viernes, 9 de febrero de 2018

Condado de Pamplona: entre francos y musulmanes


Las campañas que anuncian la muerte de Witiza el año 710 presagiaban la desaparición del Reino Hispano-visigodo. Una lucha civil por un trono vacío desencadenaba la llegada de tropas musulmanas del gobernador de Tánger. 7.000 soldados, la mayoría bereberes, a las órdenes de Tariq ibn Ziyad, cruzaban el estrecho de Gibraltar poniendo el pie en Tarifa. En 711, destrozaron los ejércitos del rey Rodrigo en Guadalete, tomaron la capital, Toledo, y controlaron las llanuras y ciudades del sur. Más tarde, con la fuerza de 18.000 hombres, sometían la antigua Tarraconense, el valle del Ebro y llegaban al pie de la cordillera Cantábrica y de los montes Pirineos.

Ya en el año 713 Muza atravesó la zona meridional y Pamplona cayó en su poder antes del 718. Esta ciudad fue obligada a pagar tributo a los gobernadores musulmanes que establecieron un protectorado.

EL REY DON RODRIGO ARENGANDO A SUS TROPAS EN LA BATALLA DE GUADALETE,
POR BERNARDO BLANCO

Para los vascones, la consecuencia de este nuevo escenario político-militar en la península Ibérica fue el cese del control visigodo sobre la ciudad fortaleza de Pamplona. Se trataba de una ciudad amurallada situada en la zona de contacto entre la montaña y la llanura y en la vía romana Astorga-Burdeos, controlando el paso de Roncesvalles, principal vía de penetración a través del Pirineo occidental. Se constituyó como centro de relativa importancia, con sede episcopal datada desde el año 589.

Estas circunstancias determinaron la aparición de caudillos que aglutinaron bajo su mando, aunque fuera de forma transitoria, a los hombres aptos para la defensa de distintas demarcaciones, seguramente identificadas con los valles geográficos. No obstante, dada la desorganización política del territorio, la capitulación de la ciudad no conllevó el sometimiento del ámbito campesino en las zonas montañosas.

Por el contrario, las tierras del sur de la actual Navarra cayeron en el ámbito del control político de los invasores islámicos. Sus caudillos debieron pactar la entrega de rehenes y el pago de tributos que materializaban el sometimiento político a los nuevos dominadores islámicos.

La totalidad de las tierras peninsulares fueron sometidas, quedando un reducto en la cordillera Cantábrica y una frontera en los Pirineos. La resistencia en el valle del Ebro hasta los Pirineos fue inexistente ya que en el 713 los ejércitos musulmanes alcanzaron el valle medio del Ebro que se encontraba gobernado por el conde hispano-visigodo Casio. Y este magnate local eligió someterse al califa Muza y convertirse al Islam dando origen a la estirpe de los Banu ibn Qasi a cambio de mantener su poder en la región. Uno de ellos sería valí de Pamplona; otro defendería Zaragoza frente a Carlomagno.

PRINCIPALES ENFRENTAMIENTOS Y RUTAS DE CONQUISTA ISLÁMICA

Mientras que el Reino visigodo desaparecía y las tropas musulmanas preparaban su asedio al norte de los Pirineos, las Galias reforzaban sus dominios y alejaban a los árabes de sus territorios. Las victorias de Carlos Martel en Poitiers en 732 y de Pelayo en Covadonga en 722 fortalecieron a los núcleos cristianos del norte peninsular para resistir la embestida islámica e iniciar una restauración conocida como Reconquista.

Según los historiadores:
"Vasconia no pudo unirse a sus hermanos de Bardulia y Cantabria cuando Pelayo lanzó el grito de independencia, tal vez porque sus caminos y fortalezas estaban mejor vigilados y controlados por los conquistadores."

Tras estas dos derrotas de los musulmanes por ambos reinos cristianos, los vascones también reaccionaron luchando contra Abd el Malik ben Katan, asegurando su independencia en las montañas. Pero el valí Ukba recondujo la situación, estableciendo una guarnición en Pamplona entre el 734 y 741.

Durante estos años, nunca se estableció un estado vasco en las zonas no conquistadas, sino tribus más o menos aisladas en poder de caudillos locales y rivales entre ellos. Ante la presión ejercida por las potencias limítrofes al sur, por musulmanes, y al norte, por francos, los grupos internos escindidos conectaron con los representantes de estas potencias para vincularse políticamente y encontrar apoyos frente al rival.

Y el control alterno que francos y muslimes fueron ejerciendo sobre Pamplona y su entorno era muy indicativo de las variaciones en el equilibrio de las fuerzas entre las emergentes rivalidades locales. Entre éstas, pronto destacaron los Velasco y los Íñigo. Los Velasco se vincularon a los reinos cristianos franco y asturiano, mientras que los Íñigo se aliaron con los Banu-Qasi de Zaragoza y Tudela, por parentesco, dependiendo políticamente de Omeyas cordobeses.

Tales fracturas debieron acentuarse a partir de la década de los 40 del siglo VIII, coincidiendo con la crisis que Al-Ándalus sufrió en este periodo y que provocó su repliegue a las zonas fronterizas más avanzadas. A ello se añadía la escasez de actividad franca en la zona.

Pero, en el fondo de tales fracturas, se estaban formando bloques supratribales en cuyo aglutinamiento intervenían ya factores ajenos a las vinculaciones familiares (vinculaciones con otras entidades políticas exteriores), y que, con el paso del tiempo, estaban sentando las bases para la instauración de funciones genuinamente monárquicas.

EXTENSIÓN DEL REINO DE ASTURIAS CON ALFONSO I

Desde 739, ya reinaba Alfonso I en Asturias. Se había fortalecido contra el invasor musulmán estableciendo su capital en Oviedo, ocupando los valles gallegos y la cordillera Cantábrica, y llegado hasta los territorios occidentales de Álava y Vizcaya, repoblando Las Encartaciones de Vizcaya. Fueron los primeros contactos entre la zona vascona y la asturiana. Su hijo Fruela, que reinó durante los años 755 y 768, emprendió una campaña por tierras vascas cuyos habitantes fueron derrotados y sometidos en diversos encuentros entre los años 757 y 767.

El dominio de todo el litoral y la cordillera del Cantábrico fue acentuado por el asturiano Alfonso II el Casto, pero ese dominio fue parcial y solo obtenido como alianza contra el enemigo común islámico que dominaba la parte llana vasca mediante valíes dependientes de Córdoba.

Al otro lado de los Pirineos, durante el periodo que va desde 732 al 741, el Reino franco se reforzó considerablemente y la toma de Narbona por Pipino el Breve en 759 hizo retroceder a los musulmanes al sur de la cordillera. Los francos comenzaron a construir una marca o territorios fronterizos fuertemente militarizados, que sirviera de escudo protector para el núcleo de los territorios francos.

Los cronistas árabes siempre distinguieron entre vascones y vasconizados. Los dominios vascones en aquella época se extendían por norte hasta el río Garona, por sur hasta el norte de la Navarra peninsular, ya que el sur navarro estaba bajo dominio árabe, y por el este hasta el valle de Arán. Los vasconizados, que ocuparon los territorios de la actual Euskadi, estaban controlados por los asturianos, herederos del Reino visigótico.

Estos territorios formaron el Condado de Pamplona, como un conjunto de terrenos en torno a la estratégica ciudad de Pamplona, con una autonomía propia pero en torno a la influencia franca. El Condado pamplonés quedó englobado la Marca Hispánica, tratándose de una frontera político-militar del Imperio carolingio fuertemente militarizado. Esta franja al sur de los Pirineos fue dominada mediante guarniciones militares y con el apoyo de la población autóctona de las montañas en condados como Pamplona, Aragón, Ribagorza, Pallars, Urgel, Cerdaña o Rosellón. A principios del siglo IX  los condes francos fueron sustituidos por nobles autóctonos.

CONDADOS DE LA MARCA HISPÁNICA, INICIOS DEL SIGLO IX

A pesar de la subordinación del Condado de Pamplona al Imperio carolingio, las relaciones entre los pamploneses y los Banu ibn Qasi de Zaragoza continuaron muchos años con numerosos enlaces familiares, aunque en lo político y militar sufrieron diversos altibajos. Por ejemplo, el valí de Pamplona antes citado fue muerto en una revuelta, de acuerdo con los francos que atacaban por el Pirineo oriental. Y fue sustituido por un magnate de la tierra llamado Velasco, primer nombre hispánico que aparece con poder entre los pamploneses, aunque al parecer venía de Gascuña, que era entonces provincia del Imperio carolingio.

Surgió entonces la batalla de Roncesvalles, magnificada por su épica en los romances medievales, en especial la famosa Chason de Roland, además de tratarse de la primera derrota de Carlomagno, supremo emperador en la Alta Edad Media europea. Fue un estímulo para la Reconquista, precedente de otra derrota imperial invasora, la de Napoleón, mil años después. La reciente versión de los historiadores nacionalistas vascos incide en el indudable protagonismo de los vascones, a los que atribuyen totalmente la victoria, lo que sólo es cierto en parte.

En el año 777, el valí de Zaragoza, Suleiman ibn al Arabí, se presentó en Paderborn a Carlomagno y le ofreció Zaragoza y otras ciudades al norte de Al-Ándalus si acudía a ayudarle contra el emir de Córdoba. El futuro emperador aceptó y pasando por el Pirineo por Pamplona y Huesca al frente de un lúcido ejército con sus mejores veteranos se presentaba ante los muros de Zaragoza. El sitio se prolongó y numerosos ataques fueron sucesivamente rechazados. Ante las dificultades y la llegada de alarmantes noticias de Sajonia, Carlos daba la orden de retirada, no sin destrozar todo lo posible en torno a la ciudad. De paso por Pamplona mandó destruir sus murallas. Además, llevaron consigo a Suleiman y a otros jeques musulmanes.

Cuando entraban Carlomagno y los suyos en Francia por el paso estrecho de Roncesvalles su retaguardia fue atacada por montañeses vascos y pamploneses con la colaboración de bandas musulmanas. De éstas formaban parte dos hijos de Suleiman, que lograron liberar a su padre. En la gran sorpresa de la batalla, los francos, bajo el peso excesivo de sus armas y pertrechos, fueron derrotados por la ligereza en la acción de los vascones, conocedores de aquellos bosques y despeñaderos. Murieron en el combate el senescal Eginardo, el conde de Palacio Anselmo y el duque de la Marca de Bretaña Rolando. Fue el 15 de agosto de 778.

Según los Anales Laurissensses, el autor testificaba la diferencia poblacional entre los vascones españoles y los navarros de la zona: dos comunidades netamente diferenciadas que vendrían a corresponderse con las existentes ya en el Alto Imperio Romano. Esta dualidad también aparece en el poema De laude Pampilone, cuando se exhorta a la ciudad de Pamplona a que se aparte de los herejes y resista a los vascones. Aunque el contenido de la frase es religioso y no político, manifiesta claramente de nuevo la dicotomía poblacional de la región.

BATALLA DE RONCESVALLES

Tras el incidente de Roncesvalles, Carlomagno se replanteó su política en la Marca Hispánica y en 781 coronaba en Roma a su hijo Ludovico Pío como el monarca de un reino satélite que comprendía las regiones del sur de Francia: Aquitania, Gascuña y Septimania, con la misión de consolidar el dominio franco en dicha región fronteriza. Esto implicaba titularse duque de los navarros. La intervención franca comenzó en el noreste peninsular, y pronto se ganó el apoyo de las élites locales. Entre los años 785 y 801, se fueron poniendo bajo su autoridad los condados de Gerona, Barcelona, Urgel, Rosellón, Ausona, Ampurias, Cerdeña y Besalú. Los francos llamaron a éste territorio Septimania, una zona extendida desde el río Llobregat hasta los Pirineos. Más tarde Pallar, Ribagorza y Huesca.

Para evitar futuras incursiones carolingias y cortar rebeldías islámicas, ese mismo año de 781, el emir de Córdoba, Abderramán se presentó con sus fuerzas armadas en Zaragoza recuperando el poder. Tras derrotar a los rebeldes, remontó el río Ebro, imponiendo su autoridad por donde pasaba. Y tras tomar la comarca de Calahorra, se presentó en Pamplona. Ante la incapacidad de defensa de la ciudad por las murallas rotas, se le sometió Jimeno el Fuerte. También se le sometió el valí Galindo ibn Velasco, que controlaba la cabecera del río Aragón. Regresó a Córdoba con rehenes, quedando los pamploneses sometidos al poder de los Omeyas durante cerca de 20 años.

Algunos de los magnates vascones compartieron lazos de parentesco con la dinastía de los Banu Qasi. Siempre al lado de estos últimos estaba una familia cristiana procedentes de los valles de Roncal y Salazar y las inmediatas tierras aragoneses, eran los Arista. El más relevante de los enlaces matrimoniales fue el de Muza ibn Fortún con la viuda de Íñigo Jiménez, y cuyos hijos fueron Íñigo Arista Muza ibn Muza. En el año 788, Muza ibn Fortún gobernaba Pamplona, y desde 792 otro Banu Qasi Mutarrif ibn Muza hasta 799.

ALZAMIENTO DE ÍÑIGO ARISTA

A finales de este siglo, las tierras en torno a Pamplona asistieron a un duro enfrentamiento entre los Íñigo y los Velasco, los dos clanes mayormente pujantes.

En el año 799, tras la coronación como emperador de Carlomagno, su ejército emprendió una ofensiva en el Pirineo catalán. Surgió la figura del magnate vascón Sancho como el pretendiente de los Velasco a conde de Pamplona, enviado por Carlomagno y el rey de Aquitania. Sancho era el hijo de Lupo, duque de los vascones fallecido desde hacía treinta años.

Esta nueva situación político-militar determinó la sublevación de la dinastía Velasco contra el control de Hisham I y el derrocamiento de su valí pamplonés Mutarrif Ibn Musa. De esta forma la dependencia política de los pamploneses había pasado al otro lado de los Pirineos, es decir, de los Omeyas a los Carolingios. Con la vinculación de unas tierras altoaragonesas al Reino franco, se consolidaba al Marca Hispánica desde el este hasta el oeste pirenaico.

Aunque Pamplona estuvo bajo la nueva influencia franco-gascona, algunas facciones vasconas siguieron colaborando con los musulmanes, instalados en Tudela bajo el mando de Amrus ibn Yusuf, enemigo de los también sublevados Banu Qasi de Zaragoza. Yusuf recuperó Zaragoza y Tudela el año 800.

En el 806, la aristocracia pamplonesa, en oposición al Califato cordobés, se fue incorporando al Imperio carolingio de Ludovico Pío, sin conocer los términos de esta mutación política. La Marca Hispánica carolingia de la "Navarra nuclear" era un condado de unos 4.000–5.000 km². Los Annales Laurissensses narran que en ese año los navarros y los pamploneses prestaban obediencia a Carlomagno, haciendo distinción entre pamploneses, habitantes de Pamplona y zonas aledañas, y los navarros del resto de la llanura y montaña.

Los Iñigo recurrieron a la familia Banu Qasi para retomar el control de la ciudad. Sin embargo, en el 812 el emir Al Hakam I y Ludovico Pío acordaron una tregua por la que los carolingios tomaban el control de Pamplona. Hay constancia de la presencia en la capital Navarra de Ludovico Pío el año 812, momento en el que delegó su poder en el gobernador Velasco al-Yalasqí. Su objetivo era dominar y castigar la rebeldía de algunas facciones de vascones que se entendían con los musulmanes de Tudela. Controlaba esta ciudad y algún punto estratégico más, pero otra parte de la llanura y las montañas eran autónomas. Por eso, al volver a Aquitania tuvo que tomar precauciones para evitar una nueva emboscada como en Roncesvalles.

FACCIONES POLÍTICAS DEL CONDADO DE PAMPLONA, INICIOS SIGLO IX

Los cronistas francos relataron la fidelidad de los pamploneses al emperador Carlomagno. Decía el cronista llamado el Astrónomo, en su Vida de Ludovico Pío, que:
"En España los pamploneses, que poco tiempo antes se habían pasado a los sarracenos, fueron recibidos en la fe del Emperador." 
El Astrónomo relató que:
"Ludovico Pío recibió en Tolosa (Toulouse) a los embajadores que Alfonso, príncipe de las Galicias, había enviado con presentes para firmar un tratado de amistad." 

Se estaba formando un frente común cristiano contra el Califato cordobés que estaba en su época de mayor fuerza y prestigio. Los pamploneses, asentados entre el Imperio carolingio y el Reino asturiano se irían sumando a ese frente común.

Tras la muerte de Carlomagno el 814, Al Hakam I puso fin a la tregua y retomó las hostilidades contra los francos. Ludovico Pío accedió al trono carolingio, generando unas revueltas en Gascuña (englobada en el Reino de Aquitania) y en Pamplona. Dos años más tarde, se produjo el derrumbamiento de las marcas del Pirineo occidental. Aprovechando la crisis política del trono carolingio, surgía, en ese año de 816, la figura del líder Íñigo Íñiguez (Eneko Arista), como el caudillo pamplonés encargado de luchar contra el control de los francos. La dinastía Íñigo expulsaba a la Velasco y recuperaba el poder pamplonés.

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