lunes, 22 de mayo de 2017

La Reacción al Vascocantabrismo: el Montañacantabrismo

Ante la aparición de las manipuladas tesis vascocantabristas, varios eruditos elaboraron una antítesis como reacción, la tesis montañacatabrista. Esta sostenía que los territorios correspondientes a la Cantabria de las fuentes romanas se encontraban al oeste de los actuales Provincias vascas, es decir, la actual Comunidad Autónoma de Cantabria, tradicionalmente llamada La Montaña.

Ambas tesis estaban argumentadas en pasajes de la Biblia y en las crónicas de la Alta Edad Media, que mezclaban información histórica, citas bíblicas, mitos y leyendas. Sin embargo, los defensores de la tesis montañacantabrista prestaron mayor atención a las descripciones geográficas de los autores grecolatinos, que basaban sus escritos en la observación, siendo estas fuentes más científicas que las leyendas bíblicas o las imaginaciones toponímicas.

El primero en hacerlo fue el cronista del Reino de Aragón, Jerónimo Zurita, que desmontó la confusión en su libro Cantabria, Descripción de sus verdaderos límites, de 1578, basándose con rigor en las fuentes grecolatinas. A él se debe el impulso de una corriente historiográfica "montañés-cantabrista" que inició la defensa de la territorialidad de Cantabria.

Otra aportación fue la del francés Arnaut d´Oihernart, mediante su Notitia utrisque Vasconiae, tum Ibericae, tum Aquitanicae, publicado en París en 1638. Demostraba la ubicación de los cántabros en lo que entonces se conocía como las Montañas de Burgos.


MAPA HISTÓRICO DE CANTABRIA (CUATRO VILLAS), VIZCAYA Y GUIPÚZCOA


El avance de las ciencias históricas hizo que en el ilustrado siglo XVIII el mito vascocantabrista no gozase del prestigio anterior, aún así contó con férreos defensores. Uno de los más insistentes fue el jesuita guipuzcoano Manuel de Larramendi, que, en su Corografía de Guipúzcoa, sostuvo la herencia de los cántabros fue exclusividad de las tres provincias vascas. Mantuvo un debate epistolar con un pariente suyo que escribió en la carta que:
"Las tres provincias de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava no estaban comprendidas en la antigua famosa Cantabria; y que ésta solamente comprendía las Montañas de Burgos, o las de Santander, y las de Asturias de Santillana."
Ante la posibilidad de que el establecimiento de esta doctrina causase disgusto entre los vascongados por perder tan altos antecesores, un dogmático Larramendi contestó en carta, fechada en octubre de 1732, con estas palabras:
"Se engañan los que piensan que esta opinión ha de dar alguna pesadumbre especial a los Bascongados de las tres provincias: antes se alegrarán de tener esta nueva ocasión de refrescar la persuasión común del mundo, de que todas fueron la porción principal de la antigua Cantabria."

Las tesis vascocantabristas recibirían el más duro golpe de la pluma de Enrique Flórez, una de las figuras más eminentes de la ciencia histórica de la Ilustración española, quien publicó en Madrid en 1768 La Cantabria. Disertación sobre el sitio y extensión que en tiempos de los romanos tuvo la región de los cántabros. Esta obra zanjaría para siempre la polémica, aunque fue atacada incluso por los fueristas decimonónicos.


LA CANTABRIA. DISERTACIÓN SOBRE EL SITIO Y EXTENSIÓN


Las Juntas Generales de Guernica reaccionaron con rapidez protestante ante la Corte de Carlos III porque la publicación de Flórez "vierte expresiones indecorosas y opuestas a las prerrogativas, exempciones y antigüedad de este ilustre solar". Pero ello, exigieron a los consejeros reales a que "examinen o hagan examinar el referido libro y que hallándose en él alguna cosa opuesta e indecorosa a este Señorío se represente a su majestad"

El fundador de la Sociedad Vascongada de Amigos del País, Javier María de Munive e Idiáquez, y el socio José Joaquín de Landazuri, recopilaron información para tratar de combatir el libro de Flórez, que tanto estaba dañando las bases del edificio mitológico sobre el que estaba construido el privilegiado régimen foral vascongado del que los aristocráticos socios de la Sociedad Vascongada eran eminentes beneficiarios.

Lo que ocurrió es que Landazuri llegó a conclusiones que no encajaban en la doctrina mitológica oficial:
"No ignoro en que es el sentir de muchos grandes autores el que Túbal pobló en estos payses vascongados pero tampoco se me oculta el que las pruebas que nos dan para tan hermoso suceso son ineficaces para persuadir tan arduo empeño."

La reacción del líder de los llamados "caballeritos de Azcoitia" fue la desautorización a Landazuri y la censura a los resultados de su investigación. Ante esto, Landazuri dejó de pertenecer a la Sociedad Vascongada para seguir investigado por su cuenta.

Otro de los defensores del Vascocantabrismo que reaccionó frente a la obra de Flórez fue José Hipólito Ozaeta y Gallaiztegui. En su publicación de 1779 La Cantabria vindicada y demostrada según la extensión que tuvo en diferentes tiempos. volvió a reivindicar la Cantabria prerromana para las tierras vascófonas. A su vez, Ozaeta y Flórez fueron duramente rebatidos por Manuel Risco en su libro, también del mismo año, El R. P. M. fray Henriquez Flórez, vindicado del Vindicador de la Cantabria, don Hipolyto de Ozaeta y Gallaiztegui.

En 1808, el manifiesto que emitieron los bilbaínos al alzarse en armas contra el Ejército francés, al estallar la Guerra de la Independencia, utilizó una vez más el nombre de cántabros como inmejorable garantía de españolía, heroísmo y fidelidad.

Incluso en ámbitos institucionales, el error se mantuvo durante todo el siglo XIX, como lo demuestra la ley del 29 de septiembre de 1847 de formalización de las regiones, finalmente inaplicada, que englobaba a las tres provincias vascongadas y Navarra, con capital en Pamplona, y cuyo nombre era Cantabria.

Pero serían los literatos del Fuerismo romántico quienes hicieron resurgir el mito vascocántabro. Eran nostálgicos de un Régimen foral desaparecido que pretendían reivindicar recobrado las glorias de sus antepasados cántabro-vascos. De la misma manera, los diputados liberal-fueristas que defendieron el mantenimiento de los regímenes forales entre 1838 y 1876 apelaron a la descendencia de los cántabros como justo título para conservar una independencia política jamás perdida. 




Fue en el siglo XX, cuando una sucesión de historiadores y antropólogos científicos, vascos y no vascos, se dedicaron a zanjar por siempre el debate fuerista en torno a la ascendencia cántabra de los vascos.

En 1895, apareció la Historia General del Señorío de Vizcaya, escrito por Estanislao de Labayru y Goicoechea, que zanjaba con este texto la cuestión:
"Decir Cantabria era en cierto sentido denominar la nación euskalduna, y llamar pueblo bascos era señalar la progenie cantábrica. De tal suerte se universalizó este concepto, que pasó por hecho incontestable y principio incontrovertible... Zurita, Ohienart, Flórez, Risco, Aureliano Fernández Guerra y otros han prestado un servicio eminente a la historia deslindando y poniendo en claro la multitud de opiniones que sobre el particular existía, alumbrando el horizonte y destruyendo el caos que cada día se agrandaba por la tenacidad en sustentar lo que no tenía razón de ser; como si para las verdaderas glorias del solar basco hubiera sido preciso que Augusto en persona combatiera a Euskaria y que por necesidad los bizcaínos fuesen los cántabros temidos y no domados por las armas romanas, hasta que en la época del referido emperador se vieron batidos y deshechos."

El historiador vasco Carmelo de Echegaray, en su prólogo a la reedición de 1901 de la obra del apologista del siglo XVI Andrés de Poza, expresó:
"... sería pedir demasiado a Poza si le exigiéramos que se adelantara a su tiempo, y se eximiese de la preocupación, arraigada entre sus paisanos hasta época muy próxima a nuestros días, de estimar como punto de honor e indudable deber de patriotismo, el defender la inclusión de la tierra vascongada en la Cantabria que peleó contra el poder de Roma."

El historiador y político bilbaíno Gregorio Balparda enterró definitivamente la errónea tesis vascocantabrista en una conferencia que pronunció en el Ateneo de San Sebastián el 8 de noviembre de 1919:
"Con sólo abrir cualquier libro vascongado anterior al siglo XIX veréis que la tradición de este país es, no la de que seamos vascos, sino la de que somos cántabros, y que, como cántabros, tuvimos abierto, cuando el mundo entero estaba pacificado, el templo de Jano, haciendo venir a luchar primero y a pactar después con nosotros a César Augusto, y que, como cántabros, aducíamos la prueba de una predestinación y casi de un presentimiento cristianos en aquel lábaro o lauburo, símbolo de un pueblo indómito que moría cantando en la cruz. Desde Lope García de Salazar... todos nuestros historiadores coinciden en lo mismo. En cuanto a vosotros, los guipuzcoanos, no tenéis que ir más allá de la portada de las primeras ediciones en el siglo XVI de vuestro gran historiador, porque en ella veréis la jactancia con que se titula su autor, Esteban de Garibay, vecino de Mondragón, de la nación cántabra... Desgraciadamente esta tradición, en cuya defensa tanto empeño pusieron nuestros antepasados, es hoy tan insostenible como eso de que seamos vascos; serenamente juzgado, hay que reconocer que la escuela santanderina, representada por numerosos escritores, desde el padre Francisco de la Sota hasta Aurelio Fernández Guerra, a la que Llorente se había inclinado, ha dejado la cuestión definitivamente resuelta en nuestra contra."

Parecidas palabras empleó el escritor y filósofo, también bilbaíno, Miguel de Unamuno:
"Causa fundamental de largas consecuencias erróneas y de embrolladas opiniones ha sido el haberse confundido durante mucho tiempo a los vascos con los cántabros... El empeño en hacernos cántabros viene de que quieren muchos como un honor aplicarnos cuantos rasgos de inaudita barbarie cuentan los romanos de los cántabros, y todo cuando se cuenta de la guerra cantábrica, exornándolos los escritores vascongados con mil detalles que dicen son legendarios, como lo referente al monte Hernio, que confunden lastimosamente con el antiguo monte Vinio. Pero consta por testimonio de A. Floro que Augusto se dirigió contra cántabros y astures, que incomodaban con frecuentes incursiones a los vacceos, cargonios y autrigones, es decir, que aquí nada entran los euscaldunes si no es como protegidos de Roma."

El gran historiador cántabro Menéndez Pelayo en sus Obras Completas, publicadas en Madrid en 1956, escribió sobre este tema:
"El amor patrio y el amor regional es para nosotros cosa tan digna de respeto que la miramos con indulgencia, aun en sus mayores exageraciones. Para nosotros, especialmente cuando no se trata de un libro de historia, es cosa de todo punto indiferente que los vascongados se crean, o no, hijos y descendientes legítimos de los antiguos iberos; que se atribuyan o no parte en la guerra cantábrica, donde la tuvieron ciertamente, aunque fue en el concepto de auxiliares y amigos de los romanos."

El eminente antropólogo vasco Julio Caro Baroja cerró por completo las tesis vascocantabristas en su libro Ser o no ser vasco, publicado en 1984, de la siguiente manera:
"El tubalismo, cosa más que problemática, se unió al vascocantabrismo, cosa más falsa al parecer. Pero hasta el siglo XIX hubo quienes creyeron que el cántabro fiero, invencible, había sudo el vasco."


Y SE LIMPIE AQUELLA TIERRA, DE MIKEL AZURMENDI
MITOLOGÍA E IDEOLOGÍA SOBRE LA LENGUA VASCA, DE ANTONIO TOVAR


El célebre lingüista Antonio Tovar publicó en Madrid en 1980 su obra Mitología e ideología sobre la lengua vasca, con la intención de erradicar los errores de estos escritores del siglo XVIII:
"Estas ideas las vamos a ver reaparecer muchas veces. Se basan en la identificación de cántabros con vascos, y se atribuía la posibilidad de salvar su lengua a los últimos defensores de la libertad indígena contra los romanos. Se imaginaba, con poco conocimiento de la historia, que los cántabros no fueron nunca domeñados, y los eruditos vascos van a mantener esta patriótica idea... Mucho tiempo habría de pasar hasta que los historiadores, ya en la siglo XVIII, corrigieran esta identificación de cántabros y vascos."

El historiador contemporáneo Mikel Azurmendi resumió este episodio en su obra Y se limpie aquella tierra. Limpieza étnica y de sangre en el País Vasco (siglos XVI-XVIII):
"Queda así más que dudoso que se tratase de buscar la verdad a través de la más abierta discusión, percibiéndose más bien que se trataba de apagar cualquier discusión razonada con tal de granjearse la estima de los paisanos reafirmando bajo apariencias de argumentación sesuda la misma perspectiva identitaria de siempre. Y porque Landazuri no se doblegaba a ello, se convirtió en un estorbo al que se arrincona y, sin airear su razonamiento, se apuñala científicamente. Se puede afirmar, en consecuencia, que los caballeritos no se interrogaron seriamente sobre el fundamento de la hipótesis de Flórez, sino que sólo la combatieron estando prácticamente unánimes en supeditar su interés historiográfico al interés identitario."

Finalmente, la reivindicación vascocantabrista fue, en cualquier caso, un esfuerzo vano, pues si con ella lo que buscaron algunos vascos fue presumir de ancestros heroicos, pudo tener cierta lógica; pero si el objetivo era reclamar privilegios mediante la demostración de una continuidad en la inconquistabilidad e independencia nunca perdida, ni con los cántabros valía la pena el esfuerzo, pues al fin y al cabo acabaron igualmente conquistados, sometidos a Roma y en buena medida exterminados.

Así pues, deberían recordar los reivindicadores de identidades ancestrales que los vascos han presumido durante siglos de ser los descendientes de los cántabros. De los vascones se olvidaron por no tener un currículum tan apetecible. Sólo muy recientemente se empezó a apelar al parentesco vascón: poco más de un siglo.

A pesar de todo ello, el mito ha traspasado los siglos e incluso hoy continúan resonando sus ecos. Aunque su falsedad se evidente, no conviene olvidar ni desdeñar el peso de ciertos mitos en la política actual. El 31 de julio de 1995, el PNV celebró su centenario con una declaración firmada por todos los delegados presentes. El embriagador aroma de la inconquistabilidad impregnaba su punto 4º:
"La libertad y la justicia son bases de nuestra convivencia. Jamás aceptaremos tiranía ni servidumbre, como jamás las aceptaron nuestros mayores."