martes, 29 de septiembre de 2015

Torre de Larrazaga

La Torre de Lazarraga, también llamada Caserío El Bolo, está situada en Larrea, en el municipio de Barrundia (Álava). Larrea se encuentra en el valle de Barrundia, paso de Zalduendo a Ozaeta, con dos accesos a Guipúzcoa, por Oñate y Aránzazu, que atravesaban la sierra de Urquilla.

Defendiendo estos pasos se situó en Larrea la casa de Lazarraga, procedente de Oñate y afín a los Guevara. Los Guevara, señores de Oñate y después condes, contaron con linajes adictos afincados en los caminos principales entre la llanada Alavesa, donde se asentaba su casa y castillo de Guevara, y las tierras guipuzcoanas de Oñate.

En la salida de la localidad hacia el norte, camino de Oñate, se encuentra la torre de Lazarraga. Su ubicación junto a un pequeño regato da una imagen de fortaleza a su alzado este, sirviendo el río como foso de protección por ese lado.


La torre original era un rectángulo de aproximadamente siete por nueve metros, sin embargo fue ampliada, según se aprecia en el alzado este. En el mismo alzado se destacan dos pequeñas ventanas de arco conopial, compuestos por un único sillar que se apea sobre piedras bien labradas.

En la fachada norte se aprecia un hueco de algo menos de un metro de ancho con arco muy rebajado y dos puntas en su parte alta. Probablemente este hueco fueran dos ventanas gemelas que han perdido el mainel. Esta parte de la torre pudiera fecharse en el siglo XV avanzado.

Según tradiciones con pocos visos de realidad, recogidas por don Juan Pérez de Lazarraga el Cronista de la Casa, la torre de Larrea había sido fundada en el siglo IX por Íñigo Arista. Tras varias vicisitudes la torre es comprada por Pedro Pérez de Lazarraga y doña Teresa de Berganzos, fortificándola y reedificándola.

A la vez que se reconstruyó la torre, se rehabilitó y reforzó el palacio que limitaba con ella llamado "Quitapechos".

Sin embargo, el edificio que ha llegado a nuestros días, y que se encuentra adosado a la torre primitiva, presenta una fachada del siglo XVI o comienzos del XVII, seguramente como añadido de una crujía más del palacio inicial. Consta este adosado de un cuerpo de menor fondo, que es el que se une a la torre, construido en mampostería. Simétricamente se sitúa otro cuerpo de fondo similar a la torre, quedando un conjunto que, en planta, forma una U. En esta ampliación de mampostería se encuentran varias ventanas conopiales.



Por delante del adosado de mampostería se edificó un nuevo cuerpo de madera, ladrillo en espina de pez y porche con columnas de piedra. Este frente forma la fachada principal, orientada al sur, el cual proporciona un variado juego de entrantes y salientes. Contrasta la solidez de la torre, de mampostería, con la ligereza de la galería, de ladrillo.

La cubierta de los distintos cuerpos edificatorios manifiesta las dos partes principales, la torre a cuatro aguas y, más bajo, el tejado del palacio que se une al de la galería.

El palacio consta, en la fachada principal, de dos alturas y la torre de tres.

La vista posterior, norte, confunde la percepción del edificio, dando una imagen de pabellón bajo y alargado adosado a una pequeña torre. En esta fachada, la parte correspondiente al palacio, consta de una única planta.

Interiormente quedan pocos elementos de interés, destacando una pequeña parte del barandado de la escalera. Lo más destacable y característico de este ejemplo de arquitectura doméstica alavesa es el entramado y la socarreña de la fachada principal, que recuerda, según Caro Baroja, a algunos modelos de la arquitectura popular montañesa.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Origen de la etnia de los vascones


No es del todo comprobable científicamente que el territorio de Euskalerría haya estado poblado desde el Paleolítico Inferior (600.000-60.000 años a.C.). No se conservan restos humanos aunque sí piezas líticas talladas y fósiles de grandes mamíferos. Se trata un supuesto hombre de Nearderthal que vivía en chozas o al aire libre, y que durante la glaciación del Paleolítico Medio (60.000-35.000 años a.C.) se refugió en las cuevas de la sierra de Urbasa y en las llanuras de Treviño y del río Zadorra. Estos datos sintetizan la tipología del antepasado vascón que más se aproxima al hombre moderno, donde no existen diferencias con respecto a los demás pueblos del norte peninsular en el Paleolítico Superior (40.000-8.500 años a.C.), desde las costas gallegas hasta el Pirineo.
Según el pionero de las investigaciones prehistóricas de Euskalerría, José Miguel de Barandiarán, se puede concluir que ni por su densidad de población, ni por razones de evolución interna es verificable la existencia durante el Paleolítico de un tipo de lengua protoeuskera o raza protovasca.

Tampoco se puede demostrar la subsistencia de un grupo étnico que posibilitara una evolución posterior del tipo vasco moderno, aunque si dejara un legado antropológico y cultural.
Sin embargo, una nueva especie surgirá entre los homínidos, el homo sapiens sapiens (a la que pertenece la humanidad actual), cuya manifestación europea recibe la denominación de hombre de Cromagnon y que sustituirá al Neanderthal europeo a partir del Paleolítico Superior. Se trata de un hombre de transición con el cambio climático del Mesolítico (8.500-5.500 años a.C.). El tiempo menos frío y más húmedo del final de la última glaciación y el avance del actual clima provocaron importantes transformaciones de la cubierta vegetal y la fauna. La sustitución de especies animales genera el desarrollo de nuevas técnicas y utensilios de caza, basadas en puntas de flechas de forma geométrica, raspadores, bastones, buriles, etc. y pintaba con óxido en las paredes de las cuevas, todo a base de piedra tallada y hueso. Se amplían los recursos alimenticios procedentes de los bosques de hoja caediza y de estuarios y marismas costeras. Practicaban la trashumancia pero no hay navegación. Se vestía con pieles y recogían moluscos de las rocas. Su territorio no sufre invasiones, pero si continuos contactos con pueblos vecinos.

Las investigaciones de Barandiarán determinan que:
“el tipo vasco de Cromagnon es relativamente reciente. No se sabe a ciencia cierta cuando está en esta tierra el vasco de hoy. Nosotros pensamos que tendrá unos 7.000 años como mucho; los rastros que ha dejado el hombre de Cromagnon en el País Vasco, son los mismos que dejó en otras partes del sudoeste europeo. No encontramos restos de él hasta fines del Paleolítico Superior... pero todavía no es vasco”.

Montenegro Duque considera que hace unos 8.000 años a.C., Álava estaba despoblada y no más de mil habitantes en estado semisalvaje vivían en el resto del territorio vasco y navarro, llegando como mucho a los cinco mil en el periodo del hombre de Cromagnon (homo sapiens sapiens) y de los dólmenes, por el 7.000 a.C. Se trata de un hombre de la Edad de Piedra, que practica el pastoreo elemental, fabrica utensilios en piedra tallada, cree en deidades relacionadas con las montañas, las cuevas y los fenómenos atmosféricos, caza en grupos por ojeo y cuece con brasas, tal y como hacían los demás pueblos y tribus cantábrico-pirenaicos, no hubo diferencias con el resto.

Ente mínimo número de habitantes, aisladas y de cultura primitiva no estuvo capacitado para crear una lengua común a todos. La idea de una lengua euskera o proto-euskera es posible a partir de los tiempos de la Edad de los Metales durante la transformación de la civilización dolménica. Esta teoría es valorada por prehistoriadores y antropólogos como Caro Baroja, Basabe e Ignacio Barandiarán.


MONEDAS ROMANAS ACUÑADAS EN TERRITORIO DE LOS BARSCUNES


El Neolítico (5.500-3.000 años a.C.) aparece mediante una serie de cambios en los medios y usos de vida del hombre prehistórico que habita los actuales territorios de Euskalherria, considerándose esta como una delimitación geográfica muy difusa. La Revolución Neolítica se basó en el cambio de la piedra tallada a la pulimentada, la práctica de la agricultura, la cría de animales domésticos, la reagrupación de chozas familiares formando pequeños poblados y la aparición de la cultura de dólmenes. Aparecen los primeros utensilios de metal en convivencia con los de piedra, basadas en hachas y azuelas de piedra pulimentada para el trabajo de la madera e instrumentos para el aprovechamiento de recursos vegetales: hojas de sílex que servían para la siega y molinos de mano. También aparecen las primeras cerámicas, vasos cardiales y vasos decorados con incisiones, inventos de origen mediterráneo.

Durante el Neolítico, las tierras vascas fueron territorios accesibles a las relaciones con otros pueblos y lugares de paso. Mediante estos contactos humanos y relaciones culturales adquiridos con otros pueblos peninsulares, se genera una cultura más avanzada, aparece una nueva economía, con nuevos utensilios de trabajo y grupos humanos mixtos surgidos mediante el cruce étnico y cultural. Este progreso no fue fruto de una evolución interior de las gentes de las cuevas cántabro-pirenaicas. Nunca existió un aislamiento de los vascones, ni como etnia ni como territorio, ni existió una pureza étnica y cultural durante el Mesolítico y el Paleolítico. Esta conclusión está comprobada por prehistoriadores de la talla de Caro Baroja, Pericot, Maluquer, Martín Almagro, Camón Aznar, José Antonio Vaca de Osma, etc.

Aun así, es posible que reducidos grupos humanos originarios de la cultura magdaleniense del Paleolítico acentuaran sus características antropológicas, posiblemente vascoides, y pudiera establecerse un sustrato en la población vascona y hablasen un reducido y originario lenguaje básico del euskera, el cual se fue nutriendo de aportaciones extranjeras. Esta otra aportación es a la que llegó Montenegro Duque.

Las tierras alavesas se convirtieron en puente entre las cuencas del Duero y el Ebro con las tierras de Vizcaya, Guipúzcoa y el Pirineo navarro. Se pueblan la llanura alavesa y la ribera navarra, donde los dólmenes son de mayor tamaño y número que los de la costa y la montaña. Precisamente, el más grande de los dólmenes es el alavés de Aizkomendi. Son mayoría los dólmenes de cámara simple (con una sola estancia principal, de planta cuadrada o poligonal); otros son los de corredor, con una cámara precedida por un corredor o pasillo, y las galerías cubiertas. La época de la llamada cultura pastoril dolménica se desarrolló entre los años 3.000 y 2.000 a.C.

Hacia el año 2.000 a.C. llega al sistema cántabro-pirenaico una revolución cultural y económica procedente del sur que modifica los hábitos de vida, sus usos y costumbres. Supone el tránsito del tallado y pulimentado de la piedra o Edad de Piedra al trabajo de los metales o Edad de los Metales (3.000-0 años a.C.). Se incluyen en este periodo, las edades del cobre, del bronce y del hierro.

Por el oeste, estas nuevas corrientes se desplazan desde la tierra lusitana, siguiendo la franja costera del mar Cantábrico y remontando el río Duero arriba, a través de Bardulia y Álava. Por el este, desde la costa levantina por los Pirineos orientales y el valle del río Ebro, penetrando en la Rioja, Álava y la ribera navarra.

Las nuevas corrientes culturales explotaron por primera vez los ricos yacimientos cupríferos del territorio vasco: Vilarreal, Axpe, Baigorri, Sant Juan de Pied de Port, Arrazola, Amezketa, etc. Y esta primitiva industria metalífera enraizó en los habitantes del Pirineo navarro, emparentados con pobladores paleolíticos cántabro-pirenaicos, hasta convertirse en una costumbre y tradición perdurable a través de los tiempos, como aseguran Barandiarán, Caro Baroja y Pericot. Entre estas costumbres relacionadas con el trabajo del metal y del dolmen producen se encuentran el culto al hacha, las danzas del plenilunio, el sepulcro a lado de los templos megalíticos, la utilización de talismanes, etc.

Se producen cambios en el rito funerario, la costumbre neolítica de inhumar los cadáveres en el suelo de cuevas se va sustituyendo, desde fines del Neolítico, por depósitos colectivos en galerías interiores de cuevas y, sobre todo, en dólmenes, donde los muertos se ordenan en el interior de las cámaras funerarias adornados con colgantes de hueso y piedra, y acompañados de vasijas (cerámica campaniforme), armas y otros utensilios.

Por otra parte, esta costumbre del Pirineo navarro no quedó arraigada en la población de Álava y de la Navarra meridional de origen mayoritario mediterráneo e indoeuropeo, por lo que se generó una gran diferencia étnica y cultural entre las gentes del sur y del norte de Navarra.

En el resto del actual País Vasco, las gentes de la cultura dolménica formaron grupos uniformes, que quedaron reducidos ante la llegada de los várdulos, caristios y autrigones. Estas tribus celtas tenían raigambre indoeuropea y procedían del centro de Europa, a través de Oeaso (Irún) y Orreaga (Roncesvalles). Las migraciones indoeuropeas que se sucedieron hacia 1.500 a.C., en plena Edad de Bronce (2.000-1.000 a.C.), supusieron, por un lado, el asentamiento de las poblaciones, sobre todo en la Ribera y la Navarra Media; por otro lado, el desarrollo de la agricultura, el manejo de armas y utensilios de metal y las nuevas concepciones sobre la vida. Entre estas herramientas, armas y utensilios domésticos de cobre y bronce abundaban los punzones, puñales, puntas de flecha, varios tipos de hacha, pulseras, anillos, cuentas de collar, etc.


TERRITORIO DE LOS VASCONES


Durante la Edad del Bronce, surgen con mayor frecuencia las reuniones de cabañas al aire libre, formando pequeños poblados y sustituyendo a las cuevas del Paleolítico y Mesolítico, como el hogar del habitante vascón. Este proceso iniciado en el Neolítico se consolida en la Edad de los Metales, la aparición de fondos de cabañas y talleres de industrias líticas. Las cabañas se agrupan y dotan de elementos comunes, como pozos, silos o murallas.

Desde la Edad del Hierro hasta el inicio de la romanización, se generalizaron en el sudoeste de Europa innovaciones culturales de origen foráneo como técnicas y decoraciones de la cerámica y de los objetos metálicos, construcciones, ritos funerarios, onomástica y toponimia, creencias religiosas y simbología artística. En ellas se reconocen varias vías de influencia sobre las gentes que entonces poblaban el País Vasco: la cultura de Las Cogotas de la Meseta, los pueblos célticos del otro lado del Pirineo y otros grupos de Aragón y Cataluña. Son campesinos que viven de la agricultura y de la ganadería de vacuno, ovino y porcino.

Las casas se organizan en manzanas y calles; algunos poblados tienen muros, dispuestos a veces en alineaciones concéntricas separadas por fosos. Hay casas de planta rectangular y cubierta a una o dos vertientes y otras de planta circular y cubierta en forma de cono. Su construcción es muy cuidada, con un podio de cimentación sobre el que se levantan paredes de piedra o adobe trabadas con pies de madera y, muchas veces, manteadas de barro, estando dotadas de bancos, hogares, silos y hornos, recipientes mayores para conservar el agua y el grano, cerámica varia de cocina, pesas de telar, molinos de mano y morillos forman parte de su mobiliario. Componen el efectivo de uso personal de aquellas gentes: pulseras, fíbulas, broches de cinturón y botones de cobre o bronce, cajitas cerámicas y vasijas de lujo, algunos idolillos y muñecos de barro y varias joyas.

En la Edad del Hierro se practica de forma generalizada la incineración de cadáveres, conservándose las cenizas en urnas cerámicas que se depositaban en un pequeño recinto de losas o bajo túmulos de tierra. Las tumbas de incineración se agrupaban en campos de urnas no lejos de los grandes poblados.
Tras la llegada de los romanos, los historiadores y cronistas describen con acierto y rigurosidad de detalles los pueblos y tribus que habitan la península Ibérica. El historiador romano Plinio el Viejo describió en su Geografía de esta manera a los vascones:
"Todos estos pueblos que en los montes habitaban, eran gente que comía poco, son sobrios, no beben más que agua, duermen en el suelo. Comen mucha carne de cabrones, los sacrifican a Marte y también prisioneros y caballos... Los montañeses se alimentan en dos épocas del año de bellotas, secándolas, moliéndolas, y haciendo pan con esta harina; las conservan largo tiempo. A veces beben una especie de cerveza (sidra) porque la tierra escasea en vino, y cuando se proveen de el, lo consumen las fiestas familiares. A falta de aceite comen grasa y la manteca de las vacas. Tienen sal purpúrea, que molida se convierte en blanca. Cultivaban el mijo y el lino. Las mujeres labran los campos, y cuando paren, hacen acostar a los maridos y ellas les sirven.

Comen sentados sobre bancos construidos a lo largo de las paredes donde se alinean según el rango y la edad, haciendo circular de uno a uno los alimentos. Utilizan recipientes de madera para comer, y vasos de cera como los celtas para beber. Mientras se sirve la bebida, bailan al son de la gaita y flauta, y saltan cayendo sobre sus piernas dobladas.

Llevaban el cabello crecido y largo como las mujeres, y al combatir se cubren con mitras la cabeza.
Los hombres van vestidos de negro, con sayos, y las mujeres gastan ropas coloridas con adornos de flores. Se calzaban "abarcas".

Organizan certámenes gimnásticos, ejercitándose en el manejo de las armas, en montar a caballo, en el pugilato y en la carrera y en los combates de escuadrones. No tenían más que barcas de cuero hasta los tiempos de Bruto para las inundaciones por las mareas (esteros) y para las lagunas, pero ahora emplean troncos de árbol a modo de canoas.

Su moneda consiste en pequeñas láminas o planchas de plata, que se servían de ello para sus transacciones mercantiles, como numerario, aunque practican también el trueque. Ofrecen al dios Ares sacrificios de animales y también de cautivos. Los criminales son precipitados desde lo alto de una roca, los parricidas son lapidados fuera del territorio de su tribu o de sus ríos. Se casan a la manera de los griegos. Los enfermos son expuestos al público, como los egipcios, a fin de tomar consejo de los que hayan sanado de semejante accidente.

Tenían reputación de augures, de adivinos y adoraban la luna durante la noche. Imitan a las fieras, no tan sólo por la fortaleza, sino también por su fiereza y crueldad. En la guerra cantábrica, algunas madres mataron a sus hijos para que no cayesen en poder de sus enemigos. Y un niño, habiendo cogido un puñal, dio muerte, por mandato de su padre, a éste, a su madre y a todos sus hermanos prisioneros; y esto mismo ejecutó una mujer con otros cautivos y consigo misma. Uno, habiendo sido llevado a la taberna, se arrojó él mismo a la hoguera...

Este es el modo de vivir de aquellos montañeses que terminan al lado septentrional de España: de los gallegos, digo, asturianos y cántabros, hasta los vascones y Montes Pirineos, pues todos viven de un mismo modo. Pero la inhumanidad y fiereza de costumbres, no tanto les proviene de la guerra como de tener morada alejadas de otros, porque los viajes hacia ellos son largos por tierra y por mar. Con lo cual ha sucedido que, no comerciando, han perdido la sociedad y la humanidad.

Bien que hoy ya padecen menos ese defecto por causa de la paz y por los viajes que los romanos hacen hacia ellos. Aquellos a quienes toca menos parte de esto son más intratables y más inhumanos: vicio que no es mucho que suceda, añadiéndose a algunos la incomodidad de vivir en lugares muy montuosos. Pero ya, como dije, todas las guerras se acabaron. Porque César Augusto sujeto a los Cántabros, que son los que hoy ejercitan más los pillajes, y también a sus vecinos; y los que antes talaban los campos de los aliados romanos, ahora llevan las armas en defensa de los mismos romanos, como los Coniacos y los que moran junto a las fuentes de donde tiene su origen el río Ebro, exceptuando los Tuisos. Y Tiberio, que sucedió a Augusto, habiendo puesto en aquellos lugares tres cohortes, las cuales Augusto había destinado para eso, no sólo los apaciguó, sino que alguno de ellos los hizo tratables..."

viernes, 25 de septiembre de 2015

Andrés de Urdaneta y la Monarquía hispánica


Difícilmente puede encontrase en la historia de la Humanidad un ejemplo de tenacidad como el demostrado por España en la empresa del Pacífico. Una y otra vez se habían enviado a las islas Molucas y al Oriente desde España o desde las posesiones americanas, y una y otra vez el clima y las corrientes habían impedido el retorno por el océano Pacífico. Los García Jofre de Loaísa, González de Espinosa, Saavedra, Villalobos, Bernardo de la Torre, Íñigo Ortiz de Retes, etc., figuraban en esa nómina amarga de fracasos, y todo hacía suponer que el tornaviaje no era posible.

Y, sin embargo, Felipe II deseaba controlar el flanco del Pacífico para proteger los dominios españoles de América en su vertiente occidental, esa costa cuya fragilidad había demostrado Francis Drake con su ataque asolador sobre los puertos de la fachada pacífica sudamericana. A través del inmenso Pacífico podían llegar otras potencias y apoderarse del Imperio español.



 
La voluntad política de la Monarquía hispánica de controlar el mundo conocido y por descubrir partía ya desde 1480, año en el que los Reyes Católicos formalizaron con el Reino de Portugal el Tratado de Alcaçovas-Toledo. Este fue el primero de una serie de acuerdos (por ejemplo, las bulas papales Eximiae Devotionis y la Dudum Siquidem) cuyo objetivo es la repartición del mundo entre Castilla y Portugal, quedando definitivamente resuelto en 1494 con el Tratado de Tordesillas. En él se fijaba una línea de demarcación 370 leguas al oeste de Cabo Verde, reservando el hemisferio este para Portugal y el oeste para Castilla, que sólo puede tocar la demarcación portuguesa para el acceso a la suya.

La búsqueda de la Especería propició el impulso de las travesías de Portugal y Castilla para lograr encontrar un acceso directo por mar a los puntos de tráfico comercial situados en el sur de Asia. Apoyados de la labor de Enrique el Navegante y la Escuela náutica de Chigrés, a finales del siglo XV los portugueses ya habían logrado alcanzar Calicur bajo las órdenes de Vasco de Gama, e incluso más allá, las islas Molucas al mando de Antonio de Abreu. Mientras tanto, Castilla emprendía varias expediciones para encontrar un paso entre América y Asia a través de una ruta distinta.

Pese a que las primeras terminasen en un verdadero fiasco, fue la expedición que emprendió inicialmente Magallanes en 1519, finalizando Elcano en 1522, la que consiguió completar la primera vuelta al mundo de la historia y, por tanto, llegar a las islas Molucas con éxito. Una de las naves de esta expedición, la Trinidad, mandada por Gonzalo Gómez de Espinosa fue la primera en intentar llegar a la costa oeste de América desde Asia cuyo resultado fue infructuoso. La nave Trinidad partió desde la isla de Tirode y concluyó con el regreso al punto de partida.


MARIS PACIFICI (1589) POR ORTELIUS

 
Igual suerte habían corrido el segundo y el tercer intentos, ambos realizados desde Tirode por la nave Florida, de la expedición de Álvaro de Saavedra. En 1528 la nave volvió al mismo lugar de partida, y en 1529 fue a parar a la isla de Gilolo (Hawai), donde el comandante de la expedición encontró la muerte. Los vientos y corrientes contrarias y las tormentas impidieron alcanzar el objetivo americano, regresando a Tidore.

El 22 de abril de 1528, Carlos V vendió a Portugal sus pretendidos derechos sobre las Molucas y las Filipinas. Varios años más tarde, los pocos castellanos que allí quedaban y conocieron la noticia negociaron con los portugueses su retorno.

Quince años después, la expedición dirigida por
 Ruy López de Villalobos lo intentó otras dos veces, igualmente sin éxito, con la nave San Juan. La primera vez, al mando de Bernardo de la Torre, partió en 1544 de la isla de Sarangani, en las Filipinas, y la segunda vez, mandada por el alavés Íñigo Ortiz de Retes, zarpó de la isla de Tirode en 1545.

Cuarenta años más tarde, los intentos sexto y séptimo se verán coronados por el éxito. Una primera nave, el patache
 San Lucas, mandado por Alonso de Arellano y separado de la expedición de Legazpi en el viaje de ida, emprendió por su cuenta la ruta de regreso desde la isla filipina de Mindanao en 22 de abril de 1565 y llegó a Acapulco el 17 de julio, completando así la primera travesía del Pacífico en dirección oeste-este. No obstante, su conducta insolidaria, las escasas indicaciones náuticas legadas y la valoración de su empeño más como fruto de un afortunado azar que de una acción deliberada han menoscabado el mérito de la empresa en favor de la realizada por Andrés de Urdaneta.

Tras llegar la expedición de Miguel López de Legazpi a Cebú en Filipinas, era necesario establecer la
 ruta de vuelta o viaje de retorno hasta América: el Tornoviaje. Andrés de Urdaneta zarpó al frente de la nave San Pedro, junto al nieto de Legazpi, el capitán Felipe de Salcedo, desde San Miguel (Filipinas) el 1 de junio de 1565 y llegó a Acapulco (México) el 8 de octubre del mismo año.


 
EXPEDICIONES ESPAÑOLAS POR EL OCÉANO PACÍFICO EN EL SIGLO XVI

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Domingo de Ossoro y Landaverde

Almirante General de Cantabria, destacado en la defensa de Fuenterrabía de 1638





Natural de Deva, comenzó a servir a Felipe III en la Real Armada, en 1638, hallábase de Gobernador de la Plaza de Urrugne.

Fue nombrado sargento mayor de Fuenterrabía cuando el ejército francés del príncipe de Condé invadió la ciudad el mismo año de 1638.

Se distinguió en su defensa de Fuenterrabía por su heroico valor y su destreza en el manejo de las armas, especialmente en sus combates con el hijo del presidente de Burdeos, con el coronel que sustituyó a este en el mando de la columna asaltante y con Guebres a quienes mató causando con esto la desbandada huida de las fuerzas que iban bajo sus órdenes.

En premio de sus servicios, Felipe IV le concedió el mando de una compañía de caballos corazas.

Más tarde fue nombrado maestre de campo y gobernador de San Sebastián, cargo que encajaba mejor en sus aficiones por su relación con el mar y que desempeñó durante muchos años.

En 1654 fue nombrado almirante general de Cantabria.


FORTIFICACIONES DE FUENTERRABÍA EN 1638

sábado, 19 de septiembre de 2015

Tomás de Larraspuru y Carlos de Ibarra en la Armada de Guardia de la Carrera de Indias


El sistema de flotas de la Carrera de Indias Occidentales que la Monarquía hispánica había estado desarrollando durante gran parte del siglo XVI y los inicios del XVII funcionó perfectamente hasta que en 1620 expiró la tregua firmada con Holanda. La Compañía de las Islas Occidentales holandesas (WIC) se creó con la intención de conquistar territorios del Imperio español ricos en sal y azúcar y, sobre todo, capturar una flota del tesoro. Durante los primeros años de la década de los 20, los problemas vinieron de los elementos más que de los holandeses. La Armada de la Guardia de 1621 del marino vascongado Tomás de Larraspuru llegó con la plata sin problemas, pero las de 1622 de Cadereyta y de 1623 del donostiarra Antonio de Oquendo y Zandategui perdieron varios buques por las tormentas, teniendo que invernar en Cuba, y llegando al año siguiente con parte del tesoro.

Durante los años siguientes aumentó la presión de los holandeses, pero las Armadas de la Guardia de 1624, 1625 y 1626, a las órdenes de Tarraspuru o Cadereyta, pudieron llevar la plata sin problemas. No obstante, en 1627, la flota de 13 galeones que comandaba Larraspuru tuvo que esquivar una flota de 34 naves del almirante holandés Boudewijn Hendricks, y luego otra de 13 barcos de Piet Heyn. Los huracanes sorprendieron a Larraspuru en agosto en las islas Bermudas, de modo que Heyn pudo capturar el Galeón de Honduras que había quedado atrás con 300.000 ducados, aunque Larraspuru pudo llegar a salvo a España. Los holandeses estaban rozando el éxito, que consiguieron al año siguiente.


FLOTA DE LA CARRERA DE INDIAS


En mayo de 1628, zarpó Larraspuru de nuevo desde Cádiz al mando de la Armada de la Guardia, formada por 8 galeones y 3 pataches, escoltando a la Flota de Tierra Firme hasta Cartagena de Indias sin incidencias. De nuevo, pasó a liderar la Armada de la Guardia en 1630, haciendo el viaje en un solo año y en pleno invierno sin perder un solo barco tras esquivar a tres escuadras holandesas de la WIC, navegando por una ruta atípica entre Cicos y Mayaguana, al sur de las Bahamas.

La Armada de 1631, de nuevo bajo poder de Larraspuru, hubo de invernar en La Habana debido a las temperaturas, esquivando a otra flota de la WIC y llegando en 1632, con unas pérdidas de 3,5 millones de ducados. Fue el último viaje de Larraspuru, que falleció al poco tiempo, el que privó a la Real Armada española del más habilidoso comandante de la Carrera de Indias junto con Carlos Ibarra.

En 1632-33 y en 1633-34 se envió de nuevo a la Armada del Mar Océano al Caribe, la primera al mando de Oquendo con 20 naves y 4.100 soldados, y la segunda al de Cadereyta con 55 navíos, volviendo ambas flotas con la plata, aunque la segunda de ellas perdió hasta 14 barcos por las tempestades.

Con tal despliegue, la flota de Jan Janszoon van Hoorn no se atrevió con ellos. En 1634, se volvió a enviar la Flota de la Guardia al mando de Oquendo, con el objetivo de llegar a Cádiz el mismo año, pero la presencia de barcos holandeses en la zona y una serie de tempestades le forzaron a invernar y regresar al año siguiente.


ARMADA DE LA GUARDIA DE LA CARRERA DE INDIAS


En 1635, Francia declaró la guerra a España. A partir de entonces, la Armada del Mar Océano debería dedicarse a cubrir el frente del norte de Europa, ya que el transporte de dinero y tropas a Flandes se había convertido en una odisea. Se intentó que la Armada de la Guardia hiciera de nuevo el viaje de ida y vuelta durante el mismo año, algo que consiguió Carlos de Ibarra al regresar con la plata en diciembre esquivando una escuadra del holandés de la WIC Cornelisz "Patapalo" Jol. Tal hazaña fue repetida por Ibarra en 1636 y 1637, escapando de las flotas corsarias de los almirantes holandeses Jol y de Aert Gronnewegen respectivamente.

Al año siguiente, Carlos Ibarra zarpó al mando de la Armada de la Guardia. Tras pasar Cartagena de Indias y embarcar la plata del Perú, en agosto, partió hacia La Habana con 7 galeones escoltando a 5 mercantes y 3 fragatas ligeras que formaban la Flota de Tierra Firme. Cornelisz Jol venía de Brasil con una flota de 24 naves para intentar interceptar por cuarta vez a la flota del tesoro. A la altura de las Bahamas un huracán le sorprendió, y varios de sus barcos acabaron varando en Cuba, por lo que el gobernador de la isla dio aviso a las flotas para que no salieran. la Flota de Nueva España, con 1,2 millones de ducados en 6 barcos, bajo mando de Orbea, decidió quedarse en puerto, pero el aviso no llegó a Ibarra. Este llegó el 30 de agosto a la altura de Pan de cabañas encontrándose con el almirante Jol, que navegaba 17 barcos por barlovento, frente a los 7 españoles, que además iban cargados de plata y debían escoltar a otras 8 naves. Ante esta amenaza, Ibarra se dedicó a combatir, situando sus galeones en primera línea cerca de la costa para proteger el resto de las naves, y ordenando abrir fuego. Jol atacó con 4 de sus barcos a la nave capitana de Ibarra, intentando abordarla. Su mástil de proa, lleno de soldados, quedó sobre la cubierta del galeón de Ibarra, pero antes de que pudieran saltar éste realizó una descarga de fusilería y cañones que barrió a los barcos de Jol, forzándoles a retirarse con muchas bajas. Los tres barcos holandeses que atacaron la embarcación almiranta de Ursúa sufrieron la misma suerte.

Al final del encuentro, los holandeses tuvieron 200 bajas frente a 72 hispanas, incluido el propio Ibarra, que agarró un granada enemiga para intentar arrojarla por la borda, pero le estalló en las manos. Sin embargo, Jol no cedió, y volvió al ataque el 13 de septiembre, esta vez con sólo 13 buques. Decidió mantener la distancia y cañonear a Ibarra. El galeón Carmen quedó separado de la línea española pero Ibarra acudió al rescate y lo trajo de vuelta. Una vez juntos, descagó la plata del Carmen y lo mandó reparar a Bahía Honda. Carecía de municiones suficiente para repeler un tercer asalto.

El día 5, Jol fue reforzado hasta contar de nuevo con 24 naves, e Ibarra ordenó dar la vuelta e invernar en Veracruz. Sin embargo, la escuadra de Jol estaba tan dañada, que su tripulación se negó a atacar por tercera vez, e Ibarra pudo llegar sin problemas. Allí pasó el invierno, y finalmente regresó a España junto con la Flota de Nueva España en julio.

Ibarra, herido y enfermo, fue enviado sin descanso al Mediterráneo, falleciendo por agotamiento el último gran comandante de la Carrera de Indias.
 
 
COMBATE DE CABAÑAS ENTRE ESPAÑOLES Y HOLANDESES

jueves, 17 de septiembre de 2015

Batalla de Beotibar y la frontera de malhechores

Durante los siglos XVI y XV, a la frontera entre Navarra y Guipúzcoa se la llamó con el expresivo nombre de “frontera de malhechores”, y que Navarra todavía seguía aspirando, desde su pérdida en 1.200, a la posesión de los territorios vascos, desarrollándose en ella auténticas batallas campales entre navarros y guipuzcoanos.

A los guipuzcoanos de esta frontera se les llama “castellanos” en los documentos de la época, además de malhechores. Estaban mucho más interesados en la prosperidad de Castilla que en la de Navarra, pues constantemente robaban el ganado de esta última. En estas reyertas, nunca hicieron causa común con los otros dos territorios de Álava y Vizcaya.

Como hito principal de estas luchas, aunque medio legendario, está el de la batalla de Beotíbar que tuvo lugar el 19 de septiembre de 1321 en el guipuzcoano valle de Beotíbar, cercano a Berastegui.

BERÁSTEGUI VISTO DESDE GOROSMENDI


La lucha de Beotibar, como todas las que se venían sucediendo en la frontera navarro-guipuzcoana, fue una consecuencia de la desmembración del Reino de Navarra y la vinculación de las Provincias de Guipúzcoa y Álava más el Señorío de Vizcaya al Reino de Castilla.

Desde los castillos fronterizos de Lekunberri y Gorriti los navarros dirigían expediciones de saqueo hacia la comarca de Tolosa. Los guipuzcoanos se protegían sobre todo en Berastegi. Según la versión de Moret: "consta de cierto que este año (1321), por la parte de Guipúzcoa se arrimaron tropas y hubo movimiento de armas en aquella frontera, entrando en los fines de Navarra con hostilidad rompida de robos".

El detonante de la batalla fue la toma y destrucción del castillo de Gorriti  por parte de los guipuzcoanos, alegando que les había pertenecido con anterioridad. Como respuesta, el gobernador del reino y vizconde de Anay, el francés Ponce de Morentayna, desde Pamplona, dirigió una incursión formada por un nutrido ejército de 6.000 infantes entre franceses, navarros y gascones hacia la región de Tolosa. Para entonces, el Reino de Navarra estaba vinculado a la Monarquía francesa. La vanguardia del ejército estaba encabezada por los merios de las Montañas, Juan López de Urroz, y de Tierra Estella, el francés Dru de Saint Pol.

ESCUDO MUNICIPAL DE BERÁSTEGUI


Según Moret la entrada a Guipúzcoa se hizo por San Miguel especificando que fue tomada la villa de Berástegui. Y, efectivamente, según también escribió Campión, el ejército fraco-navarro siguió avanzando hasta las cercanías de Tolosa hasta llegar al valle de Beotibar donde destruyeron el pueblo de Berástegui y saquearon sus campos.

Mientras tanto, los guipuzcoanos formaron rápidamente un pequeño ejército de 800 hombres, procedentes de Tolosa y pueblos bajo su jurisdicción, principalmente, al mando de Gil López de Oñaz, señor de la casa de Larrea y líder del bando nobiliario de los oñacinos.

Cuando los invasores se acercaban al valle del Oria, los guipuzcoanos se apresuraron a tomar posiciones en las montañas del desfiladero de Beotibar, y al paso de la vanguardia enemiga, dejaron rodar grandes cubas llenas de piedras, que previamente habían subido desmontadas, sembrando el caos y el desconcierto en el ejército navarro-francés que emprendió la huida de forma desordenada mientras los guipuzcoanos les seguían causándoles gran cantidad de bajas, entre ellas las de algunos hombres principales de Navarra. Según Garibay habría sido hecho prisionero Martín de Aybar, alférez del Pendón Real.

Supuestamente, los guipuzcoanos emboscaron a los navarros de forma humillante. Pero esta victoria no fue tan abultada como dieron a conocer el cronista Zaldibia, Alonso Onceno, Ochoa Álvarez de Isasaga y otros que llegaron a estimar hasta en 70.000 los combatientes navarros y en 800 los guipuzcoanos.

Años más tarde, Lope García de Lazcano, natural de Lazcano, acaudillaba a los guipuzcoanos para organizar una defensa contra la entrada que hizo en Navarra, en 1334.

Sin embargo, es de constatar cómo historiadores vascos tan reputados como Nicolás de Soraluce censuraron tales ajustes de cuentas, lamentando que no se emplearan estas energías en la empresa común de la Reconquista contra los musulmanes. Los documentos de este periodo se extienden hasta la década de 1350, con la curiosidad de que en uno de ellos se recomienda a los navarros que el ganado que tienen situado en la frontera de Castilla, es decir de Guipúzcoa, lo metan dentro del Reino de Navarra para evitar más robos y saqueos de los guipuzcoanos.

Desde entonces, cada 24 de junio se celebra en la villa Tolosa el Alarde de Beotibar, día de San Juan Bautista, patrón municipal, en conmemoración a la batalla de Beotibar y todas las demás. En dicha fiesta se realiza la bordon dantza o baile de bordones o alabardas.

ESCOPETEROS DE TOLOSA EN EL ALARDE DE BEOTIBAR

martes, 15 de septiembre de 2015

Castillo de Santa Cruz de la Mota

Sobre el monte Urgull fue levantada una fortificación constituida por una plataforma principal con forma de polígono irregular de 9 lados cuyos accesos se resuelven por medio de dos puertas (norte y este) y de un portillo con sus respectivas escaleras de acceso.

La plataforma está rodeada en todo su perímetro por un parapeto en el que se apoya una banqueta (o grada a la que se subían los defensores para disparar por encima de él). Tanto uno como otra son interrumpidos por una veintena de cañoneras, conservándose actualmente dos de las tres garitas que tuvo. También se encuentra pegada al parapeto norte la pequeña capilla del Santo Cristo de la Mota.



Castillo de Santa Cruz de la Mota. Vista aérea. En primer termino el revellín y el acceso norte. Al fondo, a la izquierda, el acceso oriental. En el centro, el 'Macho' sobre el que se levanta la estatua del Sagrado Corazón de Jesús



Monte Urgull. Fotografía aérea actual.



Castillo de Santa Cruz de la Mota. Acceso oriental visto desde la plataforma superior del Macho. Puede apreciarse una garita de vigilancia y un campanil.



Puente y base de garita del acceso Este al castillo de la Mota


En el centro de esta plataforma se yergue el "Macho", fortificación de origen medieval enmascarada por diversas reformas realizadas en los siglos XVI y XVII. En su interior alberga dos estancias abovedadas utilizadas en el siglo XIX como calabozos. Sobre ellas se encontraban las dependencias del gobernador del castillo y de sus oficiales, así como una plataforma semicircular para artillería y un aljibe (depósito que recoge el agua de lluvia). Este último nivel aparece actualmente modificado por la habilitación de capillas y por la instalación de una monumental imagen del Sagrado Corazón de Jesús (1950).

En la plataforma principal, adherido al Macho, se levanta un cuartel de dos plantas (s. XVIII) formado por dos naves perpendiculares de distinta longitud que en su confluencia forman una pequeña plaza de armas donde se abre el brocal del aljibe inferior.


Plantas del Castillo de Santa Cruz de la Mota en 1850.
O) Plataforma principal.
A) Planta primera.
B) Planta Segunda

1-Capilla del Santo Cristo de la Mota;
2-Escalera norte de acceso al castillo;
3-Cantina;
4-Garita arruinada;
5-Roca natural;
6-Alojamiento subterráneo;
7-Garita;
8-Escalera principal;
9-Cocina;
10-Cuerpo de guardia;
11-Cuartel de Artillería (primera planta);
12-Cuartel de Infantería (primera planta);
13-Aljibe inferior;
14-Escusados;
15-Banqueta;
16-Garita;
17-Parapeto;
18-Cañonera;
19-Cuarto de sargentos;
20-Oficial de guardia;
21-Pabellón del Gobernador;
22-Ordenanzas;
23-Vigía;
24-Pabellón de oficiales;
25-Aljibe superior;
26-Asta de la bandera;
27-Plataforma artillera del Macho;
28-Dependencias de los ayudantes del Gobernador;
29-Cocina;
30-Calabozo;
31-Escalera plataforma artillera-calabozo;
32-Roca Natural;
33-Cuartel de Artillería (2ª planta):
34-Cuartel de Infantería (2ª planta).





Principales obras de fortificación en el monte Urgull.1-Batería de Bardocas;
2-Almacén de Bardocas;
3-Cementerio de los Ingleses;
4-Galería de tiro;
5-Batería del Mirador;
6-Plataforma del Sarmiento;
7-Cuerpo de Guardia;
8-Batería Baja del Príncipe (o del Gobernador);
9-Batería Alta del Príncipe (o del Gobernador);
10-Batería de San Gabriel;
11-Castillo de la Mota;
12-Revellín;
13-Plataforma del Suroeste;
14-Batería de Napoleón;
15-Almacén de Pólvora de Santiago;
16-Cuartel a prueba de Santiago;
17-Batería de la Reina (o de Santiago);
18-Batería Alta de Santa Clara;
19-Almacén de pólvora arruinado;
20-Batería de las Damas;
21-Batería Baja de Santa Clara;
22-Fuente de Bardocas;
23-Muralla de Spanocchi.


El resto de las fortificaciones existentes en el monte Urgull consisten en diversos edificios, murallas (de Villaturiel y de Spanocchi) y baterías diseminadas por sus laderas, que fueron construidas en diferentes épocas y artilladas, desartilladas, abandonadas o rehabilitadas según las necesidades militares de cada momento.



Bóveda del Castillo de la Mota. En el s. XIX sirvió de calabozo.


Maqueta de la fortificación alta (Monte Urgull) y baja de Donostia-San Sebastián, representando también la brecha abierta por las tropas anglo-portuguesas en 1813.

En la base del castillo de la Mota propiamente dicho fueron levantadas las baterías del Príncipe (o del Gobernador), de la Reina (o de Santiago), de Napoleón y la plataforma del Suroeste; el polvorín y el cuartel de Santiago (este último actualmente en ruinas). Otras están emplazadas en cotas inferiores: baterías del Mirador, Alta y Baja de Santa Clara, de las Damas, de Santa Teresa, de Bardocas, la plataforma del Sarmiento; la Galería de tiro, el Almacén y el Polvorín de Bardocas (derruido), etc.



Batería Alta de Santa Clara, frente a la isla de la que toma su denominación.



Acceso a las fortificaciones del monte Urgull bajo la batería del Mirador (s. XVIII)



Garita de vigilancia en las proximidades del almacén de pólvora de Santiago (1864) en Urgull.


Las dos últimas "pulsaciones" de fortificación del monte coinciden en su cronología con el abandono de las murallas inferiores en 1864 y el refuerzo de las baterías de costa fruto de la guerra Hispano-americana de 1898, perteneciendo a las mismas gran parte de los cuarteles, cuerpos de guardia, almacenes de pólvora, etc. que en pie o en ruinas perduran en nuestros días.

El monte y sus fortificaciones fueron comprados por el Ayuntamiento de Donostia en 1921, realizándose inmediatamente el derribo de una parte de las mismas. En 1963 se llevaron a cabo importantes obras de rehabilitación, que se continuaron a partir de la década de 1990 mediante actuaciones puntuales.


Batería de las Damas con sus 4 cañones de acero Saint-Chamond de 7,5 cm modelo 1897 que como batería de salvas configuraron su último artillado. Los cuatro están actualmente faltos de sus dos grandes ruedas.



Batería de las Damas (Urgull) hacia 1898, armada con cañones de bronce de 12 cm cargados por la boca.



Cañón de bronce (año 1576) en una cañonera del Castillo de la Mota. A ambos lados las correspondientes banquetas



Batería Baja del Gobernador. Cuerpo de guardia (1866) y rampa hacia la Batería alta.