miércoles, 24 de junio de 2015

Incorporación de la Capitanía general de Guipúzcoa a la defensa fronteriza de España

Fue durante el reinado de los Reyes Católicos cuando realmente comenzó a existir una autoridad militar en Guipúzcoa. En el siglo XVI ya existía una Capitanía General, con sede en Fuenterrabía y normalmente adscrita al virreinato de Navarra, pues su virrey solía tener también el título de capitán general de Guipúzcoa.

Una vinculación que se consolidó a partir de 1517, cuando el virrey navarro Vespasiano Gonzaga Colonna consiguió el título de capitán general de Guipúzcoa y, aunque posteriormente, hubo capitanes generales independientes (como García de Arce, en 1579, y Hernando Hurtado de Mendoza, en 1598) la Capitanía General guipuzcoana dependía del virreinato navarro. Desde la época de Juan de Cardona (1598), en Fuenterrabía quedó un teniente del capitán general, con el disgusto de la Juntas Generales de Guipúzcoa que deseaban deshacer la vinculación de ambos cargos. Esto último se consiguió en 1638, cuando el duque de Ciudad Real fue nombrado capitán general independiente del virrey, si bien en 1644 el conde de Oropesa los reunió durante dos años y en 1646, con la elección de Juan de Garay como capitán general, ambos cargos se volvieron a separar.

PLAZA FUERTE DE FUENTERRABÍA

En el plano militar, los hombres que Guipúzcoa podía levantar para su defensa (unos 10.000) no estaban asignados ni repartidos, pues salvo los de Fuenterrabía y los de los puertos de mar que debían guardarse, acudían a la llamada desde los demás lugares y lo hacían sin recibir remuneraciones de Castilla. Como la tierra era pobre, la llamada militar resultaba onerosa para las haciendas de los afectados, por lo que sólo se recurría a Guipúzcoa en casos extremos.

Según el historiador Gallastegui:
“Casi todos (en Guipúzcoa) pueden salir con arcabuces y picas. Ningún lugar está con distancia señalada para socorro de otro. Todos tienen igual obligación a la asistencia del que tuviera más peligro. Sólo los que están más cerca del paso de Behovia, que son Irún (con 450 hombres), Oyarzun (con 600), Hernani (con 200) y Rentería y Astigarraga (con 200 cada una) acuden primero a él, ya que como están siempre sobre sus armas, llegan al repique de una campana…
Los alcaldes de cada villa guipuzcoana son capitanes a guerra en cada ocasión, y se gobiernan por una coronel elegido, ordinariamente, entre un gran soldado o un gran señor.”

PLAZA FUERTE DE FUENTERRABÍA


La sede de la máxima autoridad militar en Guipúzcoa, Fuenterrabía, situada en la misma frontera fue siempre un punto caliente en las relaciones bélicas hispano-francesas, tanto en el siglo XVI como en el XVII. En principio, su posición geográfica le proporcionaba ciertas garantías defensivas, ya que por una parte la rodea el mar y no se puede batir desde allí; por el lado oriental, el más próximo a la frontera, la abraza el río Bidasoa, que convierte aquella zona en un lodazal, que la pone a salvo de cualquier ataque por ahí, y por el sur, la existencia de pantanos y juncales que en bajamar quedan en seco, hace pensar en la conveniencia de alguna obra como refuerzo defensivo.

Por el otro lado, tres baluartes, más bien pequeños, constituyen el nervio de la defensa. El denominado baluarte de la Magdalena se puede batir con facilidad desde una colina próxima, no ocurre lo mismo con el baluarte de Santa Engracia, de sólidas murallas; y el levantadobaluarte del cabo de Higuer, a dos tercios de la lengua de la villa, con capacidad para 20 soldados, era considerado como el freno de cualquier peligro que pudiera llegar por mar.

PLAZA FUERTE DE FUENTERRABÍA

Constituían la guarnición de la plaza varios centenares de hombres, que sufren los flujos de las circunstancias y de las disponibilidades de la hacienda regia. A principios del siglo XVII, los efectivos de las 4 compañías allí destinadas no superaban los 400 individuos, pero había sobrada disponibilidad de armas, como sucedía también en San Sebastián.

Esta fue una situación que se mantuvo en términos parecidos hasta que en 1620, como consecuencia del estallidos de la guerra de los Treinta Años, se la reforzó con 3 compañías que en total suponían 166 hombres, y cuando estalló la guerra con Francia en 1635, la preocupación de Madrid no decayó, elevando algo las cifras de los hombres (sobre los 600) y procurando que estuviera bien avituallada en víveres y municiones.

PLAZA FUERTE DE SAN SEBASTIÁN, SIGLO XIX

Por lo que a San Sebastián se refiere, desde tiempos de Sancho el Mayor, tenía una muralla defensiva y desde el siglo XIII ya consolidó para que pudiera resistir las nuevas posibilidades de la artillería. El ingeniero Villaturiel proyectó cerrar el monte de manera que el puerto quedase protegido y los franceses no pudiesen llegar por mar en caso de guerra. En el siglo XVII, empezó la fortificación del monte Urgull con vistas a fundamentar la defensa en una ciudadela que protegiera el puerto y la ciudad y ella a su vez lo fuera desde el castillo.

La guarnición de San Sebastián a principios del siglo XVII estaba constituida por unos 350 hombres a las órdenes de 4 capitanes, a los que hay que sumar los 40 que constituían la guarnición del castillo de La Mota y los artilleros que compartían con Fuenterrabía, que eran un total de 79. Las armas existentes no eran escasas y, particularmente, La Mota tenía armamento suficiente y en buen estado, tanto las piezas de artillería como las armas de fuego portátiles e individuales.

PLAZA FUERTE DE SAN SEBASTIÁN, SIGLO XVI


Por su parte, los virreyes navarros siempre tuvieron muy presente en sus planes militares a San Sebastián para la ejecución de las diferentes obras de fortificación proyectadas. Pensaban que si el enemigo conquistaba esta ciudad, podría saquearla impunemente o conservarla, y perdida ella, se perdería también el puerto de Pasajes, sus instalaciones artilleras y las de Rentería. La misma Fuenterrabía acusaría el hecho, pues su abastecimiento se veía afectado por la presencia del enemigo en esos lugares.

Pero hasta el estallido de la guerra no se advertiría ningún cambio significativo. En el inicio del siglo XVII, la guarnición de San Sebastián se mantuvo en torno a los 350 hombres más o menos. Cuando la guerra de los Treinta Años se iniciaba, los planes de Madrid proyectaban elevar a 1.000 hombres la guarnición de San Sebastián y Fuenterrabía, de la que aquella se llevaba la peor parte del león: 887 plazas para las compañías allí destinadas y 51 para La Mota.