lunes, 24 de abril de 2017

Participación de los vascos y los navarros en la Batalla de las Navas de Tolosa


La batalla de las Navas de Tolosa, 16 de julio de 1212, fue una victoria de los cristianos sobre los almohades, que señaló el principio del fin del poder de los invasores musulmanes en la península Ibérica.


ILUSTRACIONES DE LAS CANTIGAS DE SANTA MARÍA SOBRE LA BATALLA
Y LOS BLASONES DE LOS TRES REINOS CRISTIANOS Y EL ALMOHADE 


La incesante lucha de los cristianos contra las sucesivas oleadas islámicas a punto estuvo de agotar la resistencia de tantas generaciones de cristianos peninsulares que nunca veían parar el aporte de invasores desde la otra orilla del estrecho de Gibraltar. Por fin, en el siglo XIII la resistencia cristiana hispánica consiguió un decisivo resultado de victorias gracias a una centuria de grandes reyes guerreros, encabezados por Alfonso VIII, Fernando III el Santo y Jaime I el Conquistador.

A fines del siglo XI, mientras la primera cruzada se dirigía hacia Jerusalén, el empuje conquistador del Reino de Castilla con Sancho II, su hermano Alfonso VI (quien logró recuperar la antigua capital hispano-goda de Toledo) y su capitán Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, parecía presagiar que la terminación del proceso reconquistador habría de llegar en breve. Esta fue la razón por la que los reinos de taifas solicitaron ayuda militar a la tribu africana de los almorávides, quienes lograron frenar el empuje cristiano.

Y, tras los almorávides, llegaron a mediados del siglo siguiente los almohades, cuyo caudillo Muhammad al-Nasir había anunciado que, después de exterminar a todos los cristianos de España, plantaría el estandarte del profeta en San Pedro de Roma y convertiría las iglesias en establos para sus caballos. Pero sus proyectos europeos y sus dominios de la España meridional comenzaron a eclipsarse tras la determinante batalla de las Navas de Tolosa.

Alfonso VIII rey de Castilla, emprendió una cruzada contra los almohades que dominaban Al-Ándalus desde mediados del siglo XII, tras su derrota del en la batalla de Alarcos (1195). Este infortunio tuvo como consecuencia llevar la frontera cristiana hasta los montes de Toledo, amenazando la propia ciudad castellana y el valle del Tajo.


MAPA DE LOS REINOS HISPÁNICOS EN LOS AÑOS 11567-2012


Para semejante hazaña sólo contaba con la amistad de Aragón y tenía motivos para temer que León y Navarra atacaran su reino por el norte, si concentraba su ejército en el sur. Solamente el papa Inocencio III podía garantizar la neutralidad del resto de reinos cristianos hispánicos declarando Cruzada su guerra contra los almohades, lo que automáticamente obligaría a los otros reinos a respetar sus fronteras. Además el papa excomulgaría a cualquiera que pactara con los mahometanos y ordenó a los reyes cristianos que aplazaran sus discordias personales en favor de la magna empresa común llamada Reconquista. En los púlpitos de toda Europa se predicó la nueva Cruzada para mayo de 1212.

Al-Nasir, el Miramamolín de los almohades, hijo del vencedor de Alarcos y de la esclava cristiana Zahar (flor), salió de Marraquech al frente de un gran ejército en febrero de 1211. Había proclamado la Guerra Santa contra los cristianos.

El primero en llegar a Calatrava, punto de encuentro de ejércitos cristianos cruzados, fue el caballeroso Pedro II de Aragón, el amigo de Alfonso VIII, que aportaba 3.000 caballeros con su correspondiente acompañamiento de peones. De los reyes de Navarra y de León no se esperaba que movieran un gran contingente de hombres para auxiliar a Alfonso VIII. Es más, el de Navarra sólo estaba esperando a que acabasen las treguas concertadas con Castilla para atacarla; el de León, por su parte, hizo saber que sólo se uniría a la Cruzada si le eran devueltos ciertos lugares y castillos fronterizos que reclamaba como suyos.




Previamente, durante el transcurso de la expedición hasta las Navas, entablaron lucha contra otras ciudades en poder musulmán. En la toma de Calatrava, Martín González de Fruniz se distinguió por haber sido el primero que entró en el fuerte, cogiendo la bandera que allí ondeaba, pero quedando muerto de un golpe de piedra que le dieron. Acudió al lugar Sancho Ortíz de Olaeta, escudero infanzón de la casa de este nombre en Mendata, merindad de Busturia y recobró la bandera batiéndose con gran bizarría.

Tras este éxito inicial los extranjeros que marchaban en el ejército abandonaron la expedición pretextando no poder sufrir los rigores de la estación. Se mantuvieron en su puesto Teobaldo de Blazón, el arzobispo de Narbona y unos 150 caballeros.

No obstante, esta pérdida fue compensaba por la incorporación en Alarcos del ejército de Navarra al mando del rey Sancho VI el Fuerte con 200 caballeros, que había decidido deponer temporalmente su enemistad con el castellano para participar en la Cruzada.

Al otro lado de Sierra Morena se encontraban unos 400.000 soldados musulmanes al mando de Mohamed ibn Jacub. Estaban acampados en los alrededores de Baeza y cerraban los pasos de Despeñaperros, Muradal y Losa, impidiendo el avance de los cristianos. Estos últimos tenían dos opciones: forzar el paso de Sierra Morena o dar un largo rodeo; y la mayor parte de los capitanes se decantó por el ataque directo, intentando forzar el paso del Losa y flanqueándolo por el paso del Muradal. Para ello, la vanguardia atacó vigorosamente, pero la dificultad del terreno les impidió desplegar todas sus fuerzas y emplear la caballería, que era el grueso de sus fuerzas. Por su parte, los musulmanes, que ocupaban todas las alturas inmediatas, hostilizaban a los cristianos, que se vieron obligados a retirarse.

Finalmente, hallaron una senda que conducía a las cumbres donde estaba acampado el enemigo. El rey Alfonso VIII envió al vizcaíno Diego II López de Haro y a García Romeu a reconocer el camino, quienes confirmaron la noticia.


DISPOSICIÓN DE LOS EJÉRCITOS PREVIA AL CHOQUE


El 14 de julio de 1212 todo el ejército cristiano desfiló por la senda fuera de las vistas de los musulmanes. Atravesaron el paso del Emperador y llegaron a la meseta de Santa Elena frente a los campos de las Navas de Tolosa. La sorpresa que produjo entre los musulmanes la presencia de los cristianos en ese punto fue muy grande. No obstante, no dudaron en su victoria, fiando en su superioridad numérica. Mohamed ibn Jacub presentó batalla inmediatamente, pero los cristianos la rehusaron hasta hallarse bien descansados y dispuestos.

El 15 de Julio de 1212, cuando clareo el día ya se habían desplegado las fuerzas por los alrededores del campamento de las Navas. En el campo cristiano tres cuerpos de ejército dispuestos en línea ocupaban la llanura: el cuerpo central estaba formado por las tropas de Castilla que rondaban los 50.000 hombres, al mando de Gonzalo Núñez con varios caballeros templarios; a su izquierda, las fuerzas de la Corona de Aragón con Pedro II al frente y a la derecha los navarros de Sancho VII. Las dos alas habían sido reforzadas con tropas de varios concejos castellanos. Cada uno de estos cuerpos estaba a su vez dividido en tres líneas ordenadas en profundidad. También estaban presentes las tropas portuguesas sin su rey Alfonso II de Portugal.

La vanguardia del cuerpo central, que sería el eje de la lucha, iba mandada por el veterano Diego II López de Haro, señor de Vizcaya, con sus parientes aliados y gentes de Vizcaya. En la segunda línea se ordenaban los caballeros templarios, al mando del maestre de la Orden, Gómez Ramírez; los caballeros hospitalarios, los de Uclés y los de Calatrava. La reserva de este cuerpo central estaba al mando del rey Alfonso VIII de Castilla, acompañado por el arzobispo de Toledo y cronista de la batalla, el navarro Ximénez de Rada.


SANCHO VII EL FUERTE DE NAVARRA ROMPE LAS CADENAS DEL MIRAMAMOLIN


Los musulmanes, divididos en cuatro cuerpos, formaron en media luna: en la vanguardia marchaban tropas ligeras árabes y bereberes; en una segunda línea iban voluntarios de todo el imperio almohade, el grueso central estaba colocado detrás de la segunda línea; la reserva era un cuerpo de unos 10.000 soldados negros protegiendo el Cuartel General del emperador almohade. Todos ellos estaban situados en una altura que dominaba la posición de las tropas musulmanas.

Modernos estudiosos de la batalla cifran los efectivos almohades entre 100.000 y 150.000 combatientes y los cristianos entre 60.000 y 80.000. Incluso admitiendo las cifras más modestas, hay que reconocer que el choque debió ser de los más espectaculares y sangrientos de la historia medieval.

Cuando amaneció el día 16 de julio de 1212, los dos ejércitos estaban formados frente a frente a una cierta distancia. La vanguardia del ataque cristiano estaba capitaneada por el señor de vizcaya Diego II López de Haro. Junto a él marchaban sus hijos Lope y Pedro Díaz, sus sobrinos Sancho Fernández y Martín Muñoz; caballeros de la nobleza vizcaína como Iñigo de Mendoza, Pedro Vélez de Guevara, Lope Martínez de Avellaneda, Juan García de Bidaurre, Iñigo de Oteiza,  Rodrigo de Arazuri, Fermín de Aguiñiga y hasta 2.500 vizcaínos más, según el historiador Ibargüen.

Antes de iniciarse el choque, Diego II López escuchaba esta advertencia de su hijo Lope Diez: "Padre, que lo hagáis de modo que no me llamen hijo de traidor y que recuperéis la honra perdida en Alarcos."

A lo que el viejo guerrero respondió: "Os llamaran hijo de puta, pero no hijo de traidor." Lo decía Diego porque su esposa era de costumbres libres y lo había abandonado.

Lope prometió a su padre: "Seréis guardado por mi como nunca lo fue padre de hijo, y en el nombre de Dios entremos en batalla cuando queráis."


SANCHO VII EL FUERTE DE NAVARRA ROMPE LAS CADENAS DEL MIRAMAMOLIN


La caballería cristiana cargó por la pendiente de la Mesa del Rey abajo al encuentro enemigo. El terreno era difícil, cubierto de monte bajo, arbolado y tajado por un barranco. Al choque, las avanzadas musulmanas se deshicieron y dispersaron como si huyeran, sin dejar ni un muerto en el campo, y los cristianos prosiguieron su galopada en busca del blanco firme que se ofrecía en los altozanos contiguos, donde estaba apostada una muchedumbre. Allí se produjeron los primeros choques pero los atacantes atravesaron esta segunda línea sin mayor dificultad y todavía les quedó impulso para arremeter contra el grueso del ejército almohade. Entonces, la carga fue rechazada, la vanguardia empezó a sufrir la superioridad numérica de los sarracenos.

Alfonso VIII creyó que había llegado el momento de dirigir la carga decisiva, sincronizando su movimiento con el del cuerpo central, entraban en combate las reservas de las alas, al mando de los reyes de Aragón y Navarra. Pero los del emperador Mohamed ibn Jacub aguantaron la acometida de los cristianos con tenacidad, cuya resistencia se quebró cuando los efectivos del rey Sancho VI de Navarra lograron romper las líneas enemigas.

La carga de los tres reyes enfiló su objetivo y cruzó el campo de batalla sin perder cohesión: con su ímpetu inicial apenas mermado llegó al palenque del Miramamolín. Fuentes tardías sostienen que fue Sancho el Fuerte de Navarra el primero en abrir una brecha en aquella muralla de picas, romper las cadenas y pasar la empalizada, lo que justifica la incorporación de cadenas al escudo de Navarra, pero el caso es que las cadenas y palos ardiendo aparecen en los escudos nobiliarios de muchas casas que podrían blasonar igualmente de la hazaña.

El degüello dentro de la fortificación del Miramamolín fue terrible, custodiada por 10.000 soldados negros. El hacinamiento de defensores y atacantes en este punto y la coincidencia de estar dilucidando la suerte suprema de la batalla, espolearía el desesperado valor de unos y otros. No existía en aquella época ninguna forma humana de detener una carga de caballería pesada cuando se abatía sobre un objetivo fijo y lograba el cuerpo a cuerpo.

En las Navas, los arqueros musulmanes, principal y temible enemigo de los caballeros por la vulnerabilidad de sus caballos, no podrían actuar debidamente, cogidos ellos mismos en medio del tumulto. La carnicería en aquella colina fue tal que después de la batalla los caballos apenas podían circular por ella, de tantos cadáveres como había amontonados. El ejército almohade se desintegró y Al-Nasir huyó precipitadamente hacia Jaén. En la terrible confusión cada cual buscó su propia salvación en la huida.


MONUMENTO A LOS TRES REYES DE CASTILLA, ARAGÓN Y NAVARRA, Y AL SEÑOR DE VIZCAYA

Fue Juan de Ugarte, con casa y primitivo solar en el valle de Orozco, fue uno de los quinientos infanzones hijosdalgos que acompañaron a Lope II Díaz de Haro, en las Navas de Tolosa  y en el auxilio de la ciudad y alcázar de Baeza, asediados por moros.

Entrando con singular denuedo, dando grandes lanzadas a los que encontraba, abrió paso para que se introdujera el socorro en la ciudad. Atemorizados los moros, levantaron el cerco poniéndose en una afrentosa y apresurada fuga, quedando victoriosos los católicos. En la expedición consiguió Juan de Ugarte los laureles de una eterna fama, aumentó una orla roja y en ella ocho aspas de oro en el antiguo escudo de armas de su casa.

Ibargüen señala por muertos en esta batalla a los parientes mayores de los linajes de Vizcaya siguientes: Lexarúa, de Arratia; Aguirre, de Arrigorriaga; Artunduaga, Ibarra, Aulestia, Beléndiz, Ajánguiz y Menceta. Al de Zamudio le da por mal herido, falleciendo luego, y en otro lugar afirma que murió Apioca, de Bermeo.




Alfonso VIII, embriagado por la gloria de su decisiva victoria y cumplidamente vengado de Alarcos, entró triunfalmente en Toledo y derramó bienes y promesas sobre cuantos habían contribuido a la Cruzada. Encargó a Diego la distribución del rico botín entre los reyes y caballeros que tomaron parte en esta batalla, sin que participase en el reparto del mismo. Según decía Diego II López, le bastaba el laurel de la victoria, de la cual se obtuvieron resultados muy favorables, tomándose a los moros varios castillos.

En recompensa de los buenos servicios prestados por Diego, el rey le dio la villa de Durango el 29 de diciembre de 1212, con lo cual el señor de los vizcaínos reunió la Vizcaya completa. Según el cronista banderizo Lope García de Salazar, hacia este tiempo se atribuye el origen de las casas vizcaínas de Butrón, Ibargüen y Villela. Las sepulturas de Diego II López de Haro y su mujer doña Toda se encuentran en el monasterio de Santa María de Nájera.

El rey de León, que no sólo no lo había apoyado sino que, aprovechando la escasa guarnición de la frontera castellana, le había tomado algunos lugares, temía que Alfonso VIII cayera sobre él con su victorioso ejército. Pero Alfonso generoso y magnánimo, no sólo le ofreció la paz sino que renunció a sus derechos sobre los lugares en disputa. A Sancho VII de Navarra, su enconado enemigo, que había asistido a las Navas, también le entregó los castillos y lugares fronterizos que codiciaba.