jueves, 18 de febrero de 2016

Iglesia navarra: el soporte jurídico-cultural del Reino de Pamplona


La cristianización inicial del mundo navarro se manifestó en la presencia de un obispo pamplonés en el III Concilio de Toledo del año 589, pero este detalle no impide que sesenta años más tarde el obispo Tajón de Zaragoza presente a los vascones, al servicio del rebelde Froya, "atacando los templos de Dios. Los sagrados altares fueron destruidos. Muchos clérigos fueron despedazados con las espadas y muchos cadáveres fueron dejados sin enterrar para pasto de los perros y las aves", y, en líneas generales, puede admitirse la escasa cristianización de los territorios situados al norte de la línea Vitoria-Leyre.

La inclusión de los alaveses en el Reino de Asturias se tradujo en la existencia de un obispado de Veleya de Álava cuya labor se completaba desde los monasterios de La Rioja y desde el obispado de Valpuesta.

Desde el aspecto político y militar, los núcleos cristianos de Navarra y Aragón se mantuvieron en un difícil equilibrio de influencias entre las dos grandes potencias que las presionaban durante los siglos VIII y IX: al norte el Imperio carolingio y al sur el Emirato omeya. Pero cultural y religiosamente, los territorios pirenaicos se inclinaron hacia una mayor identidad con el mundo cristiano representado por el Imperio carolingio en la zona oriental de Navarra y en Aragón, mientras que Álava se decantó por la cultura mozárabe, procedente de al-Ándalus, o pasado por el tamiz asturiano.

La actividad cultural tuvo un papel principal en la consolidación de la Monarquía navarra gracias al desarrollo de una amplia red de monasterios. La influencia carolingia fue espacialmente visible en la zona próxima a Aragón, donde hubo numerosos monasterios dotados de importantes bibliotecas. En los monasterios situados más al sur de Navarra y La Rioja, los monjes mozárabes efectuaron una amplia labor de conservación de los textos clásicos, muchos de los cuales se habían perdido incluso en la avanzada y cosmopolita Córdoba.

San Eulogio de Córdoba fue el divulgador de estos textos clásicos cuando, forzado por la inestabilidad del Reino franco de Carlos el Calvo, se vio obligado a suspender el viaje que le llevaba hasta el Rin, permaneciendo en Navarra durante el 848. En compañía del obispo de Pamplona, Teodemundo, inició una visita que le llevó por los más importantes monasterios, como eran los de Igal, Urdaspal, Leyre, Cillas y Siresa. Durante su estancia en el monasterio de Leyre, quedó sorprendido por su rica biblioteca y, de regreso a Córdoba, se llevó algunas copias de La ciudad de Dios de San Agustín, la Eneida de Virgilio, las Fábulas de Avieno, los Poemas de Juvenal y de Horacio, opúsculos de Porfirio iluminados, epigramas de Adelelmo, y varios himnos católicos, entre otras obras. Se trataba de una serie de libros carolingios desconocidos por los mozárabes.

Tal vez se deba a un monje de estos monasterios el himno de Leodegundia, hija de Ordoño I, casada con el rey de los pamploneses para ratificar la alianza política establecida entre ambos reinos.


COLEGIATA DE RONCESVALLES


Los monasterios tenían una fuerte impronta en la vida eclesiástica de las zonas donde estaban implantados. En unos momentos en que no existía una estructura plenamente organizada, los abades ocupaban el lugar de los obispos, y los reyes reconocían esta importante labor y les honraban con tierras y privilegios.

Los reyes pamploneses beneficiaron especialmente al monasterio de San Salvador de Leyre, situado en el solar originario de la dinastía Jimena. Pero es un caso aislado dentro de Navarra, ya que la actividad monacal se desplazó hacia el sur, a los nuevos territorios conquistados en La Rioja. El monasterio de San Martín de Albelda fue fundado por Sancho Garcés I y su esposa Toda, en conmemoración de la conquista de la región. San Millán de la Cogolla era un antiguo cenobio visigodo construido de la cueva donde el santo homónimo. Tras su paso a la órbita navarra, la institución se renovó y engrandeció consagrándose un nuevo edifico, el conocido actualmente como San Millán de Suso, en el 954, por García I Sánchez.

La creciente importancia política de la zona, fronteriza con el enemigo musulmán, justificaba la envidiable posición que alcanzaron estos monasterios cuyas labores sobrepasaban las religiosas. Su posición estratégica controlaba los respectivos valles en los que se asentaban, lo que hacía de ellos auténticas fortalezas que los protegían. A su vez, actuaban como agentes de la monarquía, organizando la actividad económica y social mediante políticas de repoblación.

La labor más importante de los monasterios se efectuó en el campo jurídico-religioso. La dinastía Jimena aprovechó las cualidades intelectuales de los monjes para que confeccionaran una serie de manuscritos que fueran un compendio de textos religiosos, jurídicos e históricos en los que se fundamentara la monarquía.


MONASTERIO DE IRANZU


Actualmente, el texto más conocido es el Códice Emilianense de San Millán, escrito en el 992, y que contiene las primeras palabras en romance hispánico. Pero desde el punto de vista histórico es más interesante el Códice Albeldense o Vigilano, confeccionado en el año 976, que posee una completa colección de los cánones de los concilios españoles y de los concilios generales de la Iglesia, las decretales papales desde San Gregorio, y el Fuero Juzgo, el texto legislativo más importante de los visigodos, que fue redactado en el siglo VII y ampliamente utilizado en la Edad Media. Contiene asimismo un compendio de las obras históricas más recientes, como la Crónica Profética y la Crónica Albeldense, además de otras obras más breves pero no por ello menos importantes, como un Calendario, donde aparecen por primera vez en Europa los números hindúes del 1 al 9.

Muy interesante es también el Códice de Roda, de origen najerense, compuesto de textos históricos donde destacan algunos opúsculos muy relevantes para conocer la historia navarra altomedieval, como son el De laude Pampilone, las Genealogías de Roda, la Epístola de Honorio y el Poema de Leodegundia.

Estas obras son absolutamente hispánicas, con contadas huellas de la influencia carolingia tan típica en los monasterios del siglo IX. El Renacimiento cultural patrocinado por la Corte de Aquisgrán cayó cuando se derrumbó el Imperio de Carlomagno. Cada página de estos códices reflejaba la influencia mozárabe, y en menor medida, árabe. La única presencia de un elemento de la cultura vascona se redujo a unas glosas en euskera en el Códice Emilianense. La letra es visigótica, las miniaturas siguen la iconografía cristiana peninsular y los documentos se datan según la era hispánica. El fondo de los textos reafirma lo anterior, cuando se describe que la liturgia es la mozárabe, los cánones nacionales que se recogen por los reyes visigodos y las crónicas abarcan desde Osorio a Alfonso III, pasando por San Isidoro. Las ideas que se transmitieron no fueron diferentes a las que imperaban en la Corte leonesa. Tiene un origen común en las tradiciones tardorromanas y visigodas de influjo cristiano.


MONASTERIO DE FITERO


La labor de la Iglesia fue muy importante en la tarea de cohesionar el reino social y religiosamente, con la evangelización de algunas zonas montañosas que aún mantenían cultos paganos e idólatras. Desde la ciudad al campo, y desde aquí a las montañas, los reyes pamploneses cristianizaron los últimos reductos de su reino. El obispado de Pamplona y el monasterio de Leyre fueron los instrumentos reales utilizados.

A comienzo del nuevo milenio, el Cristianismo estaba asentado en todas las comunidades pirenaicas, aunque continuaron arraigadas firmemente algunas costumbres y supersticiones que, despojadas de sus elementos religiosos, no pudieron eliminarse del acervo cultural de estas gentes.