lunes, 29 de febrero de 2016

Adaptación de la geografía diocesana al Estatuto nacional

 
En 1512 Navarra fue conquistada y tres años después incorporada a la Corona de Castilla. Este hecho tuvo consecuencias en la vida religiosa y en la marcha de la diócesis como tal. Incidió en la propia geografía diocesana, en la incardinación de la Iglesia navarra en el seno de la española y en las relaciones con el poder político. A su vez, a lo largo del siglo XVI se pusieron en marcha los diversos intentos de Reforma de la Iglesia. Ambos fenómenos se entrelazaron en la trayectoria de la Iglesia Navarra.
 
La incorporación a Castilla coincidió con el desarrollo de la idea del Estado nacional y la Reforma protestante. Entre los objetivos del primero se encontraba el incremento de la cohesión interna de los súbditos y los territorios que lo componían, para los cual puso en marcha el viejo principio de la adaptación de la organización eclesiástica a las fronteras políticas. La Reforma protestante quebró la unidad religiosa de Europa Occidental y obligó a reformas institucionales destinadas a frenar el avance de las nuevas iglesias y sectas. Ambos fenómenos incidían en los territorios guipuzcoanos (arciprestazgo de Fuenterrabía) y navarros (arziprestazgos de Baztán, Cinco Villas y Santesteban) de la diócesis de Bayona. La dependencia de un obispo francés y el miedo a la expansión del calvinismo hicieron que los monarcas españoles presionaran ante la Santa Sede para incorporarse a la diócesis de Pamplona, cosa que Felipe II llevó a cabo en 1567.

Poco después se reajustaron las provincias eclesiásticas de acuerdo con las nuevas coordenadas políticas. En 1574 Felipe II consiguió que Burgos se convirtiera en sede metropolitana, a la que fueron adscritas las diócesis de Calahorra y Pamplona. Era un ejemplo más de la adaptación de la geografía eclesiástica a la civil. La nueva provincia eclesiástica castellana incorporaba territorios castellanos (como La Rioja o Vascongadas) y el territorio navarro, ensamblado a la corona castellana por vía de pacto.


CATEDRAL DE SANTA MARÍA DE TUDELA


Siguiendo el mismo criterio, Felipe II intentó que los territorios navarros dependientes de Tarazona salieran del ámbito aragonés. Para esto pensó en eregir una diócesis en Tudela (1597), pero la muerte del rey hizo fracasar el proyecto, que quedó paralizado durante dos siglos. El auge económico y demográfico de la ciudad a finales del siglo XVIII, su desarrollo cultural y el incremento de las tensiones entre sus deanes y obispos de Tarazona aconsejaron la creación de la diócesis de Tudela. El rey Carlos III promulgó el oportuno decreto (1782), sancionado luego por una bula del papa Pío VI en 1783. Con todo, la nueva diócesis nació lastrada por su pequeñez, que pronto hizo inviable su subsistencia en total independencia.

Este logro se vio compensado por una mutilación de la diócesis de Pamplona, que sirvió para adecuar las fronteras eclesiásticas y civiles de Navarra y Aragón. Para ampliar la diócesis de Jaca e incrementar sus exiguas rentas, el arciprestazgo de la Valdonsella fue segregado de Pamplona e incorporado a Jaca (1785).

sábado, 27 de febrero de 2016

Concilios ecuménicos bajo-medievales


En el Concilio de Constanza (1414-1417), reunido para acabar con el Cisma de Occidente, los obispos se organizaron por naciones: francesa, inglesa, alemana, italiana, española. Dentro de eta última estaban los aragoneses, catalanes, castellanos, portugueses y navarros. Aunque cada grupo funcionaba según los intereses de su respectivo reino, defendidos por los embajadores laicos que habían enviado sus reyes, es muy sintomática esta agrupación de obispos por naciones. Fruto de esta organización del concilio fue la participación de seis representantes de cada nación en la elección papal, además de los cardenales.

Los seis representantes de la nación española fueron dos castellanos, dos aragoneses, un portugués y un navarro, puesto este último que ocupó Nicolas Duriche, obispo de Dax, que era un francés de Evreux. La elección papal recayó en Martín V (1417). Paradójicamente, además de utilizar a un obispo francés para representar a Navarra, Carlos III premió a un noble castellano que había sido guarda del cónclave: Ferrán Pérez de Ayala, merino mayor de Guipúzcoa.

Esta imbricación de nombres y representantes de los diversos reinos hispánicos refleja las conexiones existentes en la vida religiosa de todos ellos, más allá de la compartimentación diocesana y de las fronteras políticas existentes entre los reinos españoles. Era una imagen de cohesión que anticipaba, en el ámbito religioso, el proceso unitario que iban a emprender a lo largo del siglo XV.


CONCILIO DE CONSTANZA

jueves, 25 de febrero de 2016

Intentos de adecuación de la geografía eclesiástica y política


El control sobre los nombramientos episcopales que ejercían o procuraban ejercer los reyes navarros se combinaba con la protección y exaltación tanto de la sede episcopal como de la catedral de Pamplona. Uno de los terrenos donde se evidenció la acción protectora de la monarquía fue en la geografía eclesiástica. El proyecto de fortalecimiento de la monarquía llevaba implícito el rechazo de cualquier autoridad extranjera que proyectara su jurisdicción sobre el reino. Los monarcas no estaban de acuerdo con los desajustes de los límites diocesanos, que ocasionaban la adscripción de muchos navarros a obispos situados fuera del reino y cuya autoridad espiritual podía ejercerse contra los intereses navarros por presiones de los reyes de Castilla, Aragón y Francia. La complicada situación provocó intentos de reforma de límites y de creación de una provincia eclesiástica navarra, buscando adecuar fronteras eclesiásticas a las civiles. La Santa Sede se mostró cautelosa y, aunque inició algunos proyectos, siempre los detuvo, al comprobar los enfrentamientos o protestas de los reinos afectados, dejando traslucir con esta prudencia que las modificaciones de la organización eclesiástica tenían que intentar disminuir las tensiones políticas, pero no crearlas ni aumentarlas.

Hasta 1318, Pamplona dependió de la sede arzobispal de Tarragona, pero entonces fue adscrita a la nueva provincia eclesiástica de Zaragoza. En 1330 Felipe III de Evreux quiso convertir a Tudela en sede episcopal, asignándole el territorio navarro dependiente de Tarazona, pero la oposición del rey aragonés hizo fracasar el proyecto.

Temporalmente Pamplona fue diócesis exenta (1385-1418), pero Carlos III no logró convertirla en sede arzobispal (1406), de la que dependerían tres obispadosIrache, Tudela y Roncesvalles, que incorporaban los territorios navarros de Calahorra, Tarragona y Bayona. A cambio Calahorra recibiría Guipúzcoa y Tarazona, y Zaragoza se repartirían la Valdonsella. La oposición de los reyes y los obispos afectados hizo fracasar el proyecto. El intento se repitió en torno a 1500, con algunas variantes. Las diócesis sufraganeas se establecerían en Tudela, Roncesvalles y Sangüesa y se intentarían también en la nueva provincia eclesiástica de Pamplona las diócesis de Lescae y Olorón, que abarcaban territorios franceses de la casa de Foix. Se pretendía juntar en una sola provincia eclesiástica los dominios que los monarcas navarros tenían a ambos lados del Pirineo. Este objetivo político despertó aún más oposición que el anterior plan y condujo de nuevo a su fracaso.


IGLESIA DE SANTA MARÍA MAGDALENA DE TUDELA

martes, 23 de febrero de 2016

Aparición de las Órdenes Mendicantes


La aparición de las órdenes mendicantes en los inicios del siglo XVIII renovó el panorama de la vida religiosa, especialmente en los ámbitos urbanos del Occidente de Europa. Navarra no fue ajena al proceso fundacional de los dominicos, uno de cuyos participantes parece originario del reino, a juzgar por su onomástica. Se trata de Juan de Navarra, que formaba parte del grupo de 6 frailes que acompañaron a Santo Domingo de la Guzmán desde la fundación de la orden en 1216.

Los conventos de las nuevas órdenes se multiplicaron con rapidez y pronto fue preciso organizarlos en provincias de ámbito territorial amplio. Los conventos navarros de franciscanos y dominicos se integraron en las respectivas provincias de España que crearon ambas órdenes en 1217 y 1221.

El incremento de conventos aconsejo dividirlas. En 1232 los franciscanos la repartieron en tres provincias (Santiago, Castilla y Aragón). Hasta 1301 los dominicos no crearon la provincia de Aragón, desgajándola de la provincia de Aragón, que abarcaba todos los territorios peninsulares de esta Corona y el reino de Navarra. Así permanecieron hasta el siglo XVI.

Tanto las provincias de España como las de Aragón eran espacios amplios, que favorecían el desplazamiento de los religiosos navarros de estas órdenes, primero por toda la Península y luego solo por los reinos orientales, a la vez que permitían la llegada a Navarra de frailes de estos reinos. En definitiva, aún más que en el ámbito monástico (presidido por el voto de estabilidad), los frailes mendicantes fueron otro elemento de relación y comunicación, en este caso personal y no meramente patrimonial, entre Navarra y otros reinos españoles.


LOCALIZACIÓN DE LAS ÓRDENES MEDICANTES EN LA BAJA EDAD MEDIA

+ Sede Episcoipal
F. Franciscanos
D. Dominicos
A. Agustinos
C. Carmelitas
M. Mercedarios
T. Trinitarios
S. Sancti Spiritus

sábado, 20 de febrero de 2016

Cultura de los monasterios navarros


Las donaciones que los reyes de Navarra hicieron a los monasterios durante la Edad Media muestran el carácter cristiano de la monarquía y del reino, pues el Cristianismo no eran sólo patrimonio de los reyes, sino un estilo de ser también de los nobles, de los señores y en general de las villas y la sociedad medieval.

Los monasterios eran guardianes de la cultura, junto a las sedes episcopales. Custodiaban el saber en sus bibliotecas y en las personas de sus abades y obispos. Y prestaban dirección ideológica a la nobleza, al pueblo y a la corona; una dirección basada principalmente en la defensa de la fe cristiana y su expansión por la Reconquista frente al islam. Una obra que mantenía viva toda Hispania, después de tres siglos de enfrentamiento, en abrazo de lanzada, de influjo y recepción. Y se mantenía gracias a los libros de la Hispania visigoda, y gracias a la memoria colectiva de la España cristiana, con sus concilios de Toledo, su colección canónica Hispana y la obra inolvidable de San Isidoro de Sevilla. Desde los primeros siglos de historia del Reino de Pamplona y del resto de reinos cristianos hispánicos, primaba la idea de Reconquista y, por tanto, las tareas militares, pero el patrimonio de la cristiandad perdida y el deseo de recuperarla movían todo el imaginario colectivo español. De ahí que los monasterios fuesen como el eje orientador de la sociedad.


MONASTERIO SAN MILLÁN DE LA COGOLLA


Durante los reinados de Sancho III Garcés y García III Sánchez destacó el monasterio de San Millán de la Cogolla, que se convirtió en un centro de intereses religiosos, económicos y políticos. La Reja de San Millán es un documento de 1025, procedente del cartulario del monasterio de la Cogolla, y que tiene un enorme valor por la información toponímica que aporta sobre Álava. La reja de hierro, en el siglo XI, era la unidad de medida en el pago de diezmos. El título del documento es De ferro de Álava y en él se contabilizaban las aportaciones de poblados de la llanada alavesa y zonas de la montaña al monasterio de San Millán. Combina topónimos de poblaciones vascas con una expresión muy arcaica como Zornoztaegui, Horivarri, Barrandiz, etc., con nombres romances como Villa Luenga, Forniello, etc.

Así pues, la Reja de San Millán muestra la vinculación de Álava con las ciudades de Nájera y Pamplona desde tiempos de Sancho III Garcés el Mayor, es decir, principios de siglo XI, así como su importancia económica y política. Y es que, durante los siglos de la Reconquista, Iglesia y Estado, política y religión, marcharon conjuntamente.

Además de las funciones pastorales en sus diócesis, los obispos del reino eran consejeros natos del monarca, miembros del Aula Regia (Consejo asesor de nobles), y cercanos colaboradores del rey que firmaban los diplomas regios.


MONASTERIO SAN MILLÁN DE LA COGOLLA

jueves, 18 de febrero de 2016

Iglesia navarra: el soporte jurídico-cultural del Reino de Pamplona


La cristianización inicial del mundo navarro se manifestó en la presencia de un obispo pamplonés en el III Concilio de Toledo del año 589, pero este detalle no impide que sesenta años más tarde el obispo Tajón de Zaragoza presente a los vascones, al servicio del rebelde Froya, "atacando los templos de Dios. Los sagrados altares fueron destruidos. Muchos clérigos fueron despedazados con las espadas y muchos cadáveres fueron dejados sin enterrar para pasto de los perros y las aves", y, en líneas generales, puede admitirse la escasa cristianización de los territorios situados al norte de la línea Vitoria-Leyre.

La inclusión de los alaveses en el Reino de Asturias se tradujo en la existencia de un obispado de Veleya de Álava cuya labor se completaba desde los monasterios de La Rioja y desde el obispado de Valpuesta.

Desde el aspecto político y militar, los núcleos cristianos de Navarra y Aragón se mantuvieron en un difícil equilibrio de influencias entre las dos grandes potencias que las presionaban durante los siglos VIII y IX: al norte el Imperio carolingio y al sur el Emirato omeya. Pero cultural y religiosamente, los territorios pirenaicos se inclinaron hacia una mayor identidad con el mundo cristiano representado por el Imperio carolingio en la zona oriental de Navarra y en Aragón, mientras que Álava se decantó por la cultura mozárabe, procedente de al-Ándalus, o pasado por el tamiz asturiano.

La actividad cultural tuvo un papel principal en la consolidación de la Monarquía navarra gracias al desarrollo de una amplia red de monasterios. La influencia carolingia fue espacialmente visible en la zona próxima a Aragón, donde hubo numerosos monasterios dotados de importantes bibliotecas. En los monasterios situados más al sur de Navarra y La Rioja, los monjes mozárabes efectuaron una amplia labor de conservación de los textos clásicos, muchos de los cuales se habían perdido incluso en la avanzada y cosmopolita Córdoba.

San Eulogio de Córdoba fue el divulgador de estos textos clásicos cuando, forzado por la inestabilidad del Reino franco de Carlos el Calvo, se vio obligado a suspender el viaje que le llevaba hasta el Rin, permaneciendo en Navarra durante el 848. En compañía del obispo de Pamplona, Teodemundo, inició una visita que le llevó por los más importantes monasterios, como eran los de Igal, Urdaspal, Leyre, Cillas y Siresa. Durante su estancia en el monasterio de Leyre, quedó sorprendido por su rica biblioteca y, de regreso a Córdoba, se llevó algunas copias de La ciudad de Dios de San Agustín, la Eneida de Virgilio, las Fábulas de Avieno, los Poemas de Juvenal y de Horacio, opúsculos de Porfirio iluminados, epigramas de Adelelmo, y varios himnos católicos, entre otras obras. Se trataba de una serie de libros carolingios desconocidos por los mozárabes.

Tal vez se deba a un monje de estos monasterios el himno de Leodegundia, hija de Ordoño I, casada con el rey de los pamploneses para ratificar la alianza política establecida entre ambos reinos.


COLEGIATA DE RONCESVALLES


Los monasterios tenían una fuerte impronta en la vida eclesiástica de las zonas donde estaban implantados. En unos momentos en que no existía una estructura plenamente organizada, los abades ocupaban el lugar de los obispos, y los reyes reconocían esta importante labor y les honraban con tierras y privilegios.

Los reyes pamploneses beneficiaron especialmente al monasterio de San Salvador de Leyre, situado en el solar originario de la dinastía Jimena. Pero es un caso aislado dentro de Navarra, ya que la actividad monacal se desplazó hacia el sur, a los nuevos territorios conquistados en La Rioja. El monasterio de San Martín de Albelda fue fundado por Sancho Garcés I y su esposa Toda, en conmemoración de la conquista de la región. San Millán de la Cogolla era un antiguo cenobio visigodo construido de la cueva donde el santo homónimo. Tras su paso a la órbita navarra, la institución se renovó y engrandeció consagrándose un nuevo edifico, el conocido actualmente como San Millán de Suso, en el 954, por García I Sánchez.

La creciente importancia política de la zona, fronteriza con el enemigo musulmán, justificaba la envidiable posición que alcanzaron estos monasterios cuyas labores sobrepasaban las religiosas. Su posición estratégica controlaba los respectivos valles en los que se asentaban, lo que hacía de ellos auténticas fortalezas que los protegían. A su vez, actuaban como agentes de la monarquía, organizando la actividad económica y social mediante políticas de repoblación.

La labor más importante de los monasterios se efectuó en el campo jurídico-religioso. La dinastía Jimena aprovechó las cualidades intelectuales de los monjes para que confeccionaran una serie de manuscritos que fueran un compendio de textos religiosos, jurídicos e históricos en los que se fundamentara la monarquía.


MONASTERIO DE IRANZU


Actualmente, el texto más conocido es el Códice Emilianense de San Millán, escrito en el 992, y que contiene las primeras palabras en romance hispánico. Pero desde el punto de vista histórico es más interesante el Códice Albeldense o Vigilano, confeccionado en el año 976, que posee una completa colección de los cánones de los concilios españoles y de los concilios generales de la Iglesia, las decretales papales desde San Gregorio, y el Fuero Juzgo, el texto legislativo más importante de los visigodos, que fue redactado en el siglo VII y ampliamente utilizado en la Edad Media. Contiene asimismo un compendio de las obras históricas más recientes, como la Crónica Profética y la Crónica Albeldense, además de otras obras más breves pero no por ello menos importantes, como un Calendario, donde aparecen por primera vez en Europa los números hindúes del 1 al 9.

Muy interesante es también el Códice de Roda, de origen najerense, compuesto de textos históricos donde destacan algunos opúsculos muy relevantes para conocer la historia navarra altomedieval, como son el De laude Pampilone, las Genealogías de Roda, la Epístola de Honorio y el Poema de Leodegundia.

Estas obras son absolutamente hispánicas, con contadas huellas de la influencia carolingia tan típica en los monasterios del siglo IX. El Renacimiento cultural patrocinado por la Corte de Aquisgrán cayó cuando se derrumbó el Imperio de Carlomagno. Cada página de estos códices reflejaba la influencia mozárabe, y en menor medida, árabe. La única presencia de un elemento de la cultura vascona se redujo a unas glosas en euskera en el Códice Emilianense. La letra es visigótica, las miniaturas siguen la iconografía cristiana peninsular y los documentos se datan según la era hispánica. El fondo de los textos reafirma lo anterior, cuando se describe que la liturgia es la mozárabe, los cánones nacionales que se recogen por los reyes visigodos y las crónicas abarcan desde Osorio a Alfonso III, pasando por San Isidoro. Las ideas que se transmitieron no fueron diferentes a las que imperaban en la Corte leonesa. Tiene un origen común en las tradiciones tardorromanas y visigodas de influjo cristiano.


MONASTERIO DE FITERO


La labor de la Iglesia fue muy importante en la tarea de cohesionar el reino social y religiosamente, con la evangelización de algunas zonas montañosas que aún mantenían cultos paganos e idólatras. Desde la ciudad al campo, y desde aquí a las montañas, los reyes pamploneses cristianizaron los últimos reductos de su reino. El obispado de Pamplona y el monasterio de Leyre fueron los instrumentos reales utilizados.

A comienzo del nuevo milenio, el Cristianismo estaba asentado en todas las comunidades pirenaicas, aunque continuaron arraigadas firmemente algunas costumbres y supersticiones que, despojadas de sus elementos religiosos, no pudieron eliminarse del acervo cultural de estas gentes.

martes, 16 de febrero de 2016

Superación de las fronteras políticas por el dominio de los grandes monasterios


Las relaciones religiosas de carácter transfronterizo afectaban también a los grandes monasterios, que extendían sus dominios más allá de los límites del reino en el que estaban situados. La obtención de patrimonio marcaba la extensión de la influencia de un monasterio y señalaba la irradiación del culto a sus patronos, capaces de atraer voluntades y concitar donaciones, que eran reflejo de su influencia en las personas y los grupos sociales. Los ejemplos son múltiples.

El monasterio de Leire rebasó ampliamente el ámbito de Navarra. Obtuvo abundantes donaciones en las tierras de Aragón próximas a la frontera con Navarra, como la Canal de Berdún, la Valdonsella y Cinco Villas, pero también en puntos alejados del Somontano de Huesca y la Ribera del Ebro, hasta llegar a Zaragoza. Llegaba a la vertiente norte del Pirineo en tierras francesas, y al Cantábrico en San Sebastián.

Otra área de especial implantación fue la Rioja Alta y Álava, desde donde penetraba la Bureba. El monasterio de Irache desbordaba el territorio navarro, aunque no con especial intensidad, en las zonas próximas de Álava y La Rioja. El monasterio de La Oliva contó con importantes donaciones en las tierras fronterizas de Aragón.

Sin duda alguna la institución eclesiástica de Navarra que mayor proyección alcanzo fuera de las fronteras del reino fue la colegiata de Roncesvalles. Su estratégica situación en el Camino de Santiago y la labor asistencial que desplegó le concitaron adhesiones y donaciones en Francia, Italia e Inglaterra. Dentro de la Península Ibérica sus posesiones se extendían por Aragón, Valencia, La Rioja, Castilla, León, Galicia y Portugal.



MONASTERIO DE SAN SALVADOR DE LEIRE


Las instituciones eclesiásticas navarras se vieron involucradas en el proceso de reconquista y repoblación de Andalucía, como se desprende del repartimiento de Sevilla, donde recibieron importantes donaciones el obispo de Pamplona, la colegiata de Roncesvalles y el monasterio de Iranzu.

A su vez monasterios radicados fuera de Navarra obtuvieron iglesias parroquiales y bienes raíces dentro del reino, de tal forma que abundantes campesinos navarros entregaban sus diezmos a estas instituciones. El monasterio aragonés de San Juan de la Peña agrupo sus posesiones navarras en cinco prioratos, situados desde la cuenca de Lumbier hasta Estella. El monasterio de Montearagón poseyó 16 parroquias en Navarra centradas en los pies de monte de la Zona Media y en las Riberas del Arga y del Aragón. Las organizó en tres prioratos, con sede de Larraga, Ujué y Funes.

Los monasterios riojanos de Albelda y Najera obtuvieron bienes en la merindad de Estella, avanzado en algún caso hasta la Cuenca de Pamplona. El monasterio de San Millán se hizo presente en abundantes localidades de la Ribera de Estella, pero también en la de Tudela y alguna posesión alcanzo la Cuenca de Pamplona.

La vida, las devociones y las relaciones económicas derivadas de la administración de estos patrimonios fluían a uno y otro lado de las fronteras de Navarra. Contribuían a que la vida religiosa de una parte de los navarros se desenvolviera dentro de horizontes más amplios que los diseñados a proyectarse fuera de él, bien porque sentían la presencia de instituciones religiosas foráneas en su ámbito religioso más próximo, el de su propia parroquia.


MONASTERIO DE SANTA MARÍA LA REAL DE IRACHE

domingo, 14 de febrero de 2016

Intercambios de obispos


Tradicionalmente los autores navarros han reparado en los obispos foráneos que han regido la diócesis de Pamplona, circunstancia que se dio en ciertos períodos de la Edad Media y que desde una perspectiva posterior a los hechos, se considera negativa o no se asume con normalidad. Si se repasa la nómina episcopal de Pamplona durante la Edad Media, se pueden señalar los siguientes períodos de obispos extranjeros:

1- en la Reforma Gregoriana (1083-1142): los franceses Pedro de Rodez o de Andouque (1083) y Guillermo (1115) y el aragonés Sancho de Larrosa (1122).

2- la primera parte del reinado de Sancho VII (1194-1220): el castellano García Fernández (1194-1205), y los franceses Espárag de la Barca (1212) y Guillermo de Santonge (1216).

3- dos décadas del último tercio del siglo XIII (1268-1287): el castellano Armingot (1268) y el aragonés Miguel Sánchez de Uncastillo (1277), que sin embargo era originario de los territorios aragoneses de la diócesis.

4- el peso de la monarquía capeta (1310-1356): Arnalt de Puyana (1310), Guillermo Mechin (1317), Raúl Rosselet (1317), Guillermo de Mauconduit (1317), Aranalt de Barbazán (1318), Pedro de Monteruc (1355).

5- la crisis religiosa y política del siglo XV (1458-1462 y 1473-1507): el cardenal italiano Bessarion (1458-1462 y 1473-1507), el castellano Alfonso Carrillo (1473-1491) y los obispos comendatarios italianos Cesar Borgia (1491) y Antonio G. Pallavicini (1492).

Son 170 los de obispos extranjeros que durante cinco siglos, desde el año mil, ocuparon aproximadamente un tercio del tiempo. Las razones de sus designaciones fueron múltiples, desde el deseo de impulsar unas reformas hasta influencias políticas de reinos vecinos o, simplemente, las corruptelas derivadas de la crisis religiosa bajomedieval.

Para trazar una visión completa y equilibrada del asunto es preciso tener en cuenta el reverso de esa realidad, es decir, la presencia de navarros en sedes episcopales españolas, próximas o lejanas, que se produce en las primeras por influencia e irradiación del reino al otro lado de sus fronteras, mientras que en las segundas se debe a voluntades políticas o cuestiones de toda índole:

1- Calahorra, la sede episcopal más próxima a Navarra, recibió bastantes obispos originarios del reino pirenaico durante los siglo XII y XIII: Sancho de Funes (1118-1146) y Rodrigo de Cascante (1146-1190), Aznar López de Cadreita (1238-1263), Juan Almoravid de Elcarte (1287-1299).

2- Osma-Soria, recibió esta sede episcopal a Pedro Ramírez de Piérola antes de convertirse en obispo de Pamplona (1224-1230).

3- Huesca, recibió a Bernart de Folcaut (1362-1364).

4- Otros dos navarros llegaron a las sedes arzobispales: Rodrigo Ximénez de Rada fue arzobispo de Toledo (1209-1248), después de ser obispo de Osma (1208-1209); Juan Almoravid de Elcarte fue arzobispo de Sevilla (1299-1302).

Son en total 160 años de episcopado protagonizado por navarros. Entre sus causas de tales nombramientos se entremezclan su valía personal y su capacitación con el oportunismo político, el deseo de captar voluntades o la intención de premiar fidelidades.

El equilibrio que en la práctica se da entre ambas situaciones tiene que mirarse desde la perspectiva de la progresiva identificación de obispo con sus diocesanos, que es un elemento propicio para el despliegue de su actividad pastoral. A ello proponen los obispos, relegando sus orígenes en beneficio de su misión. Esto es lo que hicieron, por igual, un Rodrigo Ximénez de Rada, que se identificó plenamente con Castilla desde su sede arzobispal de Toledo, o el francés Arnaldo de Barbazán, que se convirtió en un referente de la vida navarra durante casi medio siglo.


ESCULTURAS DE RODRIGO XIMENEZ DE RADA Y ANTONIO DE NEBRIJA

viernes, 12 de febrero de 2016

Territorio diocesiano y territorio político


La misma estructura territorial de las diócesis obligaba a relaciones múltiples a ambos lados de las fronteras. La geografía diocesiana respondía normalmente a viejas divisiones administrativas de época romana y visigoda, que no siempre se identificaban con las cambiantes fronteras de los reinos cristianos. Trataba de acomodarse a ellas, pero de forma serena, dejando que las modificaciones de las fronteras políticas arraigaran antes de adaptar a ellas las eclesiásticas. Y esto no siempre era fácil, puesto que entraban en juego intereses políticos contrapuestos. Teniendo en cuenta estos presupuestos, se entiende que buena parte del territorio navarro, pero no todo él, estuviera incluido en la diócesis de Pamplona, que se desbordaba por tierras castellanas (Guipúzcoa) y aragonesas (Valdonsella y Cinco Villas).

A su vez, territorios navarros estaban incluidos en las diócesis de Bayona (tierras al norte de Velate), de Calahorra (en el suroeste de Navarra, Zúñiga y Amescoa Alta), de Tarazona (la Ribera Tudelana) y de Zaragoza (Cortes).

La incorporación de Ultrapuertos desde finales del siglo XII afectó de nuevo a territorios de Bayona, así como a la diócesis de Dax. Todos estos obispos se convirtieron en miembros de la curia regia, aconsejaron a los soberanos navarros y se hicieron presentes en la vida del reino, máxime cuando a partir del siglo XIII participaron en las reuniones de las Cortes. Sin mengua del carácter preponderante que tenía la autoridad del obispo de Pamplona, la presencia y la actuación de los restantes hacía más compleja y diversa la vida religiosa y política de Navarra.


TERRITORIOS DE LA DIÓCESIS DE PAMPLONA, SIGLO XIII-XV


TERRITORIOS DE LA DIÓCESIS DE PAMPLONA, SIGLO XVI-XVIII

miércoles, 10 de febrero de 2016

Aportación del Reyno de Navarra al Camino de Santiago


El fenómeno de las peregrinaciones jacobeas, que unió los territorios del norte de España a través del Camino de Santiago, todavía subsistente en la actualidad. Esta fue una vía de relaciones religiosas e intercambios culturales y económicos que arraigó profundamente y dio lugar a un espacio común entre territorios hispánicos.

Navarra es una región fundamental en la historia del Camino de Santiago, donde se unen varios itinerarios, siendo dos del Camino francés: uno cruzaba el Pirineo por Roncesvalles y pasaba por Pamplona; el otro llegaba desde el puerto aragonés de Somport y entraba por Sangüesa; confluyen ambos en Puente la Reina y desde allí, por Estella y Los Arcos, se encamina a Logroño y Nájera, tierras pertenecientes al medieval Reino de Pamplona-Nájera. Continúa por Santo Domingo de la Calzada, para pasar entrar a tierras de Castilla. También fueron importantes otras vías: la de Baztán, la de la Barranca, la de Monleón a Roncal y Lumbier, la de Valdorba, la del Val de Aibar y la de la Ribera del Ebro, que se unificaban en el Camino francés en tierras navarras.


ITINERARIOS DEL CAMINO DE SANTIAGO POR NAVARRA


Durante el siglo X las condiciones para el desarrollo de la peregrinación compostelana fueron poco favorables, debido a la inseguridad del Camino y a la concentración de los esfuerzos cristianos en la defensa frente al Califato de Córdoba. Entonces, el Camino atravesaba los Pirineos por Roncesvalles, llegaban a Pamplona y seguía por rutas abruptas y montañosas en el corredor del Val de Araquil dirección Burgos, atravesando el condado leonés de Álava. Otro itinerario seguía la vía romana de la Burunda y otros caminos de Vizcaya y el norte de Burgos.

La paulatina conquista militar favoreció el auge de las peregrinaciones por el territorio riojano y la consiguiente fijación de la ruta terrestre. En el año 923 Sancho Garcés I de Pamplona Ordoño II de León habían reconquistado con toda la Rioja Alta, Viguera y Nájera. Esta última ciudad riojana se convirtió en capital del reino navarro.

Tras la recuperación del tramo viario entre Logroño y Grañón, fue a partir del siglo XI cuando se consolidó plenamente esta ruta de peregrinación, coincidiendo con el crecimiento y la expansión económica que se produjeron en toda Europa. Es precisamente Sancho III el Mayor quien, en el primer tercio de siglo, abrió orientaciones transformadoras de las relaciones exteriores hispánicas y quien fijó el definitivo trazado. El rey pamplonés conoció perfectamente las ventajas y beneficios que el paso de los peregrinos aportaba a las villas y ciudades, por eso quiso que la ruta jacobea atravesara por el centro del territorio de su reino. Trató de reaprovechar la vía romana que llevaba a Libia, vía Herramélluri, desde Varea y Tricio. En tierras castellano-leonesas Alfonso VI, a finales del siglo XI, fue su principal promotor. 

No sólo económicas, también por razones de política territorial y estrategia militar, Sancho III reorientó el Camino hacia el valle del Ebro y los llanos de La Rioja, donde se encuentra Logroño, para seguir hacia Santiago por tierras llanas y fértiles que incitaban al asentamiento de pobladores inmigrantes. La afluencia de francos a la Península fue en aumento desde mediados de dicha centuria hasta finales del XII.


CAMINO FRANCÉS DE LA RUTA JACOBEA


De esta forma el Camino de Santiago se convirtió en eje de ordenación urbana y de organización territorial de Navarra, a la vez que la comunicaba con los restantes reinos cristianos españoles.

También introdujo el arte románico y la aportación cultural de los monjes de la Orden del Cluny, que se extendió luego por toda la ruta jacobea, y cuyo esplendor se prolongó hasta el siglo XVI. Los monjes cluniacenses utilizaron la ruta como elemento de renovación eclesiástica y como vía de penetración de la reforma gregoriana.

La expansión demográfica de los países europeos en el siglo XI y XII tuvo su reflejo en una gran actividad poblacional en Navarra y a través de ella, a lo largo de todo el valle del Ebro. Ello supuso un aporte económico, social y cultural que enriqueció el crisol de culturas que siempre fue el viejo reino, contribuyó de forma notable al desarrollo urbano característico de estos siglos y a una estratificación de la sociedad con la aparición de nuevas clases sociales desvinculadas de los señoríos y que surgían de actividades económicas, comerciales, artesanales e industriales, no conocidas hasta entonces.

Sancho el Mayor y luego sus descendientes, especialmente Sancho VI el Sabio, fomentaron esta formación de núcleos urbanos a los que otorgaron sus respectivas cartas y fueros municipales inspirados en modelos de origen ultrapirenaico, especialmente en el Fuero de Jaca.

Los reyes medievales navarros favorecieron el Camino introduciendo las primeras medidas de protección de peregrinos y promoviendo la construcción de hospitales, monasterios, iglesias y ermitas a lo largo de toda la ruta jacobea que atravesaba el Reyno de Pamplona, en las que maestros y artistas extranjeros imprimieron su sello. Más de un centenar de ciudades y más de un millar de monumentos a lo largo del camino explican el enriquecimiento cultural y artístico que supuso este itinerario.


CAMINO DE SANTIAGO POR EL PIRINEO NAVARRO


Lo mismo que Navarra fue importante para el Camino, éste lo fue para con ella. A lo largo del reino navarro se encuentran vestigios que constatan su importancia histórica, sobre todo, en los magníficos monumentos de la colegiata de Roncesvalles, de la iglesia de Eunate, de la catedral de Pamplona, de la iglesia de Torres del Río, del monasterio de Leyre y del castillo de Javier.

El monasterio de Leyre fue visitada por san Eulogio de Córdoba en 848, y se quedó deleitado con la riqueza de su biblioteca. Es un dato que informa en torno a las vicisitudes de la cultura en esos siglos alto-medievales, a uno y otro lado de la frontera peninsular entre la cristiandad y el islam.

Algunos años después de la muerte de Sancho el Mayor la construcción del puente de Puente la Reina, de magnitudes no conocidas hasta entonces, facilitaba muy cerca de allí el paso del río Arga. En ese punto se unieron los dos ramales del Camino francés que parten de Somport y Roncesvalles. Fue tan grande el aumento del número de caminantes en este puente que fue necesario la creación de esta población.

Los peregrinos también dejaron huella a su paso por el Pirineo navarro, donde se construyó la famosa Colegiata-Hospital de Roncesvalles, de estilo francés  y la capilla del Santi Spiritus para el enterramiento de peregrinos, entre otros edificios.


MONUMENTO A LOS PEREGRINOS EN EL MONTE EL PERDÓN

"Los navarros y los vascos son muy semejantes en cuanto a comida, trajes y lengua... se visten con paños negros y cortos hasta las rodillas solamente, a la manera de los escoceses, y usan un calzado que llaman abarcas... suelen comer todo el alimento mezclado al mismo tiempo en una cazuela, no con cuchara sino con las manos... si los vieras comer, los tomarías por perros o cerdos comiendo. Y si los oyeses hablar, te recordarían al ladrido de los perros."
Con estas palabras describía, a mediados del siglo XII, el clérigo francés del Poitou, Aimerico Picaud, a los primeros españoles que podían encontrar los peregrinos al cruzar el Pirineo para dirigirse a Santiago de Compostela.

A mediados del siglo XI y finales del siglo XII, se inició el trazado de un eje económico en sentido Este-Oeste, desde Roncesvalles hasta Santiago. Este eje tuvo una gran importancia para el desarrollo histórico general del Occidente Medieval, en la Europa de la Segunda Edad Feudal.

Era la época en la que las monarquías comienzan a afirmar su poder frente a los señores feudales. La época del desarrollo del señorío rural, de la repoblación y extensión de los cultivos, de la expansión europea hacia sus confines territoriales, más allá del Elba por el Este, hacia la meseta de la península Ibérica por el Oeste. La época, también, del renacimiento urbano, del comercio y de la industria. Es un período de cambio social y de crecimiento económico incipiente. Pero no sólo hay que hablar de estructuras sociales y económicas. El despegue económico europeo coincide con el periodo de formación de una cultura, de una forma de ser y de pensar propia del hombre medieval.

Por otra parte, la idea de continuidad, de desarrollo de estructuras preexistentes también debe ser tenida en cuenta, por la idea de "revolución económica" y "renacimiento cultural". Todo se inició con un cambio en el equilibrio existente en la cuenca mediterránea.


CASTILLO DE JAVIER


El Occidente Cristiano mejoró su posición en sus relaciones con el Islam, y esto tuvo una importancia especial en la península Ibérica por la caída del Califato de Córdoba. Creció la población, mejoraron las cosechas y aumentó el volumen de los intercambios comerciales. Europa desbordó sus propios límites para salir a la búsqueda de nuevas tierras, de nuevos productos para el comercio y también de monedas y metales precisos de los que estaba falta.

Encontró algo más, entre otras cosas, las ideas que sirvieron de fundamento para la cultura escolástica. En cualquier caso, la Iglesia supo impulsar y encauzar este movimiento expansivo. Siempre estuvo aliado de los poderes políticos que lo promovían, cuando no fue ella misma la que encabezó el proceso. Naturalmente, no fue la institución eclesiástica en su conjunto la que llevó a cabo estos hechos. Fueron sobre todo los nuevos clérigos, como los monjes cluniacenses o los obispos reformadores que impulsaron la reforma gregoriana, los principales responsables de esta política. Ellos fueron los más representativos e importantes en la Iglesia de la época.

Los reinos hispano-cristianos habían mantenido contactos ocasionales con la Europa franca en la época de su formación y desarrollo inicial. Durante el primer tercio del siglo XI, estos contactos se intensificaron de forma extraordinaria.


PUENTE LA REINA


Los monjes cluniacenses introdujeron la reforma benedictina en las abadías de San Juan de la Peña, en Aragón, y Santa María de Leire, en Navarra, con el respaldo de Sancho el Mayor. Al mismo tiempo, en la zona catalana, el abad Oliva favorecía la introducción de la reforma cluniacense en Ripoll, y desde allí irradió a otros puntos de la península. Su discípulo, el obispo de Oviedo Ponce, llevó este movimiento reformador a Palencia y las tierras asturianas. Por otra parte, la situación política peninsular estaba cambiando con la crisis y caída del califato cordobés. Los distintos gobiernos provinciales de la España musulmana y, después, las taifas se vieron forzados a pasar a una situación de vasallaje y dependencia tributaria con respecto a los reyes y señores cristianos del norte, en el marco de lo que podemos denominar como "régimen de parias".

Al mismo tiempo, la hegemonía castellana facilitaba la vinculación y articulación de diferentes espacios regionales hispánicos. Se reforzaron los vínculos entre Castilla y el área pirenaica, por medio de la incorporación de La Rioja el 1076, a la muerte de Sancho IV.

También pudo incluirse Navarra en esta serie de territorios interconectados por el sistema de alianzas políticas de la época. Primero con el vasallaje de Sancho IV a Fernando I tras la batalla de Atapuerca, el año 1054; después por el vasallaje menos estricto, implícito en la idea imperial leonesa expresada por Alfonso VI y Alfonso VII sucesivamente. Y a través de estos territorios comenzaron a fluir las peregrinaciones compostelanas.

Desde Roncesvalles hasta Santiago, clérigos, caballeros y otros peregrinos de condición más modesta, como artesanos y pequeños comerciantes ocasionales recorrían sus caminos y, a veces, decidieron quedarse a vivir en sus pueblos, acogiéndose a la protección de estos monarcas y animados por las posibilidades de enriquecimiento que la España del siglo XI ofrecía.


PRINCIPALES VILLAS Y CIUDADES DE LOS CAMINOS FRANCÉS Y ARAGONÉS

lunes, 8 de febrero de 2016

Reforma gregoriana


En el último tercio del siglo XI la Santa Sede se hizo presente en la vida ordinaria de la Iglesia en España, a la que consideraba un todo común, a pesar de estar repartida entre reinos diferentes. Los Papas pretendieron hacer fluidas sus relaciones con los reinos hispánicos y lograr que su autoridad se extendiera de forma ordinaria. Para ello desde 1064 enviaron legados que les representaban y tenían autoridad en toda la Península.

La influencia del Papado se dejó sentir en cuatro aspectos importantes de la vida religiosa:

1- La unificación de la litúrgica de los reinos hispánicos con el resto de la Iglesia occidental.

Se logró mediante el cambio de rito mozárabe por el rito romano, iniciado en Aragón en 1071 y continuando luego en Navarra (1076) y Castilla (1078).


2- Renovación de los cuadros dirigentes de la Iglesia peninsular.

Supuso el abandono del sistema de obispos-abades de las diócesis y monasterios más importantes de los reinos cristianos peninsulares.

En el Reino de Navarra-Aragón esta tarea la llevó a cabo el abad Frotardo de Thomieres, legado papal desde 1083, que comenzó designando a los franceses Pedro de Andouque en el obispado de Pamplona y Raimundo en la silla abacial de Leire, para más tarde nombrar al obispo de Jaca (1086) y al de Roda (1094). Durante el reinado de Alfonso I el Batallador siguieron produciéndose los nombramientos de franceses para todas las diócesis de su reino: Roda (1104), Pamplona (1115), las recién reconquistadas Zaragoza y Tarazona (1118-1119).

Los nombramientos estuvieron acompañados del reforzamiento de los cabildos catedralicios mediante la implantación de la regla de San Agustín.


ABADÍA DE CLUNY


3- La implantación de la regla benedictina en grandes monasterios.

Siguiendo el modelo de Cluny, afectó a todos los reinos cristianos peninsulares, aunque las soluciones empleadas variaron según los monasterios. Por ejemplo, los monasterios de Nájera y Carrión, en Castilla, fueron incorporados a Cluny.

En cambio, en Sahagún se implantó la observancia de Cluny y se nombró abades franceses (Roberto en 1079 y Bernardo en 1080), pero sin que la abadía leonesa fuera integrada dentro del patrimonio de Cluny. 

En Aragón y Navarra ocurrió algo similar: se nombraron nuevos abades en Leire (Raimundo, 1083) e Irache (Arnaldo, 1099), pero ambos monasterios no se vincularon a Cluny.


4- La donación de numerosas iglesias y bienes a monasterios franceses dentro de los reinos de Aragón y Pamplona.

En tierras navarras fueron beneficiosas de estas donaciones San Saturnino de Toulouse, Santa Fe de Conques, San Ponce de Thomieres, San Martin de Seez o el monasterio de la Selva Mayor de Burdeos.

Con independencia de las medidas concretas y las diferentes soluciones que se aplican en cada sitio y en cada momento, lo cierto es que la Iglesia navarra siguió las mismas pautas que la aragonesa, impulsadas por la política de sus comunes soberanos, y que no diferían sustancialmente de las que se aplicaron en Castilla. Las cuestiones planteadas eran comunes, como también era común el sustrato de todas las iglesias locales de la España cristiana y, consecuentemente, también las decisiones fueron similares.


PAPA GREGORIO VII

sábado, 6 de febrero de 2016

Herencia visigoda del Cristianismo


La presencia del Cristianismo durante el Reino Hispano-visigodo no fue sólo un barniz superficial, sostenido por la fuerza de sus monarcas y sus guarniciones, frente a los cultos paganos tradicionales de los vascones. La etapa visigoda fue una continuación de la expansión de Cristianismo, capaz de adentrarse en amplios estratos de la población rural, más aún si se tiene en cuenta el peso que la fe tuvo en la siguiente etapa de la historia navarra, durante los siglo VIII al X, y el fervor en la defensa de la liturgia visigótico-mozárabe a finales del siglo XI.

Estas ideas sobre la evangelización del mundo rural y la creación del entramado parroquial son defendidas por Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza o R. Jimeno entre otros historiadores.

La aristocracia fundaría, como en el resto de la Hispania, dueñas de las numerosas villas que cubrían el espacio situado desde las cuencas pirenaicas hasta el Ebro, se hizo en su mayoría cristiana a lo largo del siglo IV. Fueron protagonistas de la defensa de los pasos del Pirineo frente a los bárbaros durante dos años, a partir del 406.

Estos poseedores de la fe cristiana extendieron la religión cristiana al resto del pueblo, que los imitaba. A ellos se debe la fundación de iglesias propias en sus latifundios, que se originó en España entre los siglo IV y VII. Edificaban la iglesias, las dotaban económicamente, adoptaban la advocación con las que pasaban a denominarse y extendían la fe entre su clientela.

Con todo, entrado el siglo V, subsistían paganos entre estos propietarios, como lo demuestra el tauribolio de Arellano, de los siglos IV y V, reconvertido en capilla funeraria y por lo tanto cristianizado en época visigoda.


CRUZ VISIGODA


Según explica R. Jimeno en Orígenes del Cristianismo en la tierra de los vascones, sitúa la creación de las iglesias rurales entre los siglos V y VII, de tal forma que el cenit de la sacralización del espacio se produjo en el siglo VIII, resultado de analizar las advocaciones titulares más antiguas de las iglesias de la “Navarra primordial”, donde registra más de un millar de templos.

Agrupando los datos se sintetizan las advocaciones en algunos de las siguientes conclusiones:

1- Las iglesias que están dedicadas a la Virgen suponen casi un 20% (231).

Un culto que se irradió desde la catedral de Pamplona, cuya primera construcción se fija, según los resultados arqueológicos, en los siglos V y VI, a la vez que se dedican en Hispania los primeros templos marianos conocidos. El culto fue creciendo en el siglo VII y tuvo un notable desarrollo a partir de la dominación musulmana.

Las iglesias dedicadas a la Santa Cruz o a Jesucristo añaden un 4,58% más, lo que supone una cuarta parte del total.


2- Las iglesias que aportan santos del círculo evangélico y apostólico suponen un 26, 23% (305).

A San Pedro (92), San Esteban (82), San Juan Bautista (71) y San Andrés (60). Su culto estaba extendido en toda la Iglesia y se difundieron a partir del siglo VI en Hispania.


3- Las iglesias que recogen el legado hispanorromano y visigodo.

Los mártires hispanos suman 88 iglesias, mientras que la principal aportación visigoda es el culto a San Martín, que después de la Virgen es la advocación más extendida con 126 iglesias (un 10,89%).

La monarquía merovingia fue la gran difusora del culto a San Martín, pero contra lo que pudiera suponerse, el culto se fraguó en el siglo V, cuando los visigodos controlaban las Galias y fueron quienes lo trajeron a Hispania, tal y como se acredita por la inclusión de sus fiestas en los calendarios visigodos.

Entre los mártires hispanorromanos destacan San Vicente (23 iglesias), que llega en el siglo VI desde Zaragoza, al mismo tiempo que San Lorenzo (14 iglesias) o Santa Eulalia (13 iglesias), etc. En conjunto son 214 iglesias, un 18,38 del total.


4- Las iglesias dedicadas a San Miguel, aporta 82 iglesias, un 7,09%.

Su culto se implanta en Navarra en el siglo VIII y se concentra sobre todo en el sector occidental de la Navarra primordial, por influencia de Aralar.


5- El resto de las iglesias supone un 23, 72%. Están dedicadas a 57 advocaciones restantes.


CRUCIFIXIÓN, POR JUAN OLIVER, CATEDRAL DE PAMPLONA


De acuerdo con este esquema, el proceso de creación de la red parroquial estaría muy avanzado en el siglo VIII, de tal forma que en los siglos siguientes de la Edad Media tan solo se completaría. DE ser así la importancia de la herencia visigoda hubiera sido muy grande.

Probablemente, el periodo comprendido entre los siglos V y VIII marca el inicio de la creación de la red parroquial, como señala R. Jimeno, y no se completó hasta el siglo XII.

La influencia de los visigodos, a través de sus calendarios y su santoral, fue muy grande en la elección de las advocaciones, aunque la construcción de las iglesias tuviera lugar mucho más tarde.

Otra herencia de la iglesia visigoda fue la legislación canónica, el conjunto de normas conciliares que se reunió en la Colección Canónica Hispana. Estuvo vigente durante buena parte de la Edad Media, especialmente en los siglos altomedievales, y constituyo un elemento cohesionador de la Iglesias locales, las diócesis españolas, en torno a una misma disciplina, con independencia de su pertenencia a uno u otro reino medieval.

La Colección, forjada a lo largo del siglo VII entre Sevilla y Toledo, reunió la legislación precedente (concilios orientales, africanos, galos y españoles), la sueva (Capitula Martini) y la gran aportación de la iglesia visigoda, los cánones de 17 concilios de Toledo, junto con otros coetáneos.

El texto de la Colección se insertó en el Códice Vigilano o Albeldense (976), elaborado en este monasterio riojano, muy unido a las corte de Nájera, en el que reúnen los textos básicos (históricos, literarios y jurídicos) que definen las señales de identidad del naciente reino pamplonés y las raíces jurídicas sobre las que se asienta, que no son otras que la legislación civil y canónica visigoda.

La corte pamplonesa consideraba vigente la Colección Canónica Hispana y que, por tanto la iglesia pamplonesa se sentía parte de la iglesia hispana. La práctica repetición de los contenidos del Albeldense en el Códice Emilianense (992) demuestra que no es una recopilación individual de un monje, sino un acervo de carácter oficial, copiado tanto en Albelda como en San Millán. La elaboración del texto en estos monasterios riojanos refleja la vigencia del derecho eclesiástico visigodo en La Rioja y en todo el reino de Pamplona a finales del siglo X.

Los monarcas pamploneses actuaron en la Iglesia siguiendo pautas propias de la tradición visigoda, en la designación regia acabo siendo de hecho la vía usual de nombramiento de obispos. Tal parece que ocurrió con la consagración de obispos para las sedes de Aragón, Deyo, Calahorra y Tobía, efectuada por el obispo de Pamplona, sin duda a instancia del rey Sancho Garcés I, en torno al 922. Parece también que Sancho III el Mayor se reservó la designación de los obispos-abades de Pamplona y Leire desde el año 1024. La figura de los obispos-abades también existió en Nájera y san Millán o Albelda, en Burgos y Cardeña, y en Aragón y Sasabe.


CATEDRAL DE PAMPLONA

La liturgia es otro terreno donde la herencia visigoda fue manifiesta, puesto que hasta finales del siglo XI en el reino pamplonés estuvo en vigor la liturgia mozárabe o visigoda. Y no de forma superficial u ocasional, sino plenamente enraizada y considerada como un acervo propio, como se demuestra en la defensa que de ella se hizo cuando el papa Alejandro II urgió la implantación del rito romano.

El Reino de Pamplona aporto hombres y textos para demostrar que el rito mozárabe no era herético. Los obispos españoles enviaron a Roma a tres de ellos, un castellano (Jimeno de Oca) y dos pamploneses (Munio de Calahorra y Fortun de Álava). Llevaron tres libros litúrgicos para que fueran examinados, dos de los cuales eran navarros, el Liber ordinum de Irache y el Liber missarum de Santa Gemma (cerca de Estella).

El rito romano se implanto en Navarra en 1076, pero todavía dos décadas más tarde no se había implantado la nueva liturgia en ciertas localidades del valle de Roncal y sus vecinos se resistían a admitir a los clérigos que practicaban el nuevo rito, como ocurrió en Garde (1098) y Navarzato (1102). Pedro I tuvo que intervenir para que aceptaran el cambio: "mandauit ut sicut fuerat factum in lege Toletana, ita et permansisset in lege Romana".

Otro punto de identidad entre todas las diócesis españolas era la escritura visigótica (minúscula o cursiva), con la que se escribían los libros litúrgicos, las obras teológicas o espirituales (entre las que destaca el Comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana, los códices riojanos, etc.), o se redactaban los documentos.

Son muchos los factores que aportan muestras de la raíces visigodas y, en conjunto, pregonan que la Iglesia navarra altomedieval funcionaba como una iglesia local que se sentía ligada a las restantes de España, insertas todas ellas en el trono común forjado en la época visigoda. La Iglesia navarra no solo recibió contenidos de ese acervo común, sino que también contribuyo a su transmisión y defense.