sábado, 11 de febrero de 2017

El mantenimiento del Régimen foral en el siglo XVIII


El siglo XVIII entró con el cambio de dinastía real española, de los Austrias a los Borbones. Felipe V fue proclamado rey por las Juntas provinciales de Guipúzcoa y Álava y por la del Señorío de Vizcaya en diciembre de 1700.

El apoyo de los territorios vascos por la causa borbónica durante la Guerra de Sucesión sirvió para la preservación de sus tradicionales ventajas forales por parte de la nueva dinastía reinante. Además, supuso para los vascos y navarros un ascenso en las jerarquías y estructuras estatales de poder económico, financiero, político, eclesiástico y militar, que aprovecharon para encumbrarse por encima del resto de españoles.

En el fondo, el mantenimiento del tradicional sistema foral constituyó la razón de ser de la conducta colectiva de los vascos en su relación con el resto de España en tiempos modernos, y representó la causa última de que esa relación venga siendo conflictiva desde hace más de un siglo.


FELIPE V DE BORBÓN 


Al morir el último de los Austrias, la viuda de Carlos II, Mariana de Neoburgo, se refugió en el Labort francés, la única provincia llamada "de vascos" por la literatura vizcaína, y eligió como confesor a un guipuzcoano que enseñaba en Salamanca, Manuel de Larramendi. Este jesuita escribió una Corografía de Guipúzcoa que constituyó la primera afrenta pública al concepto de España. Intentó crear una identidad vascongada superior a la identidad vizcaína que durante los siglos XVI y XVII inventaron los literatos apologistas.

Desde que los padres apologistas, Zaldívia, Garibay y Poza, inventaran una supuesta realidad, otros siguieron ampliándola desde su propia perspectiva apologética, como Floranes, Echave, Murillo Velarde, Martínez de Isasti, Mayans y Mariana, etc. Pero nadie logró alterar la trama mitológica vascófila como Larramendi, pues en 1750, escribió una corografía o estructura descriptiva sobre Guipúzcoa de carácter etnográfico.

A este pensamiento de mitomanía vascófila fueron añadiéndose las aportaciones de algunos legitimistas agramonteses navarros y vascofranceses, entre otros el padre Moret, Pedro de Axular, Arnaud Oihenart de Mauleon, etc. los cuales empezaron a ocultar la preferencia del bando beaumontés hacia la Monarquía hispánica desde 1512 y la consolidada integración de la Navarra peninsular en España.

Su argumento culturalista consistió en la reivindicación de una Vasconia unitaria aunque dividida en dos áreas específicas, citerior o ibero-aquitana (navarra y ultrapirenaica) y ulterior o cantábrica (gascona y vizcaína), sin solución de continuidad etnolingüística entre ambas: la primera, territorio vascón originario, y la segunda, área vasconizada entre los siglos V y VI. En el trasfondo de esta interpretación se escondía ya la idea de una gran Navarra euskalduna concebida desde la fidelidad y mentalidad francófila de alguno de sus defensores como una suerte de protectorado ibérico o marca hispánica occidental al servicio del reino de Francia.

Así pues y en definitiva, la idealización romántica de lo vasco en tiempos más modernos tuvo en sus orígenes esas dos justificaciones contradictorias:

1. la preservación de los fueros, por parte vasco-española.

2. la recuperación del trono navarro para los reyes borbones de Francia, por parte vasco-francesa.


MAPA DE EUSKAL HERRIA


En todo caso, la consolidación de la foralidad y los privilegios vascos con los primeros Habsburgo fue seguida, ya en el siglo XVIII, de una corriente intelectual liderada por legisladores y juristas autóctonos como Fontecha Salazar y Manuel de Larramendi. Este movimiento pretendía el afianzamiento a ultranza de estos privilegios, confeccionando un cuerpo doctrinal basado en la autoctonía y la autosuficiencia jurídico-administrativa de Vasconia. Como consecuencia, generaron argumentos vascófilos además de los primeros ribetes de irracionalidad frente a quienes se atrevieron a cuestionar los fueros y ventajas vascos en tiempos venideros.

Fontecha y Larramendi pueden ser considerados como los primeros ideólogos de un Vasquismo moderno con consecuencias jurídicas tangibles, de tal modo que fueros y honor fueron reclamados como derechos inmanentes, inalienables e innegociables de la población vasca en su relación con la Corona, en una suerte de enroque anticipatorio de lo que quizás se intuía como un cometido extraordinariamente difícil: conservar en adelante las vetustas ventajas en un mundo cada vez más extenso, complejo e inaprensible, en el que las inmensas oportunidades abiertas en el vasto continente americano, el bullir ideológico-religioso de Europa (alimentado por la racionalidad de la Reforma protestante y el rigor del jansenismo agustiniano) o, en fin, el poder cada vez más super-estructurado y centralizado de los ambiciosos Estados europeos, venían a alterar y a amenazar la estrecha y segura concepción de la existencia y la vida sociopolítica de las pequeñas provincias vascas.


CIUDAD DE SAN SEBASTIÁN, SIGLO XVIII 


Pues bien, en esta línea, Larramendi llegó incluso a plantear de modo inequívoco la reunión organizada de todos los territorios de habla vasca en las Provincias Unidas del Pirineo. Con esta idea, se situaba en una posición política claramente vindicativa y rebelde en un momento histórico de decadencia imperial española y en el que las zonas fronterizas de Europa eran particularmente susceptibles de entrar en intercambios y acuerdos territoriales entre las diversas dinastías reinantes. Larramendi, además, no se quedó en el Pirineo sino que aludió claramente a un levantamiento conjunto con los "reinos descontentos" de la Corona de Aragón (que habían visto abolidos sus Fueros y Derecho Público con la Guerra de Sucesión) apoyados por Inglaterra.

Esta postura tan crítica y radical explicitada por Larramendi en sus Conferencias encontró la oposición activa del Consejo de Castilla, de las Juntas Generales e incluso de la Compañía de Jesús. Y al final, como tantos vasquistas que le siguieron, Larramendi retrocedió con el paso de los años para llegar a la conclusión pragmática y calculada desde su retiro de Loyola de que era preferible entenderse con los castellanos, porque, señala textualmente, "...a pesar de indigestiones y emocioncillas de nuestra libertad, siempre nos han hecho justicia". Guipúzcoa, concluye Larramendi, es un "rincón sujeto a Castilla" pero con existencia propia anterior.