lunes, 27 de abril de 2015

Corso vascongado en el siglo XVI


A solicitud de las Juntas de Guernica, Fernando el Católico en 1498 concedía licencia de corso a los armadores de navíos guipuzcoanos y vizcaínos para atacar barcos franceses, respetando a los nacionales y los de estados amigos.

En el siglo XVI, con el descubrimiento y control de las Indias unido a las posesiones heredadas en Centro-Europa por Carlos V, cambian el panorama, suscitando en otras monarquías inquietud y envidia, sobre todo, de ingleses y franceses.

Con motivo de la guerra con Francia, Carlos I autorizó en 1525 generalmente a todos los súbditos para armar en corso, por tanto incluyendo a guipuzcoanos y vizcaínos. En la nueva licencia de corso permitía a los corsarios la merced del quinto, anteriormente a disposición a la Real Hacienda en las presas que se causasen; con cuyo aliciente, semejante ejercicio marítimo se aumentó, consecuencia fue grande el número de buques de guerra que armaron estos a su propia costa en los años inmediatos; muchas también fueron las presas que hicieron en los mares de Francia y Holanda.

A partir del enfrentamiento entre Carlos V y Francisco I, del que salió vencedor el primero, el monarca francés estableció en San Juan de Luz un centro de espionaje y desarrollo de corso contra los buques españoles que partían de puertos cántabros, hacia las Indias, Flandes o el Mediterráneo. Ahora el corso es recíproco. La Real Armada española se volvía vigilante y escolta de los barcos mercantes cargados de oro, plata, armas, y otras mercancías en las rutas oceánicas al servicio de la Corona Española. Numerosos corsarios atacaban a barcos que regresaban desde las Indias. Enriquecidos por las presas que hicieron en otros tiempos, han adornado la villa de edificios soberbios.

Existen noticias de corsarios y piratas vascos en todos los mares, varios jauntxos guipuzcoanos fueron capaces de armar entre 1552 y 1555 unas 350 naves con las que controlaron el mar Cantábrico desde Galicia hasta Bretaña.

En esos pocos años apresaron más de un millar de embarcaciones de todos los tamaños y el valor de las mercancías incautadas rondó el millón de ducados. En estas escaramuzas corsarias perdieron la vida un millar de guipuzcoanos. En algunos casos los piratas compartían en puerto el botín con la población, empezando por el alcalde, que los recibían con grandes vítores.