lunes, 8 de diciembre de 2014

Juan de Urbina

Maestre de Campo de los Ejércitos de Carlos V, famoso por su esfuerzo y osadía en tierras italianas sirviendo al Gran Capitán en las guerras contra Francia que decidió la hegemonía española en el siglo XVI.

Los grandes generales, que en el siglo decimosexto hicieron triunfar por todas partes las armas españolas, no debieron únicamente a sus talentos las victorias que alcanzaron; porque fueron ayudados prodigiosamente por lo aguerrido de las tropas que mandaban, y por la habilidad y esfuerzo de los excelentes oficiales que las dirigían. Aunque estos no pudieron llegar al grado de gloria que alcanzaron un Gonzalo de Córdoba y un Cortés, tienen sin embargo la de haberse penetrado bien de sus designios, haberlos ejecutado felizmente, y haber con sus proezas fijado la victoria, tenidos por un prodigio de valor en unos ejércitos donde era común, y la cobardía desconocida; tal fue entre ellos también el distinguido alavés Juan de Urbina.


JUAN DE URBINA


Nació en Urbina de Basabe, Álava, a finales del siglo XV. Los principios de su carrera militar, en 1509, fueron en África, en la rendición de Bujía y Trípoli, a las órdenes del cardenal Cisneros y junto a un joven y aún desconocido Juan Sebastián Elcano.

En 1512, paso a Italia con el Gran Capitán, donde en breve adquirió la reputación de ser el mejor soldado que había pasado a aquel país. Uno de los hechos que más se celebraron entonces fue que en un desafío de tres españoles contra tres italianos, él fue quien se ganó la principal gloria del combate, rindiendo desde luego a su contrario, y ayudando después a sus dos compañeros (Luis de Vera y Diego de Quiñones), que ya flaqueaban. Acabada la guerra de Nápoles, se alistó entre los Alabarderos del Papa.

La fuente principal de la biografía de Urbina es la Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V, que escribió Prudencio de Sandoval unas décadas después. En ella se recogen numerosas acciones de guerra en las que tomó parte Juan de Urbina, demostrando estar dispuesto en todo momento a llevar la iniciativa, a tomar decisiones arriesgadas y a ocupar el lugar más peligroso. Por ejemplo, durante el asedio a Milán por el Ejército francés en 1523, Juan de Urbina protagonizó varias salidas que causaron gran daño al ejército sitiador:
"Salió una noche el maestre de campo Juan de urbina (a cuyos hechos nunca se dio la honra y loa que merecían) con seiscientos españoles, y dio de súbito sobre un bastión del campo francés, rompiendo los que le guardaban. Entró por el campo matando e hiriendo en ellos, y tomándoles cuatro banderas y prendiendo algunas personas, se tornó salir con muy poco daño... Señalóse grandemente en este cerco el maestre de campo Juan de Urbina una noche de San Martín que salió de su más ánimo que armas, porque no llevaba sino un peto de munición que solía traer y una alabrada en las manos; dio en una cuartel de las guardas francesas tan reciamente, que matando e hiriendo a muchos de los enemigos, les tomó cinco banderas por su propia mano, que en aquel cuartel estaban de guardia. Y sin perder ni un soldado se retiró, trayendo las banderas en los brazos, que nadie bastó a hacérselas dejar."

En 1527, el duque de Borbón, jefe del Ejército Imperial, resolvió de llevarlo a Roma y pagar con sus riquezas a la soldadesca, castigando la inconstancia del papa Clemente que, siendo ya amigo del rey de Francia, era un aliado poco seguro y muy peligroso para los dos. Con él iban el príncipe de Orange, Juan de Urbina y otros capitanes. Urbina fue el que más contribuyó a que las tropas no desmayasen con aquel revés, especialmente cuando murió en batalla el condestable de Borbón. Asumiendo el mando y manteniendo el valor que las animaba, se mostró el más arrebatado en la acción y después el más implacable y duro en el saqueo de Roma.

Al poco tiempo, se encaminaron hacia Nápoles porque los franceses habían sitiado la ciudad. Se debió su defensa a la capacidad del príncipe de Orange y al infatigable esfuerzo de Urbina: si se trataba de hacer una salida contra el enemigo, les cortaba los víveres y les quemaba las máquinas. Urbina siempre al frente de estos ataques, hostigando a los franceses de noche y de día, jamás les dejó un momento de reposo.

En este sitio de Nápones cuando se organizó un motín de alemanes contra el general Hernando de Alarcón, que los españoles quisieron vengar. Fue Urbina, con su crédito y persuasiones, quien resolvió aquel motín y evitó el enfrentamiento entre los soldados de las dos nacionalidades aliadas, que hubiera hecho perder la plaza en caso contrario.

Finalmente, el Rey de Francia envió un socorro a los suyos; y Urbina al frente de un destacamento lideró una carga extramuros para interceptarle. El resultado fue la pérdida de un millar de soldados franceses, la captura de otros tantos prisioneros, la desmoralización absoluta de los sitiadores. El relato lo escribe así:
"Mandó que saliesen de la ciudad Juan de Urbina con ochocientos españoles y Hernando de Gonzaga con cuatrocientos caballos. Los cuales trabaron con eelo dos o tres escaramuzas. Y al cabo, estando ya para retirarse los unos y los otros, los españoles, sin seña ni mandamiento, comenzaron a decir: "¡Carga, carga sobre ellos!", disparando su arcabucería como si supieran lo que había que acontecer, y fue que, así como ellos hicieron este sin orden, así sin ella comenzaron a huir los franceses (tanto era el miedo que a los españoles habían cobrado) y los españoles los apretaron de manera que mataron más de mil y prendieron casi otros tantos, y los demás escaparon huyendo."


NÁPOLES, 1550


Esta actividad y diligencia admirables le valieron una reputación gloriosa y los mejores ascensos y títulos nobiliarios de manos del emperador Carlos: general, maestre de campo, comendador de Heliche, alcalde de Ovo y Aversa, maestre justicieron de Nápoles, etc.

En el cerco de Milán servía de maestre de campo, pero no por eso dejó de acudir como siempre a todas las fatigas y peligros de soldado. Un día en S. Columbano volviendo solo de escaramuzar con los enemigos, se oyó llamar por su nombre de uno que pedía socorro: vuela allá, y encuentra un soldado español combatido de cinco italianos, que ya lo derribaban: él acometiéndolos denodadamente, abatió tres de ellos, con lo cual el Soldado cobró aliento, y los otros dos huyeron. De esta refriega salió con tres heridas, y llegó al campo tan ensangrentado, que sus compañeros le desconocían.

Urbina pereció en la guerra de Florencia, el año de 1530, durante el asalto a Hispelo. le alcanzó bala de arcabuz que le tiraron desde dicha ciudad. Su muerte fue sentida generalmente, menos de los romanos, que aún se acordaban de los males que les hizo, cuando la expedición de Borbón.

Como homenaje a tan valeroso capitán, el historiador Sandoval escribió sobre él:
"sus lechos fueron tales en el tiempo que vivió, que con ellos se engrandecen las historias españoles."