miércoles, 2 de marzo de 2016

Reforma católica y control político de las estructuras religiosas


Cuando se produjo la conquista e incorporación de Navarra a la Corona de Castilla (1512-1515), la Iglesia navarra estaba en manos de los obispos comendatarios que no residían en ella. Era una imagen más de la crisis disciplinar que sacudía a la Iglesia universal. La reforma de la Iglesia era una necesidad y las soluciones fueron dos, la propuesta luterana o la reforma desde el interior de la propia Iglesia, un movimiento este último que ya se había iniciado en la España de los Reyes Católicos y que ahora era una opción para la Iglesia navarra. Pero no era una opción  simple, puesto que la reforma venía de la mano del control político.

Los reyes de Castilla deseaban controlar la Iglesia de Navarra como instrumento para afianzar su dominio sobre el reino recién conquistado. Como primera medida, en 1523 obtuvieron el derecho de patronato, que les garantizaba el nombramiento de los obispos y el control de la sede episcopal.

El emperador Carlos I lo había pedido con el objetivo de “que no se pongan en ella sino personas muy confidentes y a toda voluntad y conteneamiento nuestro y de nuestos succesores”. Lo otorgó el papa Adriano VI mediante bula Dum inter nostrae mentis (4 de mayo). No lo ejercieron los reyes españoles hasta 1538, pero desde entonces no hicieron dejación de él. Como observador privilegiado de la realidad navarra, el obispo de Pamplona estuvo en condiciones de informar y aconsejar al rey, llegando a asumir, interinamente, el cargo de virrey.


IGLESIA DE SAN PEDRO DE LA RÚA DE ESTELLA


Dentro de las órdenes religiosas el objetivo fue la separación de los monasterios y conventos navarros de las provincias aragonesas y su incorporación y conventos navarros de las provincias castellanas. El resultado fue diverso. Se logró con los franciscanos (1565), carmelitas (1567), dominicos y mercedarios (1568). Los benedictinos de Irache se integraron temporalmente en la Congregación castellana de San Benito de Valladolid (1522). Para los agustinos, unidos a Aragón, se enviaron reformadores castellanos que rigieran los conventos (1568).

El asunto más controvertido fue la reforma de los cisterciences, iniciada por entonces. La resistencia de los abades agramonteses fue grande. Para evitar la integración en la congregación castellana, pretendieron sin éxito crear una congregación propia. Acabaron dentro de la aragonesa (1636), pero consiguieron que sus abades fueran designados únicamente entre los mejores monasterios navarros (1649). Otro tanto ocurrió con los capuchinos, integrados en la provincia de Aragón y luego con la provincia propia de Navarra y Cantabria (1679).