lunes, 7 de noviembre de 2016

La limpieza de sangre como justificación de su nobleza colectiva


A comienzos de la Edad Moderna, había comenzado a correr la sospecha en España por la que los vascos eran judíos y por eso eran fácil ver ya a tantos vascos en actividades propias de judíos como el comercio o la administración, después de haber sido preparado en las casas de mercaderes y burócratas conversos. Se les llamada de forma general vizcaínos, etnónimo que provenía de bizcaínes, dos veces Caínes, porque mataron a Abel y a Cristo. Y cuando fue difícil demostrar su limpieza de sangre en torno a su Cristiandad, resultó mucho más fácil hacerlo por su pureza étnica originaria.

El resto de españoles siempre puso en cuestión el cristianismo de los vascos: dudoso, frágil y tardío. No solo se tenía la certeza de que los pueblos de las montañas habían sido evangelizados después que los de las llanuras, se sabía que el paganismo había sobrevivido en Vascongadas hasta tiempos muy recientes. Además el estereotipo de barbarie y brutalidad iba asociado a la sospecha de paganismo.

Ante tales sospechas judeizantes, el Estatuto de Guipúzcoa de finales del siglo XV implicaba la expulsión de judíos y moros y la exclusión de los conversos. En 1486, las Juntas de Vizcaya decretaron la expulsión de los judíos del Señorío. Se aseguraban así la limpieza de la casta vascongada, que se convertía en paradigma del casticismo cristiano-viejo.


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Para defender su nobleza, los vascongados optaron por una fundamentación mítica, según la cual ellos eran los descendientes de la primitiva población de España que jamás se sometió a invasores extranjeros ni se mezcló con ellos. Su nobleza derivaría por tanto de la antigüedad y pureza de su estirpe, pero para ellos era imprescindible asegura la condición de limpieza de sangre. En tal sentido, las autoridades no podían permitir la llegada a tierras vascongadas de castas no cristianas o de descendientes conversos.

Los territorios vascongados se habían convertido en el único lugar de España donde la nobleza dependía de la limpieza de sangre. Eran aspectos que no tenían nada que ver entre ellas. La nobleza era una categoría de la estructura estamental, mientras que la limpieza de sangre era el grado de pureza ética y castiza.

La fórmula de los vascongados resultaba tan original como incomprensible para muchos españoles, pero es que partía de una interpretación jamás propuesta y destinada a fortalecer la ortodoxia católica. Tras la Reconquista, miles de judíos y moros se convirtieron al Cristianismo, pero siempre se desconfió de ellos y de sus descendientes que, en secreto, podrían practicar su religión ancestral. Para proteger las posibles desviaciones doctrinales, las autoridades católicas optaron por excluir a los cristianos nuevos de determinadas instituciones y congregaciones religiosas y no estar influidos por el criptojudaísmo y el criptoislamismo.

En cambio, para los vascongados, la limpieza de sangre no era una garantía de ortodoxia cristiana, sino de continuidad de una pureza étnica original, es decir, de ausencia de mezcolanza con los distintos pueblos que habían invadido España desde la antigüedad, ya fuesen estos cristianos, judíos, islámicos o paganos. Por eso la limpieza de sangre certificaba su nobleza de origen, porque los vascongados eran nobles, más nobles que cualquier otro grupo de españoles, por representar la continuidad de los primitivos pobladores de España. Más tarde esta nobleza colectiva pasaría a llamarse hidalguía universal.

Pero la behetría no era una figura desconocida en España. En el norte peninsular existían valles y comarcas cuyos habitantes eran todos hidalgos, es decir, hijos de algo o alguien, un algo o lugar que había resistido a la invasión islámica o hijo de ancestros que participaron en hechos de armas contra los moros. La nueva behetría vizcaína abarcaba toda la Vasconia occidental y carecía de una justificación histórica.


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Como en el resto de España la limpieza de sangre se entendía como la cualidad característica de los cristianos viejos, las gentes de letras y del poder del territorio vascongado tuvieron que justificarse mediante el discurso de una mitología fundada a propósito. Una mitología mucho más fácil de defender que su verdadera fe en el Cristo.

Durante los últimos siglos, los vascongados venían enviando a sus hijos como criados a las casa de mercaderes y escribanos de Castilla. La región vasca era pobre y no podía alimentar a todos sus habitantes, más aún con los desastres que estaban produciendo las guerras de banderizos. Por ello, los padres intentaban que sus hijos aprendieran el castellano y algún oficio que desempeñar lejos de su tierra natal, terminando la mayoría de mayordomos, mozos, pajes, y sirvientes en general. Lo que no entendían muchos castellanos es que ahora estos sirvientes que trabajan en sus casas y negocios tengan la condición estamental de nobleza colectiva.

El primero en reaccionar fue el converso Hernando de Pulgar, secretario de la reina Isabel de Castilla, que se quejaba de que las Juntas de Guipúzcoa hayan impuesto en la provincia un estatuto de limpieza de sangre que prohibía el avecindamiento de judíos, de moros y de conversos y descendientes de conversos de ambas religiones: el primero en España, donde, a partir de 1492, proliferaron otros semejantes que vedaron el acceso de los conversos a universidades, corporaciones profesionales y órdenes religiosas. Sin embargo, la prohibición de residencia y avecindamiento solo estaba vigente en las provincias vascas.

Así se quejaba de esta situación Hernando de Pulgar en carta fechada en 1482 y dirigida al cardenal Rodrigo de Mendoza:
"Sabido abra V.S. aquel nuevo estatuto fecho en Guipuzcoa, en que ordenaron que no fuésemos alla a casar, ni morar, como si no estoviera yo en ir a poblar aquella fertilidad de Axarafe y aquella abundancia de canpiña. Así me vala dios, Señor, bien considerado no vi cosa alguna mas de reir para el que conosce la calidad de la tierra y la condicion de la gente: ¿No es de reir que todos o loa mas embien aca sus fijos que nos sirvan y muchos dellos por moços de espuelas y no quieran ser consuegros de los que desean ser servidores? No se yo por cierto, Señor, como esto se pueda proporcionar: desecharnos por parientes y escogernos por señores; ni menos entiendo como se puede compadecer de la una parte prohibir nuestra comunicación, e de la otra fenchir las casa de los mercaderes y escribanos de aca de los fijos de alla y estatuir los padres ordenanças injuriosas contra los que les creian los fijos y les dan oficios e cabdales e dieron a ellos cuando moços. Cuanto yo, Señor, mas dellos vi en casa del relator aprendiendo a escrevir que en casa del Marques Iñigo Lopes aprendiendo a justar. Tambien seguro a Vuestra Señoria que fallen agora mas guipuzes en casa de Ferran Alvarez e de Alonso de Avila, secretarios, que en vuestra casa y del condestable, que sois de su tierra."

En la última década del siglo XVI, la hidalguía universal ya estaba suficientemente blindada y admitida por las chancillerías como una nobleza de origen, avalada por la supervivencia del vascuence, lengua común de la España primitiva, que aseguraba la pureza original del linaje de Túbal en todos los vascongados. De hecho, el recurso de precedencia vascongada constituía uno de los medios más solicitados para obtener la titularidad de hidalguía y de limpieza de sangre por parte de cualquier español tanto en la península como en las Indias.

Durante la Edad Moderna, el igualitarismo vascongado funcionó muy bien fuera de sus tierras como un medio para facilitar el acceso de los vascongados a los cargos públicos, en las instituciones de gobierno, en la Iglesia, el Ejército, la administración colonial, etc. Pero en el interior de Vasconia, la nivelación estamental no había suprimido las diferencias de fortuna y poder entre sus habitantes.
 
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