lunes, 27 de abril de 2015

Corso vascongado del siglo XV


La actividad corsaria vasca del siglo XV estaba centrada principalmente en el ámbito de la Reconquista y la lucha contra los moros. Las primeras escaramuzas tuvieron lugar en el estrecho de Gibraltar, donde destacó la presencia de Juan Martínez de Arechana, vecino de Bermeo.

Dichas actividades se trasladaron posteriormente al recién conquistado reino de Granada, donde serviría de ejemplo Andrés de Estigarrivia, hermano del mercader Blasco de Motrico, dedicado al apresamiento en el norte de África, junto con Gregorio de Arbora y Ochoa de Alday, criado de Juan de Lezcano.

El territorio andaluz también ofrecía inmejorables condiciones para la realización de presas, pues constituía una encrucijada de rutas marítimas, la más importante en el estrecho. La situación jurídica de los intercambios realizados en ella servía para legalizar gran número de ataques, tanto contra infieles considerados enemigos, como contra los cristianos que comerciaban con ellos acusados de exportar productos vedados.

Paradigma de esta situación enfrentó en 1493 a Juan López de Narruondo, vecino de Zumaya, con el portugués Pedro Báez de Castilblanco. Otro caso señalado fue el de Juan Ibáñez Meceta, vecino de Motrico, condenado por haber asaltado con su ballener la carabela de Juan de Lisboa, cuando se dirigía de Lisboa a Tánger.

Otros ataques contra los tráficos hacia el Magreb tuvieron menor repercusión diplomática, aunque se desarrollaron bajo los mismos parámetros: riqueza comercial y migraciones judías. Las costas andaluzas también servían para la captura de productos procedentes del ultramar atlántico. A este respecto, conocemos el asalto de vizcaínos y guipuzcoanos contra las embarcaciones de Bartolomé Marchioni, mercader florentino, que regresaba de Guinea con 126 esclavos.

Este hecho se explica, además de por la costumbre de navegar cerca de las costas, por la existencia de trasbordos fraudulentos en esta zona.

En otras ocasiones, los ataques no se amparaban en la dudosa legitimidad de los tráficos, sino que eran puros actos de piratería. Tal es el caso del efectuado en Cádiz por Alfonso Beltrán, vecino de Sevilla, y Juan Martínez de Zumaya, vecino de Zumaya, contra una nao que procedía de Madeira, cargada de azúcar y otras mercancías.

Otros ámbitos del comercio andaluz también sufrían ataques, tanto en su vertiente importadora como exportadora. La calificación jurídica de tales actos era, en su práctica totalidad, de piratería.

Para algunos era una ocupación habitual, se trata de vecino de puertos andaluces pero de origen vasco, como queda de manifiesto en el caso de Martín de Zarauz y Ochoa de Asua, que repitieron ataquen en 1483 y 1484, de Juan Díaz, cuñado y tripulante del ballener de Juan Ibáñez de Motrico, a quien ayudó a huir aprovechando su condición de vecino del Puerto de Santa María, de Luis Rodríguez de la Mezquita (Amezqueta), quien, con una nao de Fernando Arias de Saavedra armada con gente de Tarifa, asaltó una nao portuguesa que transportaba grana andaluza a Inglaterra. O en colaboración con marinos andaluces, como Juan González de la Torre, vecino de Motrico, que fuese maestre de la nao Magdalena, propiedad del Duque de Medina Sidonia.


 

A finales del siglo XVI, los vascos comenzaron a instalarse en los puertos andaluces, tanto enrolados en las Armadas Reales como dedicados al corso y a la piratería, para controlar el tráfico de mercancías con África y el Nuevo Mundo.

Pero es más frecuente tender a mantener las relaciones de grupo, familiares, amigos y vecinos relacionados por sus lugares de origen, a la hora de contratar las tripulaciones como es el caso de Ibáñez de Motrico, la misma estaba compuesta por él, su hijo de igual nombre; su cuñado (el citado Juan Díaz); Fernando Choran; el contramaestre Juan Ochoa; un tintor Martín Vizcaíno; un barbero compañero de éste; y el piloto Juan Vizcaíno. Y lo mismo podemos decir de la Armada de Vizcaya, dos de cuyos capitanes (Artieta y Pérez de Leizola) llevaban a sus hijos embarcados y en la que se pueden observar múltiples lazos de parentesco y vecindad. Las vinculaciones familiares reaparecieron al analizar la propiedad de los navíos. Así, María Juana de Deva, viuda de Pedro de Deva, era también una de las herederas de la embarcación de Martín Pérez de Fagaza, otra de las naves de la Armada de Vizcaya.

Otro tanto podemos observar a la hora de poderes y representaciones, otorgadas prioritariamente a gentes del mismo origen. El procurador de Iñigo de Artieta en pleito con Maydana fue Pedro de Olano, vecino de Sanlúcar; y Juan López de Recalde, mercader vizcaíno y futuro contador de la Casa de Contratación, fue apoderado por los marinos del Señorío que habían servido en Nápoles para reclamar sus sueldos.

Otra muestra de este espíritu de cuerpo la encontramos en su instalación como repobladores tras finalizar el servicio militar. El ejemplo más claro es el de García López de Arriarán, que se asentó en Málaga con dos primos (Lope de Arriarán y Pedro de Aguirre), dos sobrinos (Lope y Cristóbal López de Arriarán) y siete de sus hombres (Juan de Araviana, Juan Pérez, Machín de Vergara, Martín Pérez de Alzaga, Ojer de Hernani, Pedro de Alegría, Pedro de Arrecia). Además, su procurador en algunos de los actos de posesión fue Domingo de Lezcano, sin duda familiar de su compañero en la guarda del Estrecho Juan de Lazcano. Éste también se asentó en Málaga y lo hizo en unión de algunos de sus hombres (Ochoa de Alday y Ochoa de Cariaga).