domingo, 31 de julio de 2016

Ortuño Urtíz de Urkullu


Expedicionario del descubrimiento del océano Pacífico en 1513 a las órdenes del capitán Vasco Núñez de Balboa




Había nacido en la villa vizcaína de Baracaldo, por lo que también fue conocido como Ortuño de Baracaldo, costumbre bastante generalizada entre las personas que se trasladaban a América, que cambiaban su apellido paterno por un topónimo del pueblo del que procedía. Sus padres fueron Juan Urtíz de Urkullu y María López de Urkullu, que vivieron en la segunda mitad del siglo XV en el lugar de Urkullu, del que tomaron el apellido, situado en el valle de Baracaldo, y tuvieron cinco hijos: Juan, Sancho, Ortuño, María Sáez, y Juana.

Casado con Marina de Iguliz, tuvo un hijo, también llamado Ortuño, conocido por el apellido materno: Ortuño Iguliz de Urkullu. Este se dedicó al comercio naviero, sobretodo en la ruta que naos de Somorrostro, Portugalete y Sestao hacían en el siglo XVI dos veces al año desde las aguas del Ibaizabal hasta Flandes o Sevilla.

Ortuño Urtíz de Urkullu fue uno de los primeros españoles en navegar a Indias, hacia donde partió en 1508, en los inicios del descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo. Allí pasó a la historia por ser uno de los expedicionarios que acompañaron al capitán Vasco Núñez de Balboa en el descubrimiento del océano Pacífico (Mar del Sur) en 1513. También fue uno de los primeros vecinos de la ciudad de Panamá, que fundó Pedrarias Dávila el año 1519.

Permaneció 33 años en América sin volver a su tierra natal. Allí mantuvo relación con una india y tuvo un hijo al que llamó Juanico de Baracaldo. Murió en la ciudad en 1529.

El cronista Gonzalo Fernandez de Oviedo y Valdéz en su Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra Firme del mar océano lo incluyó en la relación de hombres que formaban parte de la expedición con el nombre de "Ortuño de Baracaldo; vizcaíno". Siglos más tarde, en 1845, lo citaba Manuel José Quintana en su obra Vida de los españoles célebres, que hacía referencia a la Historia General del cronista Fernandez de Oviedo. Otras Fuentes han citado a Ortuño como Antonio, Urtún, Ortún, Furtún, Hurtún, etc. Por ejemplo, el escribano real Andrés de Valderrábano lo citó como Antonio de Baracaldo.

viernes, 29 de julio de 2016

Combate de Celidonia


El combate de Celidonia tuvo lugar en las aguas del cabo de Celidonia en la costa sur de la península de Anatolia, frente a la isla de Chipre, durante los días 14, 15 y 16 de julio de 1616. El duque de Osuna, Pedro Telléz de Girón, era virrey de Nápoles, territorio español por pertenecer a la Corona de Aragón. Al frente de una de sus divisiones estaba Francisco de Rivera como capitán de flota.
 
Aquella flota estaba dirigida y tripulada por gentes de origen español, de procedencia vasca destacaron el alférez Íñigo de Urquiza al mando del galeón Carretina de 34 cañones, Valmesada en el San Juan Bautista de 30, o Garraza en el patache Santiago de 14. Abundaban entre su tripulación y comandancia los apellidos vascos, lo que prueba que Osuna tuvo libertad para contratar fuera de los límites del virreinato.


CABO DE CELIDONIA (KHELIDONIA)
SITUADO EN LA COSTA SUR DE LA PENÍNSULA DE ANATOLIA


Formaban una flota de 5 galeones y un patache, los buques que se presentaron en Chipre, frente al cabo Celidonia. Junto a ellos, estaba un refuerzo de unos 1.000 mosqueteros, esperando a la llegad del enemigo.

No tardó en llegar una potente escuadra de 55 galeras, que por inferiores que fueran en tamaño frente a los galeones, reunían 275 cañones contra 190, y en cuanto a hombres, no menos de 12.000 turcos contra 2.000 españoles. La victoria turca parecía clara.
 
Los turcos se acercaron en su formación habitual de media luna con la intención de envolver a la flota española que se presentaba en formación de cuatro en línea y dos de reserva. Pero tras resistir todo el día de cañoneo entre ambos, se retiraron las galeras turcas.
 
Al día siguiente, los turcos volvieron al ataque, esta vez se acercaron más, poniéndose a tiro de mosquete, agravando sus pérdidas y retirándose al caer la noche con 10 galeras escoradas. En esta jornada se destacó el alférez Valmaseda, batiéndose al enemigo con un eficaz fuego de enfilada.
 
El día 16, los turcos realizaron su último y más decidido intento de capturar a la flotilla española. Pero la mayor envergadura de los galeones españoles frente a las galeras fue aprovechada mejor para hacerles huir, hundiendo una de sus galeras, dos desarboladas y 17 más gravemente averiadas.

La escuadra turca quedó virtualmente deshecha tras exponerse durante tres días al demoledor fuego de los galeones a corta distancia. Sus bajas se estimaron en unos 1.000 jenízaros y otros 2.000 entre marineros y remeros, mientras que los españoles sufrieron 34 muertos y 93 heridos. Pero lo meritorio fue haber impedido que esas 55 galeras y esos 12.000 hombres llegaran a las costas italianas y españolas.


GALERA TURCA

miércoles, 27 de julio de 2016

Martín de Vallecilla

Capitán General de la Armada de Vizcaya y Almirante de la Armada del Océano a las órdenes de Antonio de Oquendo durante la Guerra de los Treinta Años
MARTÍN DE VALLECILLA


Aunque nacido en Portugalete en la segunda mitad del siglo XVI, Martín de Vallecilla y Fernández de Rasinez se distinguió durante el siglo XVII, siendo el más ilustre de los marinos portugalujos de su tiempo. Fue hijo del capitán de Guerra y Mar Sancho de Vallecilla y el Casal, distinguido en el siglo XVI, y hermano del almirante Francisco de Vallecilla.
Siendo joven se empleó, en 1588, a las órdenes del general guipuzcoano Miguel de Oquendo, en el desastre de la Armada Invencible.
Durante su estancia en Portugalete, tomo parte activa en el gobierno municipal, siendo segundo regidor en 1611, segundo alcalde en 1617, y primer regidor en 1617. Fue en 1617 cuando se decretó la creación de la Escuadra de Vizcaya, siendo nombrado capitán general por ser vizcaíno y experto en artes marineras.
Participó en la construcción de la escuadra, tanto en la fabricación de sus galeones y carabelas, como en el nombramiento de sus capitanes y oficiales. Cinco de los navíos se construyeron en la villa, que Felipe II le había dado el titulo de "villa y puerto de armamento de naves". Debido a las interferencias surgidas entre las autoridades del municipio y las de la escuadra, Vallecilla fue nombrado alcalde extraordinario, en 1619.
La misión iba a consistir en enfrentarse a los holandeses que en los comienzos del siglo XVII eran la primera potencia en el comercio marítimo del Atlántico, siendo nombrado almirante.
Su gran hazaña llegó en 1621, cuando se enfrentó con sus 9 navíos a más de 50 de la armada holandesa, consiguiendo una victoria total, entrando en Cádiz apoteósicamente.
También fue muy destacable, durante la guerra con los corsarios ingleses, su expedición desde Cabo Verde hasta Brasil, donde recobró la plaza de San Salvador, que se le rindió el 30 de abril de 1625.
Cuatro años mas tarde, en 1624, volvió con una flota al mando de Antonio de Oquendo, almirante general de la Armada del Océano, partiendo de Cádiz con la misma misión de limpiar de corsarios las islas Antillas. Su actuación fue muy destacada, llegándose a contra en sus victorias 2.300 prisioneros y 143 cañones. Después siguieron su campaña hasta Portobello y La Habana, desde donde regresó cargado con 8 galeones y 3 pataches repletos de riquezas.

COMBATE DE PERNAMBUCO, POR JUAN DE LA CORTE, 1632
En el siguiente viaje del almirante Oquendo, tuvo lugar una de las victorias que inmortalizaron a este guipuzcoano. Fue el 12 de septiembre de 1631, cerca de los Abrojos junto a la costa brasileña, contra una potente armada dirigida por el general holandés Hanspater. Fue el llamado combate de Pernambuco o de los Abrojos. En este enfrentamiento murió dicho general holandés y 1.900 de sus hombres, y se destacaron también el capitán portugalujo Andrés de Coterelo (o Coterillo), y por supuesto, el general donostiarra Antonio de Oquendo.
Murió en Veracruz, en 1647.

lunes, 25 de julio de 2016

Sitio de Fuenterrabía de 1638




El Sitio, que duró sesenta y nueve días, fue horroroso. Se abrieron dos brechas en las murallas, volaron siete minas, hubo nueve asaltos. De los setecientos hombres con armas, al mes sólo quedaban trescientos. Un informe oficial habla de que la población fue azotada por dieciséis mil balas de cañón y cuatrocientas sesenta y tres bombas de mortero. En Europa se utilizaron por primera vez los morteros durante el asedio a Hondarribia en 1638. Estas armas de tiro curvo, lanzaban bombas que explotaban una vez llegadas a su objetivo y causaron grandes estragos. Hasta entonces, los cañones únicamente lanzaban proyectiles que no estallaban, tan sólo destruían por la fuerza de su impacto.

sábado, 23 de julio de 2016

Domingo de Zavala

Consejero real de Hacienda de España y secretario de Estado y Guerra de Flandes, almirante de mar en el combate de Lepanto de 1571




Nacido en Villafranca de Ordicia, Guipúzcoa, en 1535, Domingo de Zavala ha pasado a la historia por participar con relevancia y valor en el combate de Lepanto, pero su actividad principal fue la de empleado de la administración militar.

Desde 1568, Zavala era secretario particular del diplomático y marino barcelonés Luis de Requesens, secretario real de Felipe II. Le había acompañado a las campañas navales que éste efectuó desde el mismo año como lugarteniente general de la Mar (2º jefe de las escuadras de Felipe II en el Mediterráneo, bajo el mando del capitán general de la Mar Juan de Austria), además de a la Guerra de las Alpujarras de 1569-70 contra la sublevación de los moriscos.

Ni antes ni después de Lepanto desempeñó Zavala mando naval ni función marinera ninguna, sino una larga y brillante carrera burocrática en los ámbitos de guerra (secretario de Estado y Guerra en el Gobierno general de Flandes) y contabilidad (contador mayor de Hacienda), que le llevaría finalmente a formar parte del Consejo supremo de Hacienda.

Pero fue llamado al mando de una galera por decisión personal de Luis de Requesens, que ocupaba la posición tercera en la jerarquía de la Armada de Lepanto justo detrás de Juan de Austria y Marco Antonio Colonna. De entre la flota que zarpó de Barcelona en julio de 1571, Zabala dirigía la segunda galera al mando, Granada, estando Requesens en la galera capitana.

La Granada se hallaba situada en las inmediaciones de la galera de Juan de Austria. La embarcación de Zavala desplegaba a la izquierda de la capitana, solamente separada de esta por dos buques, las capitanas de la República de Génova y de Venecia. A popa de la galera capitana se hallaban la almiranta y la capitana de Luis de Requesens, segundo al mando de las escuadras españolas. Al costado derecho de la galera insignia de Juan de Austria, se situaba la capitana de la escuadra pontificia al mando de Marco Antonio Colonna. Por último, la escuadra de reserva de Álvaro de Bazán se situaba a su retaguardia, preparada para intervenir en cuanto fuese necesario.

La resistencia de la galera Granada, al mando de Zavala, tuvo un papel relevante, con otras compañeras cercanas, en la protección del núcleo neurálgico de la Armada cristiana, que formaban las galeras de Juan de Austria, Veniero, Colonna y Requesens, el cual durante la lucha vivió momentos sumamente críticos. Si la Armada cristiana hubiera perdido en combate a estos cuatro almirantes, la desmoralización y descoordinación habría conllevado a la retirada general de naves, y por tanto a la derrota.

Según una certificación y declaración original de Juan de Austria, en referencia a Domingo de Zavala:

“… se halló Domingo Martínez de Zavala y Arramendía, que sirve a su Majestad cerca de nuestra persona en tener los libro de la mar que nos toca como Capitán general de ella, por capitán de la galera Granada de España, patrona de las del Comendador mayor de Castilla, el cual nos consta por cierta ciencia y vista ocular, que habiendo sido el dicho día embestida su galera por cinco turquescas, todas mayores que la suya, peleó con todas ellas con tanto valor, ánimo, y destreza desde el punto de mediodía hasta las seis de la tarde que fue nuestro Señor servido, que habiéndosele entrado muchas veces los turcos en su galera y matado mucha gente, los rebotó y echó fuera de ella otras tantas veces, con tan ánimo y aventajado valor que de las cinco galeras tomó y prendió las tres, y las dos se contentaron de irse después de tener muerta la mayor parte de su gente. Y porque de un hecho tan peregrino como venturoso quede inmortal memoria…”

Durante el combate, Zavala sufrió hasta 27 heridas, algunas de ellas de consideración de las que pudo recuperarse. Pero sufriría, durante el resto de su vida, las secuelas procedentes de las múltiples y gravísimas heridas recibidas en el combate.

Y como expresa la certificación, los marinos de Zavala consiguieron capturar a 3 de las 5 galeras turquesas que la rodearon, con 21 piezas de artillería de bronce. También pudo rescatar a 227 cristianos cautivos que bogaban al remo, apresar a 196 turcos, y recuperar pertenencias de tempos e iglesias de Venecia y Corfú que habían sido saqueadas previamente por los turcos.



COMBATE DE LEPANTO


Después del combate de Lepanto, Domingo de Zavala siguió al servicio administrativo de Requesens acompañándolo como secretario al Gobierno general de Milán (1572-73) y finalmente de Flandes. Domingo de Zavala no volvió a verse empeñado personalmente en ningún combate naval, pero sus responsabilidades administrativas en los ámbitos de la guerra y la hacienda le llevarían a lo largo de su vida a gestionar asuntos marítimos de gran interés.

Una de las misiones burocráticas más importantes tuvo lugar en mayo de 1575, cuando Luis de Requesens, gobernador general de los Países Bajos, le envió con urgencia a Madrid, comisionado para tratar con el rey Felipe II y sus secretarios las medidas necesarias para reconducir la crítica situación militar de aquel territorio. Zavala ya era secretario de Estado y Guerra del gobierno de Flandes.

Las peticiones que tenía que negociar Zavala fueron la provisión inmediata de grandes cantidades de dinero para el ejército de Flandes; el envío de una Armada que permitiera combatir a los rebeldes también en la mar; y el relevo cuanto antes de su propia persona del cargo de gobernador.

Era imprescindible un núcleo de naos gruesas, acompañado de numerosa flotilla de embarcaciones ligeras aptas para la navegación fluvial. Esta fuerza naval bien equipada tendría dos objetivos: apoyar las operaciones militares en tierra, y debilitar su comercio, fuente de financiación de las operaciones rebeldes, hostigando y arrebatando los puertos, ríos y canales. El problema de encontró Zavala en la Corte fue la inexistencia financiera de la Monarquía no solo para atender sus peticiones, sino para atender simultáneamente todos los frentes que tenía abiertos.

Finalmente, un gran Armada de embarcaciones ligeras al mando de Menéndez de Avilés iba a zarpar desde Santander en septiembre de 1575, pero una epidemia de tifus y las tormentas consiguieron que llegara a destino una insuficiente parte de la flota al mando del vizcaíno Juan Martínez de Recalde.

La muerte sorprendería a Requesens al año siguiente en Bruselas sin ver conseguidos de la Corte ninguno de los objetivos vitales de la comisión encomendada a su leal y apreciado secretario Domingo de Zavala.

Años después, en 1586, Zavala era gobernador de los estados del marqués de los Vélez, en Murcia-Almería. Cuando en la Corte se daba ya por hecho el inminente nombramiento de Zavala como secretario real de Guerra, escribía a su protector Juan de Zúñiga y Requesens su renuncia del cargo por cuestiones de salud.


COMBATE DE LEPANTO

jueves, 21 de julio de 2016

Blas de Lezo en el primer Sitio de Barcelona

 
Durante el desarrollo de la Guerra de Sucesión española, los ejércitos borbónicos de Felipe V asediaron Barcelona por tierra, mientras que por el mar los partidarios del pretendiente como Carlos III eran apoyados por una escuadra anglo-holandesa. Fue el primer sitio de Barcelona, en 1706.
 
 
LIBERACIÓN DE BARCELONA EN 1706, POR H. VALE
 
 
Por sus dotes de mando y arrojo demostrados ya en diversos combates de este conflicto, Blas de Lezo recibió la difícil misión de dar escolta y protección a los barcos de transportes de pertrechos y municiones que por vía marítima se enviaban desde Francia a España con destino al ejército hispano-francés.

Sirviéndose de sus dotes de inteligente estratega y a pesar de la inferioridad de recursos con los que contaba, su pequeña flotilla pudo romper el cerco pro-austracista y llevar la flota de transporte a refugio del puerto de Barcelona.

Llegó el momento en el que Lezo se vio rodeado por varios buques de guerra enemigos al mando del almirante Cloudesly Showell, que izaba su insignia en el Britannia. Precisamente en este navío estaba embarcado el oficial Edward Vernon, que supo de nuevo de Lezo, por lo que era la segunda ocasión en que se encontraban, tras el combate de Vélez-Málaga.
 
Para romper el cerco, Lezo se atrevió a incendiar alguno de sus propios barcos lanzado hacia el centro de la línea defensiva que formaba la Armada inglesa, con el objetivo de abrir brecha. También apiló paja húmeda en parrillas de hierro que puso flotando y que al quemarse generó una densa nube de humo que ocultaba los navíos españoles cuando se abrieron paso entre las naves enemigas. Pero además cargó sus cañones con unos casquetes de armazón delgada con material incendiario dentro, que, al ser disparados, prendían fuego a los buques británicos. Estos se mostraron confusos ante tal despliegue de ingenio.
 
 
ESTATUA DE BLAS DE LEZO EN MADRID


lunes, 18 de julio de 2016

Diego de Butrón y Leguía

Alcalde de Fueterrabía durante el sitio de 1638




Diego de Butrón y Leguia natural de Fuenterrabía, donde nació en 1592. Pasó a la historia de las armas españolas por ser el alcalde Fuenterrabía durante el Sitio de 1638 que efectuaron a la ciudad el Ejército francés durante la Guerra de los Treinta Años.

Como consecuencia del largo asedio y la falta de provisiones y de municiones, Diego de Butrón tuvo que ofrecer toda su plata para la fabricación de balas, además de animar a los vecinos defensores a la lucha y prohibirles hablar de rendición. Tras la llegada de tropas de refuerzo desde Castilla, Fuenterrabía quedó liberada el 7 de septiembre del mismo año.

Diego de Butrón alcanzó una gran fama en toda España, y al año siguiente el rey Felipe IV le nombró gobernador de Fuenterrabía, con sueldo de 50 escudos al mes, y miembro de la prestigiosa Orden de Santiago.

En 1649 fue nombrado gobernador militar de San Sebastián con categoría de maestre de campo, y 1651 gobernador militar de Fuenterrabía. Este ultimo cargo reconocía todas sus aspiraciones y ocupó hasta su muerte en el castillo de Carlos V en 1655, a los 60 años de edad.

Su viuda en segundas nupcias, María de Casadevante, y los hijos disfrutaron de varias mercedes otorgadas por Felipe IV. Pero, en pocos años se extinguió por completo el apellido del valeroso alcalde de Fuenterrabía.

Existe una biografía presente el artículo ¿Fue desinteresado D. Diego de Butrón? que redactó Vicente Galbete para el Libro-Homenaje a D. Julio de Urquijo, publicado en San Sebastián, en 1950.


ESCUDO DE ARMAS DE BUTRÓN

jueves, 14 de julio de 2016

Economía vasca y navarra en el Edad Media


Hacia el siglo V, el Imperio romano caía y se imponía el modelo de producción feudal en todo el territorio europeo, perdurando hasta el siglo XVIII. Uno de los aspectos diferenciales del Feudalismo se basa en la forma de extraer y repartir los excedentes. La economía se basó en la pequeña producción y los trabajadores eran dueños de sus herramientas de trabajo; sin embargo, los grupos dominantes se apoderaron de los excedentes mediante la violencia.

Entre los siglos V y X, se establecieron dos tipos de Feudalismo en la parte norte del río Ebro:

1. Vertiente atlántica: menos romanizada, era una sociedad de clanes, la tierra era de todos y su economía se basaba en la cría de ganado y en los bosques. Los habitantes de las montañas comenzaron poco a poco a afincarse en las faldas de las montañas, creando pequeños poblados, y en los siglos IX-X aparecieron las primeras casas. Junto con la agricultura, se introdujo la propiedad privada.

2. Vertiente mediterránea: donde se crearon los señoríos feudales alrededor de los anteriores "fundi". Posteriormente, los musulmanes invadieron el territorio y esto supuso cambios en el ámbito agrícola: se construyeron acequias, facilitando la irrigación de las tierras. Durante la Reconquista, los musulmanes retrocedieron hasta el Ebro y esto influyó en el desarrollo de la agricultura.


Durante los siglos XI-XIV, las Provincias Vascongadas y el Reino de Navarra sufrieron un notable aumento de la demografía y se fortaleció el fenómeno del urbanismo; se fundaron las primeras ciudades en torno al Camino de Santiago.


SEGADORES, DE JACINTO OLAVE


Navarra se había convertido en el núcleo comercial entre el norte de Europa y Castilla. En la vertiente atlántica siguió predominando la ganadería y en la mediterránea se cultivó mucha uva. En el siglo XII, la costa se llenó de gente para trabajar en la pesca  y en las actividades comerciales. En cuanto a la industria, en esta época destacaron las ferrerías de monte, situadas en los lugares donde se extraía el mineral y se producía el carbón. Por otro lado, la industria naval cobraba importancia en la costa vasca y desde sus puertos partían barcos que exportaban la lana de Castilla y el hierro de Vasconia hacia Flandes, Francia e Inglaterra.

Durante los siglos XIV y XV, la economía vasca sufrió un parón y después, una reestructuración. En esta época se sucedieron las guerras entre bandos que formaban los Parientes Mayores, por motivos económicos: disminuyeron las rentas de los potentados porque cayeron los precios agrícolas, por lo que aumentaron los impuestos feudales. Entonces, los agricultores se agruparon en hermandades y se levantaron contra los señores feudales. Por otro lado, la economía comenzaba a despuntar en las ciudades, lo que provocó disputas entre los habitantes de las zonas urbanas y las agrícolas. Se introdujeron avances técnicos en la agricultura, y en la industria se produjo un notable aumento de la producción de hierro. Tampoco quedaron atrás la industria naval y el comercio. Las embarcaciones vascas no sólo navegaban en el Atlántico, también lo hacían en el Mediterráneo.

En el siglo XVI, se vivieron nuevas situaciones: en las ferrerías, se entablaban relaciones sociales atribuibles al sistema capitalista, los ferrones se rebelaban para mejorar sus condiciones laborales; en las ciudades predominaban las organizaciones gremiales, que tenían el monopolio, y en el entorno agrícola, se desarrolló una sociedad de propietarios, con su pequeña propiedad privada y tendencia antifeudal. Durante el transcurso de estos cambios socio-económicos, los potentados perdieron el liderazgo político.


ATANDO BOYA, POR IGNACIO UGARTE

lunes, 11 de julio de 2016

Francisco Andia e lrarrazabal

Conquistador y capitán general de Santiago de Chile



Francisco Andía-Irrarrázabal Martínez y Aguirre, nació en Deva, Guipúzcoa, en 1536. Fue señor de Andia y de Irarrazábal, heredó de su hermano Domenjón los señoríos de las torres solariegas de Andía e Irarrázabal. Fue ordenado caballero de la Orden militar de Santiago.

Durante su juventud, sirvió de paje y de gentil-hombre del príncipe Felipe, future rey Felipe II, a quien acompañó a Inglaterra a su matrimonio con María Tudor. En las Guerra de Flandes sirvió a su costa con sus armas, caballos y criados. 

Francisco Andia pasó a las Indias en 1557 integrados en la Expedición para la conquista de Chile, a las órdenes del adelantado Jerónimo de Alderete y durante el gobierno del virrey García Hurtado de Mendoza. Llevaban armas, caballos y dos soldados a su costa. Estuvo en aquellas tierras más de cuarenta años, tal como refiere Alonso de Ercilla en su poema Araucana. Se encontró en las batallas de Lagunillas y Millarapue.



EXPEDICIÓN DE CONQUISTA DE CHILE


Regresó a España para exigir que se recompensaran sus revicios, por lo que recibió una renta anual de 3000 pesos de las cajas reales y la encomienda de Quillota, que más tarde perdió y fue sustituida por las de Rapel y Pocoa. 

Durante su estancia en Sevilla, casó con Lorenza de Zárate y Recalde, hija de Diego Ortiz de Zarate, contador de la Casa de Contratación, con la cual regresó al Virreinato del Peru en 1563.

Se estableció en Santiago de Chile, en el barrio de La Cañada, con casa frente al Convento de San Francisco. Fue regidor de esta ciudad entre los años 1577 y 1584, y alcalde y tenedor de bienes de difuntos en 1581. En 1584, recibió las mercedes de tierras de Tunquén y Llampaico en la costa central por el gobernador. Fue además caballero de la Orden de Santiago. Murió en Chuquisaca en 1589. 

Su hermano Carlos fue alférez general en Chile.

Uno de sus hijos, Francisco Andia y Zárate, tomó el hábito de la Orden de Santiago en 1605. Fue comendador de Aguilarejo en la provincia de León, veedor general, capitán de caballos y del consejo real de guerra en los estados de Flandes.
 
 
ESCUDO DE ARMAS ANDÍA E IRARRAZABAL

viernes, 8 de julio de 2016

Sitio de Fuenterrabía de 1638


El Sitio de Fuenterrabía es la denominación del asedio que las tropas francesas efectuaron entre junio y septiembre de 1638 a la plaza fortificada de Fuenterrabía, puerto cantábrico guipuzcoano en la desembocadura del río Bidasoa, fronteriza entre España y Francia. Este enfrentamiento está englobado la Guerra franco-española de 1635-1659, al mismo tiempo que en otros territorios del centro de Europa se libraba la Guerra de los Treinta Años entre ambos contendientes y sus aliados.

El cardenal Richelieu envió Ejército francés formado por una caballería de 2.000 jinetes y una infantería de 18.000 soldados, de los cuales 7 u 8.000 serían buenos soldados, el resto milicias inexpertas, entre ellas los 1.000 del contingente de Labourd. Estaba dirigido por el comandante en jefe Enrique II de Borbón-Condé, el príncipe de Condé, un gran político, sin experiencia en asuntos militares.

Este contingente estuvo apoyado por una armada de entre 20 y 30 barcos de guerra que llevaban a 7.000 marineros, al mando del arzobispo de Burdeos, Henri d´Escoubleau de Sourdis. Otros mandos fueron De la Force, Conde de Gramont, Bernard de Nogaret de la Valette d´Epernon, Saint-Simon, y Espenan.

Ambas fuerzas sumaban unos 27.000 sitiadores, de los cuales 11.000 murieron, que asediaron el puerto y ciudad de Fuenterrabía durante más de dos meses, disparando 16.000 proyectiles dentro de la ciudad amurallada. Otros cálculos aseguran que las bajas francesas, entre muertos y heridos, fueron de 4.000, más unos 2.000 prisioneros. Pero no hay datos para las bajas españolas. Además, sitiaron de Irún, Oiarzun, Lezo, Rentería y Pasajes.


SITIO DE FUENTERRABÍA DE 1638
 
 
Las fuerzas defensivas dentro de Fuenterrabía se calculan en unos 1.300 hombres capaces de empuñar las armas entre presidiarios de la guarnición, paisanos de la villa, y vecinos de municipios guipuzcoanos que habían llegado en su apoyo. Al mando estaba su alcalde y jefe de la plaza fortificada Diego Butrón, mientras que el encargado de las fortificaciones era el jesuita y matemático Diego Isasi.
 
Las tropas del ejército de auxilio español se estiman en 15.000 soldados de infantería y 500 de caballería al mando del almirante de Castilla, el comandante en jefe Juan Alfonso Enríquez de Cabrera. Otros mandos fueron Domingo de Egia, Miguel Pérez de Egea que murió el 10 de agosto, el marqués de Mortara; Carlo Andrea Caracciolo marqués de Torrecusa, y el ingeniero maestre de campo Antonio Gandolfo. Además, como refuerzos entraron 160 provinciales el 6 de julio y 150 irlandeses el día 13 del mismo mes.

El sitio duró 69 días desde el 1de julio hasta el 7 de septiembre. Las penalidades sufridas por los sitiados, mujeres, muchachos y soldados, fueron incontables. Se abrieron 2 brechas en las murallas, volaron 7 minas, hubo 9 asaltos. De los 700 hombres con armas, al mes sólo quedaban 300. Un informe oficial habla de que la población fue azotada por 16.000 balas de cañón y 473 bombas de mortero.

En Europa se utilizaron por primera vez los morteros durante este asedio. Estas armas de tiro curvo, lanzaban bombas que explotaban una vez llegadas a su objetivo y causaron grandes estragos. Hasta entonces, los cañones únicamente lanzaban proyectiles que no estallaban, tan sólo destruían por la fuerza de su impacto.



SITIO DE FUENTERRABÍA DE 1638

 
 
Fueron grandes las proezas efectuadas por las tropas y vecinos, que se defendieron con lanzas, cubriendo las brechas abiertas en las murallas por los proyectiles enemigos, anulando el efecto destructor de las minas y contrarrestando los asaltos. Las bombas incendiaron multitud de casas, los víveres escaseaban y las municiones empezaban a agotarse.
 
A finales de julio, a punto de cumplirse el primer mes de asedio, se leyó a los sitiados una carta del almirante de Castilla, informando de que estaba reuniendo un ejército numeroso que acudiría en su defensa. Los de la villa contestaron que se dieran prisa, pues andaban escasos de pólvora, munición y víveres, y no sabían el tiempo que podrían resistir. También se consiguió hacerles llegar una carta del rey Felipe IV, asegurando que estaba orgulloso de su valor, y prometiéndoles perpetuar su memoria y resarcirles de todos los daños.

El 31 de agosto los franceses intentaron el asalto, utilizando escalas que los defensores repelieron lanzando pez ardiendo. En septiembre, la situación se hizo insostenible. Los muros habían caído, y el enemigo superaba el foso, los defensores eran pocos y se hallaban indefensos por falta de plomo.

Los franceses realizaron una oferta de rendición. El alcalde Diego de Butrón ofreció su plata para hacer balas y amenazó con la muerte al que hablase de entregar la plaza: "el primero que averigüe que anda hablando de entregarnos, yo mismo lo he de coser a puñaladas". Pero la respuesta oficial la dio el gobernador de la plaza diciéndoles que intentasen el asalto, que ellos no necesitaban de ayudas forasteras y que Fuenterrabía en sí misma tenía bastante para su defensa. Siguiendo su ejemplo, todos rivalizaron en valor y sacrificios. Dentro de ella sólo quedaron como supervivientes trescientas personas, la mayor parte mujeres y niños. La ciudad estaba virtualmente destruida, pero no se rindió.

Nuevamente se repitieron los asaltos. Como no había brazos suficientes para cerrar las brechas, una cuadrilla de muchachos, con escopetas y mosquetes, defendieron una de las paredes de la fortaleza, subidos sobre piedras, cuando no sobre cadáveres.

Llegó el día 7 de septiembre, día 69 del asedio, víspera de la virgen de Guadalupe, y apareció sobre el monte Jaizkibel el Ejército español de auxilio, comandado por el almirante de Castilla, que, embistiendo con ímpetu a las tropas de Condé, asentadas en lo alto y al lado este del monte, las arrolló y puso en precipitada fuga, desbaratándolas completamente. Al oscurecer entraron en Fuenterrabía y se encaminaron a la parroquia, donde se cantó el Te Deum en acción de gracias.

El almirante de Castilla, en carta a su mujer, describía la batalla empleando estos sencillos términos, que se han hecho célebres:
"Amiga: como no sabes de guerra, te diré que el campo enemigo se dividió en cuatro partes: una huyó, otra matamos, otra prendimos, y la otra se ahogó. Quédate con Dios, que yo me voy a cenar a Fuenterrabía".


Al día siguiente el almirante vistó la ciudad en ruinas, donde ninguna casa quedaba intacta, y muchas estaban hundidas. Los enfermos y heridos se hallaban tendidos en rincones y zaguanes. Sus rostros demacrados componían la estampa de la verdadera magnitud de la tragedia. La falta de munición se hizo acuciante al final del asedio: se había consumido todo el hierro y el plomo de la villa, por lo que se echó mano del peltre que había en las casas, y se llegó a disparar con plata.


SITIO DE FUENTERRABÍA DE 1638
 
La derrota, considerada desastrosa por los franceses, fue atribuida por Henri d´Escoubleau de Sourdis a uno de sus generales, Bernard de La Valette, duque d'Épernon, que se había negado a dirigir un ataque ordenado por él mismo, en la creencia de que no podía tener éxito.
 
Fue una gesta de armas que bien honra a los guipuzcoanos, y en concreto a los naturales de Fuenterrabía. La Corte madrileña de Felipe IV y el pueblo español en general acogieron con alegría esta grata noticia, que fue celebrada con grandes fiestas en todo el reino. La ciudad recibió el título de la "Muy noble, muy leal, muy valerosa y muy siempre fiel".

Se escribieron obras de teatro, romances y versos sobre el suceso, así se manifestó, en la gran difusión que encontraron las Relaciones relativas a este sitio. Una de ellas, compuesta por el mismísimo Calderón de la Barca, hablaba irónicamente de la paliza que habían dado al francés. La defensa de Fuenterrabía era comparada con las de Sagunto y Numancia, para construir un nuevo mito del que la decadente monarquía sentía urgente necesidad.

Incluso el escritor Francisco de Quevedo contó una chanza al respecto:
"Huyeron los hugonotes,
y se dexaron las bragas,
y no las dexaron limpias,
pues descubrieron la caca."


El hecho se celebra todavía todos los días 8 de septiembre con un desfile denominado El Alarde.


SITIO DE FUENTERRABÍA DE 1638


miércoles, 6 de julio de 2016

Pedro de Arbolancha


Oficial del Contador General de la isla La Española y Visitador de Indias a principios del siglo XVI
 
 
 
Natural de Bilbao, Vizcaya, donde nació en 1476. Atraído desde joven por el comercio naviero como buen bilbaíno, fue uno de los primeros traficantes de comercio con el Nuevo Mundo.
 
Se trasladó a Sevilla y desde allí a América en 1501 como oficial del contador general de la isla La Española (Santo Domingo). Llegó a poseer un repartimiento de indios, consiguiendo una fortuna.
 
Tras diez años de participación en exploraciones por Panamá, retornó a España para informar al rey sobre los asuntos de Indias.
 
El Consejo de Indias le envió, en 1513, como representante del mismo al Darién, en Panamá. Su cargo era el de visitador de Indias. Allí encontró a Núñez de Balboa y su expedición coronando el descubrimiento del Océano Pacífico en 1513. Con Balboa surgió una amistad y admiración ante su descubrimiento. Por ello, es el propio Pedro de Arbolancha quien informó con prontitud al rey.
 
A su vuelta a España, Arbolancha entregó cartas, informes, oro, perlas y otros presentes, en la Casa de Contratación de Sevilla y, desde allí, a la Corte del Rey. El bilbaíno, ante el rey, ponderó la gesta de Núñez de Balboa obteniendo para su amigo el título de adelantado de la Mar del Sur que él mismo entregó a Balboa a su regreso a Panamá.
 
 
 

lunes, 4 de julio de 2016

La batalla de Cartagena de Indias, por Francisco Javier Membrillo Becerra




La batalla de Cartagena de Indias
Francisco Javier Membrillo Becerra, 320 páginas, 35 ilustraciones y 18 gráficos a color, 13 tablas con cientos de gráficos, 307 notas a pie explicativas, y una relación nominal de 148 participantes.

En octubre en 1739, con la excusa del incumplimiento de los acuerdos comerciales obtenidos en América por el Tratado de Utrech, Inglaterra declaró la guerra a España y ello le dio la excusa para intentar la conquista de las posesiones españolas en el Nuevo Mundo, sus yacimientos de oro y plata, y a liderar el comercio con dicho continente.

Tres escuadras británicas (con mayor número de navíos, en su conjunto, a la Armada Invencible española que intentó la conquista de las islas Británicas 200 años antes) con un importante contingente terrestre se disponen al asalto, desde las fachadas marítimas atlánticas y pacíficas, a los enclaves españoles americanos.

La Batalla de Cartagena de Indias narra, etiológicamente, el desarrollo secuencial y pormenorizado de los acontecimientos en los que se implicaron los diversos contendientes (españoles, colombianos, británicos, norteamericanos y franceses), desde comienzos del siglo XVIII hasta la batalla principal en que se decidió el futuro del conflicto en la ciudad de Cartagena de Indias durante 1741. Frente a ella se presentaron los británicos, con unos efectivos de entidad similar a los que más de 200 años después Inglaterra desplazó a aquel continente con ocasión de la guerra de las Malvinas contra Argentina, y de los que formaba parte un regimiento de colonos norteamericano que tenía entre sus filas al capitán Lawrence Washington, hermano del primer presidente de EEUU, para enfrentarse a un reducido grupo de 2.700 españoles y colombianos y siete navíos que la defendían , así como muestra en toda su plenitud el fuerte carácter y las diferentes formas de ejercer el Mando de las tropas del virrey de Nueva Granada Sebastián de Eslava, el del tuerto, cojo y manco marino español Blas de Lezo, y el del vicealmirante y a la vez diputado del parlamento inglés Edward Vernon, actores principales de los hechos.

El Archivo General de Indias, la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, ambas en Sevilla, y una numerosa bibliografía que es completada con abundantes ilustraciones, gráficos, datos, notas ampliatorias y una relación de los participantes españoles y británicos más representativos, son la base de la obra y sacan a la luz, con rigor histórico, lo que de verdad precedió y sucedió en la bella ciudad colombiana y que debido, en principio, a una autocensura británica y, posteriormente, a achacar a la fiebre amarilla la exclusividad de lo acontecido, tesis que el autor desmonta en la obra, ha permanecido arrinconada en la Historia de España, Inglaterra, EEUU y Francia, y que solo Colombia y la Armada Española han sabido conserver.

sábado, 2 de julio de 2016

Domenjón González de Andía

Corregidor de Guipúzcoa y consejero de los Reyes Católicos que, en representación de la Hermandad de Guipúzcoa, se enfrentó a los linajes nobiliarios de las Guerras de Banderizos consiguiendo la paz para las villas.

DOMENJÓN GONZÁLEZ DE ANDÍA

 
Domenjón González de Andía nació en Tolosa, en la primera mitad del siglo XV. Sus padres fueron Gonzalo González de Andía y Ayala, señor de la Torre de Andía y vasallo del rey de Castilla y León, y Elvira de Verdelladi. Su linaje posee una casa torre en villa natal: la Torre de Andía.

Estudió leyes en varias universidades de la península. Con posterioridad regresó a Guipúzcoa, donde ejerció como juntero en representación de Tolosa. Sirvió como consejero en Corte de los re reyes castellanos Juan II (1406-1454), Enrique IV (1454-1474) y en la de los Reyes Católicos (1474-1504). Estuvo en Francia al servicio de Juan II, al cual abandonó por disgustarle las intrigas que rodeaban la corte del rey. Fue también comerciante, ejerció numerosos negocios y tuvo muchas propiedades.

González de Andía se convirtió en un importante personaje histórico de la Guipúzcoa del siglo XV, por ser la autoridad que finalmente pudo acabar con las Guerras Banderizas en su provincia y asentar las bases del régimen foral del terriorio hasta el siglo XIX.

Estos enfrentamientos entre señores feudales se habían iniciado en la segunda mitad del siglo XIV por la rivalidad entre los principales linajes guipuzcoanos, llamados Parientes Mayores, agrupados en dos grandes bandos: gaboinos (los del linaje de Gamboa) y oñacinos (los del linaje de Oñaz); y que implicó a los otros dos territorios vascos. Estas cabezas de linaje vieron disminuir su influencia en el territorio por la formación de villas que se encontraban bajo la directa jurisdicción real. Las villas guipuzcoanas decidieron unirse para protegerse mutuamente contra los agresiones y saqueos realizados por los Parientes Mayores. De esta forma, se fundaron, en 1397, las Juntas Generales de Guipúzcoa, como una institución política de representantes de las villas. Estas Juntas provinciales obtuvieron la aprobación del rey Enrique IV, asentando su soberanía real sobre todo el territorio de Guipúzcoa.

Pero, a pesar de los esfuerzos de los junteros provinciales, los sucesivos ataques y venganzas entre linajes nobiliarios se fueron produciendo durante todo el siglo XV, afectando de forma colateral a las villas y al pueblo llano.

En 1457, González de Andía fue elegido por la Junta guipuzcoana para liderar la lucha contra los Parientes Mayores de los dos bandos: desterraron a sus cabecillas, desmocharon sus torres, acabaron con parte de sus privilegios feudales e impusieron la autoridad real. Bajo su dirección, se dio forma a la estructura política del territorio formándose la Hermandad de Guipúzcoa (Provincia de Guipúzcoa) en 1463, y la Diputación de Guipúzcoa. Además dio estabilidad a las Juntas Generales. Ese mismo año participó como intermediario para evitar que el rey castigara a sus vecinos de Tolosa por el asesinato del recaudador de impuestos Jacob Gaón.


DOMENJÓN GONZÁLEZ DE ANDÍA

En 1471, acudió como coronel de una tropa guipuzcoana en auxilio del rey inglés Eduardo IV de la Casa de York en su enfrentamiento con el rey francés Luis XI y Enrique VI de la Casa Lancaster, durante la guerra civil inglesa conocida como Guerra de las Dos Rosas. El servicio que prestaron los guipuzcoanos al rey ingles estuvo probablemente basado en el poderío naval que tenía la flota guipuzcoana, especialmente en el regreso al trono de Eduardo IV de York desde su exilio en Borgoña. Por esta acción, González de Andía fue distinguido como caballero de la Orden de la Jarretera por parte del rey ingles. Además, en 1474 consiguió un convenio de recíprocas indemnizaciones entre Inglaterra y Guipúzcoa, en 1482 un tratado comercial firmado en Londres.

En 1475, el rey Juan II concedió la alcaldía de sacas a la Hermandad de Guipúzcoa, siendo el primero en ejercer ese cargo. También el rey Enrique IV le otorgó privilegio de escribano mayor de Juntas forales.

Los Reyes Católicos le nombraron con posterioridad corregidor de Guipúzcoa, un cargo que había creado unos años antes Alfonso XI. Este cargo servía para desempeñar funciones jurídicas, políticas, gubernativas y administrativas en la provincia, presidiendo las Juntas Generales y controlando la actuación de las autoridades locales. Era por ejemplo el encargado de convocar la Diputación para acudir a las armas en defensa del reino. En 1484, fue contratado por los Católicos para la construcción de unas embarcaciones de guerra para la Conquista de Granada.


DOMENJÓN GONZÁLEZ DE ANDÍA

Debido a su poder en la provincia, a su fidelidad al rey de Castilla y, sobretodo, a haberse enfrentado a los bandos de Oñaz y Gamboa y haberlos derrotados, trayendo la paz para las villas, consiguió ganarse el apoyo del pueblo y el título simbólico de rey de Guipúzcoa  (Gipuzcoako erregea). Unos versos populares de su época relataban su bondad con los débiles y a su determinación contra los agresivos:

                Sagarra eder gezatea,
                gerriyan ere ezpatea,
                Domejon de Andia,
                Gipuzkoako erregia.
                (Bella es la manzana dulce,
                también la espada en la cintura,
                Domejón de Andia,
                rey de Guipúzcoa.)

En 1489, falleció en Zumaya durante el transcurso de las Juntas Generales de Guipúzcoa. En 1866, la ciudad de San Sebastián dedicó la céntrica calle Andía en su recuerdo.