamente a la nuestra, no hay distinción de carta, de privilegios de familia, jamás el feudalismo les afligió, algunas de sus leyes tiene un sello tan antiguo que asombra". Pero fue flor de un día. Duró sólo el verano de 1794.
 
Las condiciones de adhesión a Francia que pasaban por el mantenimiento de los fueros no las respetaron los franceses. Y el Foralismo, que en principio había servido para rehusar el servicio militar, rechazar el aporte humano al ejército español del conde de Calomera, acabó empujando al combate contra el francés más que hacia la transición con Francia.
 
También en Navarra los fueros habían servido de argumento contra la contribución militar. En 1794, el abad de Irache defendía a los navarros como "un pueblo que tiene un fuero particular y lo venera ciegamente. Lo saben todos, no oien hablar de él sino atónitos, ni lo nombran o citan sin entusiasmo". Navarra llegó a ser contralada en una tercera parte por los franceses. El Ayuntamiento de Pamplona puso múltiples trabas al enrolamiento militar, "a pretexto de privilegios y costumbres de que se suponía asistida la ciudad". Sólo en 1795 estuvo dispuesto a proporcionar un modesto contingente militar, recordando, eso sí, que "sería novedad muy grande y muy perjudicial a mis privilegios, fueros y libertades que el reyno se injiriese en funciones de esta calidad". Al final, toda Navarra reaccionó solidariamente contra Francia, olvidando la protección que le brindaban sus fueros provinciales.
 
Vizcaya y Álava no plantearon estos problemas, al menos no tan radicalmente. Vizcaya, de hecho no sería invadida hasta 1795, unos meses antes del final del conflicto. Su "patriotismo" español no se puso a prueba. Los notables rurales apoyaron a la monarquía española no por española, sino por absoluta. De hecho, se enviaron 8.000 hombres a Tolosa a luchar contra los franceses. Hubo desde luego resistencias a los sorteos para ir a la guerra, pero se impuso el rechazo a Francia. Si Guetaria había sido el polo del colaboracionismo francés, Mondragón lo será del patriotismo hispánico. La Zamacolada de 1804 significará la renuncia a un privilegio foral tan apreciado como la exención de la quintas en aras de la defensa de la monarquía. Álava fue resistente desde 1794. Sólo al principio hubo un discurso foralista que debilitaba la resistencia popular y que se planteó con toda su crudeza a Madrid: "La provincia quiere que se le reintegre en la posesión de todos sus fueros, exenciones y privilegios". Sin embargo, el desarrollo de la guerra pronto vació de contenido estas reivindicaciones y deslizó a los alaveses como los franceses sin mayores contradicciones.
 
La guerra de la Convención había puesto a prueba la solidez de la unión de las provincias vascas, y de esta prueba se había salido indemne. No obstante, se reabrió el debate sobre los fueros con toda intensidad muy pronto.
 
El final del siglo XVIII u el comienzo del siglo XIX lo vivieron las provincias vascas en pleno debate sobre la cuestión foral a caballo de la excepcionalidad vasca respecto al conjunto de España. A lo largo del siglo XVIII, como ha señalado Caro Rubio, "frente a la monarquía absoluta y sus intentos reformistas se recurrió a las teorías pactistas y se realizó una lectura del fuero en clave de código de conducta consuetudinario, original y trascendente, consustancial a la existencia provincial, permanente y no deriva de acto alguno de voluntad. Se pretendía, de esta forma, negar el carácter de privilegio dimanado de la voluntad real que era afirmado desde la Corona y convertir al fuero en un elemento intocable para la capacidad legislativa de la Corona".
 
El discurso foralista se mostró elástico en su instrumentalización, aunque siempre fue constante la defensa de unas determinadas prebendas o privilegios que se disfrazaron de justificaciones ideológicas (espíritu indómito, puro y antigüedad del vascuence, religiosidad, limpieza de sangre, autogobierno inmemorial, hidalguía colectiva...). Lo que había sido, en su origen, un pacto medieval de behetría para la elección del señor, se reconvirtió en una especie de reserva protectora del monarca. En 1589 Poza había escrito que el rey no puede hacer la ley salvo con consentimiento de todos los vizcaínos en junta debajo del árbol de Guernica. El fuerismo se va haciendo más intransigente con el argumento de que la antiquísima nobleza, libertad y autonomía vascas han existido desde la noche de los tiempos y no se lo deben a nadie sino a "la naturaleza o a la espada". Se multiplican los relatos históricos que inciden en la ancestral insumisión.
 
La aplicación política de esa presunta independencia originaria tomará sentidos muy diferentes. Como he dicho, en la guerra de la Convención Guipuzcoana, en nombre de esa independencia, negocia o intenta negociar de tú a tú con los revolucionarios franceses un tratado de protección por parte de la República francesa. No le salió bien la operación, y no sólo porque los francesas eran cualquier cosa menos foralistas, sino por otros muchos motivos. La independencia se había convertido en un pacto voluntario con el rey que les garantizaba sus libertades originales, y éstas nadie las había roto. Por otra parte, el impacto del criticismo ilustrado vasco objetivo de las leyendas. Con las tentaciones del libre comercio con América empiezan a pesar los intereses de los comerciantes y fabricantes sobre los de los hacendados. Entra en crisis el Foralismo tradicionalista que había desarrollado el jesuita Larramendi y emerge el Foralismo ilustrado alternativo de Manuel Aguirre en 1780, que reinterpretará el fuero vizcaíno en términos de contrato social al estilo de Rousseau, un contrato por el que los habitantes de este territorio abandonaron su antiguo estado originario para edificar una sociedad civil.
 
Bajo el régimen de Godoy tuvo lugar una reacción española radical contra el Foralismo vasco cuyo primer hito destacable fue la publicación en 1802 del Diccionario geográfico-histórico de España, que comenzó precisamente por las provincias vascongadas. En él colaboraron Martínez Marina (Álava), González Arnao (Vizcaya y Guipúzcoa) y Joaquín Traggia (Navarra). Después vino la disputa filológica de José Antonio Conde con Pedro Pablo Astarloa sobre la antigüedad y excelencia del vascuence. Astarloa había escrito una Apología de la lengua vascongada (1803) y Conde cuestionó los elogios a la misma. Llorente publicó entre 1806 y 1808 Noticias históricas de las tres Provincias Vascongadas, donde afirmaba su explicita voluntad de "preparar a la opinión pública para recibir sin escándalo los cambios que convenía hacer es estas provincias para uniformar la legislación con las otras Españas". "Las crónicas y memorias antiguas nos desengañarán del amor con el que los escritores persuadieron haber sido aquellas provincias libres y originándose sus fueros de pactos con que entregaron su libertad". Su desdén hacia los fantasmales Estados Vascongados que, según los fueristas, pactaron con los reyes de Castilla, le lleva a compararlos con la quijotesca ínsula Barataria. El esfuerzo de Llorente entrará en colisión con las tesis foralistas de Fontecha y Salazar y Aranguren y Sobrado (1807), novia de Salcedo y otros que buscaron una renovación del foral-tradicionalismo.

A comienzos del siglo XIX puede decirse que si la tentación francesa se había superado en Guipúzcoa, también Godoy había fracasado en su intento de eliminar las trabas forales vascas y parecía emerger cierta conciencia autosatisfecha de la cultura vasca, sobre todo en los ámbitos del derecho y de la lengua. El nuevo discurso legitimador del fuerismo, que lo insertaba en el contractualismo moderno, era apoyado por liberales como Negrete o Marchena. Y llegó 1808.
 
Que los franceses tuvieron una sensibilidad histórica poco proclive a los fueros es decir una obviedad. José I tenía un ideario centralista bien definido. Francisco Amorós, consejero suyo, criticaba "el mal que ha producido que hubiere tantos aragoneses, andaluces, vizcaínos, castellanos y valencianos y tan pocos españoles verdaderos". Pero también es cierto que Napoleón tenía clara conciencia de la complejidad de la realidad española y que ello requería cierta delicadeza.
 
Napoleón, probablemente para halagar a Godoy, le había dicho al valido extremeño: "Nadie que no fuera notable podría haber gobernado durante cerca de veinte años bajo su autoridad un país compuesto de tal variedad de instituciones, de pasiones, de lenguas, de razas, de costumbres y de actitudes". En la sesión novena de las llamadas Cortes de Bayona, algunos diputados vascos pidieron que constase su protesta contra toda alteración de privilegios o constituciones particulares de cada uno de los territorios, amenazando retirarse de los debates "para que la asistencia de los mismos no pudiera tomarse por adhesión a la constitución general". Los diputados de Burgos rechazaron esta protesta.
 
En la Constitución de Bayona se optó por aplazar el debate foral para no complicar más la cosa, especificando en el artículo 144 que "los fueros particulares de las provincias de Navarra, Guipúzcoa, Vizcaya y Álava se examinarán en las primeras Cortes para determinar lo que se juzque más conveniente al interés de las mismas provincias y de la nación". La mayor parte de los vascos afrancesados fueron centralistas (Azanza, Urquijo, Lardizabal), pero también hubo algún afrancesado vasquista como Yandiola, que precisamente ante la Constitución de Bayona mostraba su inquietud "porque se proyectaba una constitución que es general para toda España y que las Provincias Vascongadas no se distinguían de las demás". En Bayona, Yandiola planteará que "Vizcaya ya tenía constitución distinta y separada de la legislación española que había hecho felices a sus naturales por espacio de siglos son la cual no podrían existir". Los franceses aplazarán el problema de los fueros vascos a las siguientes Cortes.
 
La política francesa durante la guerra siguió criterios centralistas arquetípicos. El 2 de julio de 1809 España fue dividida en 38 nuevas provincias encabezadas cada una por un intendente. En octubre estas intendencias se transformaron en prefecturas. Parte de Navarra fue unida al señorío vasco de Guipúzcoa, formando una prefectura gobernada desde Pamplona, mientras que el resto, unido a Aragón, formaba otra con base en Zaragoza. Aragón ganaba es este de Navarra pero perdía su franja oriental en beneficio de Tarragona. Así pues, Guipúzcoa quedó como prolongación de Navarra, mientras Vizcaya y Álava fueron unidas en la prefectura de Vitoria. En octubre de 1809 las provincias vascas y Navarra fueron de hecho privadas de su inmunidad fiscal. En febrero de 1810 las provincias vascas, Navarra y Cataluña se convirtieron en gobiernos militares, con autoridades independientes de la administración de José I. En general Thouvenot abolió drásticamente los privilegios fiscales en los territorios vascos. Sólo en Navarra fueron pronto restablecidos. En cualquier caso, la Diputación navarra sería nombrada, no elegida, y el poder ejecutivo se puso en manos de una comisión de policía. Las provincias vascas y Navarra, en definitiva, desde 1810 eran separadas por Napoleón de la jurisdicción del rey de España y adscritas a Francia como gobiernos militares. Es posible que en algunos sectores de la sociedad vasca se concibiera con la separación de España un plan específico de independencia. La historiografía nacionalista vasca ha hablado de un "plan Grant": convertir las provincias vascas en una nación que se llamaría Nueva Fenicia y que reivindicaba un vasco-francés llamado José Garat, antiguo revolucionario reconvertido al bonapartismo. De existir el tal plan, quedó como pura fantasía. Como hemos dicho, Napoleón instaló en Navarra y Vizcaya sendos gobiernos militares sin el menor margen de autonomía propia. El españolismo vasco, como ha escrito Fernández Sebastián, mayoritariamente no supuso contradicción alguna con el vasquismo. En las provincias el principal estímulo de su comportamiento fue el rechazo siempre a la gravosa fiscalidad.
 
Con Rubio ha hablado de dos conceptos de los fueros: como fruto del viejo pacto de fidelidad entre el rey y provincias vascas, baluarte de la monarquía y como "constituciones particulares", códigos liberales avant la lettre. La Constitución de 1812 anulará el entramado institucional y jurídico vasco, pero no faltaría quienes consideraran que la nueva Constitución no era más que la extensión del espíritu foral a toda España (los fueros vascos serían los restos del viejo constitucionalismo históricos hispano). Si en las Cortes los vascos esgrimen la interpretación constitucionalista de los fueros, fuera de las Cortes se subieron al carro de la opción tradicionalista. En 1814 pudieron ser los vascos los más fieles a Fernando VII. Funciones polivalentes, pues, las de los fueros. Resistencia al despotismo y lealtad a la monarquía tradicional. En 1839 en lugar de constitucionalizarse las provincias vascas como querían los liberales, serán los fueros los que se incorporarán tácticamente al Estado liberal, que queda así desvirtuado de raíz. Pero volvamos al desarrollo de la guerra.
 
Conocemos bien a través de testimonios ingleses lo que fue la retirada francesa en el territorio vasco y la ofensiva de ingleses y españoles. En junio de 1813 tuvo lugar la batalla de Vitoria, una de las grandes victorias de los ingleses en la guerra. Las bajas aliadas ascendían a algo más de 5.000 hombres (unos 500 españoles). Las francesas fueron de unos 8.000 hombres con 2.000 prisioneros. Muy cerca de la ciudad hacía cuatro siglos habían luchado ya franceses e ingleses (Beltrán Duguesclin contra el Príncipe Negro) en el marco de las luchas entre Pedro I y Enrique II de Castilla. Entonces la batalla de Ariniz la ganaron los franceses. Ahota, en 1813, el desastre francés fue total. La huida de José I y sus hombres tuvo carácter de desbandada. En cuadro lo describió bien Pérez Galdós.
 
De los 152 cañones que tenían, los franceses perdieron todos menos uno. La totalidad de la documentación de Estado y el tesoro de José, cifrado en 5.000.000 de francos, que acababa de llegar de París para pasar al ejército francés, quedó a disposición de los ganadores. También iban unas 500 prostitutas en la comitiva real. Pero la desatada avaricia con la que saquearon los restos del ejército derrotado no se quedó ahí. Vitoria también sufrió las consecuencias de la victoria aliada con todo tipo de abusos y saqueos. Los franceses se retiraron hacia la frontera dejando guarniciones en San Sebastián, Pamplona y Santoña. Vitoria es pintada por algunos franceses como la ciudad del vicio y la relajación: teatro, bellas mujeres... La impresión viene determinada por lo que supuso de celebración de un triunfo que tenía carácter de victoria final. Otros testimonios subrayan que "la tez de los habitantes era mucho más clara que la que había visto hasta entonces. Las mujeres tenían los ojos azules y las saludables mejillas de nuestras compatriotas". La retirada francesa fue caótica y violenta, con asesinatos como el del párroco de Villava.
 
La estrategia inglesa se centró entonces en el bloqueo de Pamplona y el sitio de San Sebastián. El 25 de julio fracasó el primer intento de asalto a la capital donostiarra. El definitivo asalto no se realizaría hasta el 31 de agosto. Del tiempo que los ingleses estuvieron en Navarra, dejaron muchos testimonios: insistencia extraordinaria sobre la frivolidad de las mujeres, diversión de los toros, baile y proclamas de Fernando VII como rey. Digno de anotar es el comentario de Edgard Fitzgerald a la celebración en Tafalla, el 26 de agosto de 1813, de la Constitución: "Han proclamado a Fernando VII rey. Sobre lo de proclamar rey a Fernando, lo mismo podían haber proclamado a Wat Tyler, sería lo mismo para los españoles..."
 
Bilbao fue la ciudad que tuvo que asumir la mayor parte de los heridos en el primer asalto frustrado a San Sebastián. Es destacable el comentario de John Blakiston sobre su estancia en Bilbao: "Los habitantes eran educados pero no mostraban ese entusiasmo en la causa nacional que yo había esperado encontrar en una ciudad española. A pesar de la presión francesa, la gente de la ciudad parecía más apegada a ellos que a nosotros". La razón última que el mismo inglés sugiere es que los franceses son más amables hacia ellos y los ingleses más distantes, lo que explica la actitud bilbaína. Buckman dice que la "señoría de Vizcaya bien puede ser llamada una república, aunque ha perdido virtualmente esta distinción desde la última revolución. Antes pagaba poco o ningún respeto a la autoridad del rey, quien no recaudaba ningún tipo de rentas reales en esta parte del mismo. Los habitantes se gravaban ellos mismos y después de deducir lo que era necesario para los gastos públicos de su señoría, presentaban el resto al rey como donativo. Hablan muy poco o nada español. El parecido más auténtico que puede encontrar para un vasco del monte es compararle con los campesinos de Irlanda".
 
La toma de la ciudad de San Sebastián fue muy dura. Hubo 2.376 bajas entre los asaltantes. El horror de la rapiña y el saqueo subsiguientes fueron terribles, como había ocurrido en Ciudad Rodrigo y Badajoz. Wellington lo justificó diciendo que "los habitantes cooperaron con el enemigo en la defensa de la ciudad, disparando finalmente contra los aliados". La prensa liberal española atribuyó el comportamiento inglés a que Wellington, con la destrucción de la ciudad, quería eliminar la amenaza de la competencia para el comercio británico. La realidad es que había un fuerte sector colaboracionista con los franceses en la ciudad que ayudaría a la resistencia francesa. San Sebastián, según Esdaile, había sido excluida de decreto que abría el imperio español al comercio con todos los puertos de España. Los testimonios ingleses se refieren a San Sebastián como "un lugar de comercio considerable, populoso, residencia de muchos ricos comerciantes y conteniendo gran tesoro en el momento del asalto. Mucho ha sido saqueado y una gran cantidad debe estar enterrada en las ruinas... Las familias españolas fueron totalmente despojadas de sus vestuarios y durante el curso de varios días vi a damas comprar en las carreteras sus propias medias de seda y otros artículos a las mujeres de los soldados". Hubo en la ciudad 761 muertos, 45 desaparecidos y 1.697 heridos. Inmediatamente después tuvo lugar la batalla de San Marcial, ganada por los españoles. Los franceses estaban definitivamente derrotados con la rendición de Pamplona, que tuvo lugar el 31 de octubre, pero el descontento vasco con la nueva situación se hizo bien palpable.
 

Las resistencias constitucionalismo gaditano eran patentes. Espoz y Mina desafió a las nuevas autoridades en Navarra y mandó fusilar un ejemplar de la Constitución. En Bilbao hubo intentos de resistencia a la nueva administración. Las nuevas imposiciones fiscales generaron no pocas confrontaciones.