miércoles, 9 de marzo de 2016

Impulso misionero de San Francisco Javier y la Evangelización de América


La expansión del Cristianismo por el Nuevo Mundo que descubrieron los españoles y portugueses a finales del siglo XV fue un objetivo esencial de las respectivas Iglesias de ambos países y constituyó un amplio esfuerzo, que marcó su trayectoria durante siglo, más allá incluso de la etapa colonial de estos territorios, de tal forma que la participación en este proceso es un indicativo del grado de integración de una diócesis en el seno de la Iglesia nacional.

En esta empresa Navarra hizo una aportación señera en la figura de San Francisco Javier (1506-1552), considerado como un modelo de misionero moderno. Por encargo del rey de Portugal predicó en Cristianismo en sus posesiones de Asia, repartidas entre la India e Indonesia, desde Goa, la capital del virreinato, hasta las islas de las Molucas, pasando por las costas indias de Pesquería y Travancor o por Malaca. Su actividad desbordó el marco político portugués y alcanzó el Japón, donde misionó durante dos años. Después de once años de actividad infatigable, murió a las puertas de China. Sus cartas fueron un revulsivo en toda la Europa católica, donde se leían con avidez, al igual que sus milagros, e impulsaron la vocación misionera de muchos hombres durante siglos.

Su canonización en 1622, junto con su compañero jesuita y fundador de la Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, además de Santa Teresa de Jesús, San Isidro Labrador y San Felipe Neri, le convirtió en un modelo de santo para la Reforma Católica, dentro de la cual llegó a ser el referente inexcusable de la actividad misionera, tanto en Oriente como en América, pues su devoción se extendió por todo el mundo católico.

Su actividad misionera en el seno del imperio portugués no fue óbice para que su devoción se popularizara por toda España y su Imperio americano, puesto que su canonización tuvo lugar en la larga etapa de unión de ambas coronas (1580-1640). Además, la Compañía de Jesús se proyectó en la sociedad mediante sus dos primeros santos, San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, que fueron elementos básicos para la difusión de su imagen y su influencia. Las representaciones de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, esculpidas o pintadas, presidían casi todas sus iglesias y colegios, como elementos básicos de un programa iconográfico que desbordó el ámbito de la Compañía y se difundió por templos de toda España e Hispanoamérica, Asia y Europa.


SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SAN FRANCISCO JAVIER


La impronta del santo navarro en el arte español se percibe a través de obras de pintores y escultores de primera magnitud como Zurbarán, Murillo, Goya, Gregorio Fernández o Martínez Montañés, y mediante un sin numero de representaciones de menor rango estético repartidas por todo el país. Su proyección en la literatura española fue amplísima; en torno a su figura surgieron obras de teatro y composiciones poéticas, especialmente en los siglos XVII y XVIII. Calderón de la Barca, Lope de Vega, Guillén de Castro, y otros muchos escritores le incluyeron en sus obras. También sirvió de inspiración para abundantes piezas musicales, especialmente en Hispanoamérica.

La presencia de navarros en la actividad misionera se produjo al unísono de su desarrollo. La falta de estudios sobre su amplitud e incidencia, dificultada por la dispersión de las fuentes, se suple mediante casos concretos, que, a modo de ejemplo, ponen de manifiesto la presencia de navarros en la evangelización de América. Tal es el caso del segundo obispo de Nicaragua, el monje jerónimo fray Francisco de Mendavia (1537-1544), cuyo nombre indica claramente sus raíces navarras.

Entre los jesuitas, se puede recordar a un sobrino del santo, Jerónimo Javier (1549-1617), un Ezpeleta de Beire que predicó en el Imperio del Gran Mongol en el norte de Bolivia y sufrió martirio. En el otro extremo del mundo, a finales del siglo XVI, frailes agustinos anónimos dieron nombres navarros a nuevas poblaciones de Filipinas, como Cárcar o Tudela. Otro caso relevante es el de Tiburcio de Redín, que llegó a ser mariscal de campo en los ejércitos españoles y gobernador general de la armada. Convertido en fraile capuchino, misionó en el Congo y en Venezuela. Precisamente la encomienda de la provincia de Maracaibo a los capuchinos navarros (1749), permite comprobar la intensa actividad que éstos desplegaron y es una muestra de la decidida participación de los navarros en el proceso evangelizador de América, por más que normalmente estuvieran insertos en estructuras más amplias, propias de las respectivas órdenes religiosas o de la organización administrativa o religiosa de estos países.



SAN IGNACIO DE LOYOLA Y SAN FRANCISCO JAVIER


La aportación de navarros es visible también en la jerarquía eclesiástica de los territorios hispanoamericanos y filipinos. En principio sigue los mismos pasos que en la Península: presencia puntual en el siglo XVI, crecimiento en el siglo XVII y abundancia en el siglo XVIII, hasta alcanzar las sedes más importantes de América, como los arzobispados de Méjico, Santo Domingo y Bogotá.

La relación de obispos y arzobispos navarros identificados hasta este momento es ilustrativa del fenómeno, pues la forman más de una docena de personas, cuyo gobierno sobrepasó un siglo y medio hasta la independencia de las colonias americanas:

Francisco de Mendavia, segundo obispo de Nicaragua (1537-1544)

Jerónimo de Corella, obispo de Comayagua, en Honduras (1556-1576)

Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla, en México (1639-1653)

Marcelo López de Azcona y Dicastillo, arzobispo de Méjico (1652-1655)

Antonio Azcona Imberto, obispo de Buenos Aires (1676-1700)

Pedro Tapias García, obispo de Durango, en Méjico (1714-1722)

José Pérez de Lanciego y Eguílaz, arzobispo de Santo Domingo (1726-1745)

Francisco Mendigaña y Armendáriz, arzobispo de Santo Domingo (1726-1729)

Martín de Elizacochea, obispo de Durango (1735-1745) y de Michoacán (1745-1756), ambas en Méjico

Pedro Martín de Oneca, obispo de Puerto Rico (1756-1760)

José Vicente Díaz Bravo, obispo de Durango, en Méjico (1770-1772)

Baltasar Jaime Martínez Compañón, obispo de Trujillo, en Perú (1778-1788) y arzobispo de Bogotá, en Colombia (1788-1797)

Miguel de Pamplona (González de Bassecourt), obispo de Arequipa, en Perú (1781-1792)

Joaquín José Osés de Alsúa y Copacio, obispo de Santiago de Cuba (1792-1823) y arzobispo de la misma ciudad desde 1803.

Juan Ruiz Cabañas, obispo de Nicaragua (1794-1795) y de Guadalajara, en México (1795-1823)

Juan José Pérez del Notario, obispo de Nicaragua (1804-1806)


JUAN DE PALAFOX Y MENDOZA


No obstante, el origen navarro de estos obispos tiene que entenderse en función de su necesaria identificación con las diócesis a las que fueron destinados. El recuerdo de sus raíces, visible con frecuencia en legados hechos a su familia o a sus respectivos lugares de origen, se alterna a veces con giros políticos necesarios en función de la evolución histórica general, como el protagonizado por Juan Ruiz Cabañas, obispo de Guadalajara, inicialmente opuesto a la independencia de Méjico y luego partidaria de ella.